En la aldea
18 abril 2024

El culto al voto libre está tatuado en el ADN de los venezolanos

En la Constitución de 1811, el sufragio estaba reservado para quienes tuvieran un estatus socioeconómico: Voto “aristocrático”. En 1858, Julián Castro establece el sufragio universal, directo y secreto. La iniciativa fue abortada. El gran hito ocurre en octubre de 1946, cuando se designan los miembros de la Asamblea Constituyente. Hasta esa fecha, en el país no había votado nunca más del 5% de la población. Y en 1946 sufragó el 92%. La dictadura de Pérez Jiménez derogó este logro. En 1958, la soberanía usurpada regresó al pueblo. El derecho al sufragio libre corre por el torrente sanguíneo de los venezolanos. El chavismo apela a la ingeniería genética para intentar alterar lo que ya es una condición biológica de un aparato anatómico llamado Venezuela.

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Gloria M. Bastidas | 07 enero 2020

A veces las sociedades son tercas. La última encuesta elaborada por el Instituto Delphos para la Universidad Católica Andrés Bello -con información recogida entre octubre y noviembre de 2019- señala que casi el 70% de los consultados iría a votar si el próximo año se celebraran elecciones presidenciales. El dato no deja de ser curioso. ¿Cómo es posible que los venezolanos todavía crean en la institución del sufragio después de que han vivido experiencias tan traumáticas? En el mismo sondeo, cuando se indaga sobre cuál es el mecanismo que los encuestados desean que se imponga para conjurar la crisis, el 60% responde que el de la vía electoral. A esto hay que prestarle atención. Una cosa es que los ciudadanos experimenten un despecho coyuntural (me refiero a la aparente apatía que exhibe el grueso segmento que adversa al Gobierno) y otra es la vocación republicana que corre por su torrente sanguíneo. Una cosa es que haya habido momentos de abstención, y otra muy distinta es el peso que tienen las urnas electorales como arquetipo. Como ícono. El culto al voto está tatuado en el ADN de la cultura venezolana. Es un plasma que ha pasado de una generación a otra.

¿Cómo ocurrió esa conquista histórica? Antes de responder esta pregunta, hagamos una recapitulación de los casos más emblemáticos en los que se ha torpedeado la decisión soberana de los electores durante la era chavista. En 2008, Antonio Ledezma ganó la Alcaldía Metropolitana en buena lid. Obtuvo 722.822 votos. Cifra ornamental: Lo desterraron del mapa del poder. Lo fulminaron como fulminan los regímenes despóticos a quienes se atreven a retarlos. Ledezma pasó a ser una suerte de Prometeo. Lo castigaron por retar a los dioses. Por robar el fuego sagrado. En este cosmos, el PSUV es Zeus. Nadie está por encima de él. Y como el PSUV es Zeus, en 2015, cuando la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) obtuvo 109 diputados en las elecciones parlamentarias, más los representantes indígenas, lo que le confería una mayoría aplastante frente al chavismo, que apenas logró 55 escaños, otra vez se desató la ira de Zeus. Parlamento en desacato. Le montaron por encima una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) írrita, con lo cual lanzaron al inframundo a los 7.707.422 de electores que habían respaldado a la MUD. Zeus vaya por delante.

En 2017, cuando se celebraron las elecciones regionales, el régimen dio nuevas muestras de su cleptomanía electoral. Andrés Velásquez denunció, actas en mano, que le habían robado el triunfo en Bolívar, estado minero de importancia estratégica. Velásquez habría obtenido más de 276.000 votos. Juan Pablo Guanipa, por su parte, fue despojado de la gobernación del Zulia porque se negó a jurar ante una Asamblea Nacional Constituyente cuya legitimidad estaba cuestionada. Guanipa obtuvo 700.755 votos. Si hiciéramos un ejercicio matemático ocioso y sumáramos los votos que le robaron a Ledezma, más los que les quitaron a los diputados de la Asamblea Nacional, más los que les arrebataron a Guanipa y a Velásquez, el resultado sobrepasaría los nueve millones. Eso supera lo que Hugo Chávez obtuvo en las últimas presidenciales en las que participó, en octubre de 2012: Obtuvo 8.191.132 votos. Este número lúdico de “peras y manzanas” ostenta el gran mérito de retratar el tamaño del fraude que ha cometido la élite chavista contra la soberanía popular.

