En la aldea
18 mayo 2024

Caracas

El rancho vs la quinta. La urbanización vs el barrio

¿Podemos continuar llamando informal a un sistema que debía ser la absoluta excepción y está predominando cada vez con más fuerza, presencia y proyección? Perdimos la oportunidad que nos ofrecía una gran herencia urbana de siglos y de proporciones continentales, con ejemplos en todas las ciudades latinoamericanas y en la gran mayoría de los pueblos venezolanos. Haber creado un monstruo como Caracas que sigue creciendo, nos obliga a establecer las bases para una nueva legislación y un nuevo paradigma en la formación de arquitectos, urbanistas y abogados, y todo aquel que juega un papel en el destino de nuestras ciudades.

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Federico Vegas | 01 marzo 2021

Hace ya unos tres años vi una serie de planos que sacudieron mi visión de Caracas. Mostraban estas imágenes la ineludible realidad, la insólita magnitud y la decidida perseverancia de los llamados asentamientos informales. Aparecen en el libro Cartografía de los barrios de Caracas 1966-2014, editado por Enlace Arquitectura y Grupo SSA, y es parte de una labor dirigida por la arquitecta Elisa Silva.

Siendo nuestra ciudad más cóncava que plana, podemos observarnos unos a los otros, pero no imaginaba la desmesurada extensión de los desarrollos que llamamos “barrios” formados por “ranchos”, dos términos con una patética carga de prejuicios e imprecisiones.

Ahora estoy ante un segundo plano donde se intenta definir las áreas que ocupa otro tipo de construcción que nuestra legislación ha bautizado sin pudor: “Vivienda unifamiliar aislada”. Se trata. Básicamente, de la llamada “quinta”, una casa para una sola familia rodeada de jardín con retiros laterales de frente y de fondo, formando racimos de hogares en urbanizaciones que también pretenden aislarse del resto de la ciudad. Es también asombrosa la extensión que ocupa en el valle y las colinas de Caracas esta otra tipología, tan distinta a la multiplicidad de funciones y la congregación que esperamos encontrar en una ciudad clásica.

“Las urbanizaciones surgieron como racimos aislados, ignorantes de que tarde o temprano aquella lejana Caracas del centro las alcanzaría con densidades y presiones jamás imaginadas”

Pienso que existe una relación muy estrecha entre lo que nos revelan estos dos planos. Si definimos a la ciudad ideal como el lugar donde se da la mayor cantidad, variedad y calidad de intercambios con la menor violencia, es evidente que tanto la precariedad y aglomeración de los ranchos, como la privacidad y aislamiento de las quintas, no facilitan una amplia y compleja gama de relaciones humanas en óptimas condiciones.

Los planos de las viviendas informales (desde ya propongo que esta informalidad es relativa) revelan una excesiva densificación de viviendas sin adecuados servicios y espacios públicos. El otro plano, el de las viviendas unifamiliares aisladas (¿existirá un término menos urbano?) muestra en cambio una evidente subutilización de las áreas mejor servidas de Caracas. Estas viviendas unifamiliares aisladas, como su presuntuoso y descarado nombre lo indica, tienen una vocación suburbana y constituyen una estéril semilla para desarrollar en el tiempo los frutos que puede ofrecernos una ciudad.

Digamos que los asentamientos informales son desarrollos ignorados por una legislación que, a su vez, ha validado y protegido la permanencia de la vivienda unifamiliar aislada, nombre legal de las quintas. Por indiferencia en un caso y por miopía en el otro, se ha promovido, sustentado y legalizado el subdesarrollo de Caracas impidiendo una evolución justa y armónica.

Una visión de Caracas.

¿Existe una relación entre los extremos del rancho y la quinta? Pienso que por una simple ley de compensación, en una ciudad donde se siembran quintas tarde o temprano prevalecerán los ranchos.

Se habla de cómo nuestra ciudad tiende a ranchificarse; muy poco de cómo podemos re-urbanizarla. El rancho es considerado el extremo más crítico y precario. La quinta representa el extremo más deseado, idealizado y congelado. En un caso se está al margen de la ciudad por necesidad; en el segundo por elección. Mucho se ha escrito y vociferado sobre el problema que representa el rancho; muy poco o nada sobre la subutilización de las posibilidades y recursos urbanos que implica la quinta. Entre una pesadilla creciente y un sueño cada vez más insostenible continua a la deriva la búsqueda de una ciudad integrada y plena de opciones.

