En la aldea
24 junio 2024

El baile de los alacranes

Está pautado para el 6 de diciembre y se bailará reguetón. Ya está en marcha la banda. Nicolás Maduro será el invitado de honor, anunció hace pocos días que el Parlamento deberá convertirse en epicentro para el diálogo a partir del 5 de enero de 2021. Mientras, la Asamblea Nacional pasa a servirle más y mejor en su cometido de estirar la liga del poder (como si el poder fuera una banda elástica que jamás se romperá), el país sigue rodando hacia el fondo del abismo y su gente padeciendo como nunca.

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Sebastián de la Nuez | 10 noviembre 2020

Claudio Fermín no es uno de los alacranes de la Asamblea Nacional pero ha contribuido, desde su actitud acolchonada respecto al régimen, a darles cierta cobertura. Claudio no es un alacrán pero tiene pinzas; es un dirigente de la Cuarta República, salió a la luz pública en ese escenario y ahora trata de nadar en la corriente de los acontecimientos actuales estableciendo su propia marca: Su mensaje, abundante en cuidados paliativos para el régimen. Intuye Claudio, tal vez, que su potencial político aún está por ser explotado, que sus 15 minutos de fama no terminan de pasar todavía; que tiene un abanico de posibilidades dentro de las estrecheces del entorno, y que allí anida su última oportunidad.

Hay algo en la ética del venezolano, dentro de cierta tipología del venezolano: Como si el engranaje de la ética pasara aceite. Entramos en el campo de los valores; los valores se imprimen en el alma de las personas desde la cuna, desde el kínder.

Cuando en 1989 yo trabajaba en el suplemento Feriado de El Nacional junto al periodista Manuel Malaver, se nos ocurrió entrevistar al alcalde de Caracas, que por ese entonces era Claudio Fermín. Hicimos la cita y fui a la sede municipal, frente a la Plaza Bolívar. Una belleza. Estuve un par de horas con el Alcalde y me explicó todo lo que estaba haciendo a favor de la gente, en pro del municipio. Redacté la entrevista y salió a dos páginas, en las centrales de Feriado, un domingo. La redacté de acuerdo a lo que había recogido, como es lógico. El alcalde hablaba y lo hacía muy bien, su discurso era coherente, aludiendo a unas políticas y a unos datos, formalmente entusiasta ante su trabajo como gerente de lo colectivo.

Tal cual salió retratado. Sus respuestas estaban allí, a la orden de quien quisiera evaluarlas. Vista de manera objetiva, en la entrevista resultó favorecido. No me importó, recogía lo que había visto y oído, no otra cosa. Bien sabe quien me conoce que, si hubiese tenido un atisbo de duda sobre su gestión (que por lo demás estaba en sus inicios), le hubiera hincado un par de aguijonazos contrastados. Pero no fue el caso.

¡Ah!, pues al mes o algo así recibo un folleto a un octavo y en papel satinado, editado por la Alcaldía, bien diagramado y primorosamente impreso: Contenía la entrevista y nada más que la entrevista, mi nombre incluido. Es decir, uso indebido de los recursos del gobierno local en un copy-paste de cierto lujo. Bajo este formato, mi entrevista se había convertido en una pieza de propaganda para una individualidad.

El problema con los alacranes y sus afines sigue siendo el mismo, antes del horror chavista y después también (ahora con peores consecuencias): Creer que los demás venezolanos son pendejos.

De esa pasta meliflua deben estar hechos Luis Parra, José Brito, José Gregorio Noriega, Leandro Domínguez, Jesús Gabriel Peña, Conrado Pérez y Adolfo Superlano. Hasta ahí los nombres en mi lista, ahora deben ser más porque el horizonte tiene fecha y posibilidades apetitosas. La excusa será esa, abrir las puertas del Parlamento como epicentro de un diálogo que no ha existido nunca ni existirá en el futuro a menos que se obligue al madurismo coercitivamente. Digo, un diálogo de verdad. Aquella, la mentirosa promesa que esgrime el de Miraflores, es la razón de Estado a la que alude Hannah Arendt en una entrevista. «Es una mercancía directamente importada de Europa».

