En la aldea
19 julio 2024

Un mito sin porvenir

En esa permanente situación de construcción (de la patria) se alberga también la perpetua destrucción y eso quizás explica el regocijo (primero) y la resignación (después) ante la oferta chavista de refundar sobre ruinas. Ahora están las ruinas. Chávez se apropió -y fue a su vez el resultado- del mito fundacional-escatológico de nuestra teología política bolivariana. Acertijos de los sueños, exceso de interpretación, tsunami de pensamiento, y todo para intentar comprender lo que somos y dónde estamos parados hoy.

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Colette Capriles | 29 marzo 2021

Serendipia. Uno va buscando algo y encuentra otra cosa que reorienta la búsqueda o su propósito. En los tiempos de la inocencia primordial de Internet, antes de Google -o de Jeeves-, todo era hyper y uno saltaba de un hipervínculo a otro en un viaje asombroso de serendipias que ya contenía a su vez, su ocaso, sustituido como fue por El Algoritmo. Yo estaba tratando de encontrar un escrito de la profesora Graciela Soriano de García-Pelayo sobre las sincronías y diacronías en la Historia, algo que me dejara bajarme en la estación “Chavismo como negación de la historia”, tratando de revisitar esta sensación de tachado sobre el futuro, de pérdida del horizonte del porvenir, que ha dejado un vacío común pero incomunicable entre nosotros.

La herencia de la tribu. Y terminé aterrizando en otra nave, en este libro de Ana Teresa Torres que justamente cubre el trayecto al que nos obliga la sedienta pregunta por lo que somos y la respuesta que nos dimos: el mito bolivariano, suspendido en el tiempo, que contiene nuestro origen y nuestro fin último en una opresiva condensación de pasado, presente y futuro señalando nuestro destino inconcluso. En esa permanente situación de construcción (de la patria) se alberga también la perpetua destrucción y eso quizás explica el regocijo (primero) y la resignación (después) ante la oferta chavista de refundar sobre ruinas. Ahora están las ruinas.

Serendipia II. El libro está plagado, por así decirlo, de enigmas que van apareciendo en el recorrido y se van como entretejiendo. Como los acertijos de los sueños, se me ocurre; da la impresión que hay un exceso de interpretación, un tsunami de pensamiento tratando de seguirle el rastro a los indicios que nos hablan de lo que somos. En la parte final hay una concienzuda reconstrucción de un mega-enigma: la cuestión del socialismo de Chávez. Y esto me retrae a una conversación intermitente, como todo en pandemia, que he sostenido con los que saben: el chavismo ¿tiene ideología?, ¿hay algo así como un cuerpo doctrinario en alguna parte (casi habría que preguntar: “¿dónde está el cuerpo del delito?”)?

“El leninismo, de hecho, no tuvo sustancia ideológica. La revolución soviética se desideologizó muy rápidamente y se convirtió en un código operacional”

¿Cómo que no? Se me dirá que por supuesto: ¿No fluyen como torrentes verborreicos toda clase de alusiones a los emblemas leninistas, a la hagiografía cubana, a la cartografía momificada del gran territorio mental del comunismo, etc. y etc.?, ¿no son obvios los lazos indelebles con ese mundo ya ido?, ¿no se mide acaso por kilos la evidencia documental que prueba la mímesis con uno de los últimos reductos del fracaso comunista?

La mímesis no está donde parece. Y es que, argumento yo, el comunismo no tiene doctrina. Una vez me comentó Elizabeth Burgos, la venezolana que más conoce la lógica política de Cuba, que el régimen castrista no fue nunca otra cosa que una vulgar dictadura militar latinoamericana. Lo doy por firmado y sellado. En Cuba, el socialismo fue, siempre, la apariencia, el ropaje, la envoltura, el paquete de una teología política nacionalista y Ana Teresa Torres cita al cubano Rafael Rojas con estas palabras: “La religiosidad política cubana, -dice Rojas-, no es de carácter marxista leninista sino nacionalista revolucionaria”. Tanto la “revolución inconclusa” como el “regreso del mesías”, son nociones “profundamente religiosas en su estrategia y sus efectos. En tal religiosidad política reside la fuerza simbólica del régimen que ha persistido en la isla”.

Y como paréntesis. El leninismo, de hecho, no tuvo sustancia ideológica. La revolución soviética se desideologizó muy rápidamente y se convirtió en un código operacional, en una táctica de dominación eficacísima. El totalitarismo estalinista se autonomizó de cualquier principio doctrinario, como lo hizo el esperpento nazi.

En lo que sí se parece igualito. Y Chávez se apropió -y fue a su vez el resultado- del mito fundacional-escatológico de nuestra teología política bolivariana, que tan bien disecta Ana Teresa Torres: El mito bolivariano, el Bolívar-objeto, el Bolívar-fetiche, ha adoptado las más diversas vestiduras y causas a lo largo de estos dos siglos que se comprimen en el presente plano y seco que padecemos. Y la cuestión es cuál es -si la hay-, la narrativa contramítica que puede habitarlo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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