En la aldea
02 diciembre 2022

José María de Viana: “En la medida en que nuestra vida esté signada por el esfuerzo para que otros sean felices, la felicidad será propia, de nosotros”.

José María de Viana, en carne viva

Ha hecho de la vocación de servicio una profesión. Fiel representante de la ciudadanía democrática, la de a pie, con la gran virtud de saber crearla, enseñarla y ejercerla. Muchos todavía lo recuerdan por haber sido el hombre del agua y las telecomunicaciones. Es un venezolano con conocimientos y destrezas puestas al servicio del progreso. “Los sentimientos más bellos de los humanos ocurren cuando logran tener servicios públicos de buena calidad que les permitan expresarse, acercarse, y vivir mejor”, así habla José María de Viana, y nos recuerda: “La miseria humana que ha producido un sistema cuyas políticas públicas van en contra del crecimiento moral, espiritual y económico de Venezuela, la ha llevado a una situación de sufrimiento inmenso”.

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Soledad Morillo Belloso | 06 agosto 2021

Por supuesto, él no se acuerda de mí de cuando aquellos tiempos en la Católica (UCAB). Esa fotografía mental que yo tengo de él no la tiene él de mí. En 1973, José Mari ya andaba por quinto o sexto semestre de Ingeniería cuando yo apenas empezaba en Comunicación Social.

Yo tenía muchos amigos “ingenieros”. Pero él no formaba parte de la cuerdita de “rumberos”, buenazos para bailar y pasarla bien; tampoco era de los “exploradores”, esos con quienes ir de paseo expedicionario por toda Venezuela. No era de los que se aparecía en los “ventetú” en los que mil veces amanecimos cantando y bailando. No pasillaneaba por el cafetín buceando a las niñas. El era diferente. Y muy interesante. Un  estudiante medio hippie, de verbo profundo que en los foros decía las cosas que nadie decía y hacía las preguntas que sacaban de onda cualquier agenda. Me parece que optaba para representante estudiantil en consejos de escuela y facultad. Las autoridades,  vaya si lo respetaban. Y lograba algo importante: conectar con los estudiantes de otras escuelas que no lo veían como un extraterrestre. Se decía que parecía de “Sociología” o “Psicología”.

Todo ese tiempo para él yo era invisible. Cada vez que le hablaba tenía que apuntarle: “Hola, yo soy hermana de María Isabel Morillo”. Y él, con modos de muchacho bien educado, me regalaba una sonrisa y, zas, me lanzaba al cajón del olvido. Para mi profundo disgusto, quizás me veía como una “sifrinita” irrelevante.

Se graduó de Ingeniero y a los años yo en Comunicación. Y por algún tiempo le perdí la pista. Fue por allá por los ‘80 cuando reapareció en mi radar. Ya yo llevaba años trabajando en serio, con sueldo, traje sastre, zapatos de tacón, tarjetica del IVSS y declaración de ISLR. Alguien mencionó su nombre en una reunión de trabajo. No dije que lo conocía pues sabía que, si me lo ponían enfrente, tendría que pasar otra vez por la rutina de rezarle la letanía: “Yo-soy-hermana-de-María-Isabel-Morillo”. Y hay un límite para la cantidad de veces en las que una mujer joven tolera ser parte olvidada de un paisaje.

“La forma de hacer ingeniería más eficaz y eficiente es lograr que toda una organización (…) ponga su esfuerzo inteligente en cambiar la calidad de vida de la gente, para bien”

José María de Viana

En los años siguientes, me crucé con él en charlas, reuniones, foros. Lo saludaba pero ya optaba yo por la prudencia, virtud que me escasea. Sonrisas ligeras y algún cruce de comentarios. Nada de aclaraciones. A los veintialgo no estaba mi ego como para golpes.

Me pasé años leyendo las noticias sobre él, devorando las entrevistas que le hacían en radio y televisión. Y cuando me enteraba que iba a dictar una conferencia o que iría a encuentros con comunidades, para allá me encampanaba yo. Si acaso él me veía, me saludaba, con cordialidad. Estoy segura que no tenía ni la menor idea de quién era yo.

