En la aldea
20 mayo 2024

Ni cuatro millones

Hablar solo del PSUV después de las elecciones del 21N es un eslabón que tiene varias aristas, aunque al final todo se resuma en que es “un interlocutor sin respaldo popular, que solo tiene la fuerza del poder de hecho, y que lo que más quisiera en este mundo es que lo dejaran quieto”. El autor habla de tendencias, estructuras de control, tensiones internas, tregua, negociaciones, y hasta de las intimidades de quienes mandan; porque “lo de Barinas ha hecho evidente que las prácticas del poder no han cambiado ni un ápice, y que su respaldo popular es el que es”.

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Diego Bautista Urbaneja | 03 diciembre 2021

Lo ocurrido el 21N y sus secuelas ofrecen un variado menú para el comentario político.

Para empezar por los resultados, quiero poner el foco sobre todo en la votación del PSUV. Los otros aspectos, como la abstención y la división del voto democrático, me lucen más transitorios y debidos a circunstancias muy concretas y, a mi juicio, superables. En cambio la votación del PSUV apunta a una situación y a una tendencia permanente y que afecta de modo básico la situación de fondo de la política nacional. Se refiere al debilitamiento constante de las bases de apoyo popular del régimen. Es un dato esencial: el régimen no tiene otras bases de apoyo que no sean las estructuras de control y represión. Más aún, no tiene cómo revertir esa situación ni esa tendencia. De ahí se deriva una consecuencia práctica: No hay que dar tregua. Es justo ahora, cuando el régimen no ha podido obtener ni cuatro millones de votos, que hay que poner en marcha cuantos elementos democráticos haya a mano para poner presión, interna y externa.

Es cuestión de conjeturas qué efectos vaya a tener esa implacable constatación numérica en las altas esferas del oficialismo, o en los niveles intermedios de alguno de los principales sostenes del régimen. Lo mismo puede decirse de lo que esté ocurriendo en lo íntimo de más de un personero, alto o medio, del grupo en el poder. “Aquí como que no nos quiere casi nadie”, será un pensamiento difícil de evitar. 

“En cuanto a las fuerzas democráticas se refiere, me luce que no estaría mal empezar de una buena vez a hablar de madurismo pura y simplemente, con toda la carga negativa que la palabrita lleva dentro”

Luego está el caso Barinas. Ha sido cosa de coger palco, como se decía antes. Por donde se le mire, es un episodio desastroso para el oficialismo. Es difícil que se dé un espectáculo de destrozo de la institucionalidad como el que ha ofrecido el caso Barinas. No quedó títere con gorra. Ni el TSJ, ni el CNE, ni los anunciados indultos. Para no hablar de las tensiones internas que, según se dice, se han desatado en las intimidades del poder.

Tales tensiones habrían tenido como epicentro el nombre de Hugo Chávez y la situación de la familia. Los grupos internos aprovecharon la aparente tranquilidad de Miraflores ante la posible derrota de Argenis Chávez, para dar lugar a un enfrentamiento interno. Como asunto de fondo, ha sido llamativo cómo la referencia “Chávez” se ha ido desdibujando en los mensajes y las imágenes del oficialismo, para ser sustituidos por nuevas referencias. “Nicolasito”, “Delcy”, “Cilia”, “Tarek”, “Jorgito”: esos son los nombres del nuevo “star system”. Del viejo, algunos, como Rafael Ramírez, están execrados, otros, como Jorge Giordani, olvidados, mientras que otros, como “Adán”,  están fuera de la marquesina. La idea es que Chávez, los Chávez, se borren poco a poco. No me extrañaría que Maduro esté empezando a pensar que, bien vistas las cosas, él ha demostrado ser políticamente superior al comandante barinés. Es de recordar que según Al Pacino la vanidad es el pecado favorito del diablo. En cuanto a las fuerzas democráticas se refiere, me luce que no estaría mal empezar de una buena vez a hablar de madurismo pura y simplemente, con toda la carga negativa que la palabrita lleva dentro. Y dejar que el chavismo se difumine a medida que los días pasan.

En ese contexto se ha comentado en el mundo de los analistas políticos que no sería de extrañar que Maduro haya tenido interés en una derrota de Argenis Chávez en Barinas, para sepultar aun más la estirpe.

Sabrá Dios. Lo que sí es cierto es que el estallido provocado por el conteo de los votos en el estado llanero hizo saltar por los aires todo avance que el régimen hubiera esperado lograr, en cuanto al famoso “lavado de la cara” se refiere. Una vez que se ha limpiado el polvo de la engañosa noticia de las veinte gobernaciones ganadas por el régimen; lo de Barinas que ha hecho evidente que las prácticas del poder no han cambiado ni un ápice, y que su respaldo popular es el que es, le es muy cuesta arriba a la delegación oficialista sentarse en México con aires de triunfo, si es que aquello se reanuda. Si lo hace, por cierto, es cosa de anudar estas líneas finales con las del comienzo. Esas conversaciones han de retomarse, por parte de las fuerzas democráticas, con el ánimo de quien sabe que en conjunto es mayoría y que tiene delante un interlocutor sin respaldo popular, que solo tiene la fuerza del poder de hecho, y que lo que más quisiera en este mundo es que lo dejaran quieto. 

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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