En la aldea
18 mayo 2024

Desde el desván de la memoria (I Parte)

El domingo 7 de abril, mientras se realizaba una marcha de empleados en la Avenida Río de Janeiro de Las Mercedes, el presidente Chávez ejecutó su infame despido público de siete de los más conocidos líderes medios de la petrolera usando un pito para declarar su expulsión, en cadena nacional. Este acto vil, evidencia de un profundo resentimiento que en el tiempo se transformó en su cotidiana forma de dirigirse al país. El tiempo transcurre a una velocidad aterradora, ya son muchos los años, los recuerdos se empiezan a diluir y se me antoja que es tiempo de resguardar las memorias en algo menos perecedero que mi cerebro.

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Luis A. Pacheco | 03 septiembre 2020

“… Es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad. … El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado
Mi Guerra Civil Española, George Orwell, 1939.

La Gran Aldea ha decidido, con gran certeza, recopilar en una línea de tiempo, que ocupa dos décadas, la historia de las protestas en Venezuela en tiempos de chavismo: “Dos Décadas de Protestas en Venezuela”. Esta tarea minuciosa de buen periodismo no solo rescata una parte crucial de nuestra memoria histórica, para aquellos que la vivimos, sino que también le muestra a las nuevas generaciones que la lucha contra un régimen autoritario, disfrazado de democracia, ha sido larga, dolorosa, pero constante. Si algo uno puede rescatar del trabajo de La Gran Aldea es verse reflejado en un lienzo que retrata una ciudadanía que no se rinde.

Como en cualquier foto de grupo, el observador, en este caso el lector, se busca entre las caras a ver como lo trató el lente del fotógrafo. Así que, inevitablemente, como venezolano y petrolero, fui directamente a los eventos del año 2002, que determinaron los derroteros que llevaron a la industria petrolera, y por arrastre al país, al colapso generalizado que hoy se evidencia.

Como era natural, le comenté a Alejandro Hernández, Editor de La Gran Aldea, que el 2002 merecía algo más que dos párrafos sucintos. Su respuesta fue un reto: ‘¡Escribe tu algo!’.

Claro está, poco sabía Alejandro que, en el desván de mi computadora, lleno de polvo cibernético, entre 0’s y 1’s, podía conseguir material con el cual responder a su reto por la vía de citarme a mí mismo. Ya han pasado suficientes años para que pueda reencontrarme con las fotos amarillentas de mi desván, y revisarlas con menos apasionamiento.

Ahora bien, el 2002 fue, desde el punto de vista de la relación PDVSA/Sociedad/Gobierno, una año muy complejo y acontecido, por lo que he decidido, tal como lo hace La Gran Aldea, dividir estos recuerdos personales de ese año aciago en dos entregas: Abril 2002 y el Paro Cívico1.

Pero suficiente preámbulo, a lo que vinimos.

Abril 11, 2002
Como lo recuerdo

Desde que los eventos de abril 11 de 2002 ocurrieron, he hecho un esfuerzo consciente por no recordar mucho y hablar poco sobre el tema. Son muchas las razones para esta actitud, la principal de las cuales es una sensación ineludible de que durante esos días ocurrieron más cosas tras bastidores que a la vista, y que por lo tanto es imposible hacerle justicia a la “verdad” con una historia incompleta.

Sin embargo, el tiempo transcurre a una velocidad aterradora, ya son muchos los años, los recuerdos se empiezan a diluir, las imágenes se empiezan a desvanecer como si de noticias viejas se tratara, y se me antoja que es tiempo de resguardar las memorias en algo menos perecedero que mi cerebro. Por otro lado, y quizás lo más importante para mi hoy, es explicar a mis hijas porqué nuestra vida se trastocó; narrarle los tiempos que nos tocó vivir, no porque para su futuro nuestro presente sea relevante, pero sí, al menos, para explicarles el por qué nos vimos obligados a rehacer nuestra vida más allá del Valle que nos vio nacer.

También me parece importante, como el trabajo de La Gran Aldea ejemplifica, establecer una versión diferente a la “verdad oficial”, que el Gobierno con todo su poder ha hecho cotidiana. Tanto así, que hasta la oposición política la repite mecánicamente en su creencia de que hacerlo les da credenciales de aceptabilidad política, aun a costa de la verdad.

