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24 febrero 2024

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La pensión de los militares también empuja al exilio

La primera vez que cobró su pensión el capitán de navío Ezequiel Domínguez Blanco, en octubre de 2018, fue al mercado de Quinta Crespo, en Caracas y aquello apenas se transformó en dos bolsas: Una tenía 2 kilos de carne, y la otra 1 kilo de harina y otro de arroz.

Al capitán de navío de la armada venezolana, Ezequiel Domínguez Blanco, también le tocó partir. Conocido como “el catire” por sus compañeros de armas, emprendió en enero de este año una expedición por tierra hasta Perú. No fue un ejercicio militar como los que alguna le tocó hacer, ni llevaba uniforme, fue la decisión que le quedó tras recibir la baja en agosto de 2018 y comprobar en pocos meses cómo su pensión no alcanzaba ni siquiera para lo básico en la Venezuela de la hiperinflación.

Domínguez Blanco nació en Rubio, estado Táchira, en 1971. Pertenece a la promoción de 2003, pero su carrera militar comenzó mucho antes: Su abuelo y su padre formaron parte de la Guardia Nacional. Casi al nacer y por ser el único hijo varón, la carrera militar para Domínguez Blanco era cuestión de tiempo. Pero entre su historia y la de sus antepasados hay muchas diferencias. 

Su familia logró ascender socialmente, su padre compró un carro y una casa. Con la seguridad social de la Fuerza Armada el padre también cubrió los estudios universitarios de su hermana mayor, y hasta solicitó un crédito para iniciar un emprendimiento propio. Pero la historia del capitán Domínguez Blanco es muy diferente.

Hoy está en Lima, la capital peruana donde miles de compatriotas también  intentan rehacer sus vidas. Trabaja en una empresa de electricidad como ayudante de un ingeniero y gana un sueldo mínimo, equivalente a unos 90 dólares. Aunque su vida nada tiene que ver con lo militar, por lo menos sabe que cuando va al mercado puede comprar lo que era imposible con su pensión militar en Venezuela. No es poca cosa, si se compara con lo que le tocó vivir desde que le dieron la baja.

La primera vez que cobró su pensión, en octubre de 2018, fue al mercado de Quinta Crespo, en Caracas y aquello apenas se transformó en dos bolsas: Una tenía 2 kilos de carne, y la otra 1 kilo de harina y otro de arroz. Para evitar cualquier zozobra en la casa, no le aclaró a su esposa, una maestra de primaria, el monto exacto que se le depositaría por su servicio militar. Pero estaba claro que con dos hijos, el menor de ellos a punto de terminar el bachillerato, aquello no podía continuar así. Sólo habían pasado unas semanas desde que se truncó su carrera militar.

Fue el 15 de agosto de 2018. Estaba en plena sesión de trabajo en Fuerte Tiuna, el principal centro militar de Caracas, cuando uno de los superiores lo llamó a su oficina. Tras los paréntesis y preguntas de rutina el Mayor le soltó la noticia: “Es momento de descansar, querido amigo. Hemos aprobado tu baja, vas a pasar al retiro. Ya estás en el listado para arreglar todo sobre tu Seguridad Social”. Acto seguido y sin aún poder reaccionar, el Mayor dijo “debo salir, luego hablamos con más calma sobre el tema”.

Cuando reaccionó, a Domínguez Blanco le quedó claro que su sueño de ser Almirante se derrumbó. Pensó posibles explicaciones detrás de la decisión y la única sólida era la “conspiración”. Desde hace un tiempo sabía que lo habían vinculado con el Movimiento por la Democracia y la Libertad, una operación que en 2017 fue desmantelada por el régimen de Nicolás Maduro y causó la detención de varios miembros de la Armada. Su presentimiento se debía a que tuvo conversaciones con muchos de los aprehendidos, y él siempre manifestó su inconformidad con la realidad de la institución.

A partir de allí otra pregunta ocupó sus pensamientos, ¿sería la pensión de un capitán suficiente para sostener a su familia? Aunque en su tiempo libre ayudaba a un amigo en un negocio de ganadería, su pensión era el principal ingreso y no superaba los 10 dólares, al tipo de cambio paralelo que desde hace años rige buena parte de los precios en la economía venezolana.

La relación de Domínguez Blanco con el mundo militar se redujo al Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA), una organización que desde los tiempos de Hugo Chávez sufrió cambios en su estructura y buscó tener contentos a los militares con el otorgamiento de créditos o la venta con descuento de bienes y servicios, pero que no escapa a denuncias de posible corrupción. En 2017, por ejemplo, Transparencia Venezuela denunció la existencia de una trama de corrupción dentro de la institución.

Militares retirados ya le habían advertido a Domínguez Blanco lo que empezaba a comprobar: Que la pensión no alcanzaría para vivir y que muchas veces el pago ni siquiera llegaba a tiempo. El amigo ganadero también le comunicó que ya no podía pagarle por su ayuda en la empresa. Al capitán no le quedó otra alternativa que contarle a su esposa la realidad de la menguada pensión. Sólo ahí comenzó a gestarse la expedición que lo llevaría a Perú.

Su hijo mayor, Federico, había emigrado a Perú en 2018, antes de que le diera de baja a su padre. Fue él quien le propuso a su madre sacrificarse y llevarlos a vivir a Perú, pese a que su situación aún no era estable en ese país. Aunque el orgullo y su pasado militar decían otra cosa, el peso de la realidad en Venezuela llevó a Domínguez Blanco a aceptar el ofrecimiento de su hijo.

La expedición familiar ocurrió en enero de este año. Tras seis días de viaje por tierra llegaron a Lima. Hoy viven juntos en un apartamento de 3 habitaciones y todos, incluyendo el hijo menor, tienen trabajo. Atrás quedó el país, la carrera militar, el sueño de convertirse en Almirante y esa pensión que apenas alcanzaba para comprar algo de comida.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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