En la aldea
19 julio 2024

Las formas de la violencia

Todas las formas de violencia componen un triángulo con el individuo y la seguridad. Vivimos esperando que la violencia sea ejercida contra otros y no contra nosotros. La violencia evidente (la guerra), la violencia conservadora (totalitarismos), y la violencia cultural (xenofobia) son tres ejemplos que fingimos que no somos capaces de ejercer, pero la violencia nos regresa complacida la ilusión del control.

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María Ramírez Delgado | 18 octubre 2019

Walter Benjamin en “Para una crítica de la violencia” nos señala una serie de formas en las que ésta se manifiesta. Hablaremos brevemente de tres de ellas: La violencia fundadora, la violencia conservadora y la violencia simbólica.

La violencia fundadora es aquella que Karl Marx llamó la “comadrona de la historia”. Es la violencia de la guerra, de los golpes de Estado, de los alzamientos militares, de las conquistas. Ejecutada por uno o por varios para colocarse en una posición de poder, para crear un nuevo estado de las cosas. Esta violencia siempre es evidente, sangrienta, enunciable. Los pueblos  tienden a ritualizarla (celebramos la toma de la Bastilla, las guerras de Independencia, etc.) con el fin de evitar la proliferación de nuevas acciones fundadoras.

Una vez que la violencia fundadora ha alcanzado sus objetivos se le presenta una meta mayor: Resguardar ese nuevo estado alcanzado. Es allí donde aparece la violencia conservadora, ya no como medio para dominar sino como medio para conservar. Se manifiesta como ley y vigilancia. Sus herramientas son la policía y las fuerzas del orden, las cárceles, los juzgados, la burocracia. Busca evitar que otros se rebelen o atenten contra el nuevo estado. Salvo en casos extremos, como los totalitarismos, suele ser difícil de detectar, aunque es fácil de aceptar e incluso de defender.

“El truco con el que nos ha dominado la violencia es demostrándonos que es legítima si el fin la justifica”

También existe la violencia simbólica o cultural, que es una forma de violencia social y espontánea que surge del propio individuo y que tiene como justificación el miedo esclavizante: La xenofobia, la aporofobia, el clasismo, el racismo, la homofobia y todas las formas de intolerancia anidadas en nosotros como creencias que se trasladan al plano de lo tangible. Es difícil de demostrar porque permea hacia lo subjetivo.

Todas las formas de violencia componen un triángulo con el individuo y la seguridad. Vivimos esperando que la violencia sea ejercida contra otros y no contra nosotros, cedemos ante sus promesas de protección y entregamos nuestra libertad a cambio de una seguridad imposible. Nos adaptamos y fingimos que no somos capaces de ejercerla, la violencia nos regresa complacida la ilusión del control. Así, hace surgir en el individuo dos inclinaciones: El deseo de ser obedecidos y la aversión a obedecer. Se instala en nosotros como un parásito, se alimenta de cada acto que emprendemos y se hace parte nuestra, justificando nuestros pensamientos y actos.

Hannah Arendt puso énfasis en estudiar cuando la violencia se transforma en cotidianidad, cuando nos hacemos incapaces de reconocerla y de reconocernos a nosotros mismos como ejecutores, cuando nos transformamos en instrumento de violencia

El truco con el que nos ha dominado la violencia es demostrándonos que es legítima si el fin la justifica. Por ejemplo, luchar contra la injusticia, el hambre o la muerte surge como un argumento suficiente para cualquier acto violento. Precisamos escoger qué justifica nuestra violencia y las consecuencias de esta inmanencia. La anhelamos desde la victimización o el dominio. Sin abarcarla con certeza nuestro espíritu acaba mimetizado con el horror y ya no es que no podamos reconocerla, porque podemos señalar la violencia externa, etiquetarla y mostrarla, de lo que no somos capaces, lo que no podemos reconocer, es esa violencia que viene de nosotros mismos, invisible y feroz, y que nos incapacita para distinguir las consecuencias de esa fuerza secreta que tanto invocamos.

Licenciada en Filosofía y poeta. Profesora en la Universidad Simón Bolívar

y Universidad Monteávila.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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