EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Si nos vieran

En 2018 terminé mis estudios doctorales en la Universidad de Rostock (Alemania) y regresamos a Venezuela. Hablo en plural porque fue una decisión familiar que incluyó tres niños, diez maletas y cientos de dudas. Decidimos volver. Gustavo y yo asumimos que el destino de nuestras vocaciones profesionales y existenciales estaba en el país que nos vio nacer. Regresamos… y acá seguimos cinco años después.

Soy política. Milito en Primero Justicia y al volver me puse a la orden de mi partido. Lo hice por dos razones. Primero, entiendo que los partidos políticos son fundamentales para avanzar en la lucha democrática y son insustituibles en la inauguración de un nuevo orden de justicia y libertad. Y, segundo, entiendo que la política es una tarea profundamente humana que llega a su esplendor cuando somos capaces de donarnos mutuamente y de crear una comunidad fundada en el respeto de la dignidad humana y en la amistad cívica. En tal sentido, creo firmemente que para retar a la dictadura hay que construir instituciones y crear equipos. Hay que vencer la tentación del individualismo y someterse disciplinadamente a las dinámicas de nuestra familia política por elección: los partidos.

“Miles de almas trabajadoras y alegres que le echan pichón a lo que venga, que disfrutan de una cerveza bien fría hablando sobre ese futuro que no sabemos si llegará y que aún, después de veinte años, piensan que vale la pena luchar. Me quedo con ellos”

Al llegar, se me confió la responsabilidad de formar a la militancia a nivel nacional. Me sentí honrada con ese encargo. La formación política es un ámbito de especial importancia en la cultura justiciera. Formación es el espacio en donde se forja nuestra identidad, nuestro sentido de pertenencia y nuestro ánimo de lucha. En democracia, esto es importante. En dictadura, es fundamental. Prontamente comenzamos a recorrer el país para fortalecer las ideas centrohumanistas que nos unen. Seminarios, conversatorios, reuniones, debates y charlas. Grupos grandes, grupos pequeños. Debo decir que ha sido una labor gratificante que desarrollamos junto a la Secretaría Nacional de Organización. Organización y formación engranamos esfuerzos y decidimos darle vida a aquella frase que escribió Don Patricio Aylwin cuando la dictadura pinochetista intentó asfixiar al Partido Demócrata Cristiano de Chile: “Hay que fortalecer el cuerpo y el alma del partido”. Asumimos este itinerario de supervivencia.

Este plan de fortalecimiento institucional nos ha llevado a todos los rincones del país. Hemos visitado parroquias rurales y urbanas, municipios ricos y pobres, estados lejanos y cercanos. Hemos viajado por tierra, por aire y por mar. Superamos la pandemia. Aprendimos a no llevar camisas amarillas en la maleta, a fingir demencia en las alcabalas y a aprovechar las distancias para sellar vínculos de amistad. Después de años de trabajo silencioso y sostenido, hemos descubierto rasgos de nuestra alma criolla que no teníamos en el radar. Hemos visto los paisajes de Rómulo Gallegos, la decadencia de José Rafael Pocaterra y los personajes de Miguel Otero Silva. Estos años nos han servido para crecer en amor al país. Hemos confirmado que la política es una labor profundamente humana que convoca lo mejor -aunque también puede sacar lo peor- de las personas.

“Quisiera que este país herido sanara en la bondad y en el sacrificio de tantos hombres y mujeres que trabajan en silencio y contracorriente. Estoy segura que ‘si nos vieran’… el país entero matizaría el juicio”

Venezuela está mal. No me refiero solo a las evidentes carencias económicas. Me refiero a una herida existencial que poco a poco ha ido carcomiendo nuestra conciencia. Después de más de dos décadas de revolución chavista comenzamos a resentir la exposición al mal autocrático. Campea frente a nosotros una versión criolla y millennial del tango “Cambalache”. Vemos que en Venezuela da lo mismo “ser cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”. Somos un país complicado y destruido. Cuesta mucho comprenderlo, valorarlo y emitir juicios. En ocasiones, el miedo se transforma en aceptación y, muchas veces, optamos por el silencio. Somos el país del arrebato musical, de la acusación ligera y del señalamiento vano. Somos el país de las enfermedades mentales, de las desigualdades profundas y de las riquezas obscenas. Estas no son palabras al vuelo. Son realidades que conozco, de las que inevitablemente formo parte y que me interpelan diariamente.