Debo advertirle al lector que, por necesidad, este es un esbozo muy personal y totalmente sesgado. Aquí no encontrarán explicaciones sobre grandes conspiraciones, ni se revelarán los oscuros secretos sobre las componendas entre los factores de poder civil y militar para enderezar el entuerto que, ya entonces, se avizoraba sería la administración de Hugo Chávez. Eso se lo dejo a los historiadores. Parafraseando a Pocaterra, estas son apenas las memorias  de un petrolero de la decadencia.

Esta historia está contada entonces desde la perspectiva de lo ocurrido en PDVSA en esa época, no solo porque es lo que mejor conozco, sino por el papel crucial que esta institución y sus  trabajadores tuvieron en el proceso que culminó en la renuncia del presidente Chávez el 11 Abril del 2002, y su secuela el Paro Cívico de Diciembre de ese mismo año. Este último evento no lo mencionaré aquí, ya que formará parte de otra entrega.

“Más allá de mi propia expectativa, la aglomeración de gente se convirtió en multitud y luego en un río de gente interminable. A la cabeza de la marcha un gigantesco tricolor”

La PDVSA que se asoma al año 2002, es una PDVSA debilitada gerencialmente y desdibujada organizacionalmente. El nombramiento de Gastón Parra y su nueva junta directiva, en febrero del 2002, es la cuarta reorganización que la administración del presidente Chávez impone en la Petrolera en un período de menos de tres años. Entender los efectos de esto es crucial, si uno quiere empezar a comprender por qué PDVSA y sus empleados terminan involucrados en los eventos de abril 11 de 2002.

Debo empezar entonces la historia en algún lugar. En 1999 el recién instalado presidente Chávez nombra a Roberto Mandini, un petrolero de vieja data y amplia experiencia, como presidente de PDVSA. Este nombramiento llevó a pensar a la organización, y al país político, que habría continuidad en las políticas a pesar de las amenazas preelectorales de hacer cirugía mayor a la petrolera. Esto a pesar de la inclusión en su junta de activistas políticos y por primera vez militares activos.

Mandini, un crítico de la administración Giusti, y que venía de una larga estadía en los Estados Unidos manejando CITGO, pronto entró en conflicto con el Gobierno, y podemos asumir que finalmente cayó en cuenta de que había sido utilizado para darle legitimidad a los cuestionamientos que se hacían de PDVSA. Su renuncia fue casi predecible, y con ella se dio la de un grupo importante de profesionales de los niveles directivos y gerenciales. El efecto de estas renuncias, sumadas a la estampida de profesionales que se había dado con la salida de Luis E. Giusti unos meses antes, debilitó de manera importante la estructura organizativa y el liderazgo natural dentro de PDVSA.

Habiéndose deshecho de Mandini, Chávez nombra en su lugar a Héctor Ciavaldini, un oscuro ex ingeniero de PDVSA, de escasa experiencia gerencial, pero parte central del grupo ideológico petrolero de Chávez durante su campaña electoral, y ya miembro de la junta directiva de Mandini. Con su nombramiento viene una nueva junta, y en ella se comienzan ya a perfilar nombramientos internos de claro tinte político, divorciados de lo que hasta entonces había sido una tradición de meritocracia interna.

La administración de Ciavaldini, aunque descolorida empresarialmente, fue funesta organizacionalmente, ya que entre otras cosas hizo “socialmente aceptable” lo que hasta entonces era tabú en los pasillos de PDVSA, la intromisión abierta de la política. Fomentó la formación de grupos “bolivarianos”; se iniciaron campañas discretas, pero efectivas, de desprestigio interno y persecución contra aquellos identificados como no afines al régimen o afectos a la figura de Luis E. Giusti, quien así pasó a ser símbolo del pasado a ser desalojado. Se iniciaron “investigaciones” internas, cacería de brujas no tan encubiertas. El Penthouse del edificio de PDVSA en La Campiña se convirtió en guarida de antiguos guerrilleros, reales y de cafetín. Eran los días del llamado Grupo Garibaldi, a quien se le atribuía influencia desmedida sobre el pensamiento de un presidente que se percibía, erradamente, como rehén de estos grupos.

