En la aldea
22 junio 2024

Un domingo recorriendo las calles de Caracas

Cerrando este 2019, la vialidad muestra un deterioro acelerado y apremia formular un plan de recuperación. Recordemos que a medida que transcurre la vida útil de una vialidad sin conservación, mayor será la inversión para recuperarla. Sumemos a favor de acondicionar las vías, recuperar nuestra cotidianidad y elevar nuestros estándares de calidad de vida.

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Celia Herrera | 08 noviembre 2019

Un domingo te levantas en la Capital de Venezuela y decides salir en tu vehículo a la calle a hacer algunas diligencias. En el reloj se lee 10:00am, por lo que supongo es muy temprano y siendo día de descanso laboral hay pocas personas en aceras y conductores sobre las vías.

Recorro unos dos metros y aparece la primera decena de fallas de pavimento, grietas, baches, hundimientos… que siguen incontables, a la que se suma pocos metros más adelante una fuga de aguas blancas, que corre indolente sobre lo que queda de la avenida maltrecha, en tanto en los edificios en sus laterales no entra agua a los tanques.

Entre las vías del municipio Libertador, Chacao y Baruta termino por perder la cuenta de los “huecos”, logro sortear los esperados y lamento caer en los inesperados, rogando no se produzca un daño mecánico en el vehículo o un siniestro vial, para colmo de males.

En una de mis rutas observo que acaban de colocar lo que sería un reductor de velocidad, pero lamento la buena intención, pues usaron erróneamente dispositivos de demarcación elevada, los conocidos “ojos de gato”, que se colocan en las brechas de las líneas divisorias de los canales de circulación.

Un poco de lectura no hace mal a nadie, el Manual Venezolano de Dispositivos Uniformes para el Control del Tránsito, en su Capítulo III sobre Demarcaciones, indica que los delineadores elevados u “ojos de gato” ayudan a ordenar el tránsito, separar los flujos en la misma dirección e indicar la senda que deben seguir los conductores de vehículos. En una vía de alto tránsito, al ser colocados en la parte central de los canales, transversal a la pista, simulando un reductor de velocidad, el volumen de vehículos y la intensidad de uso terminará por desprender uno a uno cada “ojito”, que por cierto colocado en sitio para noviembre de 2019, tiene un costo de 6 USD/unidad y conté unos 54. “La ignorancia es atrevida”, reza una frase por allí.  

“Recordemos que a medida que transcurre la vida útil de una vialidad sin conservación, mayor será la inversión para recuperarla”

Vuelvo al tema que me ocupa, el mal estado generalizado del pavimento, la trama vial urbana parece un colador, fallas de todo tipo en todas partes. Algunas de vieja data como el “hueco” en el canal lento de la pista norte de la Av. Boyacá, pocos metros antes de la rampa de desincorporación del Distribuidor Altamira en sentido este-oeste; el hundimiento extremo en la Calle Unión de Sabana Grande, cerca de la conocida Panadería Carmen Deli -por cierto volteo a los lados y decenas de motos están sobre la acera, la señal de prohibición de estacionar motocicletas quedó de adorno-; recuerdo entonces “Vive Sabana Grande”, y al pasar el cruce de la misma calle en dirección a la Av. Francisco Solano, me detengo ante otro hundimiento más grande que el anterior, que atraviesa la pista completa del único canal para transitar; la laguna de aguas de lluvia bajo la Plaza Simón Bolívar, entre los estadios de la Universidad Central de Venezuela, un sumidero de ventana colapsado y la pista sentido norte-sur de la Av. Las Acacias casi intransitable, porque más allá del agua estancada el problema es una suma de fallas de pavimentos difícil de superar. Unos metros más allá una tapa de sumidero desnivelada, una boca de visita sin tapa… trabajadores ¿repicando brocales para frisar y pintar? de “Juntos todo es posible”, a los que pregunto si será posible que le adviertan a la Alcaldesa el mega hueco que hay detrás, desde hace ya varios días, y me responden que no. Advierto entonces que no tienen guantes, ni casco, ni botas, ni lentes de seguridad, ni uniforme con material retrorreflectivo, ni hay señales temporales de obra para protegerlos a ellos, tampoco para advertir a los conductores su presencia sobre la vía pública.

¿Cuánto nos cuesta tener malos pavimentos?, es el título de un trabajo de hace ya muchos años del Dr. Augusto Jugo, especialista nacional de prestigio internacional, en el que estima cuánto nos cuesta a los usuarios y a la economía nacional tener una red vial en malas condiciones. Así, para el 2010, 82.700 millones de bolívares, unos 10.337 millones de dólares, era el costo extra de operación de vehículos al año y 1.260 siglos el tiempo hora-hombre perdido anualmente en transporte; ello considerando la diferencia entre tener una red regular a buena o regular a mala. Concluía el Dr. Jugo, en que la forma de atender el problema era el mantenimiento vial.

En el 2011, se estimaba que era necesario invertir 6.102 millones de bolívares anuales (762 millones de dólares), para la recuperación del patrimonio vial de unos 30.800Km de vías, entre autopistas y carreteras troncales y locales, en un lapso de 10 años, y llevar la red de una condición regular a buena, según los estándares de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Ese mismo año el Estado había asignado en el presupuesto 2.213 millones de bolívares (276 millones de dólares), a la recuperación de la vialidad; es decir, aproximadamente la tercera parte del monto anual promedio necesario.

A la fecha, la percepción que tengo no debe distar en mucho de lo que puedan pensar otros usuarios, y es que la red vial está en su peor estado. Ello evidencia que lo que se destina a mantenimiento sigue siendo insuficiente, por lo que no se logra conservar la infraestructura vial en condiciones idóneas de seguridad y confort; una razón más de fondo, es la ausencia de una adecuada gestión de mantenimiento.

Otro tema que me llama poderosamente la atención, es que reparaciones menores de fallas y hasta repavimentaciones completas, en ocasiones duran apenas unas semanas, lo que hace presumir que los pocos o “muchos” recursos que se asignan no son adecuadamente ejecutados. Obvio que si la falla es producto de una fuga de agua o un problema de suelos, nada se hace con tapar el “hueco”, si no se solventa el origen de la falla previamente. En todo caso me pregunto, ¿qué pasó con la Contraloría?, ¿quién se ocupa de velar porque nuestros recursos sean manejados con transparencia y eficiencia?

Cerrando este 2019, la vialidad muestra un deterioro acelerado y apremia formular un plan de recuperación, como objetivo fundamental para estimular la productividad y garantizar la seguridad y comodidad de los usuarios. Recordemos que a medida que transcurre la vida útil de una vialidad sin conservación, mayor será la inversión para recuperarla. Sumemos a favor de acondicionar las vías, recuperar nuestra cotidianidad y elevar nuestros estándares de calidad de vida.

Y por cierto… no todo en la vía son vehículos, próximamente la perspectiva de otros actores, especialmente en tiempos en que los viandantes se posicionan en la cúspide de la pirámide de la movilidad.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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