En la aldea
24 junio 2024

Julio Castillo, ex alcalde de Naguanagua, estado Carabobo, profesor universitario, y actualmente milita en Voluntad Popular.

Julio Castillo Sagarzazu, adverbios de tiempo

“Un demócrata, un venezolano que cree en que hay que hacer lo que hay que hacer y hacerlo bien”, apunta la autora en esta nueva conversación entre amigos, cercana y reflexiva: “Las luchas de la gente por sus reivindicaciones, por sus derechos, tienen que conseguir al dirigente político al frente, en carne y hueso. Nadie quiere a quien no conoce”; y agrega: “Todos vivimos día a día la pesadilla. Venezuela ha ido a contrapelo del progreso de la región”. Julio Castillo, padre y abuelo que tiene la dicha de contar con su familia completa viviendo en el país, sentencia: “De aquí no nos hemos ido muchos venezolanos que todavía estamos en capacidad de trabajar, de producir, de dar ideas para desarrollar el país”.

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Soledad Morillo Belloso | 16 agosto 2021

Hoy es siempre todavía”, escribió Antonio Machado, ese grande de las letras. Hoy, siempre, todavía; adverbios de tiempo, enormes, en una frase brevísima que dice tanto.

Yo conocí a Julio Castillo antes que él me conociera a mí. Me hablaban de él, lo leía. Era como ese cántaro de alfarería artesanal que uno ve en un mercadillo y se promete que algún día va a tener los ahorros suficientes para comprarlo, para llevarlo a casa. No para adornar un rincón; para guardar agua clara.

Un día escribí un cuento. Una historia fabulada sobre la devoción a la Begoña allá en tierras carabobeñas. Para entonces, Julio era alcalde de Naguanagua. Me armé de descaro (no me costó mucho) y le mandé mi texto, esperando que él hiciera algo con aquellas parrafadas que de lo contrario pasarían a apilarse en mi estantería de escritora. Le dije que se lo obsequiaba; le pedía hacérselo llegar a modo de sencillo homenaje a los cofrades de la Santísima Virgen de la Begoña de Naguanagua que cada año celebran a su “reina”. A las horas, en mi correo, una respuesta. No de esas que escribe el funcionario encargado de atender con cortesía las cartas que le escriben al burgomaestre de una localidad. Por las palabras y el estilo, supe que era él. Se le sentía sorprendido.

Al tiempo, recibí una nota diciéndome que mi “Santísima Begoña” sería  publicado y bautizado unos días antes de la procesión de la santa patrona, que allá ocurre cada agosto en remembranza de la promesa que originara esa devoción. Esperaban pudiera acompañarlos en un sencillo acto, allí, al lado de la iglesia. Y, claro, felices, para esa tierra, cuyo nombre significa “abundancia de aguas”, nos encampanamos mi marido y yo. Así, con bendición mariana, con la dulzura de los buñuelos de Pensamiento, la tejedora de mi cuento, comenzó entre Julio y yo una historia de compartir.

“En índices económicos y de calidad de vida ya estamos peligrosa y dolorosamente peleando con Haití, y al nivel de países africanos donde ni siquiera ha llegado el agua y la luz”

Julio Castillo

Desde entonces, ese cántaro de agua clara de más de metro ochenta está en la vida de esta escritora que ni con tacones llega al metro sesenta. A pesar de la distancia, puede más la cercanía. Hemos compartido en actos y reuniones. Y hasta tuve el privilegio de ser su secretario accidental en un matrimonio que él como alcalde celebró. Somos él y yo adictos a la lectura y la escritura. Eso hace que la carretera que nos conecta esté siempre asfaltada, libre de detritos y con los semáforos en verde.

