En la aldea
18 mayo 2024

Los partidos quieren votar, pero…

Según encuestas confiables la ciudadanía quiere votar, y los sondeos no remiten a un reducido número de entusiastas, sino a porcentajes impresionantemente mayoritarios. Frente a estos resultados, ¿por qué los líderes de oposición se han tardado en sintonizar con la gente? Está de por medio las garantías electorales y todavía faltan, y no pocos, los avales que aumenten la confianza de la sociedad; pero entre la dificultad de controlar los intereses o los deseos de quienes pretenden postularse para cargos electivos, es importante que su compromiso como políticos lo tengan claro y cumplan con su deber. Pero pronto, para que los ansiosos votantes puedan acompañarlos.

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Elías Pino Iturrieta | 01 agosto 2021

Es voz pública que los dirigentes de los partidos de oposición están aceitando los motores para la carrera electoral, pero no lo comunican a la ciudadanía. Como si se tratara de una decisión que solo les incumbe a ellos, hacen sus cónclaves en las regiones y en Caracas para hacer cálculos y para barajar candidaturas. Está bien que se preparen, en principio, que piensen en  sus fuerzas y en sus posibilidades, pero no es adecuado que se empeñen en trabajar en las sombras.

También parece, según encuestas confiables, que la ciudadanía quiere votar. Los sondeos no remiten a un reducido número de entusiastas, sino a porcentajes impresionantemente mayoritarios. No es la tendencia que se refleja en el Twitter, por ejemplo, en cuyo éter abundan los enemigos de la consulta pública y los detractores de la dirigencia interesada en los futuros sufragios. Sin embargo, si salimos de la jaula abierta, que no deja de ser una jaula,  topamos con una aglomeración que, si no puede hacer cola para vacunarse, porque no hay vacunas, asegura que lo hará para votar contra la dictadura cuando lleguen las señales del voto.

Si esos sondeos no exageran, resulta extraño que los líderes opuestos a la dictadura se hayan tardado en sintonizar con la ansiosa clientela. Es realmente curiosa la tardanza de la conexión cuando no solo parece oportuna, sino también sencilla. Parece un cortejo sin trabas, el comienzo de una pasión que florecería con el primer requiebro, una cita que apenas espera la hora de la consumación, pero nada de idilio, nada del romance esperado y necesitado. Extraño o incomprensible esto de unas bodas anheladas que se hacen demasiado del rogar, ¿no es cierto?

“Los que deben invitarnos a votar no salen de sus domicilios a coger calle”

Está de por medio el asunto de las garantías electorales, desde luego. Todavía faltan, y no pocos, los avales que aumenten la confianza de la sociedad. Se trabaja por su presencia, aunque entre espinas comprensibles cuando la dictadura tiene la sartén por el mango, pero hay otros escollos que no se han hecho públicos del todo. Entre otros, principalmente, el hecho de que los líderes de los partidos no se atrevan a confesar su decisión de presentarse en la contienda porque temen el juicio negativo de los puristas que condenan a todo lo que parezca colaboración con el establecimiento, los dicterios de la ortodoxia que mantiene un discurso inamovible y enfático a través del cual solo invita a batallas improbables e infructuosas. Mientras el discurso de la pureza alejada de los tratos con el diablo se mantiene contra las solicitudes de la realidad, los que deben invitarnos a votar no salen de sus domicilios a coger calle.

Pero también tienen la dificultad de controlar los intereses o los deseos de quienes pretenden postularse para cargos electivos. El choque entre candidatos que quieren repetir y figuras que se quieren estrenar ha provocado distancias que pueden crecer, pese a que son inevitables y se pueden manejar con el consejo de la equidad, o de la conveniencia de una amalgama entre los primeros y los segundos. La franca desobediencia de los que se apresuran a mostrarse como agentes libres por la influencia de sus agallas quizá sea el  riesgo que más inmoviliza, aunque más temprano que tarde descubra muestras de individualismo grosero, testimonios de indigencia mental como el reciente de un precandidato a la gobernación del Táchira que no ha dudado en exhibir, en el acto de su proclamación, un penoso fárrago de disparates sin que la dirigencia de su partido lo haya metido en cintura. Ojalá sea solo una perla del collar.

De allí que, en suma, la solución del asunto dependa de los líderes de unos partidos que están dispuestos a presentar candidatos y a pedir votos para ellos, pero que no lo expresan públicamente por temor ante los belicosos de costumbre y frente a los catecismos de quienes pregonan purezas inmaculadas. O porque, como todavía no han puesto orden en sus domicilios, les costará acordarse con las otras casas grandes e importantes de la cuadra. Solo que, como son políticos, y como deben saber que nadie los puede reemplazar en la actualidad, tendrán que cumplir con su deber. Pero pronto, para salir a acompañarlos.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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