En los ‘90, ya ambos en los largos treinta, los dos pintando canas y con la vida surcada de arrugas, me lo reencontré. En el IESA. Es de esos profesores que uno quiere que el tiempo no corra, que aquel ser no deje de hablar. Al terminar la sesión, me le acerqué, preparada otra vez para ser invisible. “Hola, yo soy hermana de María Isabel Morillo”, le dije, esperando de nuevo la fina cortesía de su cara de yo-no-sé-quién-eres. “Pero, claaaaro, Soledad”, me respondió. ¡Al fin, tras años de invisibilidad, José María de Viana sabía quién era yo!

No es de esos insufribles “supergerentes” montados en un pedestal, perfumados con ese horrendo pachulí de la pedantería y que recitan versos zoquetes. Creo que, aunque no parezca, es más bien tímido. De lo que sabe, sabe mucho, sí, pero no es un relamido sabiondo. No se las da de héroe ni anda pescando aplausos. Más allá de lo que conste en su hoja de vida, tiene una rara cualidad en esos que han hecho de la vocación de servicio una profesión: sabe articular frases con sujeto, verbo y predicado, sin la ridiculez de escurrir el bulto a punta de ese amasijo de excusas empalagosas que me desatan bostezos en cadena. 

“Cumplí con la bienaventuranza de ‘Dadle de beber al sediento’. Luego ese sueño se interrumpe por la llegada de Chávez al gobierno, que implicó mi salida de Hidrocapital”

José María de Viana

Un día estaba en un barrio de Caracas y había una protesta por demás justificada. Es entendible que una comunidad se queje porque es condenada a una vida de camellos. Aquel mediodía caraqueño, con el calorón de un sol tirano, la gente estaba furiosa. Para entonces él ya era chivo mayor de la compañía hidrológica. Hizo lo que había que hacer: se sentó y escuchó, con paciencia, sin andar viendo el reloj, sin hacer morisquetas de fastidio, y respondió. Usó la más importante de las herramientas sociales: La verdad. Sí, la verdad, vocablo y concepto que tantos han borrado de su glosario. En lenguaje llano, sin frases huecas, explicó a esa gente las limitaciones y complicaciones de llevar el agua “de allá para acá”. Prometió lo que era posible cumplir: agua dos veces por semana y de tal hora a tal hora. Esa gente pudo organizar su vida.

Yo tengo 65 años. El debe rondar los 67 o 68. Es hijo de vascos. Escribo “vascos” y ya eso de suyo es una tesis antropológica. Pero es venezolano, pero que muy venezolano, “del eje de mi tierra, del Distrito Federal”, como versa esa canción añeja en nuestros recuerdos. Pero supongo que de esa sangre vasca le viene ese espíritu de galtxagorri, el diminuto duende de la mitología vasca, que vive en un alfiletero en la etxea, la casa vasca, y ayuda a los que viven en ese hogar. Pues José Mari es un galtxagorri criollo, en versión de más de metro con ochenta. Campechano, buena nota, ha tenido la suerte del privilegio. Sí, lo digo adrede. El privilegio de una familia estructurada y de una muy buena educación. En esa etxea de seguro no se les aceptaba mingonerías ni malcriadeces a los muchachos (hay otro varón, Mikel, y dos hermanas, Amaya y Conchita), pero se les dio amor, atención, buen ejemplo y de seguro algún rapapolvos. Sobre esa mesa se pusieron libros, consejos y buenos platos de olla y fogón, vascos y criollos. No sé si en ese hogar había ritual de rezos pero algunas estampitas de San Ignacio y de La Begoña intuyo habría. Supongo que esa etapa de su juventud de hacer trabajo pastoral y de estudiar Teología (no sé si esa carrera la terminó) tiene mucho que ver con su origen familiar, con su propia estructuración de creencias y con cómo ha enfrentado los desafíos de su vida.

A su hermano lo conocí en los ‘90. Es una imprecisión decir que es cura; Mikel es jesuita. Y eso también es una categoría sociológica en sí misma. El “Curita Mikel” es también lumbrera, pero retador consigo mismo y los demás y con un temperamento, digamos, más fogoso. Tiene, también, un cerebro muy bien equipado para eso de entender a los seres humanos. Sé que son muy unidos. Cuánto se marcan el uno al otro, no lo sé; se lo pregunto en esta “no entrevista”.

