En la aldea
14 junio 2024

El chavista honesto

El madurismo lo utiliza como un comodín, el comodín histórico. Tal vez él no se dé cuenta o, por el contrario, se deje utilizar precisamente porque se da cuenta. Lo cierto es que Fernando Soto Rojas, el chavista que denunció a otra chavista poderosa, Cilia Flores, hace años por nepotismo, sigue vigente hoy en día como diputado de la Asamblea Nacional. El más viejo, el que lleva la historia de la segunda mitad del siglo XX fresca en la memoria, tan fresca que puede que lo despierte de madrugada con el zumbido de las aspas de un helicóptero.

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Sebastián de la Nuez | 09 marzo 2021

Hubo una vez tres hermanos canarios que se vinieron a Venezuela y se regaron por tres sitios: uno en Guárico, otro en Oriente (de allí viene Jesús Soto) y el tercero en Maracaibo. En este último asentamiento se formó la familia Soto Luzardo.

La rama de Fernando Soto Rojas es de Altagracia de Orituco, en Guárico. Caben todas las consideraciones posibles sobre una figura que se ha mantenido en la semipenumbra del chavismo: Está allí aunque no hace mucho ruido y, al parecer, siempre dispuesto para ir donde lo llamen. Es un chavista de corazón del que no se puede sospechar que esté allí por alguna razón que no sea la ideológica. Ideología y fe. Cree en eso.

Y como cree en eso, juega un papel utilitario para el madurismo. Es capaz de repetir todas las falsedades acostumbradas pero nadie creerá que lo hace por alguna razón que no le dicte su alma, su corazón, su empeño por un país mejor o, al menos, liberado. En la instalación de la reciente Asamblea Nacional, en enero de este año, lo encargaron del discurso inaugural, en su condición de diputado electo más viejo. Comenzó diciendo que no hay que olvidar nunca que en Venezuela el sol nace en el Esequibo, lo cual arrancó un nutrido aplauso por parte de la concurrencia. A continuación, enumeró los supuestos crímenes que la Asamblea anterior había perpetrado, entre ellos el delito de traición a la patria; citó, un poco a trancas y barrancas, a Simón Rodríguez. Dijo que hay que seguir derrotando el asedio del imperialismo y, para ello, en sus propias palabras, nada mejor que preservar el legado del comandante Chávez, un ideario que debe ser guía para los venezolanos de hoy: Unidad, lucha, batalla y victoria.

¡Un ideario!, nada menos que un ideario. Todos quienes le conocen desde hace tiempo, incluyendo a Héctor Pérez Marcano, uno de los fundadores del MIR, dan fe de su honestidad y de su autenticidad. «No creo que sea un resentido, sino un convencido. Convencido de un error, desde luego, pero convencido», dijo el dirigente retirado. Un familiar de Soto Rojas, ajeno a cualquier inclinación política, refrenda esa percepción: «Es una persona absolutamente convencida del marxismo-leninismo, y por supuesto que eso te exige unas cualidades humanas que en realidad son sobrehumanas: una persona impoluta, que siempre está pensando en el otro. El marxista convencido es casi un Cristo, alguien sin apegos, desprendido: todo es en función de la sociedad como un absoluto».

Tal vez su historia ayude a comprenderlo. Tenía un hermano que se llamaba Víctor. Se fueron juntos a la guerrilla. Los hijos metidos en política desde los años cincuenta suscitaron las iras de un padre que se había venido desde Altagracia de Orituco a hacer vida en Caracas con su esposa y sus tres hijos -Fernando más Víctor y Pura, la única hembra-; probablemente no querría que sus muchachos desperdiciaran su vida en causas perdidas. Pura, por su parte, siempre ha sido una mujer muy llanera, alegre e íntegra. Víctor llegó a estudiar algo de Sociología en la UCV. Pero los tiempos que les tocó vivir no eran tanto de reflexión y estudio como de acción.

Para hacer el cuento corto, los dos hermanos se fueron al cerro El Bachiller.

«Lo primero que yo recuerdo de Fernando fue cuando me regaló el Manifiesto Comunista, y el de Lenin que comienza con aquello de proletarios del mundo, uníos», dijo el familiar muy cercano, unos cuarenta años menor que Soto Rojas. Rosa de Soto, la madre, murió de 102 o 103 años, en 2010. También está Rosa Soto, que vivía en la Avenida Roosevelt de Las Acacias. Esa era su concha o sitio de reposo durante el tiempo en que los hermanos sediciosos paraban en Caracas. Primero se reunían con sus compinches en la Universidad Central de Venezuela (UCV), y después iban allá, casa de Rosa Soto, porque ella les preparaba su plato de comida. La tía Rosa fue obrera, jubilada de la Maternidad Concepción Palacios; además, líder sindical.

Los hermanos Soto Rojas ya eran activos militantes de la Juventud de AD que luchaban contra la dictadura en tiempos de Marcos Pérez Jiménez. Víctor era más amigable que su hermano, por su naturaleza. Eran de un carácter totalmente distinto pues Víctor era alegre, expansivo, echador de broma, de trato afable. Fernando siempre ha sido, por el contrario, más bien cerrado, poco proclive a la intimidad amistosa. Muy reservado desde aquella época. Víctor era menor. Víctor fue dirigente universitario cuando iba para sociólogo en la Universidad Central. Se fue a la lucha guerrillera en el frente de El Bachiller y fue capturado con vida junto a otros diez guerrilleros durante el gobierno de Raúl Leoni. Ellos inauguraron en Latinoamérica lo que fue después una práctica común en la Argentina de los gorilatos. Fueron lanzados vivos desde un helicóptero. Trino Barrios, el que dirigía ese asentamiento guerrillero por entonces, estaba en el grupo asesinado. Carlos Andrés Pérez era el ministro del Interior en ese momento; Raúl Leoni, presidente.

También se ha dicho que Víctor desapareció en el campamento militar de Cúpira, pero a veces Wikipedia se equivoca, o quienes la alimentan se equivocan adrede.

¿Puede alguien imaginar el Calvario de Rosa de Soto desde aquel día de 1964 en que desapareció su hijo Víctor hasta el día de 2010, 46 años después, en que ella murió? «El hecho de que Rosa de Soto nunca pudo enterrar a su hijo dejó una marca familiar», dijo este pariente cuyo nombre es mejor dejar en el anonimato. De esa historia también está hecho este presente.

@sdelanuez
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