Hay algo espléndido en quienes dedican su vida a la política, la gestión pública y la docencia, sin trajearse de héroes de libros épicos. El país carga con demasiadas malas copias de próceres. Me aburren a morir los políticos que no saben ni hablan sino de política. Nos abanican con su ignorancia. Siempre están en pose, con la sonrisa tonta lista para la oportunista foto, con la manoseada chuleta de frases hechas en el bolsillo y con gesto de carnero herido pretendiendo pasarnos factura por sus sacrificios y renuncias. Son un monumento al tedio. A los políticos nadie los obligó a escoger esa ruta, y, créanme, aun con sinsabores y heridas, la política es su patio de satisfacciones. Nada les hace más felices que sentir que su trabajo se traduce en mejor calidad de vida para los ciudadanos. Me refiero, claro, a los buenos políticos, a los de talento y vocación, no a los que hacen del oficio un sainete de vanidades con errores gramaticales. A Julio lo he sentido triste, preocupado, enojado, entusiasmado, incluso cansado, pero jamás en faenas de pescador de lástima. Hemos compartido en festejos elegantes de mucho lustre y en saraos de barrio y plaza. Y siempre es el mismo. La misma sonrisa. El mismo buen decir. Un caballero con ‘el por favor’ y ‘el gracias’ como marcas de camino.

Es profesor de Derecho Económico en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Carabobo, una universidad que ha sido ultrajada por gentes y entes que desprecian el saber. Es un profesor que no enseña odios. Ha sido diputado y alcalde. Cuando militó en el MAS le tildaron de “ñángara”. Cuando estuvo en Proyecto Venezuela dijeron que era “elitista”. De estar en Voluntad Popular, pues ni sé ya que dicen. Ni me importa. Etiquetas. Que se despegan con la humedad y el viento y a las que, por salud, mejor ignorar. Pero tiene una posición política que ejerce en todo lo que hace y en donde esté: es un demócrata, un venezolano que cree en que hay que hacer lo que hay que hacer y hacerlo bien.

Conoce nuestra historia de cabo a rabo, la grande y la menuda. Hombre de buen paladar, sabe de fogones y olletas, de buenos vinos y rones, y también de finas guarapitas.

“Tengo la sensación de que mientras uno tenga el convencimiento interno de que puede ayudar, tiene que ayudar y debe ayudar”

Julio Castillo

Le hice preguntas al amigo, al político, al profesor, al marido de Meme, al papá de Laura, Anabella y Eugenia, al abuelo de los revoltosos morochos -Martín y Emilio- y de dos niñitas -Jimena y Romina- cuatro carricitos que hacen con su Abu lo que quieren. Le hice preguntas al que ejerce 365 días al año el oficio de venezolano. No sé si se sentó en algún lindo paraje de Carabobo a grabar sus respuestas. O si prefirió hacerlo en su biblioteca inspirado por alguna lluvia de este agosto. Quizás esperó al silencio madrugador y grabó mientras dejaba que un carato de guanábana le endulzara el ánimo. Pero aquí está, pensando en voz alta, con la paciencia del que entiende el correcto uso de los adverbios de tiempo, esos hoy, siempre y todavía que nos apunta con sencilla sabiduría Antonio Machado.

A lo lejos, él en Naguanagua y yo en Pampatar, nos sentamos a cocer pensamientos y sueños, a fuego lento. El resultado es esto que ustedes leen. No es una sopa boba, pero tampoco un pesado puchero demasiado condimentado, uno de esos espesos escritos que se publican y que nadie del común lee más allá del primer párrafo.

A mí me gusta preguntar. Siete preguntas le puse sobre el mesón. A ver, pues, cómo nos queda este condumio.

-¿Cómo es Caracas vista desde Carabobo y cómo es Carabobo visto desde Caracas?

