EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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La alianza de Maduro con Putin y las armas químicas

El doctor Grimesby Roylott murió diez segundos después de que fuera mordido por una serpiente. Una víbora de los pantanos, que, según cuenta Sir Arthur Conan Doyle en su libro Las aventuras de Sherlock Holmes, es la más mortífera de la India. Lo curioso es que Roylott había amaestrado al reptil para que inoculara su letal veneno en el cuerpo de su hijastra. Cabe imaginarlo: por un asunto de herencia. Pero la serpiente se volvió contra su amo, un pérfido médico que coleccionaba animales extravagantes. Esta fascinación por las sustancias tóxicas para poner en práctica la pena capital va más allá de la literatura. La vemos también en el mundo de la política. Ahora con sospechosa frecuencia. La cicuta como arma de coacción. Y los rusos están a la cabeza.

Un equipo de periodistas de The New York Times ganó el Premio Pulitzer en 2017 precisamente por haber investigado el lado oscuro del poder en Rusia. Los envenenamientos sistemáticos, desde luego, formaron parte de la serie de trabajos que escribieron.

Es para tomar nota. En 2004, la periodista de investigación Anna Politkouskaya bebió un té envenenado cuando viajaba en un vuelo de la aerolínea rusa Karat. Error de cálculo en la posología: Sobrevivió. Pero dos años más tarde le dieron dos tiros cuando se hallaba en el ascensor del edificio donde vivía. Murió. Dos personas fueron condenadas a cadena perpetua: los ejecutores del crimen. Pero nada se sabe de la autoría intelectual.

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En 2006, el ex espía ruso Alexander V. Litvinenko bebió té verde en un hotel de Londres. Litvinenko acudió allí para encontrarse con dos ex colegas rusos que lo traicionaron. No imaginó que detrás del vapor que exhalaba la tetera estaba agazapado su asesino: El polonio-210, una sustancia que se usó para confeccionar las primeras bombas nucleares y que literalmente destruye las células. Una estampa a lo Chernóbil. Vómitos. Glóbulos blancos por el suelo. Caída del cabello. Órganos fulminados. Litvinenko murió a los 22 días de haber ingerido el ponzoñoso té. La BBC señala que se trató casi de un crimen perfecto. El envenenamiento con polonio es muy difícil de rastrear. Casi: pero nunca falta un sabueso a lo Sherlock Holmes y… una casualidad.

Si ya un envenenamiento común enciende las alarmas de las autoridades, podemos imaginar lo que significaba para los ingleses -y para el mundo en general- un asesinato cometido con un arma radiactiva. En la nota de la BBC se cita la opinión que sobre el caso diera el físico Norman Dombey. Se requiere una alta cantidad de polonio para construir el veneno letal. Y esa cantidad, según Dombey, se produce única y exclusivamente en un reactor nuclear situado en la planta de Avangard (Sarov, Rusia). Fue precisamente en la ciudad de Sarov donde la ex Unión Soviética dio inicio a la producción de armamento nuclear en grandes proporciones para disputarle a Estados Unidos el monopolio en la fabricación de armas de destrucción masiva.

¿El pecado de Litvinenko? Los espías no son arcángeles. Pero, llegado el momento de su ruptura con el poder, vomitan información privilegiada. La BBC hizo el inventario de los pecados cometidos por el agente: acusó a Putin de pedofilia en un artículo; coescribió un libro en el que asegura que el ataque terrorista que tuvo lugar en un edificio residencial de Moscú en septiembre de 1999, y en el que murieron 200 personas, fue una creación proveniente del laboratorio de los servicios secretos rusos y no de los independentistas chechenos. La idea, según explicó a la BBC Yuri Felshtinsky, el otro autor de Rusia dinamitada: Tramas secretas y terrorismo de Estado en la Federación Rusa, era azuzar la pugna con los chechenos y crear un clima de tensión tal que justificara la presencia de un hombre fuerte. Y ese hombre era Putin. Los otros errores en que incurrió Litvinenko: Trabajó para un millonario considerado enemigo jurado de Putin (Boris Berezovsky) y habría coqueteado con el servicio secreto británico. Como en las novelas de Javier Marías.