A mediados del año 2000, Ciavaldini es removido de su puesto. Esto como consecuencia, entre otras muchas ineficiencias, de su fallido intento de sustituir los sindicatos petroleros tradicionales por grupos bolivarianos durante las negociaciones del Contrato Colectivo Petrolero: El experimentado líder sindical, Carlos Ortega, les propinó una humillante derrota política. En octubre de ese mismo año, el general (Ej.) Guaicaipuro Lameda Montero es nombrado el nuevo presidente de PDVSA y con su nombramiento, nuevos miembros de junta y nuevas deserciones de personal directivo y gerencial.

El general Lameda venía con la reputación de ser un hombre estudioso y brillante académicamente, aunque su carrera había sido poco menos que ortodoxa dada su tendencia a decir lo que pensaba en los momentos y lugares menos oportunos. Sin ninguna experiencia petrolera, pero con un entendimiento intuitivo de que es lo que hace funcionar a las organizaciones, Lameda dedica la mayor parte de su administración a recuperar la moral de la organización, y a recomponer lo que entendía, en su mente militar, como la pérdida de identificación de los empleados con la misión de la empresa dada la politización reciente, y la inmensa pérdida de personal calificado en tan poco tiempo. Gana muchos adeptos y sin duda enemigos en el Gobierno.

“Nuestra ingenuidad política nos había convertido en piezas en un juego diabólico de poder del cual no conocíamos las reglas. Ya nunca seríamos los mismos”

La llegada de Lameda, en su condición de militar activo -mucho se le criticó su continuo uso del uniforme dentro de la empresa- llevó a la organización a pensar que Chávez había recapacitado y que PDVSA retomaría su rumbo como la empresa de alto desempeño que todos aspiraban. Esto no fue sino un espejismo que poco duró. Los conflictos con el Ministerio de Energía y Minas (MEM), siempre una relación tormentosa, arreciaron. Ya no solo acerca del manejo del negocio, sino cada vez más sobre el divorcio de visiones entre dos instituciones que se suponía concertaran sobre el destino de la industria. Los unos por un lado con una agenda política, los otros en su terquedad sempiterna de comportarse como una compañía petrolera apolítica

En retrospectiva, Lameda, predeciblemente dado su historial de individualismo, no cumplió con las expectativas de Chávez de “meter en cintura” a la petrolera. Muy por el contrario, empezó a ser visto como un rehén ideológico de la meritocracia de PDVSA. Finalmente, en diciembre del 2001, por razones que aún no tengo muy claras, Lameda renuncia, de manera sorpresiva, que no inesperada dada su tormentosa relación con el ministro Silva Calderón -la discusión de la nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos había ampliado las brechas con PDVSA-. Esta renuncia se hace efectiva a principios del 2002, en medio de un circo mediático, contribuyendo al desconcierto interno en PDVSA.

Claro está, si el lector me ha acompañado hasta aquí, se podría preguntar por qué toda esta narrativa es relevante a los hechos de abril de 2002, en particular dada la tradición de abulia, por no decir indiferencia política de la Institución y sus empleados.

Parte de la respuesta a esta interrogante, si es que existe alguna, reside por una parte en el deshilachamiento paulatino de la cultura organizacional, y por la otra, en que las nuevas generaciones de petroleros, nacidos de otras circunstancias, sin memoria de las transnacionales, estaban menos dispuestas a acatar sin chistar el aguacero que se les avecinaba.

PDVSA, como el resto del país, tendía de manera imperceptible a simple vista a dividirse en dos grupos antagónicos. Los unos que se veían a sí mismos como justificados herederos de la meritocracia, y los otros, que por su parte se consideraban como las injustas víctimas de esa misma meritocracia, y por tanto resentidos con el sistema. Esta imperceptible falla tectónica dentro de la organización disparará el terremoto que destruiría la institución a finales del 2002.

Pero retomemos el hilo. Nos encontramos de nuevo en febrero del 2002. Con el nombramiento de un nuevo  presidente de PDVSA, y la expectativa dentro de PDVSA de un nuevo remezón organizacional. Gastón Parra (fallecido a finales del 2008) de profesión economista, profesor universitario, adusto, inflexible en sus ideas, crítico secular de la industria petrolera y sin ninguna experiencia gerencial, es la persona escogida por Chávez para tomar las riendas de la petrolera. Con él su grupo político de siempre. Carlos Mendoza Potella, Rafael Quiroz, entre otros, todos izquierdistas de claustro, y enemigos jurados de PDVSA y de lo que calificaban como su política desnacionalizadora, refiriéndose a la Apertura Petrolera.