-No todos los venezolanos vemos igual a Caracas. Los andinos, durante el siglo XIX y parte del XX, vieron a Caracas como objetivo político. Decidieron expedicionar hacia la capital en marchas casi militares, para acampar allí como territorio controlado. Los años de los andinos marcaron la impronta de gobiernos caudillistas y centralistas que tuvimos por décadas. El Palacio de Misia Jacinta sigue siendo el asiento de los poderes públicos. La Guerra Federal fue una tímida respuesta. Cruenta, estruendosa y trágica, pero, como toda guerra acabó en un saludo a la bandera. Paradójica e irónicamente, el monumento más Importante de la Federación, el Arco, está frente a Miraflores. El único atisbo de federación en todas las constituciones fue la obligación de firmar los oficios con el membrete al pie “Dios y Federación”. La relación de los valencianos, de los carabobeños, con Caracas es distinta. Hay que entenderla a partir de 1830, con La Cosiata, el movimiento que originó la separación de Venezuela de la Gran Colombia. Ocurrió en una casa que existe, donde están las academias, la Casa de La Estrella. Esa primera irrupción de los valencianos en la escena política ya como República derivó en la presidencia de Páez. La relación de los carabobeños con el poder nacional hay que verla con la óptica de esa separación de Páez y Bolívar, de sus controversias, que decantan en la presidencia de Páez y la salida de Bolívar y su posterior muerte en Santa Marta. Estoy convencido que con el advenimiento de la democracia, e incluso en los últimos años de Pérez Jiménez, de ese penúltimo caudillo andino -digo penúltimo porque a su modo lo fue Carlos Andrés Pérez y también con otro perfil el doctor Ramón J. Velázquez- todo estuvo marcado por otro tipo de relaciones. Los valencianos fueron clarividentes al elegir un Concejo Municipal que en los últimos años de Pérez Jiménez y al finalizar la dictadura, tuvo la visión de urbanizar terrenos vírgenes baldíos y ejidos, venderlos a locha el metro cuadrado, ofrecer exenciones tributarias a las empresas que se establecieran y así hacer una zona industrial. Ese monumento de entendimiento político de ese concejo -los concejales incluso se turnaron la presidencia- permitió hacer la zona industrial y crear las condiciones para que Valencia se convirtiera en eje productivo. Fue otra etapa de la mirada de los carabobeños hacia la capital y de la capital hacia Carabobo. A pocos kilómetros, dejaba de ser cierto eso de Caracas es Caracas y lo demás es monte. Con la creación de la zona industrial, Carabobo logró impulsar su universidad y otras universidades privadas; consiguió hacer avanzar la cultura, que siempre estuvo en la vanguardia desde tiempos de Arturo Michelena, ganador de la Medalla de París en el siglo XIX, y la pléyade de poetas y escritores que siguen siendo figuras en el mundo cultural. Ese fue otro modo de mirarse Caracas y Valencia. Quizás la más anecdótica es la eterna rivalidad del Caracas y el Magallanes. Quiero resaltar que Carabobo nunca miró con complejo a Caracas, ni con ojos de revancha. Carabobo se sentía en la tesitura de tutear a Caracas, de verse como iguales, sin complejos de inferioridad. Ahora, en este momento difícil, claro que la mirada hacia Caracas ha cambiado. Por razones políticas, Chávez y Maduro han tratado de salvar a Caracas de los problemas de los servicios públicos, de los dramas sociales, y ahora, por supuesto, algunos ven a Caracas como la ciudad en la que hay menos crisis de agua, de gas, de gasolina, de electricidad. Y algunos la miran con reproche. Pero un carabobeño nunca va a ver a Caracas con envidia o retaliación sino pensando que tienen muchas razones para sentirse pares.

“Ser político en Venezuela hoy no es igual que antes, pero hay una esencia que no se puede perder, so pena de que el político se aísle, se convierta en un liderazgo virtual”

Julio Castillo

-¿Cómo es ser político en y para el siglo XXI?

