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24 mayo 2024

Sofía Imber (1924-2017) fundadora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.

Sofía Imber, el día después

El 21 de enero de 2001 recibió una llamada en su teléfono celular, era Chávez, que la había despedido en vivo por su programa de radio y televisión “Aló, Presidente” como parte de una revolución cultural que iniciaba. Ni siquiera mencionó su nombre cuando hizo el anuncio a través del programa. Dos días después del despido (en el aniversario de una democracia que ahora fenecía), Sofía Imber se despidió del Museo en una rueda de prensa dentro de sus paredes. “Dejo un museo como ningún otro en América Latina”, dijo, “si alguna satisfacción he logrado en mi vida ha sido esta”.

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Tony Frangie Mawad | 21 enero 2021

“En diciembre de 2000, Sofía Imber les dijo a sus hijos que había decidido renunciar [del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber] en marzo de 2001, luego de una exposición”, relata Diego Arroyo Gil, autor del libro biográfico La señora Imber y confidente de ella. Tras 27 años dirigiendo el museo que ella misma había fundado, una de las colecciones más representativas del mejor y más acreditado arte moderno (nacional e internacional) en América Latina, Imberprimera mujer en ganar el Premio Nacional de Periodismo, en 1971, además de múltiples condecoraciones internacionales– había decidido hacerse a un lado. El país estaba convulsionado: “Mi mamá y yo, y todo el mundo que nos rodeaba, sabíamos que la salida de mi mamá venía porque era evidente”, dice su hija Adriana Meneses, refiriéndose a la marcha de la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez iniciada apenas unos años antes, “Había muchísimos rumores”.

“Yo no creo que Chávez odiara particularmente a Sofía”, dice Arroyo Gil, “Chávez manejó cada vez más el país como si fuera su finca, un día alguien le señaló a Sofía y él se dio cuenta de que Sofía estaba de más, de que no encajaba en la ‘revolución’. Y era verdad. Sofía era una mujer liberal, que se había pasado no sé cuántos años hablando de viva voz en contra de Fidel Castro y del comunismo, y que cuando Chávez llegó al poder era una figura señera de la democracia que él despreciaba, de la política que se proponía destruir”. Meneses concuerda: “[Sofía Imber] era el símbolo per se del antiguo régimen”.

Consciente de ello, Imber había conversado múltiples veces con Manuel Espinoza, el Viceministro de Cultura y director del Consejo Nacional de Cultura (Conac) en los primeros años de Chávez. “Era su amigo personal”, dice Meneses, “con todos sus altibajos porque Manuel siempre fue comunista y tenían diferencias políticas, pero se tenían aprecio”. Por ello, Espinoza le había asegurado que su salida incluiría algún tipo de gesto formal de agradecimiento.

“¿Qué es un museo sin gente sino un cadáver?”, le diría a Diego Arroyo Gil, en 2015, “en mi época era una fiesta. Y ya no más”

Pero la revolución se adelantó. El 21 de enero de 2001, Imber subió a ejercitar a Sabas Nieves -en El Ávila– con su entrenador Omar Fernández, como hacía todos los domingos. Al culminar, bajo el cielo azul caraqueño y los árboles frondosos donde el piedemonte avileño colinda con la Cota Mil, recibió una llamada en su teléfono celular. Chávez, le contaba una de sus amistades, la había despedido en vivo por su programa de radio y televisión Aló, Presidente como parte de una revolución cultural que anunciaba.

“Llegó la hora de arrancar la revolución cultural bolivariana, creadora y liberadora”, dijo Chávez, “¡Qué difícil es este mundo de la cultura: como se ha manejado! La cultura se vino elitizando, manejada por élites, como dijo Manuel Espinoza: Un principado… Príncipes, reyes, herederos, familia, se adueñaron de instituciones, de instalaciones que le cuestan miles de millones de bolívares que son del Estado”.