José Mari tiene talento natural para la ciudadanía democrática, la de a pie. Para crearla, enseñarla y ejercerla. Tiene bonhomía, pero, cuidado, a no confundir eso con debilidad ni blandenguería. Téngase muy claro que el hombre de babieca no tiene ni un pelo. En ese cerebro habitan conocimientos y destrezas, pero también rectos principios. Ese mobiliario debería exigirse a todos aquellos que hacen del servicio público su oficio, sea en el sector estatal o privado. Se trata de civilización, de progreso. Sea agua, telecomunicaciones, electricidad, gas, gasolina, transporte, salud, educación, cultura. En el siglo XXI no se puede forzar a la población a vivir como en el siglo XIX. Eso es ponerle vallas al desarrollo, asfixiar las posibilidades de progreso.

“Tuve el privilegio de ser presidente de Movilnet, en la época en que la penetración de la telefonía móvil paso del 30% al 100%”

José María de Viana

Sin ser un “santón” (menos mal), tiene mucha y muy densa conciencia social, pero sabe que el bienestar no es posible sin tener los pies firmemente plantados en la tierra. Han intentado ponerle etiquetas: los de “izquierda” dicen que es de “derecha”, y los “diestros” pues quieren pintarlo de “zurdo”. Es el recurso de etiquetas tontas, gastadas, pasadas de moda y tan pero tan inservibles. Me parece más inteligente lo que me apunta mi hermana: “Él es una hormigota disciplinada”.

Siento yo que él no anda de turista por la vida. Es respetado por sus compañeros de estudio, por sus alumnos y por mucha gente que ha trabajado con él. Y, supongo, detestado por algunos que quieren mantener lo que hay cómo está.

Le escribí un domingo de mañana en medio de esta pandemia que nos tiene a (casi) todos en estado de sofoco y de fatiga de incertidumbre. En este país estamos hartos, de todo, hartos de estar hartos. Le pedí que me aceptara este conversar sin conversar.

No le hice preguntas convencionales. No porque pretenda lucirme siendo diferente. Dios me libre de tamaña idiotez. Más bien quiero que ustedes vean un José Mari, quizás con luces y sombras, que esta vida enloquecida no nos permite ver. Creo que hay cosas que no suele decir. Él no habla de sí mismo casi nunca. Tal vez nos venga bien a todos -por aquello de repensar y repensarnos- sorprendernos con sus respuestas. Escucho su voz y la piel se me pone de gallina. Habla el ingeniero, sí, pero habla el hombre, el venezolano. Sin caretas. Habla ese que me conmueve.

Este es José María de Viana, en carne viva; pasado, presente, futuro. Ese que mira de cerca para ver a lo lejos. ¿O al revés? Por favor, léanlo, siéntanlo. Es agua fresca para el alma.

“La forma de hacer ingeniería con más contenido humano, era la forma de hacer ingeniería que podía producir victorias tempranas”

José María de Viana

-¿Cómo es ser un vasco tan venezolano?