-Decía Heráclito que uno no se baña dos veces en un mismo río. Ser político en el siglo XXI en Venezuela y en cualquier parte del mundo ha tenido un grandísimo giro. Antes la principal arma de un político en la lucha por afianzar su liderazgo, por hacer escuchar sus planteamientos, era el contacto con la gente;  esa frase “el contacto con las masas populares”, que a algunos les cae mal, por la connotación peyorativa del “masas”. Ese era el pan de cada día. El éxito dependía de la ascendencia sobre las masas. Por eso político y tribuno fueron en algún momento sinónimos. Eso ha cambiado. La principal razón es toda la innovación en comunicaciones. Hasta hace poco los medios audiovisuales, superando a los medios escritos, eran el principal mecanismo de comunicación. Eso ha cambiado con las redes sociales; ellas son ahora el mejor instrumento de comunicación de los políticos. Las redes tienen bidireccionalidad. De cierta forma pareciera que sustituyen esos contactos personales tan necesarios para la evaluación de un político. La cantidad de redes ha hecho que los políticos migren hacia ellas, de forma exagerada cuando las asumen como la única vía de comunicación. He escrito en algún artículo que la política es analógica y no digital. Todos estos medios y redes son útiles; son instrumentos que no podemos abandonar; hay que utilizarlos y maximizarlos en eficiencia. Pero la política es el arte del convencimiento y sigue teniendo esa característica de hierro, indestructible: que para que la gente cambie de opinión tiene que conocerte, verte, tocarte, mirarte a los ojos. Las luchas de la gente por sus reivindicaciones, por sus derechos, tienen que conseguir al dirigente político al frente, en carne y hueso. Nadie quiere a quien no conoce; nadie lucha por quien no siente solidario. Las redes y otros mecanismos no pueden sustituir eso. Ser político en Venezuela hoy no es igual que antes, pero hay una esencia que no se puede perder, so pena de que el político se aísle, se convierta en un liderazgo virtual, que a los efectos de ser eficaz en política no tiene mucho alcance.

-¿Como es ese país que podemos tener y que estamos empeñados en construir?

-Todos vivimos día a día la pesadilla. Venezuela ha ido a contrapelo del progreso de la región. En índices económicos y de calidad de vida ya estamos peligrosa y dolorosamente peleando con Haití y al nivel de países africanos donde ni siquiera ha llegado el agua y la luz. Sin embargo, en Venezuela hay cosas que no nos podrán quitar nunca. Nuestra situación geográfica, nuestras bellezas naturales. No las riquezas naturales porque el mundo del petróleo y de la economía extractiva y productiva está dando pasos a otro mundo. Somos un país que puede rebotar muy rápidamente, a condición de que cambiemos la dirección política que llevamos. Cabrujas decía que Venezuela era un campamento. Se refería al carácter desenfadado de los venezolanos, a la provisionalidad de nuestros planes, a esa facilidad que le daba ser hijo rico de un padre rico, porque teníamos una economía del petróleo; sentíamos que el petróleo estaba ahí, bajo nuestros pies, y que cada vez que necesitáramos algo lo que teníamos era que sacar un barril y venderlo en el mercado. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que, como los países no se acaban nunca y sus habitantes tienen que reinventarse,  Venezuela y sus habitantes han dado muestras de resiliencia, de inteligencia de la resistencia social y económica, verdaderamente encomiables. La dolarización, por ejemplo, con todo lo perverso que tiene, ha sido la respuesta de los venezolanos a las arbitrariedades y disparates del poder en materia económica. Esas nuevas redes de emprendimiento, algunas son parte de la burbuja de los dólares, pero otras no. Otras son demostración del espíritu emprendedor del venezolano, que lejos de estar muerto, está presente. Se han creado miles de nuevas empresas. El talento de los venezolanos, aun con nuestras universidades cerradas, derruidas, sigue asombrando a muchos países. Ese talento, o parte de él, seguramente regresará en algún momento, y se volverá a poner al servicio del país. Esta Venezuela destartalada, que no han podido destruir, no pisó la trampa en la que sí cayó la sociedad cubana, que toda su clase media, su inteligencia, abandonó la Isla para no pelear contra Fidel Castro. De aquí no nos hemos ido muchos venezolanos que todavía estamos en capacidad de trabajar, de producir, de dar ideas para desarrollar el país. Yo creo que la nueva economía mundial nos va a conseguir en disposición de adoptar rápidamente los cambios. Venezuela es un país al que llegaron las ideas de libertad antes que a otros países. Y fue por su situación geográfica. Paradójicamente, en los barcos de la Guipuzcoana, la compañía que tenía el monopolio del comercio de nuestros productos y contra cuyo monopolio se comenzó a revelar la clase productora venezolana, lo que sin duda fue germen ideológico de nuestra Independencia. Humboldt en sus memorias habla de lo sorprendido que quedó con bibliotecas de Puerto Cabello, de Cumaná, de Caracas, equiparables a la de cualquier intelectual europeo. En Venezuela eso puede ocurrir de nuevo. Tenemos la disposición mental; en nuestro ADN está la innovación. Fuimos el primer país de la región con grandes autopistas, con maravillas y portentos en ingeniería hidroeléctrica, el país que inventó la cuchilla de diamante. No lo digo con nacionalismo trasnochado. Es un país que por su manera, su disposición, su situación geográfica, su importancia geopolítica, por el melting pot, tiene muchas posibilidades de salir adelante. Entonces, en lugar de la Venezuela destartalada, prefiero pensar y hablar de la inmensa oportunidad que tenemos de echar hacia adelante, incluso en la situación que tenemos.