Para el presidente, próximo a cumplir su segundo año en la presidencia, la dirigencia cultural se pretendía como “gobiernos autónomos” y había que “recuperar la visión integradora, creadora. La cultura, la educación, viene desde abajo: no es impuesto. Impuesto es como ha sido hasta ahora. Estamos rompiendo con las instituciones de las cúpulas”. Así, dando paso a una demolición cultural que iniciaría con el cambio de directiva de 30 organismos culturales venezolanos, Chávez -recalcando que los cambios habían sido propuestos por Espinoza- anunciaría que el “el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas cambia de presidente” y que Rita Salvestrini asumiría la dirección. “Nosotros somos la revolución”, le diría Imber a la periodista Ludmila Vinogradoff, justo después de su despido.

“[Chávez] ni siquiera mencionó su nombre cuando hizo el anuncio a través Aló, Presidente”, relata Arroyo Gil, “era un desprecio como natural por todos los miembros de la élite heredada de lo que para él era ‘el pasado’. Sofía se fue hasta con el honor de haber sido despedida por el personaje”. Para Imber, “que era muy irónica” dice Arroyo Gil, ella y Chávez simplemente no tenían “sintonía laboral”.

Las promesas de Espinoza

De la manera que típicamente asumía las cosas, “tratando de parecer fuerte y diciendo: Ya, ya pasó, ya ocurrió” dice Meneses; Imber procedió, imperturbable, a dirigirse a la panadería St. Honoré en Los Palos Grandes para tomarse un café con su entrenador: otra tradición dominguera. Luego, se dirigió a su casa y recibió a sus familiares. Siguió una lluvia inmensa de llamadas. Amigos, conocidos, el sector cultural: una bulla estruendosa, escandalizada por el más nuevo arrebato de Chávez. Entonces, llamó Pilar Pérez Baldó, la esposa de Espinoza, quién le aseguró que este iría a casa de Imber para hablar en persona con ella sobre lo sucedido. “Nunca llegó”, dice Meneses, “estuvimos esperando todo el domingo”.

El dolor de Sofía no era precisamente por dejar el cargo: era cómo se había procedido. Aunque la relación de Imber y Espinoza, que habían trabajado juntos como jueces en una edición del Premio Nacional de Artes Plásticas (que, de hecho, ambos habían ganado el premio en los ‘80), “siempre fue de amor-odio”, dice Meneses, Espinoza la apreciaba tras tantos años conociéndose. Aunque “puede ser que políticamente [Espinoza] lo tuviese que hacer”, dice Meneses, “podía tener la cortesía de darle las gracias por su trabajo y decirle que arrancaba otro período político del cual ella obviamente no iba a formar parte”.

“Si se hubiera llevado a cabo una sustitución digna de las circunstancias: discutida, respetuosa, etcétera, pues ya estaba. Aunque igual hubiera habido escándalo, habría sido mucho menor”, dice Arroyo Gil, “Pero lo ‘digno’, para Chávez, no era lo que uno entiende por dignidad cuando se trata de un hombre entero: el asunto era atropellar, en plan de revancha”.

Varios días después del despido televisivo, Imber y Espinoza finalmente se reunieron: probablemente en la oficina de Manuel en el Conac. Allí, cara a cara, Espinoza le hizo una oferta a Imber: Sería la “embajadora” para la promoción del arte venezolano en el exterior. De hecho, le aseguró Espinoza, seguiría recibiendo el apoyo estatal y los beneficios de un cargo estatal. “Nunca le cumplieron”, dice Meneses.

“Quiero ser recordada como la mujer trabajadora, incansable y fundadora de este Museo”

Aun así, Espinoza e Imber se reunieron unas cuantas veces después de aquello: pero jamás se concluyó nada. Tampoco se excusó. “Él me dijo: Tú sabes el aprecio que le tenía”, dice Meneses, “Yo no lo dudo, pero el problema es que no actuó de acuerdo a ese aprecio. No por lo político, sino por la manera”.

