En la aldea
18 abril 2024

¿Subsidios Sociales?

Sin producción no hay las bases sobre la cual una sociedad pueda sostenerse, ni pueda ocuparse de sus ciudadanos que viven en mayor nivel de estrechez. Venezuela tiene por delante dos transiciones, ambas de extraordinaria complejidad. La inmediata nos enfrenta a la construcción de una institucionalidad perdida, para que el Estado le sirva al ciudadano y no al revés. La segunda significa la creación, desde cero, de un país post petrolero mediante un sistema liberal y de mercados, que requiere de unas competencias que no tenemos para enfrentar un mundo en pleno cambio. Solo las sociedades que producen riqueza la pueden repartir.

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Juan Pablo Olalquiaga | 09 marzo 2020

Comienza marzo de 2020. Ha pasado más de un año desde que, habiéndose juramentado Juan Guaidó como Presidente interino, creíamos estar muy próximos a recuperar la democracia y, con eso, instrumentar el proyecto de recuperación de la economía nacional denominado “Plan País”. Distintos grupos trabajaban desde la perspectiva macroeconómica en los créditos a ser requeridos al Fondo Monetario Internacional (FMI), así como el recorte de la deuda soberana, el apuntalamiento de las reservas internacionales del Banco Central y el cómo poner fin a la hiperinflación; la recuperación de las industrias, especialmente la petrolera, así como las de la agricultura y la ganadería; la emergencia humanitaria, en términos de importaciones masivas de alimentos y medicinas; la recuperación del control sobre el territorio nacional; la electricidad, y así otras áreas. Los países más importantes del hemisferio occidental nos acompañaban y estimulaban y la recuperación de la democracia la veíamos cerca pero, con el pasar de los meses, esta expectativa se esfumó. 

Hoy el debate es sobre la teórica burbuja en la economía. Si cabe libertad económica dentro de un régimen que ha cercenado todas las libertades políticas y desconocido toda institución que no controle. Nos debatimos sobre si ir o no a las elecciones parlamentarias -quisiéramos que fueran presidenciales-, pero al final hay que conformarse con lo que se consiga. Las parlamentarias son una suerte de batalla necesaria dentro de una batalla más grande, que es la recuperación de la legitimidad e imparcialidad del Tribunal Supremo de Justicia como instancia fundamental, y del CNE y del Ejecutivo nacional como instituciones legítimas del Estado. Estas dos forman parte, a su vez, de otra batalla aún más trascendental: La reconquista de la libertad y la recuperación de la democracia alternativa, en la cual la política sirva de plataforma para los debates y la instrumentación de los acuerdos nacionales que abran el camino a la reconstrucción material del país y de una economía que cree puestos de trabajo cuyos ingresos permitan vivir y progresar, no solamente sobrevivir.

“¿Cómo se compite sin banca, sin electricidad, sin talento humano, con una de las cargas fiscales más pesadas del planeta y, más aún, sin derechos de propiedad y con funcionarios públicos cuyo propósito es sobornar para extraer lo poco que puedan conseguir porque su sueldo no les alcanza?”

Quedarnos en el status quo significará la aceptación social del “Pranato”, la aceptación de que los que torturan a los indefensos, esclavizan a los ciudadanos y desprecian la libertad de las personas prevalecerán por sobre aquellos para los cuales el individuo y sus derechos son sagrados. En el status quo, la anarquía nos corroe y empobrece como sociedad. Mientras nos debatimos la vía electoral, crece la frustración que, para muchos, ensancha el camino a la violencia, y la sensación de que mayor presión internacional, por la vía de más y más sanciones, por sí solas, no es suficiente.

Lo cierto es que la economía se redujo a una quinta parte de lo que fue. Las pocas fábricas que quedan no tienen la productividad ni la estructura para elaborar productos a un menor costo que su equivalente importado. Estas fábricas tampoco tienen la posibilidad de mantener o crear los puestos de trabajo que los venezolanos necesitamos. Las importaciones de productos terminados crecen gracias a unos aranceles que las privilegian y una sobrevaluación de la tasa de cambio que las estimula. ¿Cuántas veces hemos pasado por esto de que la sobrevaluación de la tasa de cambio privilegia la importación de productos en desmedro de la producción nacional?, ¿cuántas veces hemos de destruir la producción nacional para darnos cuenta de que sin ella no hay puestos de trabajo especializados, de esos que producen ascenso social? Y se continúan escuchando esas voces que dicen que “abrir las importaciones es bueno para el consumidor, el que no pueda competir debe morir”.