-Para entender por qué somos vascos tan venezolanos, hay que comprender un poco que la familia de mis padres y mi tía, (era) una familia de muy escasos recursos, muy humilde. Papá vino a Venezuela ya en edad madura. Los oficios artesanales que había desarrollado, especialmente en mecánica, pues no los pudo desarrollar aquí. Siempre tuvo trabajos poco remunerados. Cuando llega a Caracas, inicialmente vive en La Florida, después en La Pastora, pero tienen que mudarse a vivir en Antímano, una parroquia foránea para entonces, donde los alquileres eran bajos. Eso permitió a la familia vivir la mayor parte del tiempo ahí, en Antímano. Todo eso hizo que la familia nunca fuera al Centro Vasco. Los amigos de mis padres fueron venezolanos e inmigrantes de otros países. Yo conocí qué era ser vasco a partir de papá, de mamá, y de una hermana de papá, mi tía Casilda, que fue muy importante en nuestra vida, que vino para ayudar a mamá en el nacimiento de Mikel en el ‘53. Ella se enamoró de Venezuela, de su gente y de sus sobrinos, y se quedó. Hizo toda su vida en Venezuela. La casa donde vivíamos era una en las que se hacían arepas todos los días; se convertía en arepas cerca de 120 kilos de maíz pilao. En aquella época no existía la harina Pan y las personas que querían arepas, pues tenían que comprarlas recién hechas. En esa casa donde vivíamos, que la dueña era la patrona de Mamá en Antímano, y dueña de la casa en la cual alquilamos la planta alta era Paula Escauriza, negra de Barlovento que fumaba tabaco con la candela dentro de la boca. Era allí donde se producían arepas para una buena parte del casco de Antímano. Y, pues, mamá, desde que llegó allí se dedicó a ayudar a la señora Paula, que se ocupaba de preparar arepas y empanadas, y, en alguna época del año, hallacas, para mantener su casa y su familia. Mamá, pues, recibía un pago por eso y así ayudaba a mi papá en el mantenimiento de la casa. Papá, después de los trabajos que tuvo y de estudiar por correspondencia Contabilidad, se dedicó un tiempo a ser contable de algunas empresas. Pero después en Venezuela las personas de su edad no conseguían fácilmente trabajo. Y se dedicó a trabajar con un carro de alquiler, un taxi. Y bueno, sus amigos no eran vascos; eran los mecánicos que le ayudaban a reparar el carro cuando se dañaba: italianos y muchos venezolanos, buenos amigos de papá, que los conocía por el trabajo. La tía ayudó trabajando como obrera en una fábrica en la Calle Colombia de Catia, Artisol. Una industria de Artes Gráficas que hacía envoltorios de cartón, cajas para productos de jabón, de zapatos, y ella trabajó allí mucho tiempo. Por supuesto, sus compañeras de trabajo, sus amigas, eran señoras de Catia. Fue madrina de muchos muchachitos del Barrio Niño Jesús, Lomas de Urdaneta, Propatria. Y esa era su vida también. Y en la Calle Guzmán Blanco de Antímano, donde vivimos muchos años antes de ir al Barrio El Rosario, allí los amigos eran inmigrantes portugueses, italianos y unos letones que fueron muy importantes en nuestra vida. La familia Grinstein y la familia Libietis, realmente muy cercanos a nosotros, porque mamá era quizás la mejor amiga de la abuela de esas familias. Eso quiere decir que conocí el mundo vasco a través de vascos inmigrantes integrados en Venezuela y luego a través de Mikel, porque él sí fue un estudioso de la cultura, del idioma. No aprendió en nuestra casa el euskera; lo aprendió en la Compañía de Jesús, con sus compañeros vascos y siempre fue un enamorado de la cultura. Yo la veía más como una curiosidad, de mis ancestros, de mis abuelos. Y bueno, adulto conocí a vascos, buenos amigos vascos, excelentes amigos, pero mi mundo de la infancia y de mi temprana juventud siempre fue en un ambiente absolutamente venezolano. Eso fue lo que aprendí y en lo que yo me crié, y aun hoy mis más estrechos lazos de vida y de experiencia están en Venezuela y en lo más profundo de Caracas.

“Yo sueño todos los días con el momento en que los venezolanos de los distintos rincones del país comiencen a recibir agua limpia, constante, y suficiente en sus hogares”

José María de Viana

-¿Cómo es tener un hermano cura, y además jesuita?, ¿Mikel es hermano o jesuita, o es las dos cosas a la vez?, ¿cuánto pesa Mikel en la vida de José María?