La dureza del diagnóstico exige profundización para comprender mejor. Demanda una reflexión que trascienda a los señalamientos y a la necesaria distribución de culpas. Me refiero a un examen de conciencia profundo que nos permita ver los errores y avanzar juntos con sentido de reparación. Y antes de seguir debo hacer una precisión. Ciertamente, los principales responsables del naufragio democrático de cualquier sociedad somos los políticos. No hay duda de eso. Esa es una realidad incuestionable que debe enmarcar todos los análisis sobre erosión democrática. Sin embargo, me parece que la reflexión debe trascender y expandirse a otros ámbitos. Debemos reconocer que detrás de esos políticos decadentes -nosotros- está el país que los -nos- engendra, que los -nos- impulsa y que los -nos- hace posibles. Un país que nos crea y que consiente. Nosotros -los políticos- salimos de sus entrañas. Para bien y para mal, representamos sus luces y sus sombras… sus bondades y sus miserias.

“Después de años de trabajo silencioso y sostenido, hemos descubierto rasgos de nuestra alma criolla que no teníamos en el radar. Hemos visto los paisajes de Rómulo Gallegos, la decadencia de José Rafael Pocaterra y los personajes de Miguel Otero Silva”

Miles de justicieros hemos decidido desplegar nuestra vocación de servicio en este contexto dictatorial, complejo y hostil… que luce indescifrable e inasequible. Pudiera compartir decenas de anécdotas en este sentido. Una justiciera del estado Amazonas que dejó la suela de su zapato en la selva, cuando iba hacia un municipio foráneo a hacer un conversatorio. Un justiciero merideño que manejó ocho horas para llegar al último pueblito de su estado. Un médico barinés que agarró tres autobuses para llegar a un Comité Político Regional. Un joven apureño que conoció San Fernando cuando cumplió 19 años porque asistió a una actividad de formación. Ese muchacho nunca había salido de su pueblo. O quienes están en el doloroso exilio y se funden en un abrazo profundo cuando se encuentran con un compañero de partido.

Decenas de veces me he visto rodeada de estas circunstancias y pienso: “Si nos vieran”. Y es que esta frase de bolero resume mi mayor deseo. Cada vez que leo o escucho juicios implacables -y quizás comprensibles- sobre “los políticos” y “la política” vienen a mi memoria esos momentos. Vienen a mi memoria el sufrimiento padecido y acumulado, y también las luchas perseverantes que han engendrado esos sufrimientos. Entiendo la frustración, el desencanto y el rechazo a los partidos y a los políticos. Sin duda alguna, hay razones que justifican esas disposiciones anímicas. Y, aun así, cada vez que me los topo, pienso: “si nos vieran”. Porque quisiera que este país herido sanara en la bondad y en el sacrificio de tantos hombres y mujeres que trabajan en silencio y contracorriente. Estoy segura que “si nos vieran”… el país entero matizaría el juicio. La generosidad tiene atributos domesticadores y no hay corazón humano que pueda resistirse ante el testimonio de sacrificio de tantas personas.

“La generosidad tiene atributos domesticadores y no hay corazón humano que pueda resistirse ante el testimonio de sacrificio de tantas personas”

Pero este anhelo de visibilización del trabajo de los partidos es complejo y no pasa únicamente por la audacia comunicacional. Lograr que “nos vean” exige reconstruir confianza y superar prejuicios que se han instalado en la cabeza de todos. Hay que prepararnos y disponernos para el encuentro, identificando los roles específicos de los entes sociales. Debemos bajar las barreras que nos impone el reconcomio y abrir puertas al testimonio. Debemos abonar las conciencias para que la suspicacia no aniquile el acercamiento. Debemos reconocer con humildad nuestros errores. Debemos escuchar con atención todas las voces. Debemos amortiguar las frustraciones. Quiero decir con esto que hay un horizonte abierto que demanda de nuestros mejores esfuerzos.

Honestamente, no sé si lo vamos a lograr. Trabajaré con tesón. Pondré los medios y procuraré que otros lo hagan. Y, aun así, no tengo certeza de triunfo.  En el tanque de esperanza que alimenta mi espíritu solo están los nombres y los apellidos de miles de hombres y mujeres que lo dan todo por Venezuela sin esperar nada a cambio. Miles de almas trabajadoras y alegres que le echan pichón a lo que venga, que disfrutan de una cerveza bien fría hablando sobre ese futuro que no sabemos si llegará y que aún, después de veinte años, piensan que vale la pena luchar. Me quedo con ellos… y con este, que es mi anhelo: “Que nos vean”.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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