En la aldea
18 mayo 2024

Los nuevos límites territoriales de Venezuela

En Venezuela el territorio se fragmenta cada día. A cambio de la incondicionalidad, y el mantenimiento del poder, se han aliado con cuanta banda criminal y terrorista existe, y les permite imponer su ley en pedazos del territorio. Nuestros límites, por tanto, se mueven a conveniencia de quien es más leal al proyecto destructivo, y varias “soberanías” coexisten a costa de la única legítima que ya no se puede ejercer, como es la de los ciudadanos.

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Zair Mundaray | 13 agosto 2020

La transformación es ciertamente una constante del universo, los físicos lo estudian a partir de los cambios de la materia, los biólogos analizan la evolución de las especies, los sociólogos, historiadores, médicos, periodistas, en fin, todos los expertos finalmente se enfrentan al estudio de los cambios permanentes.

A pesar de esta fascinante dinámica, hay algunos conceptos que necesariamente conviene que sean un poco más invariables, la forma de gobierno, las leyes, por ejemplo. Esto es lógico pues la estabilidad estimula la seguridad y el desarrollo humano y colectivo necesario para la mejora de la calidad de vida de las personas. El territorio, es una de esas nociones que los Estados procuran que sean una idea constante, difícilmente el territorio cambia, ocurre en situaciones de guerras, revoluciones, cambios políticos abruptos; es ahí cuando se modifica y genera una nueva división. Muchos vimos el nacimiento de nuevos Estados con la disolución de la Unión Soviética, o la unificación de Alemania con la caída del Muro de Berlín, son hechos extraordinarios y poco comunes, pero en nuestro país, el territorio se modifica a diario.

“Esa narrativa heroica que nos inculcaron durante años, como fue el sacrificio humano en cruentas guerras para el ejercicio de la soberanía dentro de nuestro territorio, se perdió en manos de una revolución que cínicamente se autodenomina ‘Bolivariana’”

La mayoría de las 26 constituciones que ha tenido nuestro país, han definido al territorio como aquel que deriva de la Capitanía General de Venezuela. La actual Constitución, una de las más mancilladas de la historia, por cierto, no es la excepción, y en su Artículo 10 dispone: “El territorio y demás espacios geográficos de la República son los que correspondían a la Capitanía General de Venezuela antes de la transformación política iniciada el 19 de abril de 1810, con las modificaciones resultantes de los tratados y laudos arbitrales no viciados de nulidad”.

Para conocer entonces con exactitud cuál es nuestro territorio, hay que remitirse a aquel que fue parte de la Capitanía General de Venezuela al momento de su creación por allá por los mil setecientos y pico, y de ahí en adelante, estudiar los acuerdos, laudos, y vías de hecho que han venido haciéndolo más chico, nunca más grande.

El territorio va enlazado de forma indisoluble con el concepto de “soberanía”, tal como lo expone el Artículo 11 de la Constitución, cuando explica que es sobre ese territorio donde se ejerce el poder soberano. Depende de la visión autoritaria o más horizontal del ejercicio del poder, se entenderá quien o como se ejerce la soberanía, pero lo que está claro, es que bajo el prisma democrático del Estado la soberanía la ejerce el “pueblo”, esa prostituida palabra que usan los populistas para manejar a las masas, que prefiero sustituir por la ciudadanía. En resumen, los ciudadanos ejercen la soberanía y delegan el ejercicio del poder en unos sujetos que deben responder a los intereses de todos, y a los que teóricamente se les puede suprimir ese poder cuando no responden a la gente, cuando lo hacen mal.

En Venezuela el territorio se fragmenta cada día, eso sí es una constante. El modelo de Estado mafioso que usurpa el poder, ha ido delegando a conveniencia la administración, explotación y un “nuevo orden” sobre gran parte del territorio venezolano. A cambio de la incondicionalidad, y el mantenimiento del poder, se han aliado con cuanta banda criminal y terrorista existe, y les permite imponer su ley en pedazos del territorio. Nuestros límites, por tanto, se mueven a conveniencia de quien es más leal al proyecto destructivo, y varias “soberanías” coexisten a costa de la única legítima que ya no se puede ejercer, como es la de los ciudadanos.

Por el Sur alguna vez limitamos con Brasil, hoy lo hacemos con el ELN y algunos “Sindicatos” de la minería que ejerce el poder con la venia de la Fuerza Armada en Bolívar y Amazonas. Los pueblos indígenas alguna vez “reivindicados” por el discurso (solamente por el discurso) oficial, se han ido desplazando ante la toma de sus tierras ancestrales por estas organizaciones criminales.

“Cualquier modelo de transición hacia la democracia, pasa por tener el control territorial como tarea de primer orden, (…) como un paso fundamental de verdadero ejercicio de la soberanía”

Por el Norte, tenemos unas aguas territoriales del Caribe controladas por Cuba, quien dicta quien entra y sale por nuestros puertos, y con cuanto se queda por supuesto. Por el Este, Venezuela limita con varios carteles del narcotráfico quienes en componenda con factores políticos y militares, ejercen el control territorial de los estados Sucre, Delta Amacuro y Monagas. Estos grupos imponen toque de queda, regulan el paso de mercancías, controlan el suministro de servicios como el gas doméstico, los camiones de agua, la distribución de alimentos, en fin, todo lo que correspondería hacer a un gobierno.

Finalmente, por el Oeste la situación cambia a diario y es de las más complejas, en alguna oportunidad fue Colombia nuestro vecino, en la actualidad dependiendo de en qué tramo de los más de 2 mil kilómetros de frontera nos encontremos, tenemos límites con el FAES de Bernal, una suerte de paramilitares habilitados por Maduro, disidencias de las FARC, Los Pelusos, ELN, organizaciones del narcotráfico, alcaldes y gobernadores asociados con el crimen organizado, y un largo etcétera.

En fin, aquello que fue parte de esa narrativa heroica que nos inculcaron durante años, como fue el sacrificio humano en cruentas guerras para el ejercicio de la soberanía dentro de nuestro territorio, se perdió en manos de una revolución que cínicamente se autodenomina “Bolivariana”. Cualquier modelo de transición hacia la democracia, pasa por tener el control territorial como tarea de primer orden, y la expulsión, desarme, procesamiento y castigo de estos grupos, como un paso fundamental de verdadero ejercicio de la soberanía.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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