Mikel, mi hermano, bueno, eso es lo más importante. La etapa más intensa de mi vida la vivimos juntos. Mikel es una vocación tardía. Entra en la Compañía de Jesús cuando tiene veinte años. Así que toda la experiencia infantil y de la adolescencia la vivimos juntos y muy intensamente. Mikel tiene distintas aristas en su vida. Yo conocí la de niño, la de su pubertad, y después de adulto. Además de sacerdote y de jesuita, Mikel es un intelectual, un profesor destacado y muy querido; un excelente artista, especialmente en el teatro que es un oficio que solo ha ejercido en pocas ocasiones pero lo hace muy bien. Es maravilloso imitador. Pero la característica fundamental de mi hermano el jesuita es que es un excelente hermano. Siempre pendiente y orgulloso de su hermano menor y muy preocupado de mis cosas, de las tormentas que he pasado en mi vida, mis dificultades. Para Mikel, su razón ha sido ser sacerdote y especialmente ser jesuita. Eso es una dimensión importante en su vida. Una parte importante de las personas que quieren y admiran a Mikel es por su labor como sacerdote. La compañía espiritual que ha dado a las familias en momentos difíciles o en momentos felices, en matrimonios, en bautizos, o en la despedida de los seres queridos. En esa dimensión es donde Mikel ha sido feliz. Lo más importante de su ser jesuita es la calidad de las comunidades que le ha tocado vivir. A partir de Mikel he conocido personas maravillosas que lo han acompañado, que han sido su familia después de adulto, (personas) a quienes también me unen lazos de afecto y cariño. Durante la etapa de formación de jesuita de Mikel en Venezuela, tuvimos un estrecho contacto, con él y sus compañeros de formación, tanto en la época de noviciado como en la de juniorado. Ahí conocimos a sus compañeros contemporáneos jesuitas venezolanos, pero también a los jesuitas que no estaban en nuestra vida, a excepción del Padre Urquijo que llegó muy temprano porque papá lo conoció en las misas de Fe y Alegría del alto de la iglesia y fue el jesuita más cercano a la familia y especialmente con mis padres. Y aún hoy que la vida ha hecho que coincidan viviendo en la residencia de Deusto junto con Mikel. Pero el resto de los padres jesuitas fundamentalmente los conozco a partir de la vida en formación de Mikel, desde que entró a la Compañía hasta el año ‘83 u ‘84. En el ‘83 se ordena y poco después va a continuar estudios a Roma. Pero durante esos  seis o siete años de formación en Venezuela, pudimos conocer a insignes jesuitas, José Luis Echevarría, Ignacio Ugarte, tantos otros que estuvieron cerca de la formación de Mikel, pero muy cerca de mi familia. Mikel y yo nos queremos muchísimo. Somos absolutamente distintos, lo que ha hecho que en ocasiones hayamos tenido diferencias fundamentales, pero el cariño es inmenso. Ambos somos muy presumidos de lo que hace el otro. Últimamente hemos decidido pasar juntos una semana al año, fundamentalmente porque las enfermedades que hemos tenido nos han hecho pensar en que la muerte nos puede visitar cualquier día y, bueno, nos quisiéramos dejar de hacer tantas cosas juntos que no pudimos hacer cuando éramos niños o adolescentes, porque nuestras rutas de vida se separaron muy temprano. Hay una dimensión de Mikel muy importante. Mikel es un exilado. Tuvo que irse de Venezuela, que es el país que quiere, por razones políticas. Y eso es una herida que llevo en el alma, la tristeza de conocer muy de cerca un venezolano que no pueda regresar a su país porque debido a sus ideas ha sido amenazado. Y eso le ha permitido encontrar una nueva casa, pero efectivamente nos ha alejado en los últimos quince años.

“En el siglo XXI no se puede forzar a la población a vivir como en el siglo XIX. Eso es ponerle vallas al desarrollo, asfixiar las posibilidades de progreso”

José María de Viana

-¿Qué te hunde en el desaliento y qué te saca de ese desaliento?

