EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Tarek William Saab se reinventa y se vuelve a reinventar

De aquel joven delgado y amable que recorría las redacciones de los diarios con sus poemas en una carpetica bajo el brazo y denuncias varias de violaciones de los Derechos Humanos en el otro, no queda ni el celaje. Para entonces Tarek William Saab tenía esa paciencia infinita que viene de la humildad y podía esperar horas por un reportero hasta que finalmente le tomaban alguna declaración sobre su más reciente denuncia. Sin certeza ninguna de que su “noticia” se iba a destacar tanto como a él le habría gustado, el joven abogado igualmente regresaba a las redacciones con sus poemas y sus acusaciones en busca de algún rincón en la historia, quién lo diría.

Nos caía bien a los reporteros y, de tanto martillar ayuda, finalmente El Papel Literario le llegó a publicar algunos versos. “Era un joven de mirar tranquilo y una semi sonrisa que parecía resistir a todo lo sombrío”, lo describió el poeta Luis Alberto Crespo cuando ninguno de los dos había trajinado por esa arena movediza que es el chavismo, ese fango que se traga lo mejor de cada quien, ambos incluidos.

Porque con el poder vino su primera reinvención, esa palabra de moda tan molesta y buena para todo: El joven buena nota llegó a diputado y luego a gobernador y de allí en adelante se dedicó a rehacer su imagen, a limpiarla de los rumores sobre corruptelas que provenían de sus adversarios al interior del PSUV, batalla que encaró armado de mucha musculatura y una soberbia nueva para quienes conocían su habitual serenidad. Más adelante, como Defensor del Pueblo y Fiscal General, su acceso al petit comité de Miraflores no lo dejó ileso de semejante compañía y, como todos, se reinventó otra vez para convertirse en una réplica de Hugo Chávez y sus modos: El desprecio por el adversario; la ignorancia de cualquier atisbo de justicia; la mentira y el olvido como arma; la arrogancia como estilo, y una fiscalía al servicio del poder que solo quiere ver víctimas de su lado de la acera.

Pero justo cuando el país había roto todos los índices en miseria, negligencia, desabastecimiento, corrupción, presos políticos y servicios públicos en el abandono, más el fantasma del Covid-19 que se pasea por los hospitales sin medicinas y médicos sin protección, el Fiscal General descubrió un nicho magnífico para reinventarse otra vez.

Ayudado por el azar -ese conveniente aliado de algunos-, Tarek William Saab acaba de cumplir tres años en el cargo con una extraordinaria lista de casos donde los imputados son un sujeto que quemó a un conejo con cigarros y luego lo ahorcó; otros cuatro que mataron a un oso hormiguero; aquel desgraciado que asesinó a un manatí; otros malnacidos que mataron a un jaguar; al maldito que cazó y torturó a una iguana; el sicópata que emborrachó hasta morir a un monito, más otros cuatro sinvergüenzas que trataron de vender dos jaguares en peligro de extinción. Porque a estas alturas de sus tuits, cualquiera se indigna con esos malhechores y le agradece a Tarek que, al menos en eso, ponga orden. Así como imputó a unos colectivos que le cayeron a batazos a unos jóvenes en La Pastora por no ponerse la mascarilla, y a varios oficiales involucrados en el asesinato de un venezolano porque ejercía su derecho a la protesta en una gasolinera. Hasta aquí todo muy bien.

¿Quién se va a oponer a eso?, ¿cómo no alegrarse de que, al menos con los animales, el fiscal poeta exhiba sus ganas de justicia?

Aunque, valga el detalle, también convendría estudiar quiénes son los que actuaron así, qué los llevó a conducirse como salvajes frente a un ser indefenso, de quién copian semejante conducta. Porque son jóvenes en su mayoría, gente que ha nacido y crecido en un país descuadernado, sin límites éticos. ¿Cuáles han sido sus ejemplos?, ¿Hugo Chávez maldiciendo a diestra y siniestra?, ¿Nicolás Maduro que maltrata a los venezolanos que regresan por las trochas?, ¿los militares que disparan a indefensos y bajan de la mula a quien les da la gana?, ¿no hay en esto una necesidad de reflexionar qué sociedad han construido?, ¿de qué revolución se pueden enorgullecer cuando sus ciudadanos actúan como criminales enfermos? Sin descontar que en algunos de estos casos se esconde el hambre, la otra gran herencia de los amigos del poeta fiscal.

Serán muchos los sociólogos y psiquiatras que, como ocurrió en Chile, se dedicarán a estudiar el daño perpetrado por la dictadura sobre una población indefensa y aterrorizada. Ya se publicarán poemas sobre el desamparo y los niños hurgando en la basura y seguramente algún estudioso escandalizará sobre el daño ambiental en el sur del país y la matanza de animales guiada por el hambre. Quizás entonces Tarek William Saab se vuelva a reinventar y apele a su archivo de buena gente, otra vez.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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