En la aldea
27 mayo 2024

Ucrania en el corazón

“Una breve estadía que sabía sería la única”, en agosto de 2010 estuvo en Ucrania. La autora recuerda lugares, orillas y calles llenas de historia, personajes fundamentales para el conocimiento, la política, el arte, cuyo común denominador fue su origen: Ucrania. Un país de gente que por generaciones han vivido lo que significa ser fichas de intercambio entre invasores y déspotas. Un lugar donde la belleza impresionante de Kiev, al igual que otras ciudades, corre el riesgo de desaparecer por las explosiones de una guerra que destruye sin piedad el presente y el pasado de un pueblo que anhela vivir en paz.

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Ana Teresa Torres | 21 marzo 2022

Escribo estas líneas desde la esperanza de que alguna circunstancia, por ahora improbable, ponga fin a esta catástrofe. No pretendo explicar las razones de lo que ocurre porque carezco de los instrumentos para hacerlo; solo quiero dejar constancia de la huella que dejó en mí los días que pasé en aquel país. Estuve en Ucrania del 18 al 28 de agosto de 2010, una breve estadía que sabía sería la única. No es fácil viajar a esas regiones, y poco después, en 2014, se agudizaron los conflictos que han desembocado en la actual invasión militar por parte de Rusia. Ucrania, como país, comenzó a configurarse en mi conocimiento no hace demasiado tiempo. Para las personas de mi generación, los niños de la guerra fría, lo que existía era la Unión Soviética y los países de su órbita, y para los que además éramos aficionados a la literatura, Rusia, por supuesto. La pertenencia al imperio de los zares, primero, y al imperio soviético, después, hizo que el mundo occidental se acostumbrara a considerar rusos a todos los súbditos por igual, y así ignoramos que grandes escritores como Nicolai Gogol, Mijail Bulgakov, Isaac Babel y Anna Ajmatova, habían nacido en Ucrania, al igual que el bailarín Nijinsky, el músico Prokofiev y el artista Kazimir Malevich. En Venezuela tuvimos un caso excepcional, la doctora Lya Imber, pionera de la pediatría social, nacida en Odesa.

Cuando llegamos a Lvov, el punto por donde entramos al país, no sabía lo que nos esperaba, me refiero a su riqueza artística e histórica, comparable a Praga y a Cracovia. Después algunas lecturas me han permitido asomarme al cruce cultural de esta pequeña ciudad del este de Europa, de aire austrohúngaro, en la que han convivido el catolicismo, el cristianismo ortodoxo, el judaísmo, el protestantismo y el cristianismo armenio. Una ciudad que fue originalmente polaca (Lwow) y capital de la provincia rutena; luego austrohúngara (Lemberg, de la que provenían unos cuantos pacientes de Freud) y capital de la provincia de Galitzia (de la que provenía su familia); brevemente rusa, de nuevo polaca e invadida por la Alemania nazi (1941 -1944), incorporada a la URSS (1945); y finalmente (Lviv) a partir de 1991 perteneciente a Ucrania como país independiente. En estos países de Europa oriental la conformación de naciones se produce dentro de territorios que cambian constantemente de identidad por la anexión o desvinculación mediante tratados o como resultado de conflictos bélicos. Iryna, nuestra guía, por ejemplo, nació en Lviv cuando era parte de la URSS, su madre había nacido allí cuando era polaca, su padre era ruso y ella hablaba las tres lenguas, aunque se sentía nacionalmente ucraniana.

“Detrás de la catástrofe humana veo con temblor la belleza magnificente de Kiev, y la posibilidad de que los bombardeos destruyan la Catedral de Santa Sofía, que data del siglo XI, y otras joyas de la ciudad, como ya ha ocurrido en Kárkov y Mariupol”

Philippe Sands, importante jurista de derecho internacional, sitúa su libro Calle Este-Oeste (Anagrama, 2017) en Lviv, y el título se refiere a las dos vías principales de la ciudad en la que vivieron sus antepasados, no solamente de su genealogía directa sino también intelectual. Allí se educaron dos abogados que en los Juicios de Núremberg acuñaron los delitos de genocidio (Raphael Lemkin) y crímenes contra la humanidad (Hersch Lauterpacht), asentando así las nociones jurídicas que han permitido la sanción y penalización internacional de estos crímenes. Pero hay otro libro, de género completamente diferente y que completa narrativa y poéticamente a Lviv. Se trata de Dos ciudades (Acantilado, 2006) de Adam Zagajewski, nacido en 1945 en la que era una ciudad polaca e inmediatamente exiliado de ella cuando se convirtió en una ciudad soviética.

Al día siguiente aterrizamos en el Aeropuerto de Simferópol y recorriendo la costa del Mar Negro llegamos a Yalta, en la península de Crimea. Una región de descanso y de refugio, y también de guerra. Muchos escritores exiliados de San Petersburgo por los zares, como Aleksandr Pushkin, o los que querían alejarse de los problemas de Moscú y vivir en un estilo bohemio o hippie avant la lettre, como Max Voloshin y Marina Tsvetaeva, o los que pensaron que podrían evadir el poder bolchevique y se refugiaron en Crimea que se convirtió en asilo de los vencidos, como Iván Bunin; también algunos emigrados, como Nabókov y Brodski, y Mijaíl Bulgákov, pasaron largas temporadas allí. Los zares hicieron de la región su residencia de verano, lo que es fácilmente comprensible porque es la única región de Rusia donde el tiempo es benévolo.