El desaliento es el sentimiento más terrible. Yo diría que es la enfermedad más grave que sufrimos en Venezuela como sociedad. El desaliento surge de la desesperanza, de la impotencia, de sentir las cosas terribles que nos están pasando, pero al mismo tiempo no encontrar el camino para superarlas, a pesar de nuestra inteligencia, nuestro talento, nuestra fuerza. El desaliento es un sentimiento, una emoción que guardo muy profundo, que me ataca con cierta frecuencia, pero que no manifiesto. Me está prohibido, como profesor, como conductor de jóvenes, transmitir lo duro del sufrimiento, de la impotencia de la tragedia que vivimos los venezolanos. Pero, al mismo tiempo, la dificultad que hemos tenido de conseguir una solución política al problema y por lo tanto salir de la horrible condición de miseria que vivimos. Lo que me hace desalentarme es precisamente el profundo conocimiento que tengo de la miseria humana que ha producido un sistema cuyas políticas públicas van en contra del crecimiento moral, espiritual y económico de Venezuela, y que la ha llevado a una situación de sufrimiento inmenso. El desaliento me lo quita la absoluta seguridad, confianza y conocimiento de la algarabía colectiva que en un país tan sufrido va a producir la reconstrucción. Yo sueño todos los días con el momento en que los venezolanos de los distintos rincones del país, del inmenso y precioso territorio venezolano, comiencen a recibir agua limpia, agua constante, agua suficiente en sus hogares. Y me imagino la alegría profunda que eso va a producir, la inmensa esperanza y fe en que el futuro va a ser promisorio y que Venezuela va a cambiar. Entonces, sí, el sentimiento es muy elemental. Mi especial entusiasmo es soñar, imaginar esa algarabía de los venezolanos cuando algunas miserias que pensábamos eran permanentes comiencen a resolverse sin saber muy bien por qué, porque va a ocurrir muy rápido. Y efectivamente imagino a las personas de La Limpia, o del Barrio Bolívar de Caracas, o de San Félix, el día que puedan bañarse con agua limpia, el día y la hora que ellos quieran, no cuando les pongan el agua.

“El desaliento es el sentimiento más terrible. Yo diría que es la enfermedad más grave que sufrimos en Venezuela como sociedad”

José María de Viana

-¿Quién eres cuando no estás trabajando?

-Bueno, para mí es muy importante el ocio. Es el momento en que reparo mis heridas, en que trato de cuidar mi salud, corporal, pero también mis heridas y enfermedades espirituales. Dedicó mucho tiempo a las cosas que me traen paz y consuelo. Y soy un solitario que disfruta las cosas sencillas. Efectivamente, trato de ser más culto, de disfrutar la música, de aprender historia, de estudiar tantas cosas que no conozco y que para mí son importantes. Y muy especialmente para mí el mundo de las telecomunicaciones ha hecho que se abran las puertas de una biblioteca infinita de conocimientos que trato de utilizar. Por naturaleza, soy poco social, lo que quiere decir que en mi tiempo de ocio me ven poco en festejos. Trato de acompañar a mis amigos en la cárcel, de acompañar a amigos cuando se van de este mundo, de estar con mis amigos cuando están enfermos o en el hospital, o cuando sufren problemas profundos. Y trabajo con mucha intensidad pero de verdad añoro los tiempos de ocio y de paz.

“Mi especial entusiasmo es soñar, imaginar esa algarabía de los venezolanos cuando algunas miserias que pensábamos eran permanentes comiencen a resolverse, porque va a ocurrir muy rápido”

José María de Viana

-¿Quién o qué marcó tu vida como ser humano y te hizo ser quien eres?

-Un episodio de nuestra vida que nos marcó mucho fue que cuando tenía catorce años, mi papá conoció a los padres salvatorianos, que trabajaban en los barrios de Catia, desde la Parroquia El Amparo y atendían a Lomas de Urdaneta, Niño Jesús, Isaías Medina Angarita. Y esa fue una experiencia bien interesante porque yo pasé cinco años con mucha relación con la actividad pastoral de los salvatorianos en Catia y por lo tanto conocí muy bien Catia, los distintos rincones, la Catia de finales de los años ‘60 y de los ‘70. Eso me ayudó muchísimo cuando después trabajé en Hidrocapital, porque conocía el oeste muy bien, tanto toda la zona de Antímano, Caricuao, Macarao, mis raíces infantiles, pero luego con los salvatorianos, desarrollamos muchísima actividad en Catia; prácticamente cinco años de trabajo y eso hizo que también conociera muy bien toda Catia y muy especialmente Lomas de Urdaneta y el Barrio Isaías Medina Angarita.

“El desaliento me lo quita la absoluta seguridad, confianza y conocimiento de la algarabía colectiva que en un país tan sufrido va a producir la reconstrucción”

José María de Viana

-Venezuela está muy complicada, deteriorada, adolorida. Fuiste el “hombre del agua” y también el “hombre del celular”. “El profesor que hace que lo pragmático no sea insensible”. ¿Cómo entender o hacer entender la importancia de los servicios públicos?

