En la aldea
18 mayo 2024

Valentina Quintero, “periodista venezolana empeñada en convertir mi país en el gran destino turístico sostenible de América” (palabras tomadas de su cuenta en Instagram @valendeviaje).

Valentina Quintero: “El país no se va a morir, no se va a dejar atropellar”

Ha sido una escuela para generaciones de venezolanos que conocieron el país sin moverse de sus casas, pero con ese gusto de sentir cercano un poquito de cada rincón. Enamorada y comprometida con Venezuela como pocos, porque no solo dice lo que hará sino que lo hace. Valentina Quintero es una emprendedora aún estando en cuarentena, y desde la capital renueva con convicción el ser venezolana. “Yo siempre confío en el ejemplo, en la cordialidad para decir y para enmendar y en eso ando todo el tiempo”.

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Elizabeth Fuentes | 28 junio 2020

Valentina Quintero sabe que su vida no es normal. No tiene idea de cuánta gente conoce, odia limpiar y entiende que a veces la traten mejor que a nadie aunque el asunto le da pena. De Venezuela no soporta la basura, la desidia y el desorden, pero sabe que el país no se va a dejar atropellar “aunque le caigan a palo a diario”. Por eso anuncia que abrirá una escuela de cacao y de béisbol en Caruao, en el terreno donde vivieron sus padres.

-Te voy a hacer una pregunta que “está de moda” y por eso la detesto: ¿Qué le dirías a la Valentina de 14 años?

-“Tú no tienes ni la más remota idea en lo que te vas a convertir. De esa adolescente tarbesiana, perfecta, recatada, disciplinada, mojigata que eres, te transformarás en una mujer versátil, enloquecida, que no la para nadie, que no tiene ningún remilgo, que no le teme al ridículo, que anda por la vida feliz y libre, haciendo solamente lo que quiere hacer”. 

Pero le faltó decirle a esa muchachita que también será una trabajadora compulsiva, una “fiebrúa” de la responsabilidad, un personaje nacional que no tiene fisuras en sus convicciones y a quien no le molestará en absoluto que cada tres minutos la detengan en la calle para pedirle una foto, para decirle que la aman, que les encantan sus programas o le recomiendan alguna posada quien sabe dónde. Y que ella, siempre, les devolverá tremenda sonrisota porque le encanta la gente.

“Llego a un lugar y hay una cosa como de agradecimiento, de consentirme y tratarme bien, siempre desde el agradecimiento por haberles enseñado el país. Eso es muy conmovedor y es muy gratificante”

Valentina Quintero

-Sí, soy una fiebrúa del trabajo, una compulsiva. Y creo que esa es una herencia de mi papá, quien es las peores circunstancias, cuando todo se venía abajo, lo veías como un burro de carga emprendiendo otra vez y echando pa’lante de nuevo. A mí me quedó esa marca de trabajo de mi papá. Y luego, cuando me divorcio y me quedo sola con Arianna, que  tenía un año, yo me dije: Esta niña lo único que tiene en la vida es a mí. Y yo tengo que hacer todo para darle a ella lo mejor. Lo que yo tuve y más de lo que yo tuve. Lo mío es una cosa de naturaleza. Yo no soy capaz de hacer un trabajo como por la mitad. Yo me entrego de una manera desaforada, con una disciplina que termina siendo maniática y casi agresiva conmigo misma. Yo no me perdono los errores, me parece que tengo que exprimir el tiempo para rendirlo y eso ha sido muy complicado tanto en mi relación con mi hija Arianna como con mis relaciones en general. Hasta que Arianna entendió que para mí lo más importante en la vida es mi trabajo y ahora convive con eso. Igual ha sido con mis relaciones de pareja. No ha habido nunca la manera en que eso quede así de claro, que el trabajo es mi prioridad. Todo lo que he hecho hasta ahora me lo he ganado a punta de trabajo y eso me encanta.

-Que le hayas dado prioridad al trabajo por encima de tu familia o de tu pareja, es algo muy masculino. ¿Será que tu lado masculino es muy fuerte?

-Sí, estoy segura de que eso es así. Mi lado masculino es muy predominante. Tan es así que suelo identificarme muchísimo con los hombres cuando tienen problemas con sus mujeres. Esas mujeres controladoras que siempre andan vigilando, preguntando ¿para dónde vas, de dónde vienes?… y yo digo: “Dios, pero, ¿quién puede con una cosa así?”. Yo recuerdo que cuando vivía con Rodolfo Santana, él me llamaba a la oficina para preguntarme si iba a almorzar a la casa y cuando yo le decía que no podía, que estaba trabajando, se ponía como una fiera y me reclamaba porque había estado cocinando para que comiéramos juntos. “¿Cómo no vas a llegar?” me decía… En fin, creo que en relación al trabajo tengo una energía muy masculina. Y con esa convicción en la cabeza, que nunca la vas a cambiar, se hace bien difícil las relaciones de pareja y también con la hija.

