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23 febrero 2024

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ūüé•El B√©isbol en Venezuela: El Estadio Universitario de Caracas (I Parte)

‚ÄúEntre los actos con que se conmemor√≥ la fecha gloriosa de nuestra nacionalidad, el 19 de abril, hemos de destacar nosotros uno que envuelve enorme trascendencia para el desarrollo deportivo que, tan auspiciosamente, se nota en todos los sectores. Nos referimos a la colocaci√≥n del primer pilote para el Estadio Ol√≠mpico en la Ciudad Universitaria‚ÄĚ.

As√≠ abri√≥ la rese√Īa del diario El Nacional, a prop√≥sito del acto que en 1950 marc√≥ el inicio de la construcci√≥n del complejo deportivo de la Universidad Central de Venezuela. El Ol√≠mpico, el Universitario de b√©isbol, la Cancha de Tenis de Honor, y las residencias estudiantiles, se levantaron entre ca√Īaverales para cambiar la fisonom√≠a del nuevo centro de la ciudad capital, el de la de la academia, as√≠ como la del deporte y en espec√≠fico la del b√©isbol profesional.

¬ŅPero c√≥mo lleg√≥ a construirse un complejo de tal magnitud para la √©poca, y por qu√© en ese preciso lugar? Vayamos un poco m√°s atr√°s en el tiempo. Llegada la d√©cada de los ‚Äė40 estaba claro que la edificaci√≥n del antiguo convento de San Francisco -hoy Palacio de las Academias-, que para entonces serv√≠a como sede de la Universidad Central de Venezuela (UCV), resultaba ya insuficiente para albergar las necesidades de la academia y su demanda estudiantil. Como consecuencia, algunas Escuelas empezaron un proceso de mudanza a otras edificaciones, con lo que la Universidad hab√≠a comenzado poco a poco a desperdigarse por la ciudad. Varias voces alertaron la inconveniencia de esta situaci√≥n. Y fueron escuchadas.

En mayo de 1941 asume la presidencia del pa√≠s Isa√≠as Medina Angarita, y un a√Īo m√°s tarde ordena el inicio de los estudios para la construcci√≥n de una nueva sede para la UCV dotada de un campus que albergara todas las dependencias de la casa de estudios. Luego de explorar diferentes opciones para el dise√Īo y edificaci√≥n de la obra, se eligi√≥ el terreno de 202,53 hect√°reas que formaban parte de la antigua hacienda de la familia Ibarra, ubicada en lo que se perfilaba de manera firme como el nuevo eje central de la ciudad, con la reci√©n inaugurada Plaza Venezuela al frente y al margen del desarrollo de la gran autopista que unir√≠a el oeste con la expansi√≥n acelerada del este de Caracas. ¬°Vaya ubicaci√≥n! Es f√°cil entender por qu√© no hubo duda en seleccionar como sede del ambicioso proyecto esta hacienda de tiempos coloniales anclada en la ribera del r√≠o Guaire, donde alguna vez se fabric√≥ el mejor ron del pa√≠s y en cuya residencia, hoy conocida como La Casona -justo al lado de la Direcci√≥n de Deportes de la UCV-, se dice que se aloj√≥ Alexander Von Humboldt en 1899 y que en 1827 Sim√≥n Bol√≠var, Jos√© Mar√≠a Vargas y Jos√© Rafael Revenga, redactaron los 289 art√≠culos de los Estatutos Republicanos que modernizaron a la Real y Pontificia Universidad de Caracas y le dieron un sentido nacional, convirti√©ndola en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Quiz√°s todo esto fue una especie de acto premonitorio de lo que ser√≠a, pasados m√°s de 100 a√Īos, la construcci√≥n en esos mismos terrenos de la nueva sede de la UCV.

No, no se trata de un parlamento de la serie Alien√≠genas Ancestrales. De hecho, esta historia no es tan cierta. La casa donde estuvieron Humboldt y Bol√≠var era la casa principal que se encontraba en Bello Monte cuando todo aquello formaba parte de la Hacienda Ibarra, antes de que en 1840 esta fuese dividida en dos en un asunto sucesoral. Luego de la divisi√≥n, La Casona fue reacondicionada para servir de vivienda principal a los nuevos due√Īos.

