En la aldea
21 junio 2024

El refugio de los lectores

En la inmensidad de un eco se encierra un refugio donde la intimidad juega a la libertad en cuatro paredes. El autor nos sorprende con cada nueva entrega de su “Curso de lectura lenta”, donde los referentes, las anécdotas, los recorridos inimaginables por la historia tienen siempre la impronta del placer por la lectura. Somos lo que hemos escuchado y leído de niños, o aquello que hemos escogido leer a escondidas por la curiosidad a lo prohibido. Esto y mucho más por descubrir.

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Federico Vegas | 03 julio 2022

Vamos a conversar sobre las lecturas que realizamos en la soledad de un baño, ese impostergable recinto al que, cuando entramos con un libro, no vamos a ducharnos ni a lavarnos las manos. Es un tema delicado y prosaico, íntimo y universal, poético y embarazosamente terrenal, con la ventaja para los lectores de poder abandonarlo, cuando se saturen, sin que yo note su ausencia. Mi situación es diferente. Una vez que un solo lector haya leído estas primeras cinco líneas, se habrá sellado mi compromiso de llegar hasta el final. No será la primera vez que el deleite de quien lee se basa en la engorrosa situación de quien escribe, o viceversa.

El ser capaces de leer en un baño, con una puerta confiable y una ventana luminosa, constituye un paso gigantesco en la historia de la civilización. En el mundo animal los excrementos alejan a los amigos y atraen a los enemigos. Las gacelas saben que deben apresurarse antes de que los leones olfateen qué hacen y dónde lo hacen. Antonin Artaud supo resumir el fundamento de ese instinto: “Donde hay mierda hay vida”.

“Mojón, señal permanente que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras”.

Real Academia Española (RAE)

Un amigo me contaba que en el primero de sus viajes por los infinitos ríos de la Amazonia, iba navegando en una curiara con guías yekuanas, todos hambrientos y buscando cacería. De pronto, sintieron un hedor muy fuerte y el cazador que tenía a su lado se llevo dos dedos a la nariz mientras repetía con una culinaria sonrisa:

Mono! ¡Mono!

Esa tarde comieron mono asado.

Días más tarde se repitió la larga búsqueda a lo largo del río y, por fin, surgió otra vez el hedor a excremento. Mi amigo se apresuró a señalar sus fosas nasales y repetir:

-Mono, mono.

Enseguida sus guías le indicaron que la señal no era prometedora:

Mono no, tigre.

Mi padre, quien guardaba en su memoria los tiempos en que hacía falta ir hasta una letrina en el fondo del corral con una vela, una hoja de periódico y un palo para espantar los cochinos, celebraba sus visitas a los modernos e insonorizados templos de cerámica y emergía de ellos suspirando agradecidos comentarios.

Mi hija mayor sigue la tradición familiar, pero sin hacer alardes. Se limita a reconocer que es el único sitio donde una madre puede descansar de los hijos aislándose con la debida concentración:

Leo y leo hasta que cruzo las piernas, señal de que el libro me atrapó por completo y es hora de regresar al mundo.

Una amiga, con la que puedo hablar libremente de estos temas, me cuenta que, si bien es cierto que se trata de un buen lugar para aislarse (ella lee hasta que las piernas se le duermen), también lo era para descubrir en qué pensaban sus hijos cuando eran tan pequeños que los acompañaba para que no se cayeran de su tronos.

Los recuerdo siempre muy atentos, pidiéndome que les contara historias, o haciendo preguntas y escuchando con atención mis respuestas, y luego ofreciendo sus propias interpretaciones. Otras veces permanecían callados, iluminados, como unos angelitos.

Al visualizar esta bella imagen, recordé los remotos estados beatíficos de mi infancia y presentí que estaba por escribir el más personal de mis ensayos. Entonces me pregunté:

¿Hasta dónde seré capaz de llegar?

He comenzado a pensar que esa materia procesada que nos abandona quizás propicie, y hasta exija, la entrada renovadora de un caudal espiritual. No es acaso la lectura una digestión, una transformación, un prodigioso cambio de naturaleza.

En un almuerzo familiar y dominguero, vi a mi tío Luis Pietri salir emocionado de su estudio sosteniendo en las manos un enorme diccionario de la Real Academia. Lo abrió de par en par y compartió con entonación de predicador su trascendental hallazgo:

Mojón, porción compacta de excremento humano que se expele de una vez!

Yo tendría unos ocho años y no entendía la razón de su júbilo ni las risas de una parte de la audiencia, ni el espanto de algunas tías. Creía religiosamente que los diccionarios, y los libros en general, eran depositarios de un universo serio, respetable, y aquel “mojón”, bien definido en su forma y en su origen, me resultó tan desconcertante como si hubiera aparecido sobre la mesa del comedor. 

“Mojonero: Mentiroso, embustero, que dice mentiras por costumbre. Ámbito: Venezuela. Uso: coloquial, malsonante”

Wiktionary

Llegar a integrar los extremos de lo culto y lo vulgar cubre tanto tiempo y espacio en nuestras vidas. Tuve la suerte de comenzar a leer muy temprano y mi inocencia e ignorancia fueron fértiles a las revelaciones de Gargantúa y Pantagruel, de El Buscón de Francisco de Quevedo y hasta un lance en el capítulo XX del noble Don Quijote. Más tarde, comenzando la adolescencia, leí Sin Novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, y supe como los soldados en el frente de batalla se las ingenian para convertir una necesidad en un placer. Se abrieron nuevas puertas, se corrieron viejos velos, y me asomé a una inquietante libertad a través de aquellas descripciones que le estaban vedadas a los niños. Recuerdo mis sucesivos asombros mientras las delicias de la literatura aliviaban la tensión de absurdos tabúes e iba perdiendo fuerza el prepotente “¡Eso no se dice!”. Entonces supe que absolutamente todo puede ser explorado con placer y provecho.