“Tenemos que cambiar al país para que los jóvenes no se sigan yendo y para que regresen los que se han ido”

Julio Castillo

-¿Cómo convencer a los jóvenes para que no se vayan del país?, ¿cómo convencer a los que se han ido para que vuelvan?

-No es fácil. Hay que crear las condiciones. La prédica, el discurso de que no se vayan, siempre hay que tenerlo. Yo tengo la inmensa fortuna que mis hijas y nietos están aquí, que no han sentido la tentación de irse, aunque seguramente lo han pensado, pero han reflexionado y se han quedado, a trabajar aquí, a luchar por su país. Mis hijas son tres guerreras que dejaron las suelas de varios pares de zapatos en las marchas y organizando a la gente. Y siguen teniendo esa vocación de lucha. No es el caso de otros. Muchos han tenido que emigrar, unos por razones objetivas de no conseguir oportunidades, otros porque se han desesperanzados, han sentido que ya no hay posibilidades para seguir avanzando o de cambiar al país. No creo que haya soluciones ni discursos mágicos para que la gente se venga. Creo que va a ocurrir si nosotros damos pasos serios para la transformación. Y creo que los que estamos aquí somos quienes más responsabilidad tenemos. Vendrá por añadidura el regreso de mucha gente, de muchos jóvenes que por supuesto se pondrán en la cola con los que ya están aquí, trabajando, luchando, haciendo emprendimientos, descubriendo nuevas vías para desarrollar sus talentos. Tenemos que cambiar al país para que los jóvenes no se sigan yendo y para que regresen los que se han ido.

-¿Cómo retirarnos, para no estorbar, pero seguir activos y, sobre todo, siendo útiles?

-La biología cumple un papel inexorable. En Venezuela, por capricho de la historia, todos los años terminados en 8 han producido generaciones importantes, desde la del ‘28 que luchó contra Gómez hasta la del 2008 que son estos muchachos a los que pertenece Guaidó. Yo soy de la del ‘68, la que se deslumbró con el Mayo francés, con el Prohibido Prohibir, con la imaginación que tomaba el poder. Participé en las luchas de la renovación universitaria, estuve en la FCU, fui presidente del centro de estudiantes de mi liceo. Después me fui, como el hijo de la Loca Luz Caraballo, detrás de ese hombre a caballo, a París, que era la meca de la transformación del mundo, de la insurgencia juvenil y llegué a estar en el Barrio Latino, viendo los adoquines -ya en esa época estaban de nuevo pegados en el suelo- con los que los jóvenes intentaron construir un nuevo mundo. Creo que el trabajo de la biología, que como trabajo de la naturaleza es sabio, hace indispensable que para que se produzcan los cambios haya que apoyarse en algo. Nadie salta -y lo acabamos de ver con Yulimar Rojas– nadie da un buen salto sin un buen punto de apoyo. Hasta que la biología no cumpla con el papel de desaparecernos físicamente, estamos en la responsabilidad de con el ejemplo, con las posiciones que tengamos ante la vida, con la experiencia, ayudar a esos jóvenes a que salten. Soy partidario de que uno no se retire mientras siga necesitando ser útil. Claro que hay que tener al lado un Pepe Grillo que le diga a uno “mira, vale, ya está bueno, vamos a hacer otra cosa”. Tengo la sensación de que mientras uno tenga el convencimiento interno de que puede ayudar, tiene que ayudar y debe ayudar. No hay que tener miedo a los atornillamientos, porque la biología hace su trabajo. Y llegará el momento en que ya no podamos ni salir de la casa, el momento en que descansaremos en paz. Pero creo en el papel de aportar. Los jóvenes tomarán nuestro relevo y ya lo están tomando en muchas cosas. Yo necesito la sangre de los jóvenes, no para chupársela como Drácula, pero sí sentados en los pupitres de la universidad para seguir dando clases. No me  siento con ganas de jubilarme. Quiero seguir estando allí, para seguir recibiendo el feedback de la juventud y porque creo que todavía puedo decirles cosas a los muchachos. A la biología y a la vida hay que dejarlas que hagan su papel. Y nosotros seguir batallando hasta que creamos que somos útiles.

