En la aldea
18 mayo 2024

Que se haya logrado la “Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección” es una buena señal para la gran parte del hemisferio que enfrenta el reto migratorio.

Cumbre de las Américas 2022: mucho ruido y pocas nueces

“En los discursos de los presidentes y sus representantes fueron pocas las referencias expresas de reafirmación del compromiso democrático hemisférico”. La cita de Los Ángeles deja ver a la distancia el reto que tiene la sociedad civil del Continente en respetar y hacer que se respeten los valores democráticos; porque en la Cumbre de las Américas 2022 “les faltó o no quisieron decir que no puede haber silencio ante las violaciones de derechos humanos”. ¿Vamos a permitir que se sigan obviando los compromisos interamericanos con el sistema de protección de los Derechos Humanos y erosionado la democracia en Latinoamérica?

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Elsa Cardozo | 13 junio 2022

Así puede resumirse el balance de la cita hemisférica en Los Ángeles, a la que el ruido que la precedió por las exclusiones de Cuba, Nicaragua y Venezuela y que con diversa intensidad siguió escuchándose en discursos, la ayudó a no pasar desapercibida en medio de tantas situaciones internacionales críticas. A la vez, las ausencias y reclamos no impidieron que se dieran algunas nueces. Lo uno y lo otro ha estado presente en tres aspectos: las posiciones gubernamentales prevalecientes, lo reducido y focalizado de la declaración final y lo que el breve encuentro dice y deja para las relaciones hemisféricas.

1. En los discursos de los presidentes y sus representantes fueron pocas las referencias expresas de reafirmación del compromiso democrático hemisférico. Por su parte, a la mayoría de quienes objetaron las exclusiones y propusieron mejoras en el formato de las cumbres les faltó o no quisieron decir que no puede haber silencio ante las violaciones de derechos humanos. De la no indiferencia ante tales violaciones es ilustración el discurso del presidente Gabriel Boric pero; en cambio, eso no puede ni siquiera inferirse de la exposición del presidente Alberto Fernández, que dijo hablar en representación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Fernández hizo el discurso más extremo de crítica, más allá de las excusiones, insistiendo en su intención de tender puentes, pero fuera de la institucionalidad interamericana. El canciller Marcelo Ebrand, que asistió en representación de México, lo acompañó en la propuesta de reformar la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero también suscribió con sus pares de Canadá y Estados Unidos una Declaración Conjunta en el marco de su Tratado de Libre Comercio (T-MEC). Allí los tres gobiernos expresan, entre otras posiciones comunes (incluido el apoyo a Ucrania y la condena a la agresión rusa) su sólido compromiso con los principios democráticos, su intención de cooperar en la defensa del multilateralismo y el orden internacional basado en reglas, su defensa del Estado de Derecho, la promoción del desarrollo inclusivo, la protección y promoción de los Derechos Humanos, el compromiso de reforzar la democracia en sus países e inspirar el desarrollo democrático en el mundo. Incluso reconociendo las inocultables distancias entre dichos y hechos, esto revela las contenciones del acuerdo trilateral y de la importancia de la relación con Estados Unidos al impulso populista del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, al menos en su proyección internacional.

“Solo se produjo la muy focalizada ‘Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección’, suscrita por 20 gobiernos. Faltaron, aparte de los tres no invitados, once firmantes del Caribe”

2. El contenido de la declaración de los tres socios comerciales recuerda los primeros párrafos de los textos usualmente extensos y abundantes en coincidencia que solían producirse al final de estas cumbres, casi todos acompañados por un plan de acción con una lista de mandatos. Esa pudo ser la intención inicial, como parecían indicar las notas oficiales sobre los propósitos del encuentro. Esta vez solo se produjo la muy focalizada Declaración de Los Ángeles sobre Migración y Protección, suscrita por 20 gobiernos. Faltaron, aparte de los tres no invitados, once firmantes del Caribe.