“La vocación democrática, cuya máxima expresión es el sufragio libre, está tatuada en el ADN del venezolano”

Esto para no hablar de las elecciones ficticias del 20 de mayo de 2018: Nicolás Maduro contra sí mismo. Porque Maduro contra Henri Falcón es como hablar de boxeo de sombra. Unas elecciones en las que fue excluida la tarjeta de la MUD, en las que estaban censurados los principales líderes de la oposición del momento (Leopoldo López, Henrique Capriles) y en las que estaban inhabilitados partidos políticos de envergadura, no son unas elecciones ni libres ni competitivas ni limpias. Todos estos episodios forman parte del acervo traumático-electoral que se ha ido conformando durante las dos décadas del chavismo. Entonces, cabe la pregunta: ¿Por qué los venezolanos siguen insistiendo en la figura del voto?, ¿por qué el voto sigue siendo una deidad, aunque el PSUV se crea Zeus?

II

Porque el voto representa una conquista histórica e irreversible. Tarde o temprano será restaurado en su modalidad aséptica y libre. Hay que mirar en perspectiva cómo estaba concebido el derecho al sufragio en el siglo XIX y cómo evolucionó durante el siglo XX para comprender su verdadero significado.

La Constitución de 1811 -la primera de Venezuela y también de Hispanoamérica- contemplaba elecciones indirectas para designar al presidente. Los votantes podían elegir un representante por cada 20 mil habitantes. Y esos representantes tenían la facultad de escoger a los miembros de las dos cámaras (diputados y senadores). Llegados a este nivel era que se designaba al presidente. El artículo 26 del texto constitucional estipulaba que los votantes debían ser mayores de 21 años, si eran solteros, o menores de 21, si eran casados, y disponer de ciertos ingresos o propiedades. El estatus socioeconómico contaba. Esto es lo que se conoce como el voto censitario. Estaba reservado a una élite. Boris Bunimov Parra y David Bushnell, quienes hacen un excelente compendio sobre este tema en el Diccionario de Historia de Venezuela, lo califican como un voto “aristocrático”. El artículo 27 mencionaba otras razones que podían constituir un impedimento para ejercer el derecho al voto, como, por ejemplo, ser sordomudo.

Hablamos de una República incipiente que recién cortaba el cordón umbilical con la monarquía española. En la Constitución aprobada por el Congreso de Angostura en 1819 se introduce un nuevo requisito para votar: Saber leer y escribir. Sin embargo, se fijó la fecha límite de 1830 para que esta condición cobrara vigencia. El voto seguía teniendo un carácter censitario. En la Constitución sancionada en 1821 por el Congreso de Cúcuta (Gran Colombia) se rebajó la exigencia económica a 100 pesos o, en su defecto, se establecía que el votante desempeñara un “oficio útil”, a excepción del de jornalero o sirviente. En esta nueva carta magna se postergó hasta 1840 la exigencia de que había que ser alfabeto para poder votar. Boris Bunimov Parra y David Bushnell apuntan que en la Constitución de 1830 (surgida al separarse Venezuela de la Gran Colombia) la exigencia de propiedad disminuye a una renta anual de 50 pesos o, en todo caso, se estipulaba que el ciudadano desempeñara un oficio útil que garantizara un ingreso de 100 pesos anuales. Los sirvientes domésticos estaban excluidos del derecho al voto. Los jornaleros sí lo tenían.