II

Otro caso marcado por la impronta de la cicuta es el del opositor Vladimir Kara-Murza. Han intentado envenenarlo en dos oportunidades. En 2015 se intoxicó con un veneno. Quedó en coma. Nuevamente falló la posología. Sobrevivió. Ese mismo año Boris Nemtsov, quien había sido su jefe y destacaba como un duro crítico de Putin, fue asesinado a tiros cuando caminaba por el Puente de Moskvoretsky, en el centro de Moscú. Nemtsov se desempeñó como viceprimer ministro durante el gobierno de Boris Yeltsin. El autor material del crimen está detenido. Nada se dice de la autoría intelectual. En 2017 los enemigos de Kara-Murza volvieron a la carga. El disidente estuvo en estado crítico. Se salvó.

Hace poco se divulgó el resultado de una investigación adelantada en conjunto por el medio digital Bellingcat, el portal ruso The Insider y la revista alemana Der Spiegel. El trabajo de este equipo es concluyente en el sentido de que el Servicio Federal de Seguridad (FSB, antes KGB) dispone de una unidad clandestina con funcionarios (médicos, militares, científicos) entrenados en el manejo de armas químicas. Bellingcat, en su informe, la llama “escuadrón de intoxicaciones” del FSB.

La pesquisa indica que quienes intentaron asesinar a Kara-Murza serían los mismos que atentaron en agosto del año pasado contra la vida del opositor Alexéi Navalni, quien, siguiendo la tradición rusa de envenenamientos, se intoxicó después de tomar un té. El líder viajaba en un vuelo de Siberia a Moscú. Había bebido la infusión en el aeropuerto. Minutos después del despegue, perdió el conocimiento. La aeronave tuvo que aterrizar de emergencia en la ciudad siberiana de Omsk. El político fue internado en cuidados intensivos. Una ONG logró sacarlo hacia Alemania. Y lo curioso: el Gobierno ruso permitió el viaje. Esto hubiese sido inadmisible en la época de Stalin. Pero puede ocurrir, en cambio, bajo regímenes autoritarios que se disfrazan de democracias.

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El País, España

No era la primera vez que Navalni sufría un percance de este tipo. En 2017 le rociaron un producto en los ojos cuando salía de su oficina. Ello le causó daños en la córnea. En 2019, estando en prisión por haber convocado a manifestaciones no autorizadas, tuvo que ser tratado en el hospital por lo que, según las autoridades rusas, era una reacción alérgica y, según Navalni, un intento de envenenamiento. Lo que cuesta entender es por qué razón los detractores de Putin siguen tomando té en lugares públicos si corren un riesgo mortal. La cultura del samovar, que vemos en la obra de Dostoievski, parece difícil de destruir.

A principios de febrero pasado ocurrió otro hecho inquietante. El doctor ruso que le salvó la vida a Navalni, quien le indujo el coma y quien lo preparó antes de que partiera a Berlín, murió sorpresivamente. El centro de salud para el que trabajaba emitió un escueto comunicado: “Con pesar les informamos que el médico jefe adjunto de Anestesiología y Reanimación del Hospital de Emergencia Nro. 1, asistente del departamento de la Universidad Médica Estatal de Omsk, PhD en ciencias médicas, Maximishin Sergei Valentinovich, falleció repentinamente”. El parte no señaló la causa de la muerte, aunque se filtró a la prensa que habría sido de un infarto. Maximishin llevaba casi tres décadas trabajando en ese hospital. Tenía 55 años.  ¿Casualidad o asesinato? Está por verse. Lo cierto es que, según declaró el Gobierno alemán, en el cuerpo de Navalni encontraron rastros de un agente nervioso denominado Novichok. No solo eso. Bellingcat señala que uno de los especialistas en armas químicas del FSB fue enviado a Omsk después del envenenamiento de Navalni. ¿La misión? Limpiar la escena del crimen. Un operativo de higiene para que no sobreviviera una traza del veneno en los artículos personales del máximo crítico de Putin.