No se alarmen los dueños de bellas y plácidas quintas. La idea no es eliminarlas, sino que la legislación les permita convertirlas en edificaciones urbanas donde los abuelos puedan vivir y salir a caminar con los nietos. La tarea urgente, impostergable, es permitir a los ranchos y las quintas, los barrios y las urbanizaciones, evolucionar hacia un urbanismo que, lejos de acentuar las diferencias, tienda a unir los anhelos de vivir en una ciudad provechosa e integradora.

Plano de las áreas ocupadas por asentamientos espontáneos.

Los barrios y los ranchos

El conjunto de láminas que nos presentan los autores de la Cartografía de los barrios de Caracas 1966-2014, parte de los orígenes de nuestros barrios hasta la actualidad, dando así inicio a la tarea pendiente y urgente de constatar y afrontar una realidad que, en gran parte, se ha venido desarrollando fuera de los planos, de la legislación urbana, de las oficinas de urbanismo y las facultades de arquitectura. Esta cartografía constituye un testimonio irrefutable de la escala y la presencia cada vez más determinante de los también llamados “asentamientos espontáneos”.

Antes de adentrarnos en el presente y futuro de esta realidad, vamos a revisar brevemente cómo ha evolucionado desde la fundación de Caracas la relación entre lo informal y lo formal.

Primero exploremos el significado y el origen de “asentarse”, primera fase en el proceso de poblar. Los llamados “asentamientos” están en el origen de todas las ciudades y pueblos hispanoamericanos desde México y la Florida hasta el Río de la Plata. Estamos hablando de cientos de miles de urbanismos que no nacieron espontáneamente, sino como parte de una empresa de conquista y poblamiento sin precedentes que, en menos de un siglo, daría paso a más de doscientos años de estabilidad colonial. Esta gesta urbanizadora comenzaba con “el asentamiento de la hueste” conformando un endeble caserío, una ranchería. Gracias a una normativa, que sería parte de las llamadas “Leyes de Indias”, aquellos precarios ranchos de paja pudieron convertirse en ciudades y pueblos ordenados en base a un damero ortogonal. Estas leyes, con evidentes influencias de las entonces milenarias fundaciones coloniales de Grecia, luego de Roma, y de las ciudades ideales prefiguradas en el Renacimiento, serían la norma en Venezuela hasta la primera mitad del siglo XX, cuando cambió radicalmente la manera de concebir el desarrollo de nuestras poblaciones.

En el proceso de conquista y colonización de un continente inmenso y desconocido, la obsesión de España será la concertada distribución de los elementos urbanos en el lugar que les corresponde. En el exhaustivo libro de Allan Brewer Carías, La ciudad ordenada, encontramos los motivos, propósitos y alcances de esta proeza urbanizadora. La teoría de un ordenamiento debía anteceder a la práctica de hacer la ciudad para evitar el caos, estableciendo de antemano guías precisas, legibles, reproducibles, permanentes, capaces de regir un futuro cierto en territorios inciertos. Una fundación era un pueblo, dos una ruta, tres un territorio de la Corona. En Venezuela tuvieron tanta fuerza estos trazados urbanos que cuatro siglos más tarde continúan subsistiendo en muchas de nuestras ciudades sin que se extinga su legado de orden y de cordura.

Plano de Caracas, 1578.

En las instrucciones de 1513 entregadas a la expedición comandada por Pedrarias Dávila para la conquista de la Provincia de Castilla del Oro (al sureste de Centroamérica), se ordena que haya un lugar para la plaza, un lugar para la iglesia y un orden en las calles, “porque en los lugares que se hacen ordenadamente desde el comienzo, sin ningún trabajo ni costo quedan ordenados, mientras los otros jamás se ordenan”. Esta frase debemos leerla y releerla una y otra vez para integrar nuestro pasado y nuestro futuro.