“El chavismo lo que pretende, al vaciar de sentido el voto, es arrebatarnos una conquista que hemos obtenido después de una lucha de dos siglos”

Ahora, tal como advierten Boris Bunimov Parra y David Bushnell, había una distancia entre el listado de electores facultados para ejercer el derecho al sufragio y la participación real. En Caracas, por ejemplo, según el Diccionario de Historia de Venezuela, de los 1.594 sufragantes inscritos en 1838 para las elecciones parroquiales de primer grado tan solo  participaron 371. Y de los 128.785 formalmente inscritos para la contienda de 1.846 (José Tadeo Monagas al frente, apadrinado por José Antonio Páez) únicamente participaron 60.022 votantes. Ya se sabe que durante el primer mandato de José Tadeo Monagas se produce un asalto al Congreso. Hubo muertos y heridos. Sin embargo, durante su segundo mandato es aprobada una nueva Constitución (1857) que suprime las limitantes económicas que privaban para poder ejercer el voto y se fija el año 1880 como el tope para que se haga efectivo el requisito de que los votantes supieran leer y escribir. En esta Venezuela está presente lo que Bunimov y Bushnell califican de sospechosas unanimidades. José Tadeo Monagas obtuvo, para su segundo mandato, 397 votos electorales, mientras que su oponente, Fermín Toro, sólo obtuvo uno.

III

José Tadeo Monagas es defenestrado y asciende al poder Julián Castro, quien está a la cabeza de la llamada “Revolución de marzo”. Este es un nombre clave para la historia electoral del país. Es bajo su mandato, en la Convención de Valencia del 24 de diciembre de1858, cuando se aprueba una nueva Constitución que consagra el voto universal, directo, secreto y libre, y se elimina el requisito de saber leer y escribir que supuestamente regiría a partir de 1880. El texto constitucional representa un gran avance si se compara esta generosidad con el voto “aristocrático” de 1811. Castro fue depuesto en 1859. Luego se producen  -como ha sido habitual en Venezuela- diversas reformas de la carta fundamental que pautan nuevos requisitos para el ejercicio del sufragio. Algo insólito: Antonio Guzmán Blanco crea, a través de la Constitución de 1874, el voto público y firmado con la intención de intimidar a sus adversarios. El narcisismo de Guzmán Blanco va muy lejos: En la Constitución de 1881 sustituye el voto popular por un Consejo Federal, que será el encargado de elegir al presidente de la República.

Bajo el mandato de Raimundo Andueza Palacio se aprueba la Constitución de 1891. Se mantiene, en el artículo 13,  numeral 22, la figura del voto público y obligatorio. Posteriormente Joaquín Crespo refrenda la Constitución de 1893. Se restituye la elección directa y secreta para designar al presidente de la República, se elimina el Consejo Federal y se sustituye por un Consejo de Gobierno integrado por 9 miembros, que eran elegidos por el Congreso cada cuatro años. Cipriano Castro, líder de la “Revolución liberal restauradora”, elimina el Consejo de Gobierno en la Constitución de 1901, que en su artículo 17, numeral 11, dispone que sólo podrán ejercer el derecho al sufragio los venezolanos varones y mayores de 21 años; y en su artículo 82 señala que serán los concejos municipales los que elegirán al presidente de la República. Esta carta es reformada bajo los auspicios del propio Castro en 1904.

Allan Brewer-Carías, en su libro Historia Constitucional de Venezuela, señala cuál era la razón que motivaba la reforma impulsada por Castro: “La Constitución de 1901, como todas las anteriores, había establecido la no reelección inmediata del presidente de la República (art. 73), por lo que el general Castro promovió una nueva reforma de la Constitución, la que realizó el Congreso que asumió el poder constituyente en 1904, para extender su período constitucional, que finalizaba en 1908, hasta 1911 (art. 146 de la Constitución de 1901 y 132 de la Constitución de 1904)”.

“Todo régimen dictatorial o de élites le tiene pánico a la soberanía popular”

En noviembre de 1908, Castro debió viajar a Berlín para someterse a una operación y dejó encargado de la presidencia al vicepresidente, su compadre Juan Vicente Gómez, quien ejerció el poder, de forma directa o indirecta, durante 27 años y bajo cuya égida la Constitución se reformó siete veces. Brewer-Carías apunta que a partir de la reforma de 1909 (artículo 75) la elección del presidente de la República quedó en manos del Congreso, una modalidad que estará vigente, agrega el experto constitucionalista, hasta 1946. Así, Eleazar López Contreras, quien se convierte el 31 de diciembre de 1935 en presidente provisional dada la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, es designado el 19 de abril de 1936 por el Congreso (votación indirecta) como presidente constitucional para un período de cinco años. En este caso hubo lo que Boris Bunimov Parra y David Bushnell denominan votación casi unánime: López Contreras sacó 121 votos y su contendor, Néstor Luis Pérez, tan solo un voto. Hubo una abstención.

