En la aldea
15 junio 2024

El “único lujo que me puedo dar”

En la compleja realidad de los venezolanos, una buena parte de su energía se diluye en procesos cotidianos desgastantes para todos. Es así como mientras algunos deben buscar resolver a diario la alimentación de su familia, otros hacen hasta lo imposible para cumplir con sus trabajos en medio de fallas eléctricas, internet de mala calidad, combustible escaso y transporte público deficiente y en mal estado. ¿Cuál es el manejo del estrés en esas circunstancias? Una reflexión donde los ejemplos cotidianos de maltrato, desidia y abandono han hecho común una frase que debería retumbar en los oídos de todos.

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Desde hace unos 30 años hago trabajo comunitario, por lo que de alguna manera puedo dar fe de varias coincidencias y diferencias a lo largo del tiempo que me ha tocado vivir por las experiencias de mi labor con los más vulnerables y también de vida. A lo largo de mi desarrollo profesional he podido ser testigo de cómo las personas más necesitadas deben enfrentar entornos difíciles, en muchas circunstancias incluso de maltrato, físico y psicológico. También he podido presenciar los intentos por buscar un momento de paz, de gozo, de descanso.

Cuando asistía como estudiante de bachillerato en el liceo, tenía una compañera cuya tristeza era evidente. Al preguntarle sobre eso, para chequear mi percepción y saber si podía ayudarle, me dijo: ‘Mi casa se está cayendo y hay una parte que no tiene techo ya’. Cuando me dijo esto, supe que ella no estaba en condiciones para pensar en matemáticas, castellano y literatura, educación artística, como prestar atención en clases si puedes llegar a tu casa y no encontrar nada. Teníamos 12 años apenas. Un día la vi llegar tarde a clases, pero con una cara más descansada y con mejor ánimo, le pregunte: ‘¿Qué paso?’, y me respondió: ‘Me quedé dormida, dormir es el único lujo que me puedo dar’. Más adelante ella se retiraría del liceo, nunca más volví a saber de ella.

Esa fue la primera vez que escuche la frase: “es el único lujo que me puedo dar”, pero no sería la última.

“El único lujo que uno puede darse, en algún momento, puede hasta salvar a una persona y darle un poco de la paz mental que necesita para seguir adelante”

A lo largo de los años, una y otra vez me ha tocado escucharla. Recuerdo a finales de los ‘80 cuando la prevalencia de obesidad comenzaba a elevarse, una vez en un trabajo de campo veía en una casa muy pero muy humilde unas cuantas botellas de refrescos, que siempre han sido insumos costosos y que contribuyen, cuando son consumidos en exceso, al incremento del peso corporal. Le pregunté a la madre de familia: ¿Por qué compras esto tan costoso? Inmediatamente me respondió: ‘Es el único lujo que nos podemos dar’.

En nuestra compleja realidad, nos vemos forzados a seguir adelante sorteando dificultades, invirtiendo nuestra energía en procesos cotidianos desgastantes para todos. Algunos deben dilucidar a diario como se van a alimentar, otros hacemos “maromas” para poder cumplir con nuestros trabajos en medio de las fallas eléctricas, internet de mala calidad y combustible escaso. Entonces un “lujito” eso que te da la recompensa inmediata, eso que te permite hacer un alto para seguir adelante, se hace necesario y se convierte en un elemento de bienestar; para unos puede ser un chocolate, o una salida a caminar, para otros una manicure. Es eso que a veces le preguntamos a las madres: ¿Por qué te haces una manicure tan costosa si no tienes como comer? Una vez una mujer muy trabajadora en medio de sus dificultades me decía: ‘Doctora, es que lo necesito, me saca de donde estoy y me hace pensar en otra cosa, además es el único lujo que me puedo dar’.

“Es el ‘refrescamiento’ de lo inmediato, la recompensa para ayer de lo que necesita el alma”

Vivir en pobreza tiene un aspecto que poco se estudia y menos se interviene: el manejo del estrés. Una familia que vive en pobreza es una familia que vive con angustia, en el medio de la incertidumbre, donde no se sabe si vas a poder alimentarte hoy, pero mañana no; donde los niños pueden ir al colegio esta vez y la siguiente no lo sabemos; donde hay que usar zapatos rotos porque no hay otros; donde la ropa es usada y donde hay que elegir entre alimentos o medicamentos.

Entonces, ¿cuál es el manejo del estrés en esas circunstancias?, ¿cómo se puede manejar eso, cuáles serían las intervenciones? Por ahora vemos los únicos lujos que nos podemos dar: Un refresco, un dulce, unas uñas largas y coloridas, un tinte para el pelo que mitigue el paso del tiempo, la cervecita si es que se puede pagar. Es el “refrescamiento” de lo inmediato, la recompensa para ayer de lo que necesita el alma. No es difícil darse cuenta que la pobreza es un gran generador de estrés, de mal dormir, de calidad pobre de la dieta, de falta de ejercicio por miedo a que algo pase si sales de tu casa. Y en esa búsqueda de la felicidad hay una recompensa instantánea que nos permite seguir adelante en medio de las tribulaciones: ‘es el único lujo que me puedo dar’.

Y así, muchas madres hoy en día llenan sus uñas de colores, en esa búsqueda del placer instantáneo que las abstrae por un rato de la realidad y les recuerda que la vida puede tener colores también cuando se contemplan las manos. No me atrevo a hacer ningún juicio a quienes se hacen manicures costosas y necesitan el dinero para comer, porque lo que entendí, es que el único lujo que uno puede darse, en algún momento, puede hasta salvar a una persona y darle un poco de la paz mental que necesita para seguir adelante.

IG @nutricionencrisis / TW @mherreradef

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