Navalni es un feroz crítico de Putin y de su Gobierno. El Tribunal Supremo de Rusia le prohibió que se midiera en las elecciones presidenciales celebradas en 2018 dado que la Comisión Electoral Central lo vetó por una década bajo el argumento de que el político había sido sentenciado a cinco años de cárcel por el delito de apropiación indebida. En 2013 fue candidato a la Alcaldía de Moscú. Llegó de segundo. Se convirtió entonces en una figura peligrosa para el establishment. El envenenamiento o el sicariato es la última carta que el sistema político ruso se juega para eyectar del ring a sus detractores, aunque, desde luego, Putin siempre ha negado que el Kremlin esté relacionado con esta cadena de asesinatos o de intentos de asesinatos que pondrían los nervios de punta al eficiente Sherlock Holmes. Una carta más inocua es la de la inhabilitación. Los garrotes también son útiles. Navalni está de nuevo en prisión.

III

El mundo de Putin, escrito por Angela Stent, profesora de la Universidad de Georgetown, es un libro que arroja luces sobre el papel que desempeña Rusia en el tablero internacional. El ex agente de la KGB piensa en grande. Su meta es que su país vuelva a ocupar el protagonismo que tuvo en el pasado. La académica sostiene que desde el colapso de la URSS los rusos han sentido que a su país le han negado el asiento que le correspondería en la mesa de las grandes potencias. “La suposición de Occidente de que Rusia aceptaría gradualmente la pérdida de su imperio y un disminuido rol en el orden mundial resultó ser producto de una ilusión”, advierte Stent. La académica cree que Occidente ha fallado en comprender la humillación que suponía para los rusos perder su imperio interno (las repúblicas soviéticas, que eran quince, y en las cuales viven 22 millones de rusos) y el externo: la constelación de países que conformaban la Europa Oriental.

El ego geopolítico de Putin está herido. El presidente ruso -amante de las artes marciales- quiere que su patria sea cinta negra. ¿Con qué cuenta el judoca para rescatar la gloria del pasado y hacerse sentir como un atleta de talante olímpico? Cuenta con poder cibernético: Mike Pompeo culpó en diciembre pasado a Moscú del ciberataque masivo que sufrió Estados Unidos. Hackearon el Departamento del Tesoro, el de Comercio y el de Energía. Este último está a cargo, nada más y nada menos, que del arsenal nuclear. Y aquí vamos al segundo punto: Rusia es una potencia nuclear. Con eso también cuenta Putin. De allí el gran interés de Washington en contenerlo. Cuando Joe Biden se estrenó en la Casa Blanca en enero pasado, inmediatamente llamó por teléfono a su par ruso. Uno de los temas que trató con él fue, precisamente, el de la renovación del tratado de desarme nuclear (New Star), que expiraba el 5 de febrero. El acuerdo, suscrito en 2010, le pone un freno al stock que ambas potencias pueden mantener: Un máximo de 1.550 cabezas nucleares y 700 sistemas balísticos en aire, tierra y mar. El pacto fue renovado el 3 de febrero.

“Esas dos cosas (la vacuna y el bioterrorismo) le confieren a Moscú un carné que lo acredita para formar parte del club de los grandes”


También hablaron de otros asuntos. Washington insistió en la soberanía de Ucrania. Angela Stent sostiene que la anexión de Crimea por parte de Moscú marcó un punto de inflexión en la relación de Occidente con Putin. Biden también tocó, desde luego, el tema del ciberataque del que fue objeto Estados Unidos. Y puso sobre la mesa -más bien: dejó correr por el hilo telefónico- el caso de Navalni. De aquí pasamos al tercer punto: El bioterrorismo de Estado. Esa es otra poderosísima arma con la que cuenta Putin para poner a raya o simplemente despachar a quienes se interpongan en su camino.

La traición se aplaca a punta de polonio-210. O de mercurio: Karinna Moskalenko, abogada de la familia de la periodista Anna Politkovskaya (asesinada en 2006, como señalé antes) y del también opositor a Putin y ex campeón mundial de ajedrez Gary Kaspárov, fue víctima de un envenenamiento en Estrasburgo (Francia). Ella, su esposo y sus tres hijos experimentaron vómitos, tos y dolores de cabeza en octubre de 2008. Los hospitalizaron. La policía encontró mercurio debajo de las alfombras del carro de la familia. No importa si estás en Londres, en Siberia o en Estrasburgo. El veneno es ubicuo. Va hasta los confines del mundo. Esto dota a Putin de un poder inmenso.