IV

El general Isaías Medina Angarita, ministro de Guerra y Marina de López Contreras y su sucesor, también es escogido mediante la fórmula del voto indirecto. Simón Alberto Consalvi, en su libro La Revolución de Octubre, subraya que el “Gran Elector” era el presidente de la República, sobre quien recaía el auténtico poder para decidir quién lo relevaría en el cargo. El 28 de abril de 1941 el Congreso elige a Medina Angarita, con 120 votos, para el período 1941-1946. De segundo queda el escritor Rómulo Gallegos (13 votos), de cuarto Diógenes Escalante (2 votos) y de último Luis Gerónimo Pietri (1 voto). Venezuela va saliendo de la larga noche del gomecismo con una transición que se inicia con López Contreras y que continúa con Medina Angarita, quien dio muestras de una gran civilidad: No hubo presos políticos y se legalizaron organizaciones partidistas como AD y el PCV. La gran traba era el tema de la sucesión presidencial. En la reforma constitucional de abril de 1945 no se incluyó el voto universal y directo para designar al jefe de Estado. El artículo 100 de este nuevo texto señala que esa atribución corresponde a las cámaras del Congreso. Medina Angarita continuó con la tradición: Siguió siendo el “Gran Elector”. El tema de la sucesión se convirtió en una seria disputa.

El artículo 32, numeral 14, de la Constitución de abril de 1945 prevé, además, que sólo tendrán derecho al sufragio los varones mayores de 21 años que sepan leer y escribir. Y se consagra el voto para las mujeres alfabetas, también mayores de 21 años, pero exclusivamente para los concejos municipales. Estas limitantes también calificarían para lo que Boris Bunimov Parra y David Bushnell llaman voto “aristocrático”. Para entonces, alrededor de 80% de la población era analfabeta. Por ello, en 1944 se inicia un plan nacional de alfabetización. Y, derrocado Medina Angarita el 18 de octubre de 1945, e iniciado el trienio adeco, se crea el Patronato Nacional de Alfabetización y se distribuye el libro Abajo cadenas. José Agustín Catalá me comentó una vez que ese era el libro del que  se sentía más orgulloso como editor. Catalá fue el artífice de Los Archivos del Terror, un compendio de los presos, torturados, exiliados y muertos que hubo bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez que se convirtió en un fenómeno editorial.

En marzo de 1946, la Junta Revolucionaria de Gobierno emite el Decreto N°216, mediante el cual se promulga el Estatuto que regiría la elección de los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. El universo de votantes pasó de lo elitesco a lo masivo. Se declaró el derecho al voto para todos los venezolanos (hombres y mujeres), mayores de 18 años, supieran leer y escribir o no. Quedaba así delineada la figura del sufragio universal. El 27 de octubre de ese mismo año se celebró la consulta para escoger a los constituyentistas. Cuánto camino recorrido desde aquella Constitución de 1811 y su voto “aristocrático” y este Estatuto de amplísimo espectro. Concurren a las urnas 1.400.000 ciudadanos. En su libro, Consalvi lo describe magistralmente: “La jornada electoral para elegir la Asamblea Nacional Constituyente no tuvo precedentes en el país. Absoluta libertad, absoluta equidad, absoluta transparencia. En Venezuela no había votado nunca más del 5% de la población, y el 27 de octubre de 1946 de cada 100 ciudadanos, 92 ejercieron su derecho al voto. Fue como el nacimiento de la soberanía popular”.