Pero Imber no quiso mirar atrás: “La sensación que tengo es como uno deja un novio y dice: hasta acá”, le diría a Meneses. “No la deprimió ni la hizo añorar”, recuerda, “Ella fue muy fuerte consigo misma, muy dura consigo misma. No se permitía ciertos sentimientos: ‘yo no me voy a poner a llorar acá’, eso no existía. ‘Se terminó’ era ‘se terminó’”.

Para Sofía, el martirio fue el tiempo libre. Buenos Días, su programa televisivo de entrevistas, ya no estaba en el aire. Tampoco dirigía más las páginas culturales del diario El Universal. Ahora el Maccsi, su más apreciada creación, tampoco estaba en sus manos: tan sólo quedaba su programa de radio. “No pudo asumir algo que le ocupara su mente todo el día”, dice Meneses sobre los días posteriores al despido.

El día después

Dos días después del despido (en el aniversario de una democracia que ahora fenecía), Sofía Imber se despidió del Museo en una rueda de prensa dentro de sus paredes de concreto bruto. Allí, entre rondas de aplausos, celebró a su equipo y su equipo la celebró a ella. “Fue muy emotivo”, dice Meneses. “No me separaré del museo nunca. Yo estoy aquí para el museo y por el museo”, dijo, “estoy contenta de dejarlos a ustedes. Yo me voy en paz”. Además, leyó un discurso: “Dejo un museo como ningún otro en América Latina”, dijo, “si alguna satisfacción he logrado en mi vida ha sido esta que no tiene paralelo: la de haber hecho para Venezuela y para todos los venezolanos una obra de esta naturaleza, la cual disfruta de prestigio y crédito en todo el mundo. Ha sido una institución abierta a todos los venezolanos, en todo momento”.  “Quiero ser recordada como la mujer trabajadora, incansable y fundadora de este museo”, dijo para cerrar su discurso, “gracias”.

Pero, cuenta Meneses, Imber “no pudo retirar las cosas de su oficina en paz” pues la transición “no fue fluida, a pesar de que se pensaba que iba a ser”. Apenas, logró sacar algunas cosas de su oficina pero volver allí no fue fácil. Después de varias semanas, sus cosas fueron enviadas a su casa en cajas. Sofía no volvería al Maccsi sino hasta años después, en compañía de sus nietos, bajo la dirección de Luis Ángel Duque: apreciado amigo suyo y miembro de su equipo. Pero los sentimientos fueron mixtos: aunque estaba emocionada de ver el Museo en buenas condiciones, sintió tristeza al ver la poca gente que allí había.

“¿Qué es un museo sin gente sino un cadáver?”, le diría a Diego Arroyo Gil, tras una segunda visita al Museo, esta vez en silla de ruedas y acompañada por el escritor, en 2015, “En mi época era una fiesta. Y ya no más”.

Odalisca ultrajada

El despido de Imber sería seguido por el descubrimiento del robo de la pintura Odalisca de pantalón rojo de Henri Matisse en el Museo, reemplazada por una copia no precisamente exacta: un incidente que crearía los rumores y acusaciones vacuas -infundados hasta el momento- sobre más saqueos de arte durante la transición, marcada por inventarios confusos y nuevas auditorías. Las versiones dominantes sobre lo sucedido apuntan o al vacío institucional durante transición entre Imber y Salvestrini, cuando existían grandes tensiones con los sindicatos y hubo cambios de llaves y procesos, cómo también a una exposición del Maccsi llevada a cabo en Madrid en 1996.

El caso, además, se hizo una maraña de complicaciones: Por ejemplo, cuando la curadora Wanda de Guebriant -experta en Matisse– notó que la obra estaba siendo subastada en el exterior en 2002, no pudo usar la página web del Museo para contactarlo porque había sido apropiada por el artista digital Yucef Merhi. Por ello, la alerta tuvo que ser llevada personalmente a Imber -ya removida de su cargo-, Imber le dijo que alertara directamente al Museo.