Putin cuenta con una cuarta arma -cerca del mundo de los negocios: lejos de la novela negra- que le permite calificar como un actor de peso en el mundo globalizado. Angela Stent señala que bajo su liderazgo aumentó de manera considerable la dependencia de Europa de la energía que le suministra Rusia. Este tema resulta capital para entender el rol que los rusos desempeñan en el ecosistema comercial. En la década que va desde 2008 hasta 2018, Rusia ocupó el primer puesto como proveedor de gas, petróleo y carbón duro de la Unión Europea, según cifras emitidas por la Oficina Europea de Estadística (Eurostat). Tomemos la data del 2018 para que apreciemos mejor la estatura que ostenta Moscú como suministrador de energía para la zona euro. Los tres primeros proveedores de gas fueron: Rusia (40,4%), Noruega (18,1%) y Argelia (11,8%). Los de petróleo: Rusia (29,8%), Irak (18,1%) y Arabia Saudita (7,4%). Los de carbón: Rusia (42,4%), Estados Unidos (18,6%) y Colombia (13,4%). Para 2018, el 58% de las necesidades energéticas de la UE fueron atendidas vía importaciones.

Esto quiere decir que cuando Putin dio su estocada en 2014 y sumó la península de Crimea a su atlas particular (el de la Rusia en expansión) la UE, de facto, ya era un rehén comercial de Moscú. La dependencia de los europeos de la energía que les suministra Rusia se ha constituido en un problema geopolítico. Putin no siempre fue Putin. Y he allí el problema. Fue avanzando poco a poco. El arrebatón de Crimea provocó sanciones de Estados Unidos y de la propia Unión Europea. Pero las sanciones han sido insuficientes. Incluso, con todo y la gravedad que implica el uso de  armas químicas para callar a la oposición, Washington no exige taxativamente elecciones limpias a Moscú. Sí lo hace en el caso de Venezuela.

“¿Cómo debe responder Occidente a la nueva Rusia, que, en muchos sentidos, todavía se asemeja a la‎ antigua Unión Soviética?”‎, se pregunta Stent. Y agrega: “Hoy se puede argumentar que Occidente ha tardado en entender la mentalidad de los ocupantes del Kremlin, decididos a devolver a Rusia a lo que creen que es su lugar legítimo en el mundo”. ‎Stent insiste en que Occidente falló al creer que Rusia se sumaría como un manso cordero al conglomerado europeo tras el cese de la Guerra Fría. Subraya que Putin tiene su propio modelo. “La idea de que la Rusia postcomunista estaría dispuesta a sumarse a Occidente fue errada”. Stent dice que, a diferencia de lo que ocurría en la era soviética, el Kremlin no promueve una ideología universal para convertir a otros estados hacia su causa (adoctrinamiento). Lo que ella observa es que Putin cultiva la idea de una Rusia excepcional. Una Rusia que oscila entre Europa y Asia y no se ve a sí misma como un actor meramente occidental. Una Rusia que aspira a jugar un rol estelar y que cree, por ejemplo, que sus antiguos satélites deben contar con una soberanía limitada. Ellos entran en lo que Moscú considera su área de influencia.

Lo que se esperaba luego de la implosión de la URSS era que Moscú entrara por el redil. Que asimilara la cartilla liberal. Lo ha hecho en el plano económico. No ha sido así en el plano político, si bien Putin formó parte del equipo de Boris Yeltsin pues fue designado como Primer Ministro en 1999. Tras la dimisión de Yeltsin, escaló al puesto de Presidente interino. Y en 2000 coronó la presidencia. Pero no hay que olvidar que la mente de Putin está marcada por su paso por la KGB. Una nota publicada por la BBC relata esta historia: Estaba destacado en Dresde, Alemania Oriental, donde vivió cinco años, cuando ocurrieron las protestas contra el comunismo de 1989. Un grupo pequeño de manifestantes llegó a la sede de la agencia. El espía logró frenarlos. Se esfumaron. Pero el olfato le decía que necesitaba refuerzo. Putin pidió ayuda. Esta fue, según la BBC, la respuesta que recibió: “No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú. Y Moscú está callado”.