“La lucha no concluyó en 1958. La lucha sigue. Y esa es la razón por la que la gruesa mayoría de los encuestados por el Instituto Delphos hace hincapié en la salida electoral”

Se trataba de una fiesta democrática, aunque sin la participación del medinismo. Brewer-Carías analiza este hecho en su Historia Constitucional de Venezuela: “En 1945 no quisimos identificarlo y se inició en Venezuela el cuarto de los grandes ciclos políticos de la época republicana. El Estado Centralizado Autocrático de la primera mitad del siglo XX comenzó a ser sustituido por el Estado Centralizado Democrático que encontró su marco constitucional en la Asamblea Constituyente de 1946, otra de nuestras grandes constituyentes, que sancionó la Constitución de 1947. Su texto fue, básicamente, el mismo del de la Constitución de 1961, la cual, sin embargo, se dictó sobre una base política democrática que no existía en 1946: La del pluralismo. La diferencia abismal que existió entre una y otra, por tanto, no radicó en el texto mismo de la Constitución, que fue casi igual, sino en su base política: En la Asamblea Constituyente de 1946 no estaban presentes todos los actores políticos, pues el medinismo estuvo ausente; en el Congreso de 1961, en cambio, sí estaban todos los actores políticos, de manera que la Constitución respondió a un consenso o pacto para la democracia, sin exclusiones”.

V

La Fundación Rómulo Betancourt editó un cuaderno bajo el título La Primera República liberal democrática: 1945-1948, escrito por el historiador Germán Carrera Damas, en cuya portada aparece una fotografía conmovedora: Una mujer carga a una niña en brazos mientras deposita en una urna su papeleta electoral. La imagen fue publicada en la portada del diario El País en su edición del 28 de octubre de 1946, es decir, un día después de haberse realizado las elecciones para la Asamblea Constituyente. Veo la foto una y otra vez. De pronto me asalta una pregunta. ¿Por qué el 27 de octubre nunca fue elevado a los altares como fecha patria?, ¿hemos calibrado los venezolanos el significado que tuvo ese día para el pleno ejercicio de la soberanía popular? Tal vez no porque siempre se puso el acento en la gesta del 23 de enero. Tal vez no porque el trienio fue el fruto de un golpe de Estado a un general que, como dice la escritora Elisa Lerner, por lo menos sabía sonreír: El afable Medina Angarita. Tal vez no porque el medinismo fue desterrado de la fiesta democrática. Pero, más allá de esto, 1946 marca el comienzo del voto masivo en Venezuela. Eso es innegable. Eso es una epopeya.

La verdad es que quien me explicó la enorme trascendencia que tuvo el trienio adeco para la construcción de la democracia fue el propio Carrera Damas. “¿Se ha dado usted cuenta de lo que eso significó? Votaron las mujeres, los analfabetos, los menores de 21 años. ¿Quiere más inclusión que esa?”, me preguntó una vez que lo entrevisté en su casa. El historiador sostiene que el primer intento sistemático por perfeccionar la abolición de la monarquía, que ya contemplaba la Constitución del 23 de diciembre de 1811, es el que se ubica dentro de lo que denomina la Primera República liberal democrática (1945-1948). Y el segundo, bajo su misma óptica, es el que parte de los sucesos del 23 de enero de 1958: La Segunda República liberal democrática. Por eso, viendo la foto de la mujer ejerciendo su derecho al voto, me pregunto por qué razón ese día, el 27 de octubre, no ha sido reivindicado como una efeméride.

Lo pienso y me sorprendo: Le temo al patriotismo porque le temo a la cursilería. El Diccionario de Historia de Venezuela reporta que en la elección de los representantes a la Asamblea Constituyente de 1946, AD obtuvo 1.099.601 votos (78,43%); Copei y otras organizaciones, 185.347 (13,22 %); URD y otras organizaciones, 59.387 (4,26%); el PCV-UPV, 50.387 (3,62%); y otras agrupaciones, 4.326 votos (0,28%). Y después, el 14 de diciembre de 1947, vino la elección directa del presidente de la República: Rómulo Gallegos se alzó con la victoria (871.752 votos) frente a su contrincante, Rafael Caldera (262.204 votos). En un mitin pronunciado por Betancourt en Caracas, al cumplirse un año de la Revolución de Octubre, recogido en el libro de Carrera Damas, el líder reivindicó el Estatuto electoral que abría paso a un vasto universo de votantes: “Es más democrático que el vigente en los Estados Unidos del Norte”. No le faltaba razón: Es apenas en 1964 cuando, bajo el mandato de Lyndon B. Johnson, el Congreso de ese país sanciona una Ley de derechos civiles que ilegalizó la discriminación de los negros en los registros de votantes. Recordemos a Martin Luther King: Yo tengo un sueño. Venezuela, efectivamente, estaba más adelantada que Estados Unidos en materia de inclusión electoral.

