En la aldea
15 junio 2024

La verdad, criterio orientador contra la corrupción

Hoy se impone una consciencia colectiva errada producto de la institucionalización de la mentira y sus efectos sobre cómo ser ciudadanos. “Los venezolanos somos víctimas de la corrupción, evidenciada en un 96% de pobreza y más de 6 millones de exiliados”. Una reflexión que confluye en un concepto que impacta transversalmente a toda la sociedad: La carencia de verdad. ¿El liderazgo ha sustituido el compromiso con la verdad y el desarrollo humano por el afán de dominio?, ¿somos huérfanos políticos?

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No puede hablarse de corrupción sin atender la fuente de la que emana: una consciencia colectiva errada, que institucionaliza la mentira y sus efectos perversos como forma de relacionamiento humano. En Venezuela, la ideología del odio y la violencia se nos impuso bajo una narrativa de justicia social y bien común, anclándose en las esferas más íntimas de las personas, deshumanizando la convivencia social e imposibilitando el desarrollo personal más elemental.

Siendo venezolana y habiendo vivido lo vivido, haría mal si hablara solo de principios de gobernabilidad y transparencia, sin referirme al criterio orientador de la acción moral, ya que, sin él, estos principios quedarían vacíos. Es mi deber invitarlos a buscar, encontrar y expresar libremente la verdad, para la concreción de la paz social de manera general y de la libertad humana de manera individual.

En ese sentido, debemos blindarnos de la pérdida de sentido que afecta el valor de la verdad en la opinión pública globalizada y sus consecuencias sobre los aspectos sociales, jurídicos, culturales, políticos y económicos.

Si se desprende el sentido de la política de la verdad, entramos en el peligro que representan las visiones utópicas e ideológicas que comprometían la cualidad ética y espiritual humana, llegando al extremo de los procesos de tipo totalitario. El poder existe para concretar la justicia, y el deber de los gobiernos es instaurarla y preservarla. Ahora bien, si el poder y la justicia son las coordenadas básicas de la política, no puede haber política alguna sin la verdad como principio y fin de cada actividad.

“Desde las instancias ciudadanas hay una mayor comprensión de que la corrupción es la institucionalización de la mentira y que estamos en nuestro derecho de resistirnos a estas prácticas de manera individual”

Ahora bien, en la persecución de virtuosidad en la administración pública y reducción de la burocracia, bebemos estar en guardia respecto a las ideologías tecnocráticas que confían todos los procesos al desarrollo de buenas prácticas legislativas y administrativas, e incluso a ciertas formas de transparencia vacías de acción moral. Porque condenan el progreso verdadero a técnicas y tachan de radicales e intolerantes a aquellos que objetan en conciencia. La administración pública debe constituirse en escuela de virtudes humanas.

Nuestra lucha como ciudadanos constructores de ciudadanías, y esto lo digo ex profeso y con sentido amplio, es combatir toda ideología que niega la utilidad misma de la verdad como principio imprudente, impopular y radicalmente antihumano, que sólo comporta incapacidad de cohesión social.

Los venezolanos somos víctimas de la corrupción, evidenciada en un 96% de pobreza y más de 6 millones de exiliados. No es necesario que enumere las violaciones de derechos humanos que se desprenden de estas estadísticas. Tampoco es necesario que profundice en cómo la dirigencia opositora ha violentado nuestra voluntad innumerables veces, la situación de Venezuela es abrumadoramente noticiosa.

Somos huérfanos políticos. A medida que avanzan las investigaciones nacionales e internacionales sobre corrupción, materializada en todas las formas posibles por oposición y Gobierno, se va develando que esta escandalosa pobreza y miseria es producto de la pérdida de sensibilidad del verdadero sentido de la vocación política en aquellos que, de una u otra manera, han gozado de representatividad.

En reflexión profunda, han sustituido el compromiso por la verdad y el desarrollo humano por el afán de dominio. Sin embargo, en este punto, tengo que hacer una precisión justa. Este fenómeno es típico de las formas de gobiernos totalitarios. La instauración de una moralidad perversa de hacer política termina siendo asumida por opositores, sometidos a todo tipo de amenazas y prebendas para torcer sus juicios. En ese sentido, el responsable primero es el gobierno de Nicolás Maduro, y, luego, la oposición, porque el llamado a la verdad permanece aún en las conciencias más oscurecidas.

A los venezolanos nos han negado la capacidad de promover el propio progreso porque la narrativa de la mentira, el engaño y la incapacidad humana, se ha hecho de la opinión pública a lo largo de 20 años. Y esa es, quizás, la forma más cruel de la corrupción. Tenemos un país saqueado de los talentos personalísimos y capacidades de éxitos individualísimas de su propia gente.

Lo que sí es necesario precisar, es que ya no nos domina el odio. En este largo calvario hemos madurado nuestra alma de pueblo. Desde las instancias ciudadanas hay una mayor comprensión de que la corrupción es la institucionalización de la mentira y que estamos en nuestro derecho de resistirnos a estas prácticas de manera individual.

Los venezolanos somos libres de conciencia, lo que es mucho más valioso que gozar de las libertades fundamentales, constitucionales y de tratados internacionales que se nos restringen desde el poder.

@Maverotorresg

*Resumen de la ponencia presentada el 8 de diciembre de 2021 en la Unequal World Conference, sobre Integridad, libertad y confianza: una comprensión integral de la corrupción y su efecto en los Derechos Humanos, organizada por Unequal World Research Center, IPSEC y la Oficina de la ONU para asuntos de libertad religiosa.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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