-Bueno, los servicios públicos para mí fueron un descubrimiento. Yo llegué por accidente, primero al INOS. Yo trabajaba en las aéreas de ambiente, de planificación y diseño de largo plazo, pero el día a día de los acueductos fue algo que yo no busqué. Llegué por un accidente a estar en el Acueducto de Caracas muy temprano, cuando era muy joven, tenía 28 años, solamente. Y cumplí de alguna manera el sueño de Pedro Pablo Azpúrua y de otros de mis maestros, que amaban con locura el trabajo del acueducto, pero eso no había sido mi profesión original que era la planificación de recursos hidráulicos. Y allí aprendí un gran acontecimiento profesional: era la forma de hacer ingeniería con más contenido humano, era la forma de hacer ingeniería que podía producir victorias tempranas, era de la forma de utilizar conocimientos y liderazgo para que una organización completa se pusiera al servicio de la gente y utilizando el talento, el esfuerzo ordenado y en equipo, lograr milagros. Milagros que significaban cambiar la vida de miles de personas. Cumplí con la bienaventuranza de “Dadle de beber al sediento”. Luego ese sueño se interrumpe por la llegada de Chávez al gobierno, que implicó mi salida de Hidrocapital. Las telecomunicaciones eran para mí una disciplina extraña. Tuve que aprender mucho. Recuerdo al doctor Roosen diciéndome que las memorias del pasado, las medallas que había ganado, no servían para nada en esa nueva carrera. Y así fue. Pero ahí tuve el privilegio de ser presidente de Movilnet, en la época en la que la penetración de la telefonía móvil paso del 30% al 100%. Y eso hizo que pudiera conducir una empresa de servicios pero en telecomunicaciones. En esta área la magia es aún mayor, pues vivimos con mucha frecuencia cómo pueblos completos pasaron de la Edad de la Piedra al siglo XXI a través del Internet, a través de las comunicaciones, vimos cómo lo que hacíamos con el agua, que era maravilloso, que era traer agua a personas sedientas; se convertía en el caso de las telecomunicaciones en unir las ideas y unir los corazones de la gente. Es decir, poner cerca los cerebros pero unir los corazones sin importar la distancia. Y esa magia la pude vivir y lo efectivamente concluí es que la forma de hacer ingeniería más eficaz y más eficiente es lograr que toda una organización, porque no es un trabajo individual, son miles de personas que a través de un proceso de liderazgo clarificado hace que miles de personas pongan su esfuerzo inteligente en cambiar la calidad de vida de la gente, para bien. Y ese cambio es progresivo y es bendito; los sentimientos más bellos de los humanos ocurren cuando logran tener servicios públicos de buena calidad que les permitan expresarse, acercarse, y vivir mejor. Solamente los que trabajamos en servicios públicos sabemos qué significa en una casa humilde el poder tener agua constante y limpia, qué significa en términos de salud, de bienestar, de concordia familiar, que las personas puedan tener otra vez el gentilicio venezolano que está asociado con nuestra higiene, con la higiene de nuestra casa, de nuestras ropas. Pues lo que aprendimos allí es ¿para qué sirve el talento, para qué sirve ser ingeniero, para qué sirve ser comprometido? Si lo puedes emplear en servicios públicos, es tremendamente eficaz y es también tremendamente satisfactorio. Y algo que aprendí más tarde, un elemento fundamental en la vida de las personas es la compasión y la solidaridad. Es decir, en la medida en que nuestra vida esté signada por el esfuerzo para que otros sean felices, la felicidad será propia, de nosotros. Y una de las maravillas del esfuerzo del servicio público es que la alegría y la felicidad pueden transmitirse a miles, millones de personas y eso causa una enorme alegría en las personas que nos tocó el privilegio de trabajar en este oficio.

Termino de transcribir. Estoy absolutamente en paz. Entrevistar a José Mari ha sido alimento para mi alma, un privilegio. Él es la Venezuela en la que yo creo, feliz, trabajadora y limpia. A Dios le pido me dé fuerzas para seguir luchando por ella y vida para verla otra vez de pie. No me queda nada por agregar. O sí. Recordar unas líneas de Sabina: “Que ser valiente no salga tan caro; que ser cobarde no valga la pena”.

*La fotografía, cortesía de José María de Viana, pertenece a los archivos de La Gran Aldea.

soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob

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