El presidente Chávez en posteriores intervenciones se vanaglorió que el nombramiento de Parra y de su equipo fue una provocación premeditada. Yo, francamente, no compro esa historia, que de ser verdad sería de por sí una razón más para la condena histórica del presidente. Gastón Parra era, en mi opinión, el único peón disponible en un momento de crisis, en un ajedrez presidencial de solo peones.

Empiezan a circular rumores de que además de los ya esperados, y a regañadientes siempre aceptados, nombramientos políticos en la junta, los directores internos (tradicionalmente profesionales petroleros del más alto rango) serían nombrados en base a sus simpatías con el Presidente, y no a sus méritos profesionales. Se circulan nombres, los que se oyen son precisamente aquellos que habían saltado a la prominencia como activistas políticos internos bajo la protección de Ciavaldini, y que la posterior condescendencia de Lameda en aras de la paz organizacional interna había dejado activos: Riera, Rodríguez, Marín, entre otros nombres.

“El regreso de un Chávez muy debilitado y contrito, en la madrugada del 13 de abril, permitió creer, por unos días, que PDVSA y el país se podían recuperar. Eso, como hoy sabemos, no ocurrió”

Es entonces cuando ocurre la primera intervención pública de Gastón Parra, en sustitución de última hora del recién “renunciado” Lameda, y en el contexto de una interpelación a los ministros de la economía sobre la situación del país en la Asamblea Nacional. Parra no decepciona a la bancada del Gobierno, y lanza un ataque desencajado, vitriólico y extemporáneo en contra de PDVSA, su administración y sus empleados. Todo esto frente a las cámaras de televisión y con cobertura nacional. Simplemente no lo podíamos creer.

La reacción de los empleados de PDVSA no se hizo esperar. Se empiezan a organizar asambleas internas en protesta a la actitud de Parra, y de lo que ya presentían como el fin de PDVSA como estructura apolítica. Estas expresiones de protestas, nunca antes vistas, tienen lugar en todos lados de la organización, en todo el país, aunque por razones obvias Caracas es el centro de mayor actividad; sobre todo PDVSA Gas e Intevep, que ya habían sido sitio de conflicto en los previos meses, cuando el Gobierno trató de separarlos de PDVSA y adscribirlos a ministerios -una escaramuza que también había perdido el Gobierno-.

Grupos pequeños de directivos se comienzan a reunir para analizar una situación que empieza a emerger con una dinámica propia, con un obvio potencial destructor sobre la institución. Un grupo de directores discute la necesidad imperiosa de disuadir el Gobierno de hacer los nombramientos que se rumoraban. Llegamos a la conclusión de que había que tomar dos vías para ello. Por un lado, conversar con aquellos que eran los visibles candidatos internos a la Junta Directiva, para hacerles ver la inconveniencia de su nombramiento (ingenuo en retrospectiva, como muchas de las acciones que describiré a continuación); y por otro, tratar de hacerle entender a Gastón Parra el camino espinoso que se transitaba, en la esperanza de que él  disuadiera al Gobierno (poco sabíamos de su poco peso en las decisiones). Una tercera vía fue considerada como último recurso, la necesidad de asumir una posición pública como grupo directivo, para advertir al país de los peligros que se corrían con la politización de PDVSA. Se encomienda la redacción de un borrador de comunicado para su uso eventual.

Como era de esperarse, las negociaciones internas caen en oídos sordos, tanto los de Parra, como de los otros, y se activa la tercera opción: La posición pública. Esto, si he podido explicar con alguna claridad la tradición institucional, implicaba convencer a un grupo, de más de 30 gerentes del más alto nivel, a abandonar aquello de que siempre se habían sentido orgullosos, su neutralidad política, y suscribir un documento público en abierta contradicción con el Gobierno, en la esperanza de que el escándalo público haría cambiar de opinión al presidente Chávez y sus asesores.

Hoy es difícil entender tanta ingenuidad, pero en aquel momento se pensaba que Chávez era cautivo de extremistas, pero que él simplemente no lo era, y que no estaría dispuesto a poner en peligro la “gallina de los huevos de oro” en aras de unos nombramientos caprichosos e inconvenientes.

Hacia finales de febrero se realiza entonces, en la sala de reuniones de un edificio de apartamentos del este de Caracas, una reunión de un nutrido grupo de gerentes del más alto nivel de la empresa. Todos veteranos de mil batallas en los pozos petroleros y refinerías del país, pero en su gran mayoría novatos en esto de la política. Esta falta de experiencia es un factor que no puede subestimarse en la historia subsiguiente. La discusión fue acalorada y ruidosa, conscientes todos sin embargo de que la situación era delicada para el futuro de la industria.