-Tú sabes que no llevas una vida normal, ¿verdad? A ti siempre te van a recibir mejor que nadie, te van a dar la mejor comida en algún restaurante, te regalan de todo…

-Yo sé que es así Eli… Es horrible, es como que uno tiene palanca, ¿no? Pero no es una palanca mal habida. Viene del afecto y eso a mí me llena mucho porque creo que, en algunos casos, yo soy un recuerdo de la infancia para mucha gente, personas que me sienten muy cercana, porque cuando eran niños yo me metía en su casa y conocieron el país, porque yo se los enseñé haciendo el programa “Bitácora”. Entonces yo llego a un lugar y hay una cosa como de agradecimiento, de consentirme y tratarme bien, siempre desde el agradecimiento por haberles enseñado el país. Eso es muy conmovedor y es muy gratificante porque yo no siento nunca que me jalan…, sino que es afecto y agradecimiento por ayudarlos a mantener ese contacto con Venezuela y con lo bueno que aquí se hace y con los valores que tenemos. Y por supuesto, llegó un momento en que entendí que no podía negarme a ese trato, sino que debía aceptarlo, porque viene desde el cariño. Lo agradezco, lo valoro y me conmueve, pero en ningún momento abuso. Todo lo contrario. Tú no te imaginas la cantidad de veces que digo que no. Porque me da pena. Porque me quieren mandar cosas y les digo que no. Pero comprendo por qué lo quieran hacer y es muy gratificante.

“Para lo único que tengo memoria es para recordar a esa gente y esas historias que se me quedan, porque dan cuenta de un país que no se va a morir”.

-¿Hay algo que no te guste del país?, sin entrar en política, obviamente. Porque a veces tu excesivo entusiasmo ha hecho que alguno se lleve un chasco…

-Yo nunca he creído que aquí todo es precioso y perfecto. Yo jamás he dicho eso de que ‘somos el mejor país del mundo’, para nada. Lo que pasa es que cuando llego a un lugar y tiene problemas y hay cosas que no funcionan bien, yo procuro acercarme a la dueña de la posada y explicarle, pero también desde el afecto. “Mira, no puedes tender las camas así, mira todos los colores excesivos que tiene esta cuarto…”, y eso yo no lo voy a publicar ni a decir porque me parece que esa señora debe tener la oportunidad de mejorarlo, porque si ella lo está haciendo así lo más probable es que no tenga referencias y no sabe cómo hacerlo de otra manera, porque no ha viajado,… Entonces entendí que esa experiencia de tantos años andando por Venezuela yo la podía utilizar también para apoyar a quienes no habían tenido esa oportunidad, y trato de enseñarles todo lo que he visto. De Venezuela me altera la basura, la desidia, la gente que lanza los peroles a la calle, de no tener las cosas arregladas. Me molesta profundamente que nosotros no podamos agarrar un peñero en ninguna parte en los puertos o las bahías, sin que eso sea una cosa toda desbaratada… dígame en Choroní, que uno cree que en cualquier momento vas a perder un dedo… eso no es divertido ni autóctono sino una improvisación. Me molesta la informalidad excesiva en los horarios, de no cumplirlo, de no hacer las cosas en el tiempo que deben hacerse. Pero lo que más me molesta es la basura, la desidia y el desorden. Así no podemos llegar a lo que tenemos que llegar. Tenemos que ser más pulcros, ordenados, rigurosos. Así que yo no pienso que tenemos un país perfecto. Nos falta mucho que aprender. Pero yo siempre confío en el ejemplo, en la cordialidad para decir y para enmendar y en eso ando todo el tiempo. Además, yo procuro explicar el lugar para que la gente tome la decisión de ir o no. Yo soy feliz en el Autana y durmiendo en un chinchorro. Allá es un lujo tener una letrina para no tener que abrir un hueco. Entonces lo explico porque sé que a ti, por ejemplo, no te puedo llevar a una cosa así, ni a muchas de nuestras amigas. Pero mi comadre Lía sí se lanza conmigo. Por eso explico, para que le gente sepa la verdad y decida si quiere ir.

“Todo lo que he hecho hasta ahora me lo he ganado a punta de trabajo y eso me encanta”

Valentina Quintero

-De tanto recorrer el país varias veces, ¿cuánta gente conoces?, ¿500 mil?