Nombres asociados a trampas. Es solo una lista, uno no los conoce porque son actores nuevos. De reparto, desde luego, pero actores a fin de cuentas. Deben de tener padres, hermanos, hijos, ¿cierto?, ¿también serán pendejos esos familiares?

El 6D y los alacranes ahora constituyen la noticia, no las hazañas cotidianas de un montón de venezolanos desde diferentes trincheras. Falcón, Mujica, Fermín, González… Viene la posibilidad de un nuevo arrebato, se abren incitadoras grietas; una nueva trapisonda. ¿Para qué mantenerme en el canal de circulación normal si puedo colarme por el hombrillo, no importa la eventualidad de estrellarme contra un carro al que le estén cambiando un caucho?

El baile de los vampiros se titulaba una película de Román Polanski ambientada, como era de esperarse, en Transilvania. Hay escenas en una posada con ristras de ajos en sus ventanas. No hay prueba fehaciente de que los vampiros realmente existan, todos en la posada les niegan a los forasteros recién llegados esa posibilidad: No, a usted le han informado mal, aquí no hay vampiro que valga. Las ristras de ajos están colgadas de adorno, por costumbre ancestral. La película de Polanski funciona como parodia de un subgénero del horror, el vampiresco.

Venezuela es una gran posada sin luz ni agua. No hay manera de saber a ciencia cierta, en medio de la penumbra, si los vampiros existen y cohabitan con los alacranes. Puede que la acción mancomunada de ambos acelere la debacle del complejo delictivo encabezado por Nicolás Maduro, antes que atornillarlo. Es posible, apenas una bombilla tenue en la espesura, que les salga el tiro por la culata y contribuyan a acelerar el proceso de deterioro ante la opinión pública internacional, con consecuencias en la Corte Penal Internacional (por ejemplo).

Los alacranes de la Asamblea Nacional venezolana tienen ese nombre porque a alguien se le ocurrió llamarlos así. Hubo una Operación Alacrán bien conocida por todos. El alacrán o escorpión procede según su naturaleza traicionera. Está aquella fábula que recordamos: Un escorpión en medio de un proceloso río. Estando a la mitad del trayecto sobre la rana que le transporta, no se resiste a su naturaleza y la aguijonea, a la pobre rana. Ambos se hunden sin remedio.

Eso es: Un bicho capaz de traicionar al prójimo aun cuando ello le cueste la vida. Los alacranes y escorpiones pertenecen al orden de los artrópodos dentro de la clase de los arácnidos. Están provistos de un par de apéndices en forma de pinza (pedipalpos) y de una cola acabada en un aguijónvenenoso.

Seguirán siendo noticia y quizá den algún día para una serie de Netflix. Mientras tanto, ese otro país de venezolanos valientes y honestos seguirá más o menos en la sombra. No se les visibiliza lo suficiente. No como merecen. El problema de la ausencia de valores en la sociedad venezolana y que produce esperpentos como Parra o Fermín resulta a la postre, también, un problema comunicacional. Y no solo de la hegemonía comunicacional, que llegó tarde al banquete.

Susana Raffalli, por ejemplo. Es una especialista en nutrición pública y seguridad alimentaria a quien me gustaría conocer personalmente y decirle cuánto la admiro. Le daría un abrazo. Le haría saber que no está sola. Es la clase de venezolanos y venezolanas bendecida desde la cuna y el kínder con los valores que han debido prevalecer todos estos años pero que, antes bien, casi han desaparecido. Es la voz de Susana Raffalli y de muchos como ella lo que uno puede sacar, como si fuese un crucifijo, ante la proliferación de alacranes y vampiros en los centros del poder público.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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