Por un lado, había aquellos que sostenían que lo mejor era mantener la neutralidad tradicional y no inmiscuirnos en lo que claramente era una decisión, por inconveniente que pareciese, que era potestad legal del Presidente. La otra posición era que teníamos que descargar nuestra responsabilidad con la institución, su historia y su futuro. El argumento que más peso empezó a tomar durante la discusión era que nuestra gente ya había tomado el camino del activismo, y que si no establecíamos una posición ante los eventos que se avecinaban, perderíamos la autoridad formal sobre la organización, con la obvia consecuencia del desboque de una anarquía que destruiría la empresa.

Algunas veces las palabras pesan más que las acciones. Se hizo lectura del borrador de comunicado que se había preparado, y de alguna manera esta lectura coaguló las voluntades hacia tomar una posición pública. La evocación de los vituperios que Parra había emitido públicamente, y la larga lista de descalificaciones públicas que como institución habíamos sufrido durante  los últimos tres años, catalizaron la decisión. No muy racional, lo acepto, pero así es como lo recuerdo. Después de una larga y bizantina discusión sobre si el comunicado debía ir firmado o anónimo, se decide firmarlo. Dos del grupo son comisionados para recorrer de un extremo a otro la ciudad hacia el diario El Nacional, de manera que el comunicado pueda ser publicado en la última edición. El tiempo corría, la historia no esperaría por nosotros. Debo hacer énfasis otra vez en que el objetivo primario del grupo era desactivar la situación, poniéndole presión pública al Gobierno y recuperando la autoridad sobre los grupos de empelados, técnicos y obreros. Nunca imaginamos las fuerzas que se estaban desencadenando.

El Comunicado, publicado en el cuerpo “E” de El Nacional, escondido entre los clasificados, causó un revuelo nacional. La reacción del país político fue una de incredulidad, incluyendo la de nuestros mayores que la consideran inicialmente como un exabrupto. El efecto en los empleados es exactamente el opuesto al deseado y lo toman como un apoyo implícito a sus acciones -en retrospectiva la reacción natural-.

El Gobierno anuncia los nombramientos, tal como habían sido rumorados. Parra nos había estado engañando todo ese tiempo diciendo que estaba negociando con el Ejecutivo una junta directiva más aceptable. Las decisiones ya habían sido tomadas. Chávez no era rehén de ningún grupo, estaba empeñado en un curso de colisión con la industria.

La situación se deteriora rápidamente. Las marchas de protesta de los empleados se multiplican, primero de forma disciplinada durante las horas de almuerzo en los estacionamientos de las diversas sedes de la corporación, por aquello de no usar indebidamente el tiempo de la compañía, y luego escalando hacia la calle. También proliferaron las ruedas de prensa y comunicados. Se comienza una rueda de reuniones con las fuerzas políticas, para explicar nuestro punto de vista. Está sobre el banquillo de los acusados no solo la industria actual sino sus actuaciones desde su fundación. Los medios del Gobierno, como lo harían otra vez en diciembre de ese mismo año, le dan palestra a todo el que tenga algo malo que decir de la industria y sus empleados.

“Si algo uno puede rescatar del trabajo de La Gran Aldea es verse reflejado en un lienzo que retrata una ciudadanía que no se rinde”

Los periodistas de la fuente nos observan boquiabiertos, al ver transformarse a los recatados ejecutivos petroleros en voceros respetuosos, pero en abierta contradicción con el Gobierno. Empiezan a emerger liderazgos naturales, ante la renuencia de la mayoría de la alta gerencia de involucrarse más allá de las palabras del comunicado inicial. Nombres en ese momento desconocidos para la opinión pública, pero que luego adquirirán notoriedad durante el Paro Cívico de final de año: Medina, Fernández, Quijano, Gómez, Paredes, Ramírez, entre otros.

En qué momento durante los meses de marzo y abril del 2002, que es cuando los sucesos que trato de narrar aquí se desarrollan, grupos civiles y militares de oposición identifican la situación cómo un vehículo para el asalto al poder, es algo que no me toca a mí decir; primero porque no lo sé, y porque se escapa de esta narrativa.