Mijaíl Gorbachov estaba al mando. En la República Democrática Alemana -hasta hacía muy poco súbdita de la URSS-, Putin pasaba a convertirse en un asqueroso insecto a punto de ser envenenado con el pesticida de la insurrección de las masas. De hecho, la sede de la policía secreta alemana, la Stasi, había sido tomada antes de que se produjeran los sucesos en el búnker de la KGB. El mayor general Horst Boehm, figura clave de la Stasi, y amigo de Putin, no la pasó nada bien. Los manifestantes, hartos de tantos años de dictadura y sometimiento, la emprendieron contra él. Y se suicidó.

El biógrafo alemán de Putin, Boris Reitschuster, citado por la BBC, estima que esta experiencia que vivió en Dresde resultó definitiva para Putin. El camarada estuvo sentado en un puesto VIP para observar cómo el teatro de la revolución se hacía añicos. El autor de la nota de la BBC, Chris Bowlby, resume el aprendizaje que extrajo el ex agente de la KGB de este episodio: “Efectivamente, la experiencia le enseñó a Putin lecciones que no ha olvidado, le dio ideas para su modelo de sociedad, fortaleció sus ambiciones de riqueza personal y [lo dotó de] una poderosa red de contactos. Y, sobre todo, le generó una gran ansiedad por la fragilidad de las élites políticas y la facilidad con las que el pueblo puede derrocarlas”.

Putin sobrevivió a la conmoción. La prensa rescata un dato que aporta Masha Gessen, biógrafa de Putin y articulista de The New Yorker: Sus vecinos de Dresde le regalaron una vieja lavadora cuando retornó a Leningrado, hoy San Petersburgo. La vida en la Alemania comunista era un poco mejor que la de la URSS. Nadie podía imaginar que aquel hombre que cayó presa del estupor porque no recibió auxilio de la casa matriz emergería con el pasar de los años como un mesías dispuesto a recuperar el paraíso perdido.

IV

Para Stent el acercamiento de Rusia a China -después de una rivalidad histórica- constituye el suceso más importante de la era Putin. Y tomemos en cuenta lo que el gigante asiático representa hoy: Es la segunda economía del mundo. Le pisa los talones a Estados Unidos. No estamos hablando de la China de Mao. Hablamos de la China que decidió adoptar el esquema de socialismo de mercado y cuyos motores rugen con una fuerza inusitada. Más que una alianza (en palabras de Stent) se trata de una sociedad. Sin embargo, ello no deja de ser un elemento que juega a favor de la influencia de Putin en el mundo. Y es que uno de los rasgos que los analistas le atribuyen a Putin es su capacidad para desconcertar. Un ejemplo que suele señalarse es el de su intervención en Siria en 2015, país que, advierte Stent, pasó a la órbita rusa: Moscú tiene bases militares allí.

De manera que para la autora de El mundo de Putin las prioridades de Rusia en este momento son: Estados Unidos (su principal rival); Europa (suministro energético/sanciones); los estados postsoviéticos (cuyo control Putin desearía recuperar o en todo caso cuya autonomía aspiraría reducir); China (la sociedad con el gigante asiático le rinde frutos para hacerse más poderoso ante Washington y, además, China ha salido en socorro de Rusia luego de las sanciones que le impusieran Estados Unidos y la Unión Europea); el Medio Oriente (una región clave de la geopolítica mundial y donde tiene bases militares); y Japón (está en el congelador una disputa con los nipones por la soberanía de cuatro islas ubicadas en el Pacífico y que Rusia le quitó a Japón cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial).

“La dependencia de los europeos de la energía que les suministra Rusia se ha constituido en un problema geopolítico”


Y un detalle: Aunque no es su prioridad, Rusia regresa a América Latina. ¿Qué significa esto para Venezuela? Significa que Nicolás Maduro cuenta con un aliado con mucho poder y sin escrúpulos. Un aliado que es capaz de usar armas químicas contra quien lo enfrente. O contra quien lo critique. O contra quien lo traicione. El veneno como política de Estado. No es cualquier cosa. Es la novela negra adaptada a la política de carne y hueso. ¿Será capaz el régimen venezolano de adoptar la fórmula rusa para eliminar a sus adversarios?, ¿será capaz Putin de suministrar la receta? Tal vez no la del exclusivo polonio-210, pero quizás la de otra cicuta más corriente. ¿Será? Cuesta creerlo. Hasta ahora no hay evidencias de que este método se use en Venezuela. Sin embargo, el mero hecho de que exista, de que se aplique y de que quien o quienes lo aplican tengan una estrecha relación con Caracas da vértigo.