-Me parece muy cómico que me preguntes eso, porque no tengo ni la menor idea. Imagínate que yo tengo mi libreta de teléfonos en el celular por Estado o por ciudad. Por ejemplo, si voy a Monagas, entonces busco Monagas y encuentro un gentío: “Mira, aquí está la señora que hace café y este otro que está sembrando tomates”, y así voy… Ahorita con este encierro, me divierto muchísimo cuando estoy conversando con “la conquista” -que es como llama a su más reciente pareja-, porque la verdad es que yo siempre tengo una historia que contarle de una gente que está haciendo una cosa en alguna parte de  Venezuela y, claro, con esta viajadera siempre te consigues personas que están haciendo cosas muy valiosas. Por ejemplo, cuando me llamaste esta mañana para la entrevista, iba saliendo a un huerto que hicieron en la azotea de un edificio en Boleíta… Y cada vez que voy a ese huerto aprendo cosas nuevas. Y eso me ocurre en todo el país, sobre todo si vas buscando historias. Hace poco estuvimos en Maturín y conseguí a unos muchachos que están cultivando maní porque sostienen que ese podría ser un súper alimento para ayudar a los niños desnutridos en Venezuela. O voy al Delta y me consigo a una mujer que no veía desde hace 25 años, y sigue con su mismo campamento. Ella tiene una historia muy loca porque el marido es de Palestina y ella es de Tucupita, y se enamoraron porque los dos querían hacer algo en el Delta del Orinoco. O navegas por el Delta y te consigues una Warao que te explica cómo hace todo el proceso del Moriche. Para lo único que tengo memoria es para recordar a esa gente y esas historias que se me quedan porque dan cuenta de un país que no se va a morir, que no se va a dejar atropellar, que sigue en pie así le caigan a palo diariamente.

-¿Cómo es eso del huerto que hay en una azotea de Caracas?

-Cuando empezaron todos los planes para hacer la Casa Bistró, Valentina Semtei y su esposo -socios del restaurante-, tenían ese espacio, una azotea enorme que está en el edificio de lo que fue la fábrica de lápices Berol, que ya no está funcionando. Y ellos decidieron hacer allí un huerto para servir a la Casa Bistró. Entonces buscaron a Gustavo Salazar, que siempre había trabajado en jardinería y paisajismo y empezaron haciendo un huerto pequeñito, aunque era un espacio muy grande, de dos mil metros. Ellos querían hacer algo perfectamente orgánico: Llenaron los tanques con agua de lluvia, sembraron matas para evitar las plagas, hicieron invernaderos para controlar la humedad y el viento, tienen un sistema de riego por goteo. En un momento tuvieron hasta 70 variedades de tomates, sembraron también como 20 variedades de lechuga, de berenjenas morada, rayadas y blancas, zanahorias bebé de tres colores, como cinco tipos de remolacha… Claro, ellos han ido decantando las cosas que producen porque todo depende de lo que necesite el chef de Casa Bistró, que es Francisco Abenante y todo depende de lo que quiera utilizar para el restaurante. Pero impresiona darte cuenta de que ese huerto está en Boleíta. Y toda esa generosidad, esa hermosura, ese talento, queda frente al Dgcim (Dirección General de Contrainteligencia Militar). Lo que son los contrastes: Esta construcción de país frente a un Dgcim que reprime y encarcela, mientras esta gente, justo enfrente, está ahí llevándole la contraria con ese huerto de esa calidad, que además se puede reproducir en cualquier parte del país.

“Yo soy feliz en el Autana y durmiendo en un chinchorro”.

-Lo que más has odiado siempre es sentirte confinada. ¿Esta pandemia es una especie de castigo personal? Una vez, cuando te quebraste la cadera, me confesaste que el encierro solo te llevaba a reflexiones negativas. ¿Cómo llevas la cuarentena?