En retrospectiva, uno puede intuir que el Gobierno debe haber sabido lo que estaba ocurriendo, e instaló su propia contra-conspiración. Lo que sí es cierto es que durante ese tiempo los recién nombrados miembros de la junta directiva de Gastón Parra pasaron a ser eunucos organizacionales, y en última instancia agentes provocadores. La compañía empezó a entrar en anarquía; las negociaciones de algunos miembros de la alta gerencia con el Gobierno no rinden ningún fruto y los ánimos siguen caldeándose en los niveles medios.

El domingo 7 de abril, mientras se realizaba una marcha de empleados en la Avenida Río de Janeiro de Las Mercedes, el presidente Chávez ejecuta su infame despido público de siete de los más conocidos líderes medios de la petrolera usando un pito para declarar su expulsión, en cadena nacional. Este acto vil, evidencia de un profundo resentimiento que en el tiempo se transformó en su cotidiana forma de dirigirse al país, enardece a parte importante de la sociedad civil, que pasa de su tradicional cuestionamiento de la clase petrolera, a aglutinarse en rechazo de las acciones del Presidente y su cadre. Otros tantos ejecutivos petroleros, entre los que se encontraba quien escribe, son también retirados de la industria ese mismo día de manera oficiosa. El rumor que se distribuye es que a cada miembro de la nueva junta directiva se le dio el beneficio de proponer nombres para el escarmiento público. Se empieza a gestar lo impensable, un paro.

Es así como actos que supuestamente estaban diseñados para amedrentar, se convierten en combustible para el fuego de anarquía, que ya se adueñaba de la industria petrolera y que amenazaba de extenderse al país.

Llega entonces el 11 de abril, día de la marcha convocada por Fedecámaras (Pedro Carmona) y la CTV (Carlos Ortega), en apoyo a PDVSA y los despedidos. Extraña pareja de aliados políticos.

El día amaneció soleado. El punto de congregación era el Parque Cristal en la Avenida Francisco de Miranda. Más allá de mi propia expectativa, la aglomeración de gente se convirtió en multitud y luego en un río de gente interminable. A la cabeza de la marcha un gigantesco tricolor.

La marcha avanzó lentamente hacia Chuao, por la Autopista. Cuando finalmente llegó al edificio de la antigua Maraven, pudimos darnos cuenta de las miles y miles de personas, que, sin organización, sin preparación, habían tomado la bandera de PDVSA como suya, al menos por un día.

Lo que ocurre después es bien sabido. La marcha se desvía a Miraflores. Poco sospechábamos que se caminaba a una emboscada, aunque debía haberlo supuesto cuando un colega me dice que Parra y la Junta habían renunciado la noche anterior y el Gobierno lo mantenía oculto, en lo que ahora sabemos fue una perversidad fríamente calculada.

Ese día murieron 19 personas asesinadas de ambos lados de la barda política, por pistoleros todavía no identificados, en los alrededores de Miraflores. Lo que comenzó como una disputa meramente organizacional en la industria bandera del país, había escalado a un conflicto fratricida, dentro y fuera de PDVSA. El  resto de la historia creemos saberlo. El Presidente renunció ese mismo día bajo presión militar, solo para regresar tres días después debido a la incompetencia de los que habían logrado hacerlo renunciar al enfrentarlo con su fechoría.

El 12 de abril, regresamos a PDVSA. Parra y su grupo habían abandonado sus puestos la noche anterior. Antes que nada, esa mañana, en el estacionamiento del edificio de La Campiña se izó la Bandera y se cantó el Himno Nacionalen honor a los asesinados del día anterior. Lloramos sin ningún pudor. En mi opinión, nada justificaba la pérdida irracional de esas vidas, en medio de la locura de alguien que se imaginaba batallas épicas donde solo había ambición de bandoleros. Nuestra ingenuidad política nos  había convertido en piezas en un juego diabólico de poder del cual no conocíamos las reglas. Ya nunca seríamos los mismos.

El regreso de un Chávez muy debilitado y contrito, en la madrugada del 13 de abril, permitió creer, por unos días, que PDVSA y el país se podían recuperar. Eso, como hoy sabemos, no ocurrió; pero eso es otra historia.

(1) Eddie Ramírez ha escrito extensamente sobre esta época, y es lectura obligada para los que quieran saber más (“Ni un Paso Atrás”, es su libro de obligada referencia).

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