En la aldea
19 julio 2024

Oposición contra oposición

Si no se logra una acción concertada, lo que nos espera es un futuro cada vez peor. ¿Se han puesto a pensar si en las próximas elecciones regionales sale airosa la oposición? Esa energía será indispensable para poder gobernar y hacer viable un verdadero cambio político en la conducción del país. Pero si los resultados favorecen al régimen, y existe una oposición sin fortaleza, será muy cuesta arriba luchar contra quienes ostentan el poder. ¿Qué podemos hacer para concertar una acción opositora que convenza a gran parte del país y tenga fuerza suficiente para lograr el tan anhelado cambio político?, ¿está el liderazgo dispuesto a responder esta pregunta?

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Ramón Piñango | 12 agosto 2021

Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible
y, de repente, estarás haciendo lo imposible
Francisco de Asís

En la oposición se enfrentan dos tendencias antagónicas entorno a la decisión de si hay que votar o no en las elecciones del 21 de noviembre. Se trata de una confrontación que cada día se va tornando más amarga de parte y parte. No son raros los insultos de un lado hacia el otro. Cada uno está plenamente convencido de la sólida e inobjetable validez de su posición. Que si el contrario no la ve es por ceguera, estupidez o turbios e inconfesables intereses. Y la diatriba no cesa. El conflicto va más allá de una simple discrepancia sobre percepciones y propuestas políticas. Llega hasta la interferencia de las acciones del contrario para que no tenga éxito en sus actuaciones políticas.

A todas estas, la situación del país empeora día tras día prácticamente en la totalidad de los ámbitos de la sociedad.

Una economía hiperinflacionaria que afecta a todos los ciudadanos, especialmente a los sectores de menos ingresos, sueldos miserables, donde la  pobreza extrema alcanza el 75% de toda la población. El gran país petrolero de otrora ya no lo es, ni siquiera puede producir suficiente combustible para el mercado nacional. Un sector público en extremo ineficiente que ha hecho retroceder de manera significativa lo que se había avanzado en áreas fundamentales para el desarrollo como son la salud y la educación. Violencia generada por bandas delictivas que se han apoderado de zonas importantes de las ciudades. La emigración de venezolanos que ya permite hablar de una diáspora que se aproxima a siete millones de personas, incluyendo menores de edad. La pérdida de control del territorio nacional por la expansión de grupos armados de la guerrilla colombiana, algunos de los cuales han contado, al menos, con la simpatía activa de quienes mandan aquí. La evidente naturaleza dictatorial, con claras pretensiones totalitarias, de quienes detentan el poder. Y ahora  está en marcha la imposición del llamado Estado Comunal, una nueva estructura para manejar el país con el propósito de asegurar el control de los ciudadanos. Represión y más represión. Ausencia de árbitros institucionales creíbles para gran parte de los ciudadanos, lo que permite hacer lo que convenga para mantenerse en el poder.

La necesidad de un cambio profundo ya es más que evidente para gran parte del país, incluso para unos cuantos sectores del llamado chavismo.

En esta grave circunstancia, quienes tienen el poder y algunos asociados han convocado a elecciones. Si bien puede haber intereses personales o grupales turbios para participar en esas elecciones, con seriedad debe reconocerse que unos cuantos de quienes opinan que hay que ir a votar lo hacen honestamente convencidos de su posición. Lo mismo puede decirse de gran parte de quienes opinan que sería un error votar el 21 de noviembre.

“No se trata de predicar la unidad por la unidad, sino de reconocer quién es el verdadero adversario y su manifiesta intención de no abandonar el poder”

La defensa de cada lado ha sido tan agria que ha profundizado la fragmentación de la oposición. Para el 21 de noviembre tendremos: un desastre mayor, una oposición hecha pedazos, y un régimen opresor haciendo lo que le dé la gana para mantenerse en el poder. Y lo que ‘le dé la gana’ se refiere a lo que parezca más eficaz para sus propósitos. Por el momento, su límite parece ser la necesidad de aparentar ante el mundo cierta disposición democrática, entre otras razones para lograr que se suspendan las sanciones impuestas por algunos países. Además de controlar todos los poderes del Estado, tiene a su favor una oposición dividida.