-En esta cuarentena pasó lo impensable y me voy a agarrar de una de esas frases tuyas, de que tú eres ‘muy oportunista contigo misma’. Yo no sé si fue oportunismo, pero en este encierro descubrí mi casa. Seguramente tuvo mucho peso estar con ‘la conquista’ porque siempre una relación que empieza y que además no estaba previsto de ninguna forma que nosotros conviviéramos, le dio un matiz romántico inesperado. Pero encontrarme con mi casa me ha hecho apreciarla e irla descubriendo. Yo nunca me había ocupado de las matas y ahora lo hago y veo la manera como ellas lo agradecen y se ponen hermosísimas. Hacer Pilates en el corredor y gozarme el viento cruzado en ese espacio. También descubrí en la cocina la humildad. Porque odio seguir instrucciones, jamás me he leído un manual de nada y la única manera de cocinar es con recetas porque no se cocinar. Ahorita estoy haciendo carne mechada con la receta de Armando Scannone, rigurosamente. Y también me di cuenta de que tenía razón en la aversión que le había tenido toda la vida a la limpieza, porque limpiar es muy ingrato: Todos los días vas a hacer exactamente lo mismo y de la misma manera, y todo se va a ensuciar idénticamente. No puede ser que la gente limpie de esa manera frenética porque es como si yo todos los días escribiera el mismo guión o hiciera el mismo programa. Eso no se le puede pedir a nadie. Entonces inventé la limpieza controlada, que limpio por donde yo paso. Pero te juro que en la cuarentena no ha habido ningún momento en que me sienta oprimida o triste o ansiosa. Esto es lo que es y me voy a gozar mi casa. No se me ha hecho tan duro como pensé que iba a ser.

-¿Cómo es eso de que te vas a convertir en empresaria del cacao?

-Hace diez años fue la invasión a las tierras de mis padres en Caruao, cuando esa gente -chavistas del pueblo- se metió en el hogar de mi papá y mi mamá. Nosotros los hermanos nunca pensamos que íbamos a volver. Pero después, cuando Hugo Chávez la criticó y ordenó que desalojaran las tierras, mi papá y mi mamá volvieron. Pero luego mi papá se enfermó, se murió y nunca volvimos, a pesar de que las cenizas de mi papá están allá. Hace poco María Fernanda Di Giacobbe me llamó para decirme que quieren hacer una ‘Escuela de Cacao’ allá y que Juan Carlos Guinand, que tiene la posada Lomas de Caruao desde hace 15 años, también está interesado en el proyecto. Entonces aceptamos. Siento que esa es una manera de honrar a mi papá y a mi mamá, porque ellos le dieron mucho a Caruao y no tuvieron nunca ningún resentimiento; a pesar de que cuando hubo la invasión, fue la única vez que yo vi llorar a mi papá porque no podía defender el hogar de su mujer cuando ya él tenía 80 años. Fue muy doloroso, muy duro.

“Siempre te consigues personas que están haciendo cosas muy valiosas”.

La escuela será una alianza entre Cacao de Origen, Wao Turismo y La Guachafita, que fue el nombre que le pusieron el papá y la mamá de Valentina a su finca y a su casa. 

-La idea es que convierta no solo en una escuela de chocolate sino también de béisbol y que sea un centro para esa comunidad. Yo lo digo y me conmueve muchísimo -dice llorosa- porque es una manera de que mi papá renazca allí y con cacao, él que siempre fue un fiebrúo del chocolate… qué más podemos aspirar. Estamos entusiasmados, conmovidos. Nosotros habíamos dado eso por perdido.

-¿Y ya saben cómo se van a llamar los chocolates?

-No va a ser una marca, sino que irán saliendo tabletas. Aún no lo sabemos. Pero sé que va a haber alguna tableta que se va a llamar La Guachafita y otra se llamará Tony, como mi papá, y otra Ana Carlota, como mi mamá…

-En tu juventud -década de los ‘70-, no fuiste de izquierda ni feminista, que era la tendencia entonces. Te casaste virgen y tienes un solo divorcio encima. ¿Tú crees que allí hay material para que Diego Arroyo Gil haga un libro sobre ti?

-Es verdad. Yo no andaba con la izquierda, aunque todas terminamos enamoradas de Teodoro Petkoff y votamos por la rata de José Vicente Rangel. Incluso fui a ayudar a los campesinos a recoger papas en Mérida porque había que apoyarlos. Pero nunca fui como Inés, mi hermana, que militó en el MIR. Y sí, me casé virgen porque -como le diría a esa muchachita de 14 años que fui-, no sabía en lo que me iba a convertir y gracias a Dios di ese brinco. Pero jamás me ha dado por eso de escribir mis memorias porque muchas cosas se te van olvidando en el camino. Pero si Diego Arroyo quiere, ya él verá. Pero que no sea ese método, donde él se pasa tres años haciendo una entrevista porque a mí todas las cosas que duran así tanto, no me atraen. Yo no quiero horario ni rutina y precisamente por eso jamás escribiré mis memorias, porque significa sentarse día y noche viendo a ver como escribo aquello. No, qué va.

*Las fotografías fueron facilitadas por la autora, Elizabeth Fuentes, al editor de La Gran Aldea.

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