Lo cierto es que en 1943 el Gobierno nacional decret√≥ la creaci√≥n del Instituto Aut√≥nomo de la Ciudad Universitaria, que pasar√≠a a ser la instancia encargada de dirigir el dise√Īo y la construcci√≥n de la obra. En 1944, luego de haber elegido la Hacienda Ibarra como la locaci√≥n para levantar el proyecto, el Gobierno adquiri√≥ los terrenos y el reci√©n creado Instituto deposit√≥ en el arquitecto Carlos Ra√ļl Villanueva la responsabilidad del dise√Īo de la obra. Al poner el peso de la concepci√≥n del complejo en una sola persona, el Instituto buscaba como resultado un conjunto coherente en toda su extensi√≥n, y no piezas independientes cuyas caracter√≠sticas est√©ticas y din√°mica de funcionamiento carecieran de armon√≠a. Esta filosof√≠a era la misma con la que se hab√≠a pensado el dise√Īo del nuevo centro de Caracas, es decir, el proyecto de reurbanizaci√≥n de El Silencio, obra encomendada tambi√©n a Villanueva y que hab√≠a iniciado su construcci√≥n ese mismo a√Īo 1944.

La importancia de una obra como la Ciudad Universitaria podr√≠a pasar hoy en d√≠a desapercibida. Sin embargo, el campus de la UCV fue una especie de revoluci√≥n en lo que respecta a la manera de concebir la arquitectura y su relaci√≥n con el entorno y las personas a las que sirve. Todo esto en una Caracas que atravesaba lo que quiz√°s ha sido su per√≠odo m√°s acelerado de transformaci√≥n, y que configur√≥ en buena medida su estructura y din√°mica. Citando a la arquitecto Miriam Dembo, aquello fue ‚Äúun aut√©ntico taller de ideas arquitect√≥nicas y urban√≠sticas, y un laboratorio de ingenier√≠a‚ÄĚ.

‚ÄúEl Estadio Universitario de B√©isbol, una bella edificaci√≥n a la que se accede a trav√©s de una pasarela que se levanta sobre la Avenida Roosevelt‚ÄĚ

La Casona o Casa Grande de la Hacienda, √ļnica edificaci√≥n del lugar, fue utilizada por Villanueva como el centro de operaciones de su trabajo. De inmediato el arquitecto y su equipo empezaron a proyectar la idea de la Ciudad Universitaria de Caracas. Distintas obras en el mundo fueron estudiadas, como la Ciudad Universitaria de Bogot√°, el Palacio Capanema de R√≠o de Janeiro y la Ciudad Universitaria Aut√≥noma de M√©xico. Villanueva reinterpret√≥ lo que estudiaba y lo adapt√≥ al terreno y al momento que le ocupaba, y concibi√≥ la idea de lo que quer√≠a.

Este trabajo de creación lleva tiempo, no se debe apurar. Sin embargo, algunas prioridades saltaron al camino. El gobierno de Medina Angarita quería un nuevo centro de salud en la capital, uno grande, uno importante. Las obras empezaron entonces alrededor de lo que sería el Centro Médico, es decir, una serie de edificaciones destinadas al área de la salud, como por ejemplo el Hospital Clínico Universitario, el Instituto Anatómico, y el Instituto de Medicina Experimental.