“Los hijos y los nietos lo recordarán a uno dependiendo de su propia experiencia, de su personalidad, su carácter”

Julio Castillo

-Cuando termine la pandemia, ¿a dónde irías?, ¿por qué?, ¿con quién?

-Si tuviera los recursos para un viaje, haría como el coronel Aureliano Buendía: llevaría a mis nietos a conocer la nieve, que es algo que me han pedido expresamente. Donde haya nieve, una nevada, en la Sierra Nevada de Mérida o hasta lo más lejos que podamos ir. Más allá de la pandemia y de la cortedad de recursos, yo sueño despierto. Ojalá la Providencia me ayude. Me encantaría cumplirle la promesa a Martín de llevarlo al Camp Nou, y a Emilio al Bernabéu. Y a mis nietas a la Torre Eiffel, que es su sueño. Cada vez que la ven me recuerdan que les he prometido que las voy a llevar a conocerla. Pero la verdad es que la magia de los nietos hace que cualquier cosa, cualquier paisaje… cuando vienen a mi casa, yo tengo a menos de 100 metros un río con una cascada extraordinaria. Y ese viaje que hacemos es equiparable en emociones a cualquiera. Lo importante es tenerlos y ver cumplido en ellos ese deseo de ver con su Abu y su Meme las cosas que uno les ha contado nos maravillaron cuando viajamos.

-¿Qué es lo más importante que quieres que tus hijos y nietos conserven de ti?

-Los hijos y los nietos lo recordarán a uno dependiendo de su propia experiencia, de su personalidad, su carácter. Hay cosas que son invariables. Esa especie de embajada de asilo que son las casas de los abuelos. Los nietos y los abuelos nos llevamos tan bien porque tenemos un adversario común: los papás de ellos. Esa casa común, esa casa grande, que para ellos es la de los abuelos, es una en la que cada uno va a ver su propia pintura; cada cual dependiendo de sus talentos, su temperamento y la historia que la vida le reserve, lo verá desde su propio ángulo. Ahora, hoy por hoy, los nietos creen que soy chef. Les hago una espaguetada y la disfrutan, disfrutan el momento de estar aquí. Esa imagen ya tienen edad de recordarla. Afortunadamente, Dios nos ha dado vida para que tengan la memoria suficiente para recordar. Esa imagen la van a tener grabada durante mucho tiempo. Vamos a ver qué nos depara la vida. Me imagino que a medida que van creciendo el filtro de los recuerdos también irá cambiando. Por ahora, me encantaría que, si mañana no estoy aquí, me recuerden como el chef de los espaguetis que les gustan tanto.

***

Termina la tarde. Los problemas en Venezuela parecen tener cría. Nos emboscan por las esquinas. Pero este conversar con Julio me ha servido para confirmar que no estoy sola en este amor desmesurado por mi país. Y cierro esto con lo que tengo como pensamiento grabado en la frente: yo me empino sobre mi inenarrable tristeza. Mi fuerza no ha decaído ni un ápice. Unos salvajes no pueden con mi venezolanidad.

*La fotografía fue facilitada por la autora, Soledad Morillo Belloso, al editor de La Gran Aldea.

[email protected]
@solmorillob

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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