Un interesante ejemplo de esta obsesión por establecer un orden es el plano de la fundación de Caracas. Vemos un dibujo, “rasguñado” a pluma de 43 x 60 centímetros, de una incipiente y endeble ranchería que tiene apenas unos once años. Según un informe enviado a los Archivos de Sevilla, está formada por casas de “palos hincados cubiertos de pajas” y “de tapia sin alto ninguno y cubiertas de cogollos de caña”. Añade la descripción que “hace dos o tres años se ha comenzado a labrar tres o cuatro casas de piedra y ladrillo y cal con sus altos cubiertos de teja”.

Al mismo tiempo, estamos ante el esquema de una ciudad prefigurada e idealizada en un simétrico damero de 25 cuadras. Están presentes el tablero de un sabio juego y sus piezas: la calle, la casa, la cuadra y la plaza. Al este de la trama encontramos una norma escrita: “De esta suerte va todo el pueblo edificándose”, una regla que, como en el ajedrez, permite con principios simples y finitos generar infinitas combinaciones.

En relación a nuestra exploración de la relación entre el rancho y la quinta, nos interesa en este plano primigenio la manera en que la construcción más naciente y precaria convive, en una misma trama y en un mismo urbanismo, con una consolidada casa de piedra, ladrillo y tejas.

Plano de Caracas, 1775.

Incluyo este plano, de 1775, por dos razones. La primera es que me parece uno de los más bellos de la cartografía caraqueña; la segunda es que tiene que ver con el tema que estamos explorando, pues se titula: «Plan de la ciudad de Caracas, con división de sus barrios».

Ahora observamos un cuadrado perfecto y más extenso, 16 x 16 cuadras. Estas 256 cuadras han crecido según lo establecido en el primer plano de 1567: “De esta suerte va todo el pueblo edificándose”. La trama sigue siendo igual de omnipotente e idealizada. Todas las cuadras son del mismo tamaño e igual forma, cuando en la realidad presentan variaciones de tamaños y ángulos.

Cada uno de estos «barrios» que componen la ciudad mantiene las mismas proporciones, funciones y leyes de crecimiento que el resto de la trama, incluyendo una plaza y una iglesia en su centro. Existe un criterio urbano de continuidad, de homogeneidad y legibilidad entre las partes y el todo. En el índice que acompaña el plano aparece un listado de templos, conventos, una universidad y un hospital. Comienza a darse una variedad de tipologías, pero estas no existen como entes autónomos, aislados, sino siempre delimitadas y referidas al damero. Especialmente la vivienda, cuya forma y funciones representan un microcosmos de lo urbano, al punto que la relación entre la casa y las habitaciones y el patio es semejante a la de la ciudad con sus cuadras y plazas.

Estamos ante la Caracas colonial en todo su esplendor. Francisco Miranda tiene 25 años y ya partió a recorrer el mundo; Bolívar aún no ha nacido. La extraordinaria obra de poblamiento ha terminado en todo el país. Para hacernos una idea de su alcance, menos de un 10% de los pueblos y ciudades venezolanas han sido fundados después de la Independencia, y más del 90% durante la Colonia. En el siglo XX, la tradición de convertir nuevos asentamientos en poblaciones ordenadas se abandonó y prevaleció la tendencia a desarrollar fragmentados anillos alrededor de lo ya fundado y heredado.

Mientras los conceptos que generaron el urbanismo hispanoamericano iban perdiendo vigencia, comenzaría a ganar terreno de una manera súbita y eruptiva la idea de la “urbanización”. Las ciudades ya no se desarrollarían bajo un mismo principio urbano, sino mediante una aglomeración de episodios aislados, autónomos y desvinculados, que responderán a diferentes tendencias. Ya no existirá la idea de un urbanismo imperial y ecuménico tan obsesivo como la religión católica y vinculante como el castellano, donde los más pobres y los más ricos, igual que compartían un mismo idioma y un mismo credo, habitaban en un mismo sistema de dameros y plazas. Los nuevos principios urbanos que tomaron fuerza a mediados del siglo XX ya no serían congregantes, integradores de diferentes actividades y estratos económicos; al contrario, cada urbanización respondería a un nivel socioeconómico, a un tipo de actividad, a una fantasía figurativa o cuantitativa y establecería unos límites para separarse de sus vecinas dificultando incluso la continuidad de los recorridos a través de la ciudad.