“¿Por qué los venezolanos siguen insistiendo en la figura del voto? Porque el voto representa una conquista histórica e irreversible”

El proceso democrático que se inició en octubre de 1945 es abortado el 24 de noviembre de 1948 con el derrocamiento del maestroRómulo Gallegos. Seguirá entonces una década oscura en la que es confiscada la soberanía popular y se organizan eventos electorales a todas luces fraudulentos. El 30 de noviembre de 1952, por ejemplo, se realizaron elecciones generales. AD y el PCV estaban en la clandestinidad. Jóvito Villalba, del partido Unión Republicana Democrática (URD), ganó con 987.000 votos. Muchos adecos y comunistas lo respaldaron en las urnas. Pero la última palabra no la tuvo el pueblo, sino el entonces coronel Marcos Pérez Jiménez, que asumió poderes dictatoriales el 2 de diciembre de 1952. Un Congreso designado por el Ejecutivo ratificó en el cargo a Pérez Jiménez. El 15 de diciembre de 1957 ocurre otra pantomima: Se celebra un plebiscito en el que se le consulta al pueblo si deseaba que el ya general continuara en la presidencia. Según el reporte oficial, el dictador obtuvo 2.374.790 votos de un total de votos válidos que sumaban 2.738.972. La triquiñuela le salió cara. Fue derrocado el 23 de enero de 1958.

Y es a partir de la caída del dictador cuando se da continuidad -según el enfoque de Carrera Damas- a la República liberal democrática que había arrancado a partir de los sucesos de 1945. El 7 de diciembre de 1958 se celebran las elecciones para escoger al presidente y a los miembros del Congreso. Rómulo Betancourt gana con 1.284.092 votos y Wolfgang Larrazábal llega de segundo con 903.479 votos. Desde el derrocamiento de Pérez Jiménez hasta 1998 transcurrieron cuatro décadas en las que el voto universal, directo, secreto y libre se consolidó como una conquista suprema. El ciclo que inicia Hugo Chávez al ser electo presidente en diciembre de 1998 registra otras características. Chávez, aunque un político grande liga, no era propiamente un devoto del sufragio como expresión sagrada de la soberanía popular. Por tres razones: 1)El intento de golpe de Estado que protagonizó el 4 de febrero de 1992 contra un gobierno constitucionalmente elegido. 2) La propuesta de reforma constitucional que presentó en 2007, que postulaba que el poder popular, que era el depositario de la soberanía, no nacía del sufragio ni de elección alguna. 3) El flagrante desconocimiento de la decisión de los electores (caso Antonio Ledezma). Todo esto sin que mencionemos, porque ya lo hicimos más arriba, los desmanes que han cometido sus herederos políticos.

Todo régimen dictatorial o de élites le tiene pánico a la soberanía popular. Ya vimos lo de 1811: Voto aristocrático. Ya vimos lo de Guzmán Blanco: Voto público. Ya vimos lo de Gómez: Siete constituciones para atornillarse en el poder. Ya vimos lo de Pérez Jiménez: Fraude descarado. El chavismo lo que pretende, al vaciar de sentido el voto, al convertirlo en un instrumento inocuo, es arrebatarnos una conquista que hemos obtenido después de una lucha de dos siglos. Sí, porque en el siglo XXI los venezolanos hemos salido a la calle a defender el derecho a dirimir los conflictos por la vía del sufragio. ¿Cuánto no se batalló por el Referendo Revocatorio para sacar a Maduro? La lucha no concluyó en 1958. La lucha sigue. Y esa es la razón por la que la gruesa mayoría de los encuestados por el Instituto Delphos hace hincapié en la salida electoral. La vocación democrática, cuya máxima expresión es el sufragio libre, está tatuada en nuestro ADN. La estrategia de ingeniería genética urdida por la cúpula chavista para tratar de alterar esta realidad biológica tarde o temprano se estrellará contra el peso de la historia.

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