¿Cómo se compite sin banca, sin electricidad, sin talento humano, con una de las cargas fiscales más pesadas del planeta y, más aún, sin derechos de propiedad y con funcionarios públicos cuyo propósito es sobornar para extraer lo poco que puedan conseguir porque su sueldo no les alcanza?, ¿de cuántos ingenieros industriales, electrónicos o licenciados en química requiere un bodegón para funcionar?, ¿si lo que hace falta son personas que pongan los productos en los anaqueles, para qué necesitamos universidades?, ¿y los que no consigan ubicarse en los bodegones, dónde van a conseguir trabajo para poder generar ingresos?, ¿cuál “misión” del régimen les dará recursos que no se transformen en financiamiento monetario e inflación?, ¿quién va a comprar en esos bodegones, más allá de aquellos que saquearon las arcas del Estado y hacen fiestas con rayos cósmicos desde el Hotel Humboldt? Al final, ¿con qué divisas vamos a importar productos si no producimos las exportaciones que las generen? Sin producción no hay las bases sobre la cual una sociedad pueda sostenerse, ni pueda ocuparse de sus ciudadanos que viven en mayor nivel de estrechez. Solo las sociedades que producen riqueza la pueden repartir. 

La incógnita de los subsidios

Tres niños, el menor de unos 7 años, el mayor de unos 13 años, descalzos y mugrientos, mocos secos en la cara, el más pequeño con una franela larga, rota y sin pantalones, se agachaban un viernes en la mañana en plena Avenida Francisco de Miranda, para protegerse y entre los tres intercambiar unos billetes arrugados y roídos, sin valor, cualquiera que haya sido su denominación, así como unos restos de pan que quién sabe si recogieron de la basura o alguien les dio. ¿Tendrán padres?, ¿alguna vez aprenderán a leer? Ellos nacieron en el Socialismo del Siglo XXI. ¿Alguna vez se medirán en las pruebas PISA que usan los principales países del planeta?, ¿a esto quedó reducida Venezuela después de que ingresara más de un millón de millones de dólares en las arcas públicas desde el 2004 al 2015?

“¿De cuántos ingenieros industriales, electrónicos o licenciados en química requiere un bodegón para funcionar?, ¿si lo que hace falta son personas que pongan los productos en los anaqueles, para qué necesitamos universidades?”

¿Será que estamos contando con que el petróleo, otra vez, saque a flote a la economía y nos genere ingresos en divisas? Digo, cuando se desmonten las sanciones e ingresen al país las multinacionales con competencia técnica y gerencial, sea con un régimen autoritario o con una recuperación de la democracia. Esto habría que pensarlo con detenimiento, sobre todo si se toma en cuenta que el mundo está trabajando para disminuir su consumo de combustibles fósiles. Por ejemplo, en Dinamarca en el 2005 el 65% del consumo de electricidad era satisfecho por la quema de combustibles fósiles, mientras que el 19% era de producción eólica. Para 2017, la generación de electricidad eólica había aumentado al 45% de la producción total, mientras que la de combustibles fósiles había caído al 25%. ¿Enciende esto alguna luz roja en nuestra planificación de futuro? El Reino Unido anunció el pasado mes de febrero que prohibirá la venta de automóviles que consuman gasolina o gasoil tan pronto como en el 2035; Irlanda hará lo propio en 2030, así como también lo harán India e Israel. En Corea del Sur, la imposición es que en este 2020 el 30% de los carros vendidos sean eléctricos.

¿Sin renta petrolera, de dónde sacará los ingresos cualquier gobierno venezolano a fin de repartir los muy necesarios subsidios sociales para que una población empobrecida comience a enrumbarse? Subsidios sin los cuales esos tres niños de la Avenida Francisco de Miranda no tienen posibilidad alguna de insertarse en una sociedad productiva. Según la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), 87% de los hogares venezolanos está en situación de pobreza, mientras que 89% de las familias no pueden comprar los alimentos que requieren. Adicionalmente, el último estudio de Cáritas Venezuela revela que el 66% de los niños evaluados en 15 estados del país a septiembre de 2019, tenían algún grado de déficit nutricional o estaban en riesgo de tenerlo. ¿Cómo financiaremos la solución a este enorme problema?

En 1648, la Paz de Westfalia creó las entidades que hoy conocemos como Naciones Estado. A partir de esa conceptualización de Nación Estado, independiente y soberano, comenzaron las compromisos que estos Estados han venido adquiriendo para con sus ciudadanos, entre ellos la llamada “Redistribución de la Riqueza”, o lo que otros llaman el “Estado de Bienestar” -ese concepto sobre el que los políticos hacen promesas de realizar lo necesario y los populistas se comprometen a realizar lo irrealizable-. Asimismo, esas Naciones Estado, a los fines de poder financiar los crecientes compromisos sociales que adquieren, se han valido de su soberanía para causar crecientes aumentos de los impuestos, así como en su progresividad, en muchos casos llegando al punto de desincentivar el trabajo y la inversión. El concepto de “redistribución de riqueza” y sus consecuencias ha permeado tan profundamente en los países del hemisferio occidental que ha cambiado las conductas y los incentivos. Sin estos subsidios sociales, que provienen de los que pagan más impuestos, Venezuela no podrá insertar a aquellos que están en la pobreza, o que no se han capacitado en la producción. Sin embargo, esa misma redistribución puede dar al traste con los “incentivos al trabajo y a la inversión”.

