En la aldea
20 mayo 2024

Casandra, al revés

Hija de Príamo y Hécuba fue condenada por Apolo quien habiéndole entregado el poder solicitado de adivinar el futuro, la joven se negó a cumplir su parte del trato. Casandra mantendría el don que le había otorgado, pero nadie nunca creería en sus predicciones. A tres mil años de la maldición de la hija de los reyes de Troya, en Venezuela los nuevos dioses hacen y deshacen en las redes sociales. Tal es el poder de esta arma, que la nomenklatura que oprime al país cuenta con auténticos ejércitos de mercenarios del teclado, para atacar y destruir las reputaciones de las figuras opositoras que consideran amenazas a su dominio. Mientras, la masa de tuiteros que no entiende o no quiere entender le da RT a sus infundios. ¡Ay de los mortales!

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Francisco Suniaga | 02 junio 2021

Por siglos, la cultura de Occidente -con la que aún se identifica buena parte, esperemos que sea la mayoría, de los venezolanos- tuvo en la mitología griega una referencia conductual, un sistema de ordenación del universo que comenzaba con Zeus y terminaba con el más modesto de los mortales. Según su lógica, los dioses ocupaban el Olimpo y gobernaban el mundo y a los mortales les tocaba obedecerlos y padecerlos. De no cumplir con ese destino, incluso de buen grado, los humanos eran objeto de las maldiciones y castigos más crueles, a capricho de los dioses, el derecho no existía.

Famoso entre esos castigos fue la de Casandra, que aunque hija de los reyes de Troya contaba como una simple mortal y fue condenada por Apolo. Su causa bien vale ser comentada. Al parecer la hermosa hija de Príamo y Hécuba le había ofrecido a Apolo su carne bella y virgen a cambio de que le concediera el don de adivinar el futuro. El dios la complació y lujurioso se preparaba para recibir su premio, pero, habiendo recibido ya el poder solicitado, la joven Casandra se negó a cumplir su parte del trato.

“Si algo ha significado un cambio colosal con los tiempos de Zeus, ha sido la aparición de las redes sociales: ahora son los dioses, o sus sustitutos en la vida terrenal, quienes sufren los castigos”

Apolo, haciendo gala de un rencor olímpico, la maldijo de manera terrible. Ella mantendría el don que le había otorgado, pero nadie nunca creería en sus predicciones. Maldición que probó ser particularmente dolorosa para Casandra, sus padres y sus súbditos. Por ejemplo, advirtió a los reyes que Paris llevaría la destrucción a Troya y no le creyeron. Luego imploró a los troyanos que no introdujeran el caballo de madera griego en su ciudad, y tampoco fue escuchada. Los resultados fueron, como se sabe, catastróficos.

Eso fue hace por lo menos tres mil años atrás y, menos mal, las cosas han cambiado muchísimo. A lo largo de la historia, los mortales fueron acorralando a los dioses, o lo que ellos han simbolizado. Grandes movimientos filosóficos y políticos, como la Ilustración, y revoluciones auténticas como la de Estados Unidos y Francia, fueron poco a poco cambiando la ecuación entre dioses y mortales, o lo que simbolizaban, poderosos y desvalidos. Pero si algo ha significado un cambio colosal con los tiempos de Zeus, ha sido la aparición de las redes sociales: ahora son los dioses, o sus sustitutos en la vida terrenal, quienes sufren los castigos y se ven acorralados por ese nuevo y descomunal poder de los mortales. Armados de Twitter, Facebook, Instagram y demás armas cibernéticas, son estos quienes destruyen derriban imágenes sagradas y privilegios de todo tipo. Son millones de seres anónimos, los fulanos sin nombre, quienes ahora tienen en sus manos el poder para juzgar y meter en cintura a los dioses. Hay quienes están convencidos y gozosos de que, al fin, al hombre común y corriente se le ha hecho justicia.

¡Pero ay de los mortales! Como cualquier potestad carente de reglas (leyes e instituciones legítimas que las apliquen), el poder de las redes trajo consigo el abuso y, como ocurre con los carros comprados de segunda mano, maldiciones ocultas. Los ordinary Joe, actuando en masa y de manera anónima pueden ser mucho más crueles, irresponsables e indolentes con el dolor ajeno que los dioses del Olimpo. Por lo menos, entre las deidades griegas, había un jefe, Zeus, que ponía orden y controlaba los excesos de sus colegas. Y él mismo, tenía una mujer Hera, que como cualquier esposa que se respete, le demarcaba límites. Ante las redes, no hay ente alguno que pueda marcar un cauce o establecer un orden, es el reino de la anarquía soñada por muchos.

En Venezuela, en particular, los tuiteros han devenido en un tumulto espantoso que padece la maldición de Casandra, pero al revés. Cualquier acusación, por infundada que sea, es creída a pie juntillas por la masa tuitera, y no hay defensa alguna que valga por parte de las víctimas y sus defensores. Los nuevos dioses, a los más poderosos les dicen influencers, hacen y deshacen, destruyen el buen nombre de cualquiera porque sí, porque no y porque también. Tal es el poder de esta arma, que la nomenklatura innoble que oprime al país, cuenta con auténticos ejércitos de mercenarios del teclado para atacar y destruir las reputaciones de las figuras opositoras que consideran amenazas a su dominio. Lo más increíble, cuentan con millones de aliados: La masa de tuiteros pendejos que no entiende o no quiere entender lo que hace, y que no solo cree, sino que además le da RT a sus infundios.

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