“Iryna, nuestra guía, por ejemplo, nació en Lviv cuando era parte de la URSS, su madre había nacido allí cuando era polaca, su padre era ruso y ella hablaba las tres lenguas”

Yalta era un lugar que mi padre mencionaba mucho, ‘la paz se firmó en Yalta’, -decía-. En el Palacio de Livadia, completamente blanco, en un estilo renacentista, crucé emocionada aquella enorme y desolada sala en la que los fantasmas de Roosevelt, Churchill y Stalin nos miraban desde la serenidad del tiempo. ‘Roosevelt ya estaba muy enfermo’, -añadía siempre mi padre-. Otro enfermo fue Antón Chéjov, que buscaba paliar los efectos de la tuberculosis en el clima temperado del Mar Negro. En aquella casa en la que pasó sus últimos años escribió El jardín de los cerezos. Era una casa entrañable, modesta y confortable, hogareña, en la que vivió con su madre también enferma, y su hermana María, que guardó todos los detalles y memorabilia del escritor con gran sentido de su importancia.

Otro lugar inolvidable es el paseo marítimo de Yalta, que se ha convertido en un lugar vacacional para los rusos y que no tiene nada de la elegancia que puede suponerse en los primeros usuarios del balneario. La playa, a ojos venezolanos, es un pedregrullero, que no tiene demasiado interés, a no ser por el imperdible kitsch ruso. A lo largo del paseo se veían tiendas, que supongo de lujo, aunque no mostraban marcas internacionales, ventas de pinturas espantosas que pretendían ser cómicas, y puestos de comida, pero sin duda el centro de aquel despliegue eran los artefactos dispuestos para que el público se hiciera fotografías. Por ejemplo, tronos “imperiales”, vestimentas “aristocráticas”, motos de altos precios. El gusto poscomunista destrozaba el sentido estético. El lugar, sin embargo, era interesante porque mostraba los modos de una nueva clase que perpetuaba su imagen sin miedo al ridículo.

“Solo quiero dejar constancia de la huella que dejó en mí los días que pasé en aquel país. Estuve en Ucrania del 18 al 28 de agosto de 2010, una breve estadía que sabía sería la única”

Después de una parada en las ruinas de Keroneso, antigua colonia bizantina que fue puerto de entrada al cristianismo en Rusia, llegamos a Sebastopol en la que desde 1804 se estableció la base de la flota rusa del Mar Negro, desde entonces hasta ahora. A partir de 1954 Crimea perteneció a la República Socialista Soviética de Ucrania, y en 1991 a Ucrania. Se firmó entonces un tratado con Rusia según el cual la flota permanecería en Sebastopol 20 años. Y en efecto, en 2014 comenzaron las protestas hasta que en 2017 fue anexada a Rusia, más por las malas que por las buenas, y desconectada de Ucrania. Es como si los territorios fueran barajitas que unas veces pertenecen a unos y otras a los vecinos, de modo que han formado parte de distintas naciones. Esto (es una hipótesis volada, no hay que tomarla en cuenta) pareciera dar origen a fuertes nacionalismos que buscan la unidad y la pertenencia en claves más allá de lo territorial, y se refugian en intangibles como “esencias”, “razas”, “espíritu”.

Llegamos a Kiev el 24 de agosto, Día de la independencia de Ucrania. Era bastante tarde y todo estaba cerrado, queríamos comer algo y nos indicaron que cruzando la calle podríamos encontrar abiertas algunas tiendas de comida para llevar. Nada más salir y ver las luces de la ciudad me di cuenta de que estábamos en una gran ciudad. Sin pretender aburrir a nadie resumiendo una historia que no conozco es imprescindible mencionar el Kievan Rus, como se denominaba al estado eslavo antiguo, fundado en el siglo IX, primero, para resaltar la antigüedad de esta cultura, y después porque el Rus de Kiev es el origen del legado histórico para rusos, bielorrusos y ucranianos. En el siglo XI alcanzó su mayor extensión, desde el mar Báltico hasta el Mar Negro, de norte a sur, incorporando a todas las tribus eslavas paganas y cristianas. Se desprende, pienso yo desde la ignorancia, la vocación imperial y la difícil separación entre unos y otros, hijos todos de ese gran Rus.

Detrás de la catástrofe humana veo con temblor la belleza magnificente de Kiev, y la posibilidad de que los bombardeos destruyan la Catedral de Santa Sofía, que data del siglo XI, y otras joyas de la ciudad, como ya ha ocurrido en Kárkov y Mariupol; a la vez que recuerdo a dos mujeres, ambas ucranianas, que nos acompañaron en aquellos viajes: Iryna, que ya mencioné, y María, entonces una joven que vivía ilegalmente en Moscú, porque, desaparecida la Unión Soviética, era una extranjera.

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