“¿Quién va a comprar en esos bodegones, más allá de aquellos que saquearon las arcas del Estado y hacen fiestas con rayos cósmicos desde el Hotel Humboldt? Al final, ¿con qué divisas vamos a importar productos si no producimos las exportaciones que las generen?”

El costo de la redistribución de la riqueza es enorme. En países de la Comunidad Europea, las pensiones, los bonos de desempleo y asistencia a los desposeídos pueden alcanzar el 20% del PIB -sin incluir gasto en educación y salud, con lo cual esto puede duplicarse-. ¿Si países ricos con economías desarrolladas como la inglesa o la francesa, cuyos PIB superan los 2.700 millardos de dólares y cuyos PIB per cápita superan los 41.000 dólares, han tenido que reformar y limitar estas políticas para hacerlas sostenibles, qué le espera a Venezuela, cuya economía es de apenas unos 70 millardos de dólares y su PIB per cápita de unos 2.350 dólares?

Si bien en Venezuela hubo un tiempo en el cual el petróleo pudo cargar con una parte del soporte social a los más pobres, dichos subsidios tuvieron poca efectividad para traducirse en mejoras en las oportunidades de éstos de cara a su inserción en los aumentos de producción del país. Tal vez una de las excepciones relevantes fue el plan de becas “Gran Mariscal de Ayacucho”, instrumentado por el entonces presidente Carlos Andrés Pérez durante su primer gobierno, el cual permitió a una enorme cantidad de venezolanos realizar estudios en el extranjero, capacitándose y contribuyendo con sus destrezas adquiridas al desarrollo del país en muy variadas áreas. 

Las dos transiciones

En Venezuela, donde se confunden los conceptos de empresa pública y empresa del Estado, ¿qué vamos a exportar para construir esa riqueza que pretendemos redistribuir? Competir para exportar requerirá de compañías que se inserten en la Industria 4.0: Esto es, automatización y digitalización, lo cual a su vez desplazará muchos oficios. Oficios sofisticados del pasado, como torneros o matriceros, quienes hacían los moldes para la inyección o soplado de plásticos, así como para el estampado de metales, fueron sustituidos por centros de control numérico. Así mismo, han ido desapareciendo técnicos que rebobinaban inducidos de motores eléctricos, personal de clasificación en control de calidad, puestos de ensamblaje, o costureras en fábricas de confección. Toda la industria de artes gráficas ha venido siendo sustituida en la medida en que los cheques han dejado de circular, las facturas se han tornado electrónicas, los panfletos van por las redes sociales y las revistas y periódicos los leemos en las tabletas. Y, fuera de las industrias, dentro de poco no habrá choferes de taxis, y luego serán sustituidos los pilotos de los aviones. Este es el futuro al que nos enfrentaremos.

“¿Cuántas veces hemos pasado por esto de que la sobrevaluación de la tasa de cambio privilegia la importación de productos en desmedro de la producción nacional?”

Las fronteras que creó la Paz de Westfalia, con su recolección de impuestos para el soporte del Estado y la redistribución de la riqueza, se desvanecen cuando un diseñador gráfico viviendo en Venezuela hace trabajos que envía  electrónicamente a Uruguay y su factura tiene domicilio fiscal en Burundi; o cuando la reparación de una máquina en Valencia, estado Carabobo, se hace a distancia desde Valencia, España; o cuando un repuesto no es importado sino impreso en 3D, para lo cual no hay flete ni pago de aranceles.

Por estas razones, insisto en que Venezuela tiene por delante dos transiciones, ambas de extraordinaria complejidad. La inmediata -la política, que cada vez luce más dependiente de un “Cisne Negro”- nos enfrenta a la construcción de una institucionalidad perdida, para que el Estado le sirva al ciudadano y no al revés. La segunda -la de la economía– significa la creación, desde cero, de un país post petrolero mediante un sistema liberal y de mercados, que requiere de unas competencias que no tenemos para enfrentar un mundo en pleno cambio. Sin recorrer esta transición, nunca seremos capaces de crear una cobija que albergue y reinserte a nuestros desposeídos de forma permanente.

@jpolalquiaga

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