En la aldea
28 enero 2023

La poceta, el abuso y la pijamada de los influencers: La fiesta inolvidable 

El bonche fue la metáfora perfecta del Gobierno. Un funcionario elegido por Nicolás Maduro para el desarrollo del Turismo, viola las leyes ambientales para celebrar su cumpleaños por todo lo alto. Mientras en la acera de enfrente, una hija de Hugo Chávez critica el asunto pero olvida que cuando ella iba con su papá a Canaima, los turistas tenían prohibido acercarse al pozo donde Chávez se bañaba, toda una violación a la Constitución. Nuestra debacle comenzó un 4 de febrero, la misma fecha de la fiesta, vaya casualidad.

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Elizabeth Fuentes | 11 febrero 2022

Lo primero a destacar es que estaban muy mal vestidos. Sobre todo las damas quienes quedaron retratadas para la breve historia de las redes sociales embutidas en sus ridículos trajes largos que mostraron felices en sus cuentas de Instagram. Alguna con un chaleco de piel, otra con una chaqueta de terciopelo negro, a su lado una con sobrepeso luciendo estampados floreados (¡¿qué diría Carolina Herrera?!) y otra con  un faralao inmenso que le cubría el torso, poco conveniente para la talla de la señora. Nada cómodas, ninguna como para sentarse en la inestable poceta que colocaron encima de un tobo y que solamente una buena borrachera podría ayudarles a soportar semejante incomodidad. Estampa que ha generado cientos de chistes grotescos pero que nadie se atreve a imaginar.

Y aunque lo más seguro es que esta patota de violadores de la ley estén gozando un mundo con su travesura, riéndose de la indignación de algunos o la envidia de otros, la pésima decisión del cumpleañero y sus íntimos amigos permite develar lo que ya se suponía: Que en Venezuela no hay solamente una burbuja donde habitan los bodegones y los dólares en cash, sino que existen decenas de otras burbujas aún más cerradas y elitista en una de las cuales  sobrevive la joyita de Osmel Souza, el único que mantuvo intacta en su cuenta de Instagram la monumental metida de pata y hasta ha montado un canal en Youtube para vender su propio concurso de belleza -By OS se llama-, por el cual desfilan decenas de “candidatas” todas operadas, por supuesto, destinadas quién sabe a qué cosa luego de ser coronadas. Espacio que ya cuenta con ocho clientes donde destacan dos cirujanos plásticos, un odontólogo y varios hoteles, lo que permite deducir el tremendo negocio que ha sido para este hombre traficar con “bellezas” construidas a golpe de bisturí, para seguir siendo alguien en la patética vida que ahora lleva a cuestas y le permite disfrazarse de verde esmeralda para cenar en la cima del tepuy Kusari y mostrarlo en sus redes como quien tiene derecho a todo.

“Hasta ahora lo único que han hecho algunos de los invitados es borrar de Instagram las pruebas de su exceso. Porque para ellos el escarnio público se reduce a la indignación de sus seguidores, a los likes y el visto bueno de sus clientes”

Burbujas varias coexisten en el país y se excluyen entre sí, como esa donde disfruta su dolce far niente la hija de Hugo Chávez, María Gabriela, quien aprovechó la ola en contra de la fiesta de Rafael Oliveros para publicar un corazón roto en Twitter. Pero la heredera no ha dicho ni pío por el niño asesinado en las costas de Trinidad y Tobago, la destrucción del Arco Minero del Orinoco o de Los Roques y mucho menos se atrevería a recordar cuando ella y su papá iban a Canaima y el dictadorzuelo exigía que todos los vacacionistas se salieran del Pozo Azul porque él quería estar allí solo sin nadie que le molestara. Pero la niña Chávez se indigna con Rafael Oliveros y su bonche en el Kusari, la metáfora perfecta de este gobierno que inició su papá y que se cansó de violar no digamos la Ley del Ambiente, sino cualquiera que se le atravesara en sus deseos delirantes.

De modo que Rafael Oliveros, el funcionario de turismo nombrado por Maduro, seguramente pensó que con semejante palanca podría festejar su cumpleaños en el macizo guayanés de la zona geológica más antigua del mundo sin mayores consecuencias, como en efecto. Que sentarse allí a tomar champaña, llevar y traer a los invitados en helicópteros y levantar unas “glam campings” para disfrutar en la estricta intimidad de ese frágil ecosistema, era de las pocas cosas que no había hecho junto a sus amigos, y ¿por qué no? 

Algo que antes del nefasto 1998 jamás habría podido ocurrir porque hasta el mismísimo Steven Spielberg se las vio difícil para poder filmar una secuencia de “Arachnophobia” en esa zona, a finales de los ‘80. Porque, como cuenta el periodista Daniel Álvarez quien formó parte del equipo entonces, “se trató con cuidado La Gran Sabana… porque entonces Inparques realmente supervisaba y envió dos peritos a vigilar la situación, un técnico forestal y una bióloga. Y ambos constataron que no había habido ningún daño ni a los tepuyes ni a la laguna”.

Hasta ahora lo único que han hecho algunos de los invitados es borrar de  Instagram las pruebas de su exceso. Porque para ellos el escarnio público se reduce a la indignación de sus seguidores, a los likes y el visto bueno de sus clientes. Porque la opinión del país ha dejado de preocuparles con la misma celeridad con la que miles huyen de un territorio comandado por indolentes y probablemente los invitados estén enconchados detrás del celular a la espera del próximo escándalo. Que podría ser cómo y por qué sigue funcionando el Ara Merú Lodge en Canaima, cuando su propietario César Días anda prófugo de la justicia venezolana acusado de ayudar a traficar casi dos toneladas de oro. Pero el hotel sigue en pie, alquilando paquetes vacacionales y mostrando con orgullo el horroroso Salto Ángel de anime que levantaron en su interior, solo comparable a la poceta donde Osmel vació la champaña.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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