EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Y dígame Usted: ¿Qué se siente ser “expropiado”?

Caramba, caramba. ¿Será que están devolviendo las propiedades expropiadas (expoliadas, más bien, pues nunca hubo pago) en esta nueva etapa de la “Venezuela que se está arreglando?”, ¿será que después de arruinarlas quieren que sus dolientes verdaderos revivan a esos muertos? De esa cabuya en mi familia tenemos un rollo. Y es tan antiguo que la generación previa, padres y abuelos, ya están bajo tierra.

¿Tendremos sus descendientes la misma suerte que la familia Cohen y su Sambil La Candelaria?, ¿nos devolverán así de impoluto a nuestro querido cadáver? Para el momento del decreto de su expropiación (2006), ya habían partido mis abuelos, mi madre, y de sus hermanos, si no recuerdo mal, quedaban solo los dos menores. Uno muy enfermo y una muy iracunda. El uno, viviendo lejos. Y la otra en sus setentas, y con un nivel de indignación que lo único que nos pedía era que la dejáramos ir a acostarse encadenada a las puertas del teatro. (No nos pareció prudente, claro).

Justo en ese momento que cambió nuestras vidas, cuando nos anunciaron de la expropiación, estábamos visitando a un pedazo de nuestra familia radicada en el exterior desde los años ‘80. Habríamos llegado, quizás, tres o cuatro días antes de recibir, una mañana, la llamada de uno de los inquilinos de la propiedad (que tenía dos o tres locales comerciales a los lados del teatro). Que no fue, por cierto, y tampoco, llamada oficial de los expropiadores del gobierno del municipio Libertador. El inquilino vía telefónica nos da un breve parte: “El teatro está todo acordonado por la policía y no nos dejan entrar. Lo que nos dicen es: ‘esto ya no es de ustedes’”.

“Cuando por fin desistieron de una sede policial por inviable, obviamente, montaron una taguara de ‘vivienda digna’: total, los frescos y murales y en general todas las paredes ya las habían rematado con pintura de caucho blanca”

Pues bien, eso que ya no era nuestro ni de nuestros inquilinos era el emblemático cine/teatro Radio City, y sus locales aledaños; ese teatro que soñó, planeó, buscó a los mejores profesionales, se endeudó y pagó de su bolsillo mi abuelo materno, Don Zacarías Bibas. Un soñador que empeñó hasta su sombra para lograr construir un teatro/cine como pensaba que Caracas lo merecía: Una gema, un trozo del gran mundo, una versión inspirada en el Radio City Music Hall de Nueva York, que mi abuelito tanto admiraba; un trozo de cultura arquitectónica que luego se llenó de festivales de cine japonés, francés, por ejemplo, o en las tablas, de artistas como Lola Flores, para el goce del ciudadano. Nos lo contaba orgullosa mi madre, mi abuela, mis tíos.

Su diseño, a cargo del arquitecto Natalio Yunis, estilo Art Deco, aspiraba también, a través de algunos elementos decorativos de los años ‘50, a estrenar la modernidad: en la fachada, colocado de forma vertical el nombre Radio City coronado por una plataforma en volado sobre la que se yergue un águila o un halcón, no estoy segura, con las alas abiertas, como para alzarse en vuelo. En el foyer, las imponentes taquillas de aluminio en forma de cornucopia y los pisos de granito marqueteado con las iniciales del teatro: RC.

Era la única sala de teatro en Caracas que tenía -como bienvenida a sus usuarios- un standing room, y un largo pasadizo de ventanales como antesala. Y eso sin mencionar los hermosos frescos/murales con distintas escenas mitológicas, en techo y paredes, pintados por un artista español contratado para ello, de apellido, si no recuerdo mal, Paneia. Una vez adentro, al aforo de 748 butacas, desde el proscenio, dos sirenas les daban la bienvenida a los espectadores.

“Alcanzamos a atisbar desde lejos unos escritorios para funcionarios casi sin funcionarios, cerramientos color rojo ruina, y alguna que otra computadora”

Era (o lo que queda de él aún lo es un poco) una hermosa estructura “como pocas en su diseño integral, construida en una Caracas que buscaba la modernidad en todos los aspectos. Esta sala se estrena en el año 1953, con la mejor tecnología cinematográfica de esa época. Todo, para el entretenimiento de quienes recorrían la Calle Real de Sabana Grande y disfrutaban de una buena película”*.