Me tomó algo más de tiempo retornar al riguroso diccionario y descubrir que la Real Academia Española (RAE) nos ofrece otra acepción de esa palabra tan tajante y masculina:

Mojón: Señal permanente que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras.

Esa señal que marca los caminos y delimita fronteras, en la Antigua Grecia solía llamarse hermay comenzó siendo un simple montón de piedras al que cada viajero, al pasar ante la señal, añadía una más al montón.

Cuentan que un hijo de Pisístrato, el tirano famoso por embellecer a Atenas, sustituyó los montones de piedras por pilares rectangulares coronados con un busto del dios Hermes barbudo y un falo erecto en la base. Quizás fue una manera de hacer evidente el origen y el sentido de la herma, pues Hermes es el dios de las fronteras, del perímetro, de las conexiones y mensajes, y de los viajeros que transitan por los caminos, incluyendo las almas que van al inframundo. Homero celebró el ingenio y los astutos pensamientos de este ladrón, cuatrero de bueyes, jefe de los sueños (capaz de enviarte uno reconfortante o de negártelo), espía nocturno, dios del engaño y de lo incierto.

¿Cómo se explica que un dios de los caminos, que protege a los viajeros y castiga a quien no ayude al que se equivoca de ruta, sea a la vez un ladrón y un cuatrero?, ¿cómo semejante pícaro puede ser el guardián de las puertas?, ¿cómo dirigir los legibles cambios e intercambios entre los hombres, y, al mismo tiempo, lo impredecible e incontrolable?

La explicación es quizás sencilla: lo más notable y atractivo de los dioses griegos han sido sus contradicciones. Si Hermes debe acompañar absolutamente todo lo que viene y todo lo que va en diferentes direcciones, tiene que incluir y aceptar, incluso promover, una buena dosis de irracionalidad.

“Las lecturas que realizamos en la soledad de un baño, ese impostergable recinto al que, cuando entramos con un libro, no vamos a ducharnos ni a lavarnos las manos”

Se discute si Hermes proviene de la herma o si más bien el dios le prestó su nombre a aquel primitivo montón de piedras, y luego el hijo de Pisístrato representó cabalmente esta procedencia. Quisiera ir más allá y proponer que la herma, incluyendo el rectángulo con la barba y el falo, proviene de ese mojón coloquial relegado al cuarto lugar del diccionario.

Volvamos a mi amigo cazando con los yekuanas: ¿Cuál sería en un bosque inexplorado una señal invalorable para quien está perdido?, ¿cuál sería el montón al que agregaría gustoso su descarga, mientras celebra el haber hallado el testimonio de un ser humano?, ¿es el mojón la piedra que marca el camino, o es la piedra la que cubre el mojón que está al lado del camino?

Las connotaciones de esta “porción que se expele de una sola vez” han tenido arraigo en Cataluña con un fervor conmovedor. En los nacimientos navideños de los hogares catalanes aparece siempre un cagón, el caganer. Se trata de un pastorcillo de cerámica que suele estar agachado tras unas ramas de pino y en plena faena. Es un símbolo de prosperidad y alegría. Algunos le dan un significado ecológico a ese descargar la barriga en la madre tierra y a pocos centímetros de la Sagrada Familia. Tal es su fama que ya no lo esconden, y parece estar a punto de ser el protagonista principal. Con los catalanes tengo la ventaja de que me divierten hasta sus defectos y desconcertantes locuras.

En Andalucía llaman a las hijas pequeñas “mojoncitas”, y no hay convento en que no haya un Fray Mojón.

Una amiga muy querida, que nació en Málaga y vive en Barcelona, me cuenta que después de cuarenta años de matrimonio comprendió que algo iba muy mal y acudió a un psiquiatra. En la primera sesión confesó que su marido era muy particular. Le pidieron un ejemplo y explicó que en la intimidad la llamaba mojón, pero que era una expresión cariñosa. El psiquiatra le pidió que cerrara los ojos durante un minuto y se imaginara un mojón. Pasados los sesenta segundos el experto le preguntó si le había gustado lo que había visto.

No… es horrible.

Al llegar a su casa le dijo a su marido que no le iba a aceptar más nunca esa palabra y utilizó la vieja fórmula:

En esta casa, eso no se dice.

Pero, ¿por qué?

Cierra los ojos un minuto y piensa en esa cosa.

El marido lo hizo y estaba a punto de quedarse dormido cuando le preguntaron:

-¿Qué viste?

Se quedó pensativo y respondió con sinceridad:

A ti.

En las aventuras de Don Quijote el término mojón aparece en forma de alabanza cuando Sancho Panza acierta con la procedencia de un vino y comenta:

Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?

Bravo mojón! -respondió el escudero del caballero del Bosque-. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.

A continuación, Sancho explica el origen de su sabiduría y sensibilidad:

No hay de qué maravillarse, pues tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció La Mancha.

Este ejemplo de excelencia es una variante de la primera acepción del diccionario, la referida a cualquier señal que sirva para marcar un límite o indicar direcciones. La Real Academia también define al “mojonero” como un “hombre que afora”, es decir, que determina la cantidad y el valor de los géneros.

Si acudimos a un diccionario más amplio, como el expansivo Wiktionary, encontramos otra acepción que debería llenarnos de orgullo patrio, pues parece ser que Venezuela es el único país donde el término alcanza su dimensión más mitológica, más cercana a Hermes.

Mojonero: Mentiroso, embustero, que dice mentiras por costumbre.

Ámbito: Venezuela.