La sola conjetura nos da una idea del grave peligro que corre la disidencia en Venezuela. El caso de Navalni es el más reciente. Pero no será el último. Y como el veneno no resultó, siempre quedan las otras armas. A principios de febrero el opositor fue condenado a pagar tres años y medio de prisión. Es un juicio viejo por malversación de fondos (2014). El líder ruso ya había cumplido un año de arresto domiciliario. Le restan entonces dos años y medio de cárcel. Fijémonos nada más en la mala pata o casualidad: Un individuo comete un delito y ese mismo individuo es envenenado en territorio ruso. Lo del juicio ya luce llamativo. Por si fuera poco, entra de contrabando en su té la sustancia mortífera. A esto hay que sumar la retahíla de otros intentos de homicidios y de asesinatos políticos que han ocurrido durante la era Putin.

En la nómina de los servicios secretos rusos no sólo entran quienes denuncian la corrupción de las élites. También puede colarse un empresario. En 2015, el fabricante de armas búlgaro Emilian Gebrev cenaba en un restaurante de lujo en Sofía cuando vomitó. Lo habían envenenado. Rociaron una sustancia en el volante de su carro. Y también, en otro sitio, envenenaron a su hijo Hristo Gebrev y a un directivo de su empresa. Todos se salvaron. Nuevo intento. Los atacaron en la casa de veraneo que tiene el magnate en el Mar del Norte. ¿La razón? Gebrev cree que entró en la mira porque le vendió municiones a Ucrania. Otros señalan que porque intentó disputarle mercados a Rusia. Bellingcat vincula a la Unidad 29155 del GRU (agencia de inteligencia militar rusa) con el caso Gebrev.

Rusia libra una guerra singular. Los adversarios de Putin pueden encontrar una lápida en una taza de té. Nadie está a salvo en esta conflagración. Y Venezuela es parte del tinglado. Le sirve como ficha de negociación con Estados Unidos y la Unión Europea. Le sirve para hacer negocios. Le sirve como nueva área de influencia. La dupla Maduro-Putin puede prestarse para muchas lecturas. Caracas poco a poco se ha ido convirtiendo en un peón del ajedrez de esta nueva guerra fría.

El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, visitó Caracas en febrero del 2020. El diplomático fue recibido por Maduro y la plana mayor del chavismo en el Palacio de Miraflores. El canciller ruso planteó ampliar la cooperación militar entre ambos países “para que nuestros amigos se defiendan de las amenazas extranjeras”. Lavrov agregó: “Reiteramos nuestra solidaridad y respeto al pueblo venezolano contra las presiones ilegítimas de Estados Unidos y sus aliados”.

Donald Trump, ciertamente, llegó a afirmar que todas las opciones estaban sobre la mesa (incluida la militar) para desalojar al chavismo del poder. Pero hay una diferencia sustancial entre tener de aliado a Estados Unidos y tener de aliado a Rusia. En Estados Unidos hay pleno Estado de derecho y el Gobierno no usa armas químicas o sicarios para liquidar a quienes se le opongan. Ni dentro ni fuera de su territorio. Un capítulo aparte son las pugnas entre espías. El FBI y la CIA no son bebés de pecho. Sin embargo, en el plano político propiamente hablando eso no suele ocurrir. Washington tiene límites. Rusia, no. Putin ha tomado el poder judicial y quienes entren en su target pueden ser enjuiciados a capricho del nuevo zar o pueden -algo que haría las delicias de Sherlock Holmes, que siempre clamaba por investigar casos dignos de ser incluidos en los anales del crimen- sentir súbitamente vómitos, mareos y rozar la muerte. O morir a lo Chernóbil.