La mejor tecnología, por cierto, que mi abuelo introdujo en toda Latinoamérica: el sistema Todd-AO, compatible con el cinemascope, para darnos también a nosotros la grandiosidad, la suprema calidad de imagen y de sonido de las pantallas del primer mundo. El Radio City se inauguró en abril de 1953, con la película Mesalina, relato histórico de la mujer más perversa del mundo antiguo, protagonizada por María Félix.

Por supuesto, me contaba mi madre, había que invitar a la pareja presidencial a la noche del estreno, al dictador Marcos Pérez Jiménez y a su señora esposa, no fuera a ser aquello motivo para una inquina que ya tenía antecedentes: (Decía también mi madre que la ubicación inicial para el Teatro Radio City iba a ser en otra zona más al este de Caracas, pero le fue negado el permiso porque a un pariente del nombrado mandamás le gustó la idea y se construyó allí su propio cine, cuyo nombre no diré).

Y todo ese riesgo de persistir en hacer el teatro, todo ese afán, toda esa empresa económica. Por una floreciente y prometedora Caracas moderna. Por dejar las venas en el país que lo recibió con los brazos abiertos y le dio una vida digna y una familia caraqueñísima. (Eso sí era ser empresario: emprender, hacer ciudad, con trabajo y sin los dineros mal habidos del Estado). Lo recordamos con enorme nostalgia cuando mi hermana mayor le colgó el teléfono al inquilino de las malas nuevas, y lloramos por nuestros muertos y sus sueños robados, y por nuestros hijos y el legado que les pertenecía, ahora sin porvenir cierto. Y mientras, nos apremiábamos a regresar a casa a enfrentar la noticia, a los funcionarios de ocasión, a la impotencia y el disgusto.

“¿Qué se siente ser expropiado? Se siente la tristeza por la pérdida. Se siente arbitrario, injusto”

El gobierno municipal de aquel entonces, mórbido, hambriento e inflado como los zepelines que volaron ¿una vez?, ¿dos? sobre la ciudad, nunca pagó a los dueños. Pero esto no es novedad: por fortuna no se nos ocurrió hacer una huelga de hambre como el noble señor Brito, ni dejamos a mi tía encadenarse a lo que fue siempre suyo por derecho. Los usurpadores hablaron de aquellos globos como gendarmes vigilantes desde el cielo, hablaron de una sala situacional de la policía, de la seguridad ciudadana desde aquel recinto lleno de arte. Hasta ofrecieron, creo recordar, una sucursal del “nain güan güan”, que sin embargo fue imposible desde siempre: El Radio City fue construido como teatro, con las especificidades de una sala de espectáculos libre de ruido y casi hermética. Que entrara una llamada de móvil dentro de aquel recinto era como un milagro de Hermes. Imagínenselo como sede para recibir los repiques del 911… Parece un chiste, pero nosotros lo lamentamos como si lloráramos a nuestros muertos otra vez.

Cuando por fin desistieron de una sede policial por inviable, obviamente, montaron una taguara de “vivienda digna”: total, los frescos y murales y en general todas las paredes ya las habían rematado con pintura de caucho blanca; y las sirenas, las taquillas, la ebanistería y toda el alma y la belleza que habitaba aquel lugar habían desaparecido hacía rato. Un día que mi tía la iracunda -bendita sea su memoria- quiso ir a ver lo que quedaba, alcanzamos a atisbar desde lejos -no la dejaron entrar- unos escritorios para funcionarios casi sin funcionarios, cerramientos color rojo ruina, y alguna que otra computadora, ¿qué se siente ser expropiado? Se siente la tristeza por la pérdida. Se siente arbitrario, injusto.

Pero, ¿qué se siente ser expropiado inútilmente, es decir, para nada?, ¿qué se siente cuando te quitan de la mano un bibelot que has esculpido con esmero, sacrificio y entrega para echárselo a los cerdos o para que lo caguen los perros? Sientes que es el cadáver descuartizado de un pariente amado. Pues eso.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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