El tiempo avanzaba y en 1947 una selecci√≥n de nuestros atletas viaj√≥ a Lima, Per√ļ, para participar en los II Juegos Bolivarianos. De ah√≠ Venezuela regres√≥ con veinticinco medallas y el compromiso de organizar, en la ciudad de Caracas, los siguientes Juegos a ser celebrados en diciembre de 1951. Entonces, una nueva prioridad se impon√≠a en el camino del Instituto de la Ciudad Universitaria: Las instalaciones deportivas del Estadio Ol√≠mpico, Estadio de B√©isbol y centro de tenis, deb√≠an estar listas para albergar los Juegos. Adem√°s, estas obras deb√≠an contar con las caracter√≠sticas necesarias para ser consideradas instalaciones de vanguardia para este tipo de eventos. Como reto adicional, lo que estaba proyectado como las residencias estudiantiles de la Ciudad Universitaria deb√≠an estar tambi√©n en pie y a punto para servir de alojamiento a las distintas selecciones deportivas. Manos a la obra. La genialidad de Villanueva se puso en acci√≥n y el trabajo de dise√Īo avanz√≥ hasta estar listo para la ejecuci√≥n en terreno.

En 1950, la Junta Militar de Gobierno que a finales de 1948 había derrocado a Rómulo Gallegos se encontraba al frente del país, y estos Juegos Bolivarianos representaban una oportunidad de oro -heredada- para mostrarse ante sus pares de la región. El 19 de abril, veinte meses antes de la fecha pautada para la inauguración de los Juegos, los uniformados colocaron la primera piedra de lo que sería el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria.

‚ÄúEn sencilla, pero emotiva ceremonia, con asistencia de la Junta Militar se procedi√≥ a plantar, a elevar en los terrenos escogidos, el primer pilote de lo que ha de ser gigantesca construcci√≥n de tribunas, campos, pistas, vestuarios y dem√°s accesorios del Estadio Ol√≠mpico‚ÄĚ.

No s√© ustedes, pero yo imagino estar en esos terrenos a las orillas del r√≠o Guaire, rodeado de plantaciones de ca√Īa de az√ļcar, saboreando el dulce aroma a ron que alguna vez hubo en esas tierras. Imagino a Villanueva ah√≠, mirando lo que otros no pueden, embelesado por columnas a√ļn invisibles que sostienen tribunas y grader√≠as repletas de espectadores, de 35 mil espectadores. Lo puedo ver admirando el techo que protege del sol a las familias pudientes de la capital, abrumadas por los cheers -como se le llamaba en la √©poca a la algarab√≠a de la gente cuando animaba a los atletas- de la clase popular en las gradas descubiertas. Lo imagino observando a trav√©s del concreto del futuro a 448 atletas que se desplazan por la zona de servicios de la sala de masajes a las 15 duchas de la sala de ba√Īo, o de los 112 lockers de los cuartos de vestuarios al √°rea de pesaje; y los cuartos de primeros auxilios, siempre listos aunque nadie los quiera conocer. Un poco m√°s al fondo, Don Carlos ve a algunos jueces deportivos conversando en su cuarto privado para vestuario, rodeados de sus 22 lockers, mientras otros se recuperan en silencio en la sala de descanso.

Arriba, en lo más alto de la tribuna techada, el arquitecto ve el trajinar de decenas de periodistas haciendo su labor en el Palco de la Prensa. De pronto se activan los altavoces del Estadio y toda la atención de Villanueva se dirige hacia los anuncios que, desde una de las cinco casetas con aire acondicionado, se lanzan al viento alertando a los presentes sobre lo que acontece allá abajo, en la cancha de grama de 105 metros de largo por 70 de ancho; o en la pista que la circunda, con sus siete andariveles y espacios destinados a competencias de salto alto, salto triple, salto de garrocha, salto largo, lanzamiento de jabalina, disco, bala y martillo. Todo alumbrado por seis torres con poder lumínico acorde con las normas internacionales.

La Ciudad Universitaria de Caracas es el campus principal de la UCV, posee un área construida de 164,22 hectáreas (1,64 km²) y terrenos que alcanzan 202,53 hectáreas.

