En la aldea
18 mayo 2024

Del betún al champú, lo fugaz cotidiano en tiempos de pandemia

El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar visto desde los ojos de un lustrador de zapatos. Una consecuencia quizá invisible que ha dejado la pandemia por la Covid-19. ¿La informalidad en el vestir llegó para quedarse? Viajeros frecuentes con cargos que eran sinónimo de traje, corbata y zapatos de cuero o semicuero, hoy con la cotidianidad retomando su cauce, y a pesar del contexto país, vuelven a transitar los pasillos internos del terminal aéreo; pero esta vez, y sin importar el cargo o el destino, la vestimenta casual se impone y el calzado deportivo es el común denominador. ¿Y ahora qué hace un lustrador de zapatos?

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Morelia Morillo Ramos | 23 marzo 2022

El lugar de trabajo de Edgar Rojas, un casiguense con 20 años de residencia en la localidad de Maiquetía, en el costero estado Vargas, da al largo pasillo de embarques y desembarques domésticos del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar

Él es lustrador de zapatos, el arrendatario de una de las dos cabinas de la franquicia Cherry, de betunes, tintas y cepillos. Casigua El Cubo es la capital del municipio Jesús María Semprún, al Sur del Lago de Maracaibo, en el estado Zulia.

Desde siempre, la vista del sitio de trabajo de Rojas fue la imagen misma de impermanencia, literalmente lo pasajero: aviones, personas, historias, situaciones, equipajes. Sin embargo, durante 20 años, él hizo básicamente lo mismo: lustrar zapatos de cuero o semicuero. Devolverles la tonalidad perfecta, el brillo, la vida. Seguramente, su lugar pasó a ser una referencia fija en un contexto en el cual todo lo demás estaba de paso.

“‘Como Venezuela no hay otro país y estamos en casa’, explica mientras da una última cepillada sobre un botín de cuero argentino”

Inicialmente, fue empleado, cuando en lugar de cabinas había butacas, luego se hizo de su propio espacio, de su cubículo. Durante 20 años, días tras día,  una misma rutina repetida 40, 50 veces: retirar el polvo con cepillo y trapo secos; aplicar el betún; “el cuero es como la piel de una persona, hay que echarle crema para hidratarla”, indica nutrir el cuero y luego abrillantarlo a fuerza de técnica, de maestría apurada por chispas de agua.

Oficiando como lustrador compró casa en Maiquetía y otra en Casigua El Cubo, llevó a dos de sus hijas a la universidad y a la tercera al bachillerato.

Entonces, en marzo 2020, el planeta entero declaró la pandemia por la Covid-19, Rojas se aisló en su casa, localizada frente al Aeropuerto, que indefinidamente cerraba sus puertas y regresó, más de un año después, para descubrir que sus clientes (diputados, abogados, alcaldes, gobernadores, empresarios, todos viajeros habituales) habían dejado de vestir de saco, corbata y de calzar suelo o semicuero, para vestir de camisa, jean y zapatos de goma. De lustrar de 40 a 50 pares por día, pasó a lustrar uno. Su hacer se hizo arcaico.

No se trata de la crisis, no es eso, porque muchos siguen viajando. Rojas calcula que, por momentos, en el pasillo hay 200 personas, pero que sólo de 10 a 15 llevan zapatos de suela y cuero; tampoco se trata de que lo hayan olvidado, porque los clientes lo saludan, con cariño y confianza. Rojas es conversador, pero discreto, no revela nombres ni relatos personales; ni se trata del valor del servicio, que ahora se fija en dólares ($3), pues él ofrece alternativas de pago: acepta efectivo, sea en bolívares o divisas y pago móvil. Rojas asegura que los clientes (magistrados incluso) dejaron de vestir de traje formal. “Me dicen que, por la comodidad, que no es igual un zapato de goma a uno de suela”, expresa.

“Oficiando como lustrador compró casa en Maiquetía y otra en Casigua El Cubo, llevó a dos de sus hijas a la universidad y a la tercera al bachillerato”

Nunca me imaginé el cambio de la forma de vestir”, afirma. Nadie pudo imaginarlo y este es quizá uno de los tantos cambios heredados de la pandemia, de esos que permanecerán entre nosotros: la informalidad en el vestir, asociada seguramente a la posibilidad de trabajar desde casa o desde cualquier otro lugar, distinto a la oficina tradicional. Incluso él, un lustrador con dos décadas en el oficio, viste de zapatos deportivos. “Tengo que volver a vestir de suela, –dice-, tengo que dar el ejemplo”, reflexiona, mientras observa su propio aspecto, ahora más informal, deportivo, según me dice nada similar a lo anterior.

Ante tanto calzado de goma, pasando sin detenerse frente a su casilla de lustrador experto, Rojas se compró cepillos de dientes nuevos y champú y ofrece ahora la novedosa limpieza de zapatos deportivos, “para poder sobrevivir”, argumenta. La técnica es similar a la ya empleada: tira el polvo, agita el frasquillo de champú, aplica la espuma, saca la mugre con el cepillo y retira la humedad con una especie de pequeño haragán hecho a la medida. “Estoy reuniendo para comprarme un secador de pelo y darles el toque final”, explica y lo del secador no es tanto por la humedad, que no es tanta, como por el ruido y la urgencia de llamar la atención con respecto al nuevo servicio, su particular adaptación a los avatares de la era.

A diferencia de Rojas, sus dos colegas de las cabinas contiguas decidieron migrar, salir del país: uno se fue a Colombia, el otro a Ecuador. Muchos de los que pasan, calzados de goma, por el pasillo de enfrente también son migrantes, seguramente muchos dejaron atrás sus zapatos de suela por pesados, por ser poco flexibles y menos versátiles. Él, en cambio, decidió quedarse, permanecer en el sitio, aunque sacudido por los vaivenes de este tiempo. En las razones de su arraigo se combinan lo afectivo y lo material: “Lo poco que se gana allá se va a gastar en alquiler y servicios públicos (…) Como Venezuela no hay otro país y estamos en casa”, explica mientras da una última cepillada sobre un botín de cuero argentino. “Le garantizo que esto es cuero de verdad, sólo tiene que colocarle crema al menos una vez al mes”, celebra la capacidad de resistir el paso del tiempo.

Cada quien sobrelleva la temporalidad a su manera: unos abandonan todo lo anterior y se reinventan en un nuevo hacer, mientras que otros se abrazan a su hacer y lo reinventan.

@moreliamorillo

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