Que se haya logrado ese texto es en principio, una buena señal para la gran parte del hemisferio que enfrenta el reto migratorio. Lo declarado propone un conjunto de responsabilidades nacionales y compartidas en muy amplio espectro de principios, estrategias y políticas: humanitarios y de derechos humanos, socioeconómicos, políticos, sanitarios, de seguridad, financieros. La declaración, como tal dista de tener la entidad de un tratado, pero está en el interés de todos los firmantes que se materialice en acciones. Lo está no solo por la prioridad de Estados Unidos para bajar la presión en la frontera con México, que según el más reciente informe de la Organización Internacional de Migraciones es el más grande de los corredores migratorios bilaterales del mundo. También pesa la presión de los flujos de migrantes forzados, especialmente el flujo de unos cinco millones de venezolanos -80% de la diáspora- hacia los países centroamericanos de tránsito hacia el norte y los suramericanos de tránsito y llegada.

Revelador de los silencios y ambigüedades en torno a este tema es que solo un párrafo de la declaración se refiera a los países de origen. Lo hace con la mera expresión de coincidencia en la necesidad promover condiciones de vida pacífica, productiva y digna, y al dejar dicho que “la migración debería ser una elección voluntaria e informada, y no una necesidad”. Así es el resultado de un acuerdo de mínimos sobre un problema enorme para todos. Es de considerar que esto y toda la declaración no hubieran sido diferentes, salvo para hacerla más débil, si la lista de invitados hubiese incluido a Venezuela, Nicaragua y Cuba. De hecho, no lograron impedir que hubiese declaración final, como lo hicieron las ausencias y solidaridades de la Alianza Bolivariana y sus alrededores, en la Cumbre de Cartagena en 2012.

“No dejarse aturdir por el ruido, ese es el desafío presente para democracias y demócratas, en la actividad política, económica y de la sociedad civil”

3. Fue grande el empeño del gobierno de Joe Biden por convocar, preparar, alentar la participación y el desarrollo de la reunión aun en medio de las exigencias de la guerra en Ucrania, el desafío de Rusia y el mantenimiento de  la coordinación con Europa, los avances de China en el Indo-Pacífico, la contracción económica y los riesgos de recesión así como los obstáculos y atascamientos en la agenda social y política de la administración demócrata, incluido allí el tema migratorio en lo mucho que significa para la política interna y partidista, ya cerca de las elecciones legislativas de medio término. Aparte de su impulso a la cooperación sobre migración como cuestión de interés inmediato, el país anfitrión llevó a Los Ángeles  anuncios como los hechos en materia de salud, economía y ecosistemas, de su política ante refugiados y migrantes en general, y de sus fondos para la crisis de migrantes y refugiados venezolanos. En lo más específico, alentó coincidencias como la declaración que sumó a Chile al acuerdo contra el  acoso y abuso, basados en género, en medios digitales y el memorando sobre la protección oceánica del corredor marítimo del Pacífico tropical oriental con Costa Rica, Panamá, Colombia y Ecuador. El caso es que la cumbre confirma la impresión de que la iniciativa en las relaciones hemisféricas depende de Washington, pobre consuelo en las actuales circunstancias. De resto, hacia el norte y no menos en el sur, prevalecen en conjunto la desconfianza, las actitudes reactivas, los acercamientos pragmáticos y el ruido, en tanto que las propuestas de coordinación en los términos que expresa el presidente argentino, como supuesto vocero de Latinoamérica y el Caribe, no son para buenos augurios. No tanto por lo que pueda movilizar en apoyos activos a su desafío a los compromisos interamericanos con el sistema de protección de los Derechos Humanos y a un muy erosionado compromiso democrático. Lo es por las omisiones y la inclinación a lo unilateral ya presentes que, paradójicamente, son alentados por las propuestas de multilateralismo y entendimiento de sesgo autoritario.

Mientras tanto, sobre las preocupaciones más humanas, en pérdida de vidas, de derechos, de condiciones de vida, de impactos del cambio climático se produce mucho ruido retórico sin propuestas regionales ni subregionales sustantivas: solo reclamos a los demás, arreglos de cada cual en lo suyo y la conversión de la defensa de la autodeterminación en autorización para el abuso de poder.

Es razonable la propuesta de revisar lo que se llama el “formato” de estas Cumbres en su sucesión de discursos y encuentros, pero es un mal momento -entre alientos populistas y omisiones democráticas- para improvisar fuera del marco institucional interamericano, también mejorable. No dejarse aturdir por el ruido, ese es el desafío presente para democracias y demócratas, en la actividad política, económica y de la sociedad civil.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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