V

Rusia es el segundo socio comercial de Venezuela. El primero es China. Hasta el año pasado, según cifras de El País de Madrid, el gobierno de Maduro le debía 6 mil 500 millones de dólares a la petrolera rusa Rosneft. Esto también le confiere influjo a Putin. Es el hombre que le saca las castañas del fuego a un país en Emergencia Humanitaria Compleja. O, para decirlo con más propiedad y justicia, que le tira el salvavidas a un régimen que ha llevado la economía a la bancarrota. Y el judoca también saca su pedazo del pastel. Pero no todo es crematístico. También están las otras razones que hemos ido exponiendo a lo largo de esta nota. El País subraya que el vínculo entre Moscú y Caracas trasciende el ámbito de los negocios y entra en el terreno geopolítico. Moscú pisa el patio trasero de Estados Unidos porque Estados Unidos, a su vez, ha pisado antes (visita de Mike Pompeo) Ucrania, Bielorrusia, Kazajistán y Uzbekistán, que es parte de la zona de influencia de Moscú. Eso dice el diario español.

“El ex agente de la KGB piensa en grande. Su meta es que su país vuelva a ocupar el protagonismo que tuvo en el pasado”


Así, en diciembre de 2018, dos cazabombarderos rusos (los Túpolev Tu-160) aterrizaron en Maiquetía para realizar vuelos conjuntos con aeronaves venezolanas. La RAE define un cazabombardero como: “Avión de combate que combina la capacidad de perseguir a otro, enemigo, con la de arrojar bombas sobre un determinado objetivo”. El detalle está en que los Túpolev Tu-160 tienen capacidad para cargar armas nucleares. El diario La Vanguardia dice que Moscú estaría sopesando instalar una base militar en La Orchila. Especulaciones. Sin embargo, que unos cazabombarderos con fenotipo nuclear hayan hecho un planeo en las narices de Estados Unidos, así se trate de una acción simbólica, reviste gran importancia desde el punto de vista geopolítico.

VI

Hay diferencias en el estilo que exhibe Putin para mantener a raya a sus detractores y el que exhibe Maduro. Putin trae a cuestas el acervo de la KGB con el valor agregado de la cibernética. También de la ciencia: no lo neguemos. Ese país que ha sido capaz de producir la vacuna Sputnik V contra el coronavirus -para gran alivio de la humanidad- también es capaz de crear en sus laboratorios clandestinos sofisticadas armas químicas cuya presencia no es tan fácil de rastrear en las víctimas. Esas dos cosas (la vacuna y el bioterrorismo) le confieren a Moscú un carné que lo acredita para formar parte del club de los grandes. De los duros. De los poderosos.

El régimen chavista, por su parte, recurre a métodos más pornográficos. No usa polonio-210. No usa el agente químico Novichok. No, que sepamos. Recurre a otros métodos. El concejal Fernando Albán aterrizó en el asfalto cuando se encontraba bajo custodia del Sebin en octubre del 2018. El parte oficial: se lanzó por el balcón. La oposición sospecha otra cosa.

Putin es más elegante. Heredó los modales de la KGB. Aunque todos los indicios apunten a él, por lo menos intenta no dejar huellas. Incluso permitió que despegara el avión que transportaba a Navalni a Berlín. Una buena jugada. También una buena jugada la de Navalni: Volvió a Rusia sabiendo que lo apresarían. Pero es que el donaire de Putin es el mejor antídoto con el que puede contar el líder opositor ruso: Envenenarlo en la cárcel sería la prueba palmaria de que sus verdugos están en el Kremlin. El lugar más seguro del mundo para Navalni en este momento es la cárcel. Putin cuida un poco las formas. La élite revolucionaria venezolana pertenece a otra categoría. No se mide. El asesinato de Oscar Pérez, ex piloto del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) y de siete compañeros suyos, lo comprueba. La ejecución prácticamente fue transmitida en vivo. Putin no se habría permitido semejante impudicia vía streaming.

Sí: Hay una distancia entre los métodos empleados por el Kremlin y los de Miraflores. Lo aterrador sería que el uso de agentes químicos para silenciar a la disidencia también se adoptara en Venezuela. La alianza entre Maduro y Putin de verdad que puede resultar tóxica.

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