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22 febrero 2024

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Generación sin ley

Una generación ha crecido bajo un modelo en el que la norma no tiene valor alguno, por lo tanto, carecen del referente “ley” como patrón obligatorio de comportamiento. Es así como durante 20 años, los venezolanos hemos visto como el poder se ejerce sin límites ni vinculación alguna con los preceptos de la ley. El daño que ha causado la revolución hacia los ciudadanos es gigantesco.

Hay una característica que resulta común a las sociedades que han alcanzado altos niveles de bienestar y desarrollo humano. La característica a la que me refiero, es el apego a las leyes por parte de los ciudadanos.

Las personas tenemos una serie de reglas autoimpuestas que rigen nuestra conducta, esas reglas tienen como referente nuestros valores. Si usted hace el ejercicio de preguntar a un grupo de personas, ¿por qué no roba?, la gran mayoría le dirá que eso está mal, que las cosas ajenas deben ser respetadas, que le enseñaron a no hacer daño a los demás, y argumentos por el estilo. Una minoría o casi nadie le dirá que no roba, porque eso es un delito y por hacerlo podría ser castigado conforme a la ley.

Esto es así, pues esas reglas internas a las que me he referido, constituyen la primera y más importante barrera de contención frente al comportamiento antisocial. La ley viene después. Sin embargo, en abstracto, las sociedades cuyos individuos han internalizado, que un patrón de comportamiento debe ser, cumplir con el ordenamiento jurídico, han demostrado ser sociedades más armónicas, en las que las personas alcanzan con mayor facilidad su proyecto de vida, lo que a la postre contribuye significativamente al bienestar general.

“La comprensión de que la ley debe cumplirse por el bien de todos, es tarea pendiente”

“¡Aquí está la bicha!” gritaba en cadena nacional el autoritario Hugo Chávez; se refería nada más y nada menos que a la Constitución de la República. Esa Constitución, cuyo nacimiento realmente ocultaba un complejo mecanismo pseudo legal de toma del poder absoluto, se convirtió por obra y gracia de la revolución, en un librito azul, cuyo contenido realmente no importa, pues es posible adaptarlo a los designios de una clase dirigente iluminada, que no tiene que acatar norma alguna, pues sus decisiones son casi que los dictámenes divinos.

Es así como durante 20 años, los venezolanos hemos visto como el poder se ejerce sin límites ni vinculación alguna con los preceptos de la ley. El ordenamiento jurídico pasó a ser simbólico, el irrespeto a la norma no tiene consecuencias, o puede tenerlas sólo para un segmento de la población, por cierto, aquel que no comulga con el ideario revolucionario.

Una generación ha crecido bajo un modelo en el que la norma no tiene valor alguno, por lo tanto, carecen del referente “ley” como patrón obligatorio de comportamiento. Lo que es peor, han visto a excelsos violadores de la ley, tener aparente éxito y gozar de cierta aceptación social. En este punto, sólo quedan los límites internos capaces de frenar conductas no deseadas, los cuales, por cierto, cada vez son más escasos por una serie de quiebres familiares e institucionales que forman parte de nuestra historia reciente.

Un país en el que la constitución se equipara a un insecto, es un país extraviado. La migración masiva de venezolanos nos ha llevado a diversos destinos, en los que las leyes se cumplen. Esto, en ocasiones constituye el primer choque o barrera con la que nuestros conciudadanos deben lidiar para su integración.

El daño que ha causado la revolución hacia los ciudadanos es gigantesco, la comprensión de que la ley debe cumplirse por el bien de todos, es tarea pendiente. Sin embargo, en general los migrantes venezolanos han comprendido esto en los países de acogida. En Colombia, las estadísticas de venezolanos que han incurrido en delitos no son significativas, si lo comparamos con el gran número que se ha establecido en estas tierras.

La Ley respetando dice nuestro himno nacional “Gloria al Bravo Pueblo”, esto debe caracterizarnos a donde vayamos.  

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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