Villanueva quiere prestar atenci√≥n a las palabras de Carlos Delgado Chalbaud, quien preside la ceremonia de colocaci√≥n de la primera piedra. Por un momento piensa en comprar alguna bebida en los puestos de venta del Estadio, pero recuerda que aunque los puede ver, ellos a√ļn no est√°n ah√≠. Entonces algo m√°s all√° de la transparencia del Ol√≠mpico lo distrae de nuevo. Se trata del Estadio Universitario de B√©isbol, una bella edificaci√≥n a la que se accede a trav√©s de una pasarela que se levanta sobre la Avenida Roosevelt. Al lado del Estadio ve el estacionamiento completamente plano, lleno de veh√≠culos; este crecer√° alg√ļn d√≠a hacia arriba, y tambi√©n hacia abajo.

A Villanueva lo emociona ver el resultado parcial del juego de pelota en la pizarra iluminada del Estadio. Tiene que forzar un poco la vista para leer desde la distancia el nombre del bateador de turno. La alineaci√≥n completa de los dos equipos est√° ah√≠. Un bombillito se√Īala qui√©n est√° al bate, pero leer el nombre en los cartelitos es complicado desde tan lejos; el maestro est√° pr√≥ximo a cumplir cincuenta a√Īos y la vista ya no es la misma. Ver la cuenta es m√°s f√°cil gracias a las luces indicadoras de strikes, bolas y outs, operadas autom√°ticamente desde la caseta de control de sonido. Todo lo dem√°s en la pizarra se opera de forma manual. Unos hombres se mueven dentro del gran caj√≥n poniendo y quitando cartelitos de n√ļmeros para marcar las carreras de cada entrada. Si durante la faena a estos duendes ocultos se les presentan dudas, no hay problema: con levantar el tel√©fono interno pueden preguntar en un dos por tres al anotador oficial que est√° sentado en la tribuna central.

Dentro del gigante deportivo Villanueva alcanza a ver a seis equipos de 36 hombres prepar√°ndose en los tres vestuarios ubicados en cada uno de los dos dugouts. Algunos se est√°n vistiendo para salir al terreno en lo que termine el juego en progreso; otros se quitan el uniforme que despide el polvo recogido en la faena anterior. Los otros dos vestidores, esos en los que hay pocas personas, son los de los equipos que en ese momento se baten entre las rayas de cal.

El juego se encuentra avanzado y el arquitecto voltea hacia los extremos de los jardines derecho e izquierdo donde est√°n prepar√°ndose los lanzadores relevos. Otros serpentineros que quiz√°s no vean acci√≥n ese d√≠a est√°n sentados en su peque√Īa cueva destinada al bullpen. En el de la izquierda, oculto tras una puerta que parece de mil kilos, est√° el vestuario de los umpires. Villanueva entiende ahora el motivo de la pita que escuch√≥ temprano: Los umpires hab√≠an saltado al terreno y hecho el tradicional recorrido desde el jard√≠n izquierdo hasta la goma bajo el cari√Īoso abucheo de los fan√°ticos.

Una de las ocho torres de luz ubicadas en la parte exterior, a metro y medio de tribunas y gradas, le impide al arquitecto ver qui√©n ha salido de emergente a consumir turno. Don Carlos inclina un poco la cabeza para escuchar al anunciante que pronto lo informar√° al p√ļblico desde la caseta de sonido. ¬ŅDe qui√©n es esa voz?, ¬ŅJuan Carlos Ramos?, ¬ŅMari Montes?, ¬Ņel ‚ÄúChema‚ÄĚ Torrealba? Villanueva no puede saberlo, porque ellos a√ļn no han nacido. El out 27 cae en el Universitario, y en el Ol√≠mpico unas mejillas rebotan en la √ļltima carrera del d√≠a. Ambos estadios se vac√≠an en menos de quince minutos a trav√©s de las trece bocas de salida del primero y de las catorce del segundo. Las luces se apagan. Ahora Carlos Ra√ļl Villanueva puede concentrarse en las palabras del coronel. Hay mucho trabajo por delante, pero el futuro se le antoja bonito. Y tiene razones para ello. Chalbaud contin√ļa con sus palabras, nosotros seguiremos en la pr√≥xima entrega.

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La opini√≥n emitida en este espacio refleja √ļnicamente la de su autor y no compromete la l√≠nea editorial de La Gran Aldea.

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