“Esas personas [que robaron la obra] no fueron presas ni hubo proceso formal de culpa”, dice Meneses, sobre el retorno de la obra tras ser reencontrada en 2014 por la FBI en el hotel Loews Miami Beach y repatriada al Museo en Caracas. “Muchas veces he preguntado incluso a personas cercanas a la situación: Se devolvió la obra, se agarraron a las personas, se tiene que saber cuándo lo sacaron. Pero nunca he llegado a saber cuándo y cómo se robó”.

Aun así, Meneses no cree en aquellos rumores que siguieron a la Odalisca: “Conozco al equipo que está allí”, dice, “me dijeron que todo está allí, resguardado en las bóvedas”. Aunque, tras el robo frustrado en noviembre de 2020 por el Cicpc  de una obra de Gego y otra de Cruz-Diez por parte del actual jefe de seguridad del Museo y un museógrafo, le entran dudas. “En la pandemia, el único personal de los museos que iba era el de seguridad”, dice. Por ello, se ha dicho que se hará un inventario nuevo a raíz del intento de robo. “No tengo la menor idea de si se está haciendo”, dice.

De Maccsi a Maccar

Varios años después del despido, Sofía Imber fue visitada en su casa por Farruco Sesto: el rival de Espinoza que lo había reemplazado como Viceministro de la Cultura no mucho tiempo después del inicio de la revolución cultural, la cual Sesto había agudizado. “Le pidieron disculpas [por la manera que fue despedida], dice Meneses, “que había sido una equivocación la manera”.

Pero al poco tiempo, dice Meneses, “lo volvieron a hacer”. Debido a las crecientes tensiones entre Israel y el gobierno chavista, Imber firmó un documento en contra de las “alusiones antisemitas” de Hugo Chávez. Sesto llamó a Meneses: “Eso no lo podían aguantar”, dice. El 25 de enero de 2006 (casi en el quinto aniversario del despido), en un comunicado del Ministerio de Cultura y la Fundación Museos Nacionales, se anunciaba que el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber pasaría a llamarse tan sólo Museo de Arte Contemporáneo de Caracas: borrando efectivamente el nombre de Imber de la institución que había fundado tres décadas antes.

“Para mi mamá el legado sí era importante. Ella sabía que dejó su aporte, su granito de arena”, dice Meneses, “Por eso le dolió muchísimo [el cambio de nombre]. Más que cuando la sacaron. Fue muy fuerte”.

Con el pasar de los años, el vitriolo político del país salpicaría más: “En todas estas campañas de odio y rencor, buscan lo que es distinto”, dice Meneses, “el hecho que era judía lo tomaron como parte de aquello”. Así, por ejemplo, el escritor chavista José Sant Roz se refería -en un artículo del medio oficialista Aporrea.com- a Sofía Imber, Teodoro Petkoff y Ludmila Vinogradoff como “extranjeros” que representaban “una verdadera maldición para nuestro país”.

Por ello, Meneses pronto se retiraría de la gestión cultural pública: había logrado preservar, como otros directores de instituciones públicas pequeñas, su cargo como directora del Museo Jacobo Borges y ahora dirigiría por un año el Museo Carlos Cruz-Diez. Pero, ante la centralización y pérdida de autonomía generadas por la Fundación de Museos Nacionales fundada por Sesto en 2005, las cosas habían cambiado: “Las directrices venían de arriba. La programación tenía una normativa. Ya no había exposiciones individuales, por ejemplo”, dice Meneses, “Me salí y me sacaron”.

De allí, emigraría a Miami -continuando la fundación en honor a su madre- en compañía de Imber quien fallecería en Caracas el 20 de febrero de 2017 durante una visita para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Simón Bolívar. Pero, para Meneses, es imposible perder las esperanzas en las instituciones y el patrimonio venezolano cuyos logros considera incomparables con los del resto de la región: exceptuando a Brasil. Por ello, “espero que los museos vuelvan a ser sitios llenos de vida, exposiciones, gente, actividades educativas”, dice, “que algún día eso vaya a ocurrir: sí lo creo. Yo soy optimista en ese sentido”.

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