Ese es el panorama con el cual vamos hacia las elecciones regionales en noviembre. Sin duda, en los próximos meses cualquier evento nos puede sorprender en un sentido u otro. Con base en lo que hasta ahora han hecho quienes detentan el poder para mantenerse mandando; sobran las razones para anticipar que harán todo lo posible para salir airosos en las elecciones de noviembre. Digo esto contradiciendo mi deseo de que, por el presente y el futuro del país, tal cosa no ocurra, consciente de que este deseo no es fácil sustentar.

Hay razones para pensar que gane quien gane no será por un gran margen, razón por la cual es muy fácil imaginar que veremos una guerra de recriminaciones entre las facciones de la oposición. Fuego cruzado de acusaciones e insultos. Cada bando levantando sus respectivos andamiajes de razones o argumentos para explicar lo que pasó y lo que nos espera que, a fin de cuentas, no serán más que meras racionalizaciones, utilizadas como mecanismo de defensa, para justificar lo que unos u otros hicieron o no, ocultando responsabilidades e intereses políticos o de cualquier índole.

En todo caso, es fundamental que, pase lo que pase, no se agudice más la división de la oposición. Si en las elecciones de noviembre los resultados favorecen al régimen, y sin la fortaleza de la oposición, será muy cuesta arriba luchar contra quienes están más que dispuestos a permanecer en el poder de la manera que sea. Si sale airosa la oposición esa energía será indispensable para poder gobernar y hacer viable un verdadero cambio político en la conducción del país.

No se trata de predicar la unidad por la unidad, sino de reconocer quién es el verdadero adversario y su manifiesta intención de no abandonar el poder.

Por lo que hemos visto hasta ahora, ningún grupo opositor tiene fuerza suficiente para luchar solo contra el poder establecido, ni, en el caso de ganar las elecciones venideras, poder actuar con efectividad hasta lograr la transición hacia una sólida democracia.

Una vez le escuché decir a Soledad Morillo, colaboradora de este portal:

Los liderazgos de la verdadera oposición son diversos y hoy todos se necesitan. Les guste o no, simplemente no pueden prescindir el uno del otro. Sopranos, mezzosopranos, contraltos, contratenores, tenores, barítonos y bajos. Todas las voces son necesarias, lideradas por alguien capaz de lograr una verdadera sincronía’.

Hace poco pudimos constatar la incapacidad de las élites del país para concertar una acción efectiva para enfrentar la emergencia sanitaria planteada por la pandemia de la Covid-19. Ni políticos ni empresarios ni iglesias ni gremios laborales ni organizaciones sin fines de lucro ni organizaciones de base fueron capaces de dar en conjunto una rueda de prensa con el propósito concreto de plantear la necesidad de una vacunación urgente para toda la población. Eso evidenció la notable debilidad del liderazgo nacional en sectores muy diversos.

Si no se logra una acción concertada, lo que nos espera es un futuro cada vez peor.

De continuar la situación que hoy sufrimos, cada día que pase nos acercaremos más y más a una salida impredecible que puede agravar la situación de hoy. Cuidado con engañarse creyendo que nada puede ser peor. Vana e ingenua ilusión.

Unos cuantos piensan que puede emerger un outsider salvador. Esta es una posibilidad innegable, pero es prudente recordar que en un país con un vasto acerbo cultural como Alemania emergió Adolf Hitler como salvador, y que, en Venezuela, luego de décadas de lucha para establecer la democracia y desarrollar el país, emergió Hugo Chávez como redentor político con las consecuencias que todos conocemos. Sin duda, la historia no basta para saber lo que hay que hacer para progresar en determinadas circunstancias, pero es imprescindible para aprender de los errores cometidos por la sociedad donde estamos y por otras sociedades.

Los ciudadanos, incluyendo a quienes tratan de liderarnos, no podemos pretender un futuro mucho mejor si evadimos la responsabilidad de actuar hoy de manera más eficaz. Para salir del desastre en que nos encontramos, el primer paso es reconocer que, hasta ahora, la eficacia política real ha sido muy limitada. El segundo es preguntarnos: ¿Qué podemos hacer para concertar una acción opositora que convenza a gran parte del país y tenga fuerza suficiente para lograr el tan anhelado cambio político?, ¿está el liderazgo dispuesto a responder esta pregunta?

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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