Tipos de urbanización.

Los nuevos asentamientos que no encontraron ni encuentran lugar en estos nuevos desarrollos, se han venido ubicando, y continuarán haciéndolo, sin orden ni concierto en los terrenos sobrantes, en los intersticios, en quebradas y cerros con excesivas pendientes, mediante sus propios medios y a su suerte, sin otra ley que la extrema necesidad y las limitaciones topográficas. La historia del urbanismo no los ampara ni los guía. No hay más tradición que la de guarecerse. La falta de servicios básicos y de legalidad en la ocupación de las tierras acentúa la tendencia a permanecer en un estado de creciente precariedad.

A Pedrarias Dávila le informaron en 1513 que los lugares que se hacen sin orden desde el comienzo “jamás se ordenan”. En el caso de nuestros asentamientos informales esta falta de orden en su origen representa una enorme dificultad, pero no debe ser un mandamiento inexorable ni una condena. Existe la apasionante y ardua tarea de buscar en el caos un nuevo tipo de orden. Muchas veces el calificativo “desordenado” no es más que una manera de evitar el problema, la reflexión. Pero no podemos olvidar las bondades y beneficios de plantear desde el inicio un trazado que facilite los servicios, la circulación y la integración al resto de la ciudad.

Las cifras y porcentajes que se desprenden de los planos presentados en la Cartografía de los barrios de Caracas nos revelan una crisis que hemos evitado constatar. Actualmente, más de la mitad de la población de Caracas vive en asentamientos informales no planificados, y este porcentaje de la población caraqueña vive en una cuarta parte de la huella urbana mientras su tasa de crecimiento es dos veces mayor a la de los segmentos llamados “formales”.

En la presentación de esta cartografía, la arquitecta Elisa Silva nos explica que en las áreas planificadas el suelo disponible para las viviendas suele llegar a un máximo de 17%, el resto lo ocupan las áreas verdes, espacios públicos, calles y retiros. En cambio, en los asentamientos informales la vivienda llega a ocupar el 60%, “como consecuencia el acceso al transporte público, vialidad, aseo urbano, servicios y equipamientos es comprometido, igual que las oportunidades para la recreación y el empleo”.

Al adentrarnos en estas constataciones que hacen visible lo que tiende a ser invisible, ¿podemos continuar llamando informal a un sistema que debía ser la absoluta excepción y está predominando cada vez con más fuerza, presencia y proyección? Lo marginal se está tornando central, preponderante. Esto nos lleva a preguntarnos en qué momento, bajo cuál medida, criterio social o económico, juicio arquitectónico o urbano, una casa es considerada como un rancho y un vecindario como un barrio.

Los términos “rancho” y “barrio” tienen en otras culturas hispanoamericanas connotaciones diferentes a las nuestras, incluso usualmente apetecibles y hasta idílicas. Durante los inicios de la conquista hispanoamericana, un rancho era un lugar con buen clima, agua pura y suficiente leña para construir las primeras viviendas, más tarde pasó a denominar una casa rural aislada, centro de una futura hacienda. En México se utiliza para referirse a la hacienda ya fundada, productiva y anhelada, extendiéndose este opulento significado a Estados Unidos: “A very large farm on which animals are kept, especially in North and South America”. La prueba de las idílicas connotaciones del rancho las encontramos en las rancheras, el género musical mejicano por excelencia.

Wikipedia es implacable cuando nos ofrece el otro extremo de las acepciones de la palabra rancho, especificando en qué país es un término peyorativo: “… en Venezuela se refiere a las viviendas improvisadas, mal construidas o elaboradas con materiales de ínfima calidad como zinc o cartón-piedra; donde se asientan las personas de estratos sociales muy bajos”.

La palabra “barrio” también tiene dos tendencias. En algunos países suele referirse a una comunidad donde los habitantes tienen un sentido de pertenencia basado en la proximidad y una historia común. En nuestros barrios la proximidad puede generar la hermandad de una historia compartida, difícil, combativa, pero quizás con el peso de un permanente sentido de provisionalidad, y, en la mayoría de los casos, acompañada por niveles críticos de hacinamiento y falta de servicios.

