EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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La mala madre, el buen padre, y los hijos descarriados

Dedicado a quienes -como yo- ya les cuesta la palabra Patria.

Doy por sentado que hemos tenido un buen padre. Al menos, eso es lo que nos cuenta la historia desde que vamos a la escuela. Del buen padre que lidió, arriesgó la vida, perdió sus bienes de fortuna y hasta a su familia, por conseguir la libertad de la Patria. Simón Bolívar, ese padre abnegado que murió solo y arruinado después de haberse batido por Venezuela, su tierra natal, y, de paso, también por medio Continente. Seguramente similar a lo que el imaginario popular puede inferir, la palabra Patria, del latín, tiene su raíz en el vocablo patrius, concretamente de la forma femenina del adjetivo “patrius-a-um” (relativo a padre, también a “patres”, que son los antepasados). Es decir, los padres son su lejano origen.

La expresión romana clásica de “Terra patria”, hacía, en efecto, alusión a la tierra de los padres o de los antepasados. Según el diccionario etimológico Segura Munguía, “en el material de referencia que solemos usar para las palabras procedentes del latín en castellano, la palabra patria proviene de patrius, que proviene de pater”, que quiere decir “padre” o “antepasado”. Así, afirma, que “no tiene que significar estrictamente padre biológico”, sino algo así como “antecesores”, aunque también dice que aunque sea así no podemos “olvidar que la sociedad romana era patriarcal”.

Sin embargo, la palabra patria, a pesar de su origen –patres-, es femenina. La usamos en femenino, la pensamos en femenino. La Venezuela. Incluso es femenina para el chavismo más que para nadie: Aún recuerdo una crónica de una periodista brasileña que laureaba los logros del “proceso” citando como una de las más bellas frases de la Revolución Bolivariana aquella de “La patria es una mujer”. En esos días, Hugo solía cantar “Patria, Patria querida”. Siempre supe que al final de la mentira sería más bien “Patria qué herida”.

“Venezuela ha sobrevivido a punta de ingenio, de ganas, de sufrimiento, voluntad. Se sobrepone como puede, y a diario, y su prole olvidada se las arregla para llegar viva a fin de mes, o para llegar viva a otro lugar del mundo”

La patria, dicen en general los diccionarios, palabras más, palabras menos, es el territorio donde una persona ha nacido, o que ha adoptado por algún motivo particular; es el lugar en el cual una persona siente un fuerte sentimiento de pertenencia, se siente uno más de los miembros que la componen. Y es que la patria es el país del padre. Del ancestro. Y a diferencia de la Nación -siempre más política que emocional- la patria es un sentimiento. Así que viéndole esta quinta pata al gato, Venezuela es la patria, la madre. (España ha de ser la abuela, supongo). Bolívar, claro, el padre. El padrino, el Estado. Y un montón de gente somos sus hijos, los venezolanos.

No tiene nada de extraño que al lugar donde hemos nacido, el territorio que ha sido nuestra cuna, se le considere el vientre, la madre, de quien llevamos, además, el apellido -la nacionalidad-. Y si le sigo dando vuelo a mi imaginación, los lazos naturales entre el padre de la patria, el padrino, y la patria mamá, forman un trío que es casi como la sagrada familia. Solo que a diferencia de aquella trinidad, la trilogía político-emotiva nuestra ha devenido en tragedia no griega, pero sí endógena, a secas. La pobre Venezuela se ha convertido en mala madre, ha devenido en una progenitora que no vela por sus hijos, que no los protege, que no los bendice. Que no les provee excepto a saqueadores de oficio, que no cura, que se desentiende de su prole y se deja explotar por muchos chulos.

¿Qué pasó?, ¿qué pasa con la patria?

(De la palabra patria, por cierto, también viene el patriotismo, sobre todo el más inútil: el que se niega a hablar mal de Venezuela porque de la Patria, ni jota. Golpe de pecho patriótico). Sí: Venezuela es aún generosa, espléndida. En sus paisajes, su naturaleza, sus gentes, la mayoría de sus hijos, su clima, sus dones. Sin embargo, también algunos de esos sus hijos, la terminaron por convertir en mala madre.

¿Cómo ha podido ser?, ¿qué hicieron estos tipos con la patria?

La despojaron de todo lo que era suyo, la saquearon, la prostituyeron, se la entregaron a cuanto criminal del mundo se les antojó con tal de seguir teniendo socios para cometer fechorías. La patria fue usada como la hetaira de los mandamases -tiranos de una pobre isla caribeña, de terroristas de varias lenguas, de filibusteros, narcotraficantes; y con la anuencia de su propia descendencia e, incluso, con el visto bueno hasta de los hijos del vientre de otras patrias (con o sin partida de nacimiento)-. Sus proxenetas son los mismos que se rasgan las vestiduras a diario y perifonean su deseo de liberarla del abuso y la violación de los pillos, son los mismos que dicen amarla desde siempre, patria, patria querida.

“La palabra en Venezuela ya no funda. Es un espejismo. Una falsa alarma. Un sueño, una nostalgia a color. Una mentira más como las que nos condenan desde hace ya muchos años”

¡La madre -patria- que los parió!

Y con todo, y sin embargo, Venezuela ha sobrevivido a punta de ingenio, de ganas, de sufrimiento, voluntad. Se sobrepone como puede, y a diario, y su prole olvidada se las arregla para llegar viva a fin de mes, o para llegar viva a otro lugar del mundo, lejos de la ruina y de la tristeza de tener una mamá vuelta huesos, trizas, una progenitora que es apenas un recuerdo como “tan bonita que era mi mamá”. Decía mi padre andaluz -venezolano por vocación y por adopción hasta el último de sus días-, que en el mundo había “madres” y “madrecillas”.

Bueno, a nosotros, los apellidados venezolanos, de momento nos queda solo la madrecilla.

Y es cierto. De la misma forma, pienso, hay hijos y malparidos (Esto lo agrego yo, que soy bocona). Pasa que, de momento, aunque los buenos hijos sigan al pie del cañón lidiando con tropiezos allá y aquí pero sin desertar de ella, estamos cundidos, como nunca, de malnacidos. Por eso es que pocas veces me ha estorbado tanto un vocablo en el idioma que admiro, en la lengua que heredé de mis antepasados como la palabra “patria”. Pero es que ya la palabra Patria, para Venezuela, me suena a mero panfleto. Los malparidos la han vaciado de significado, de emoción, de orgullo. La han reducido a una pobre palabreja, hueca, inútil, y a comodín de necios que se niegan a decir -vaya usted a saber con cuál interés- que un “por ahora” convirtió a la patria en un cadáver. Una estampa desvanecida que solo alcanza para recodarla en fotos y en películas viejas.

Si el lenguaje realmente decretara, como cuando el Dios bíblico fundó al mundo, todo sería más simple. Sin embargo, la palabra en Venezuela ya no funda. Es un espejismo. Una falsa alarma. Un sueño, una nostalgia a color. Una mentira más como las que nos condenan desde hace ya muchos años. Desde hace ya muchos flancos. Venezuela es un país al norte de la América del Sur, hasta que terminen de despojarla de lo que queda, el Todopoderoso no se los permita.

¡La madre (patria) que los parió!

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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