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23 febrero 2024

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La cocina de la cuarentena

Hay contradicciones en la vida, sí, siempre las hay. Desde el amor, te quiero, te amo pero no puedo vivir contigo, hasta el que te hace recomendaciones saludables, haz ejercicio, pero él o ella no mueve un dedo. Así somos los seres humanos. Y la cocina no es la excepción. Dentro de los cambios más importantes que han sufrido las sociedades inmersas en  la llamada transición demográfica y con todos los fenómenos que dentro de ella se incluyen: Cambio de la sociedad rural a la urbana mayoritaria estos días, erradicación de enfermedades transmisibles como la Malaria, el mal de Chagas entre otras (bueno… esto para otros países ustedes me entienden); incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y cambios en los roles desempeñados en el hogar y en el mercado laboral; se encuentra la disminución del tiempo dedicado a la cocina. En un estudio norteamericano de ya hace algunos años se reportaba la disminución del tiempo dedicado a la preparación de alimentos en el hogar, para favorecer los empacados, congelados, listos para consumir o las llamadas comidas rápidas.

Por supuesto, que este cambio trajo consigo el fenómeno siguiente denominado: La transición alimentaria y nutricional en el mundo, acompañado además de la disponibilidad de más calorías que podían ser consumidas a un menor precio y cubrir algunas necesidades de la población, entre ellas mitigar el hambre de los más desfavorecidos. Es cuando se comienza además a observar que los más pobres no son necesariamente los más “flacos”, y que la obesidad producida por inseguridad alimentaria y acompañada de hambre oculta, existe como fenómeno multidimensional y que para manejarla se deben integrar diversos determinantes sociales de la salud y la alimentación.

“¿Se tuvo que parar el mundo y tienen que pasar hambre millones de personas para que los océanos se recuperen y la capa de ozono se ‘reconstruya’?”

Dicho esto, es tiempos de hacer seguimiento a dos crisis en Venezuela: La preexistente Emergencia Humanitaria Compleja y el solapamiento de la crisis sanitaria provocada por la pandemia mundial del Covid-19, volvemos a la frase inicial de este artículo: Las contradicciones de la vida. Resulta que ahora tenemos todo el tiempo del mundo para cocinar, para estudiar, para meditar y reflexionar, y la cocina se vuelve a hacer un evento cotidiano importante en los hogares. Piensa uno en la despensa que tiene, en lo que no tiene, en lo que debe comprar y si lo va a poder comprar. Piensa uno y planifica el almuerzo como el gran evento del día, y con suerte las otras comidas. Pero hay tiempo, lo que no hay es dinero, pues vivir al día y depender de un sueldo en estos tiempos de encierro es de las cosas más difíciles que existen.

Aislamiento social y cocinar sin dinero parecieran dos actividades opuesta, y así la mayoría de los venezolanos vive en un ambiente de zozobra, por no saber si hoy se come o no, pero tiempo para cocinar habría. ¿Cómo entonces recuperar una actividad necesaria en estos tiempos?, ¿cuál es el eslabón perdido en esta cadena de eventos desafortunados que enfrenta el país y que permitiría restablecer la cadena de la alimentación? Acabar con el hambre y la desnutrición pasa por la tierra, la distribución y comercialización de los alimentos, la compra consciente en los mercados, las asistencias alimentarias y, por supuesto, la cocina con sus recetas y técnicas hasta llegar a la mesa bien servida.

“No se resuelve el hambre solo con dar alimentos, la cocina es una expresión social, cultural, familiar, alimentaria y nutricional”

La cocina de la cuarentena entonces es una oportunidad de rescate familiar, de trabajo en equipo, de aprovechamiento hasta lo último, o es que ¿alguien a estas alturas no ha revisado y ha inventariado todo lo que le queda en su despensa para utilizarlo todo y no desperdiciar nada? Se convierte entonces la cocina en la actividad del día, en la expresión de la creatividad del encierro, del rescate de las recetas de la abuela perdidas en un cajón ancestral pero también de reflexión acerca de las brechas y contradicciones. ¿Se tuvo que parar el mundo para que nosotros volviéramos a cocinar?, ¿se tuvo que parar el mundo y tienen que pasar hambre millones de personas para que los océanos se recuperen y la capa de ozono se “reconstruya”?

Se tuvo que parar el mundo para pensar definitivamente, en ese eslabón perdido que quizás no es más que la voluntad de trabajo, de aceptar que la mirada que hay que dar es holística, que no se resuelve el hambre solo con dar alimentos, que la cocina es una expresión social, cultural, familiar, alimentaria y nutricional. Y que la cuarentena es una ventana de oportunidad para pensar en todos estos factores, que interactúan y se complementan y se estructuran y se regocijan en su complejidad para llevarnos de la mano nuevamente hasta la cocina que nos hizo más humanos: Allí, al sitio donde debemos planificar, ahorrar, guardar, picar, cocinar, conversar y amar a nuestras familias.

Después de la escasez ahora global, después de cocinar con lo que hay aquí y en el lugar que usted diga, la cocina del futuro ya no será la misma ni en Venezuela, ni en ninguna parte del mundo, eso tengámoslo por seguro.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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