El término “barrio” proviene de los siglos en que los árabes ocuparon España y solía referirse a lo “exterior”, a lo que estaba fuera de las murallas de la ciudad, al campo, incluso a la selva y lo salvaje. ¿En qué momento y por cuáles razones pasó a definir, como en el caso del plano de 1775, una parte integral de la ciudad? Imagino que se refería a los nuevos sectores perimetrales que se iban integrando al centro fundacional. Cuando al barrio se le exterioriza y se le margina del urbanismo y la arquitectura, de la economía formal y la legislación urbana, tiende a ser concebido como una categoría inferior y se va haciendo más conflictiva su relación con el resto de la ciudad. En la medida en que se incorpore a las tramas y redes urbanas abriendo espacios de contacto e intercambio, podrá ofrecer valores espirituales y urbanos a sus propios habitantes y a sus vecinos. La manera de enfrentar la marginalización es convertir el margen en un lugar de contacto, de entrantes y salientes. La vida urbana se origina, se alimenta, se proyecta y se potencia en el intercambio.

Conmueve la cantidad y calidad de las canciones dedicadas a los 32 barrios de Buenos Aires. Si la ranchera se basa en el rancho, el tango se fundamenta en el barrio, el terruño de una comunidad con alma y permanencia. Son cientos de homenajes con el agradecimiento y el mismo apego del tango “Almagro”, que cantó Carlos Gardel

Como recuerdo, barrio querido,
aquellos tiempos de mi niñez…
Eres el sitio donde he nacido
y eres la cuna de mi honradez.
Barrio del alma, fue por tus calles
donde he gozado mi juventud.

Existe una música que nace y se forja en nuestros barrios, y quizás sea la que actualmente tiene más fuerza y convocatoria, pero en la escala del significado de las expresiones lingüísticas, nuestros barrios y nuestros ranchos ocupan la posibilidad más despectiva, tanto referida a nuestra realidad urbana como al mundo de los símbolos y las fantasías. Son términos que preestablecen una barrera, unos límites, una diferencia que algunos consideran insalvable.

Si el urbanismo de la Colonia fue una empresa imperial y continental, ¿qué papel ha jugado el Estado venezolano en el poblamiento de Venezuela en los siglos XX y XXI? Alguien debería estar escribiendo un análisis de la evolución de las diferentes soluciones y actitudes ante el problema del poblamiento. Existe una variedad de soluciones de las que podemos evaluar su transformación, errores y aciertos; desde soluciones urbanas que han ofrecido una reinterpretación del damero, como San Agustín del Sur, San Agustín del Norte y El Silencio, hasta desarrollos apartados que configuran ciudades dormitorio, como la reciente Ciudad Caribia.

Las diferencias, por ejemplo, que existen entre el conjunto de El Silencio y las torres del 23 de Enero son tan extremas que cuesta creer hayan sido diseñadas por el mismo arquitecto, Carlos Raúl Villanueva, en un período de poco más de diez años.

Llama la atención que el Imperio español no fue un constructor de viviendas, sino un estricto supervisor de urbanismos. El Estado venezolano ha invertido esta ecuación y se ha centrado en generar viviendas bajo el eufemismo de “vivienda de interés social”, cuando toda vivienda es inevitablemente social. Es curioso que se utilice este adjetivo en edificaciones donde hay una merma en las posibilidades y variedad de socialización que debe ofrecer una ciudad.  

El estado constructor y patriarcal puede ser un monstruo temible. Es preferible una madre protectora y sensata que nos ofrezca tramas urbanas, principios de ordenamiento, servicios adecuados. El damero español con su división de parroquias (originalmente “barrios”, como vimos en el plano de 1775) que iban generando una ciudad policéntrica y un lenguaje común e integrador, es una herencia maravillosa.

Plano de áreas ocupadas por viviendas unifamiliares aisladas.

Las urbanizaciones y las quintas

Al otro extremo está las quintas y las urbanizaciones abriendo aún más la brecha con sus medidas de aislamiento, y sus pretensiones de modelos para definir y medir lo aceptable y lo civilizado.

Este segundo plano, realizado por Elisa Silva y Verónica González, viene a ser una continuación de la Cartografía de los barrios de Caracas 1966-2014. Elisa y Verónica han comprendido y asumido que la ciudad es una inmensa criatura a la que hay que seguirle la pista, constatar sus huellas, indagar hasta comprender sus frustraciones y anhelos. En esta segunda investigación han añadido una medición de las áreas que ocupa la “vivienda unifamiliar aislada”, una tipología que ha tenido todo tipo de mutaciones pero continúa planteando el mismo modelo aislado, en ocasiones marginado a conciencia y por propia elección.

El componente fundamental del damero caraqueño, inscrito hasta principios del siglo XX entre el río Guaire al sur y la montaña al norte, El Calvario al oeste y Los Caobos hacia el oeste, había sido siempre la casa, una vivienda que ocupaba un segmento de cuadra, dispuesta a crecer y dividirse, ansiosa de ser ciudad y poseedora de la fórmula para hacerlo. La casa del damero tenía los recursos y los límites para desarrollarse en armonía con su cuadra, con su calle y su trama urbana. Las quintas, en cambio, eran excepciones que se daban en el perímetro.

¿Qué es en definitiva una quinta? El “Quinto” era originalmente una sistema árabe de arrendamiento que consistía en entregar al dueño de una finca la quinta parte de los frutos, y “quinta” sería luego esta misma finca empleada por el dueño como lugar de recreo. En Caracas tenemos el magnífico ejemplo de la Quinta Anauco, construida al norte del damero por el capitán Juan Javier Mijares de Solórzano a finales del siglo XVIII. Una casa dedicada al descanso y la contemplación de las siembras de café, caña de azúcar y árboles frutales.

Plano de Caracas, Razetti, 1906.

En este plano de Ricardo Razetti de 1906, aparece el primer caso de quintas formando una urbanización. Su nombre anuncia un pretencioso espejismo: “El Paraíso”.

El terremoto de 1900 había dejado aterrorizados a los caraqueños que vivían en casas de tapia y los más pudientes se mudan a esta nueva urbanización donde habría viviendas promocionadas como «antisísmicas». Lo más deseable ya no será estar cerca de la Plaza Bolívar; ahora la meta consistirá en separarse de la trama urbana aislándose del vecino y de la calle mediante jardines. Si antes la vivienda con su patio era un microcosmos de la ciudad y su plaza, ahora la quinta representará un anhelo de campo, una negación de lo urbano y la pretensión de jamás ser ciudad.

La variedad estilística de estas quintas de El Paraíso celebra esta condición de diversidad y autonomía y la convierte en una nueva atracción, con sus dos pisos que separan las habitaciones de las áreas sociales y con espacio para estacionar automóviles. El principal listado en el plano de Razetti enumera las grandes quintas que han sido construidas en seis años, presentadas con el apellido de sus dueños: Zuloaga, Erazo, Torres Cárdenas, Boulton y otras treinta familias.

Las tierras del valle de Caracas comenzarán a ser sembradas con esta nueva especie. El Paraíso y otra serie de nuevas urbanizaciones terminarían ocupando una mayor extensión que la receta original propuesta por la trama colonial. De aquí surge otra pregunta: ¿En qué se diferencia una urbanización de un urbanismo?

La definición más sencilla nos dice que el urbanismo se ocupa de ordenar las ciudades y el territorio que ocupan, lo cual coincide con la obra de España durante la colonización de América. Una urbanización, en cambio, suele ser un conjunto de viviendas situadas generalmente en un antiguo medio rural vecino a poblaciones ya establecidas.

Plano de Caracas “Monumental”, Ramón Sosa, 1936.

El Paraíso fue el primer paso y la expresión más lujosa de un mito que se convertiría en la máxima aspiración de los caraqueños. En este plano de Ramón Sosa de 1936, con el auspicioso título “Plano de Caracas Monumental”, vemos una ciudad más campestre que urbana. Se acentúa la presencia de las colinas, los cauces de las quebradas, los árboles y los cultivos. Parece la antesala para el cambio de dirección que va a privilegiar la aparición de quintas con sus jardines. Se estaba consolidando la ilusión de vivir rodeados de frutos, o por lo menos, de grama.

Este afán suburbano fue exacerbado por Hollywood. La imagen de un “pantry” integrado a un jardín impecable era más poderosa, y más accesible, que cualquier castillo encantado, y comenzó a hacerse universal esta evocación de “La Pequeña Casa de la Pradera”. El cine norteamericano presentaba con naturalidad y desenvoltura una vivienda que tenía en la cocina y los baños lo más adelantado de la tecnología, y al mismo tiempo estaba rodeada por los cuatro costados de jardín, como un pequeño reino doméstico e higiénico, democrático y repetible hasta el infinito.

Plano de “Caracas y sus alrededores”, Eduardo Röhl, 1934.

En este plano de 1934, titulado «Caracas y sus alrededores», la geografía va a ser el principal protagonista, ya no la historia, con el peso de aquellos dameros presentados como una abstracción omnipotente. En este dibujo de 96 x 65 cm, en tonos ocres, amarillo y naranja, realizado en base a fotos aéreas, aparecen todas las montañas y valles de lo que será la Caracas metropolitana. A una escala de 1:30.000 se incluye hasta la cordillera y las costas del Caribe.

Vemos cómo el damero de la ciudad colonial está circunscrito a una pequeña parte del valle. Ya no llena la lámina, es solo parte de un sistema mucho mayor donde hay pueblos a punto de ser englobados, nuevas urbanizaciones con tramas disímiles que se ignoran unas a otras, y sobre todo, amplios territorios que la ciudad está ansiosa de conquistar. Aquí se exaltan los accidentes geográficos, los llenos y vacíos, los relieves y las sinuosidades, las diferentes alturas en la topografía, las posibilidades y limitaciones que cada arquitecto enfrentará a su manera y estilo según los amplios recursos que ofrece la modernidad.

Entre los relieves de las montañas y colinas, gran parte de las tierras de los valles están en blanco, como vacíos que esperan el impacto urbano. El casco colonial del centro y los pueblos de origen colonial, como Petare y Chacao, se señalan en naranja. En tonos de amarillo, resaltando sus edificaciones aisladas, las nuevas urbanizaciones que avanzan hacia el este: Los Caobos, La Florida, el Country Club, Campo Alegre, Los Palos Grandes y Sebucán. Este plano nos revela la nueva tendencia que caracterizará esta suerte de «conquista del este», encabezada por urbanizadores como Luis Roche y Juan Bernardo Arismendi, que convierten haciendas aledañas a Caracas en hermosas urbanizaciones que pretenden permanecer para siempre al margen del centro de la ciudad. Ni siquiera está planteado que se comuniquen entre sí, pues las quebradas norte-sur, que definían las haciendas de café y caña, sirven también de separación a las nuevas urbanizaciones. Se comunican solo en su extremo sur, a lo largo de lo que será la Avenida Francisco de Miranda. Este aislamiento es parte de una estrategia, de una intención consciente. Se está pasando de la ciudad congregada a una ciudad disgregada por vocación.

Diferentes tipos de trama.

“Por indiferencia en un caso y por miopía en el otro, se ha promovido, sustentado y legalizado el subdesarrollo de Caracas impidiendo una evolución justa y armónica”

Diferentes tipos de trama.

La receta se multiplicaría. En las siguientes décadas, otras centenarias haciendas de caña y café, como La Floresta, La Urbina, San Bernardino, Los Ruices, Las Mercedes, La Trinidad, La Lagunita, La Floresta, El Cafetal, también serían convertidas en urbanizaciones básicamente de quintas. La lista es abrumadora por su extensión, concatenación, sincronía y la persistencia de un mismo modelo. Las urbanizaciones surgieron como racimos aislados, ignorantes de que tarde o temprano aquella lejana Caracas del centro las alcanzaría con densidades y presiones jamás imaginadas. De allí en adelante todo han sido hinchazones, desvanecimientos y fatuidad.

Si antes la casa del damero implicaba un anhelo de lo urbano, la quinta unifamiliar asilada, semilla del urbanismo en los cincuenta, contiene orgullosa el germen del rechazo a la ciudad. Resultó inevitable, partiendo de esta genética, la súbita erupción de torres igual de aisladas y tan ignorantes de su propia ciudad como lo era antes la quinta en el mismo lote.

En los años ‘80 cayó sobre una generación de arquitectos una frase de Alberti sencilla y contundente: “Una ciudad es una gran casa, y una casa es una pequeña ciudad”, pero las quintas y edificaciones que proyectábamos y deseábamos en esos años no imaginaban ni deseaban una ciudad. Según Alberti, la arquitectura propicia una sucesión enriquecedora de contextos y elementos, donde todo lo que contiene es a su vez contenido. Nuestros diseños consideran concluida esta relación entre las partes y el todo dentro de los predios de su propio lote. A partir de los linderos nada más existe.

Cuando nuestra ciudad pretendió ser desarrollada y moderna se encontró con un extraño cuerpo atomizado. Sus hectáreas planas y bien servidas aún están llenas de estas viviendas unifamiliares aisladas que van invadiendo sus propios retiros para intentar congregar a varias familias.

Este afán de aferrarse a un modelo que está en lucha con nuestro propio desarrollo urbano no ha sido confrontado ni evaluado, y aún se ofrece la quinta aislada como paradigma del buen vivir y como un apetecible ejercicio de arquitectura.

Aristóteles también nos ofrece una referencia y un imperativo: “Por naturaleza, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, ya que el conjunto es necesariamente anterior a la parte”. Nuestra generación creyó que la ciudad se inicia con la casa. Entendimos el parto al revés.

La reacción de Elisa Silva ante el plano que revela la extensión de las quintas y las urbanizaciones explica el desconcierto que ahora sentimos: “La urbanización es una anti-ciudad que no quiere mezclarse ni enterarse. Se concibió sola dentro de sus bordes, unos bordes que sirven como defensa feudal de lo que viene después: una quebrada, otra urbanización, ni hablar si se trata de un barrio. La ruptura con el modelo de ciudad que heredamos fue drástica. Cambió el sistema operativo y eso nos cambió el chip. Pasamos a celebrar y a preferir la división, el apartarse. Se perdió con ello también el sentido de pertenecer a una ciudad. El espacio lo hemos concebido como algo esencialmente privado en una tierra de nadie que es lo público”.

Sobre este tema de la vivienda unifamiliar aislada me resulta tan fácil como difícil hablar. Está arraigado en mi vida. He vivido en quintas, también las he diseñado y construido, y encuentro demasiados hilos por dónde empezar.

Un amigo de siempre me confesó en una noche de tragos que de niño le daba pena decir que vivía en una casa.

-¿Y qué tiene de malo vivir en una casa? -le pregunté con esa alegre perplejidad que nos ofrece el vino.

-Es que cuando estábamos en el colegio todos ustedes vivían en quintas.

La revelación de esta latente vergüenza cayó sobre mi conciencia como un aluvión. Yo había conocido su casa de patio en La Pastora y aquella imagen se convirtió para siempre en un sueño y una meta. Sigo buscando ese hogar y ese patio para restaurarlo hasta alcanzar aquella austera elegancia donde confluían misteriosos juegos de sombras y luminosidad.

Esta pasajera sensación cada cierto tiempo vuelve a mi alma. Ahora entiendo que perdimos la oportunidad que nos ofrecía una gran herencia urbana de siglos y de proporciones continentales, con ejemplos en todas las ciudades latinoamericanas y en la gran mayoría de los pueblos venezolanos. La conciencia de haber fallado como creadores de ciudad y haber creado un monstruo que sigue creciendo nos obliga a poner en duda nuestra legislación urbana, los actuales modelos y conceptos. Me refiero a una duda profunda, revolucionaria y creadora, que comience a crear las bases para una nueva legislación y un nuevo paradigma en la formación de arquitectos, urbanistas y abogados, y todo aquel que juega un papel en el destino de nuestras ciudades.

*Las fotografías fueron facilitadas por el autor, Federico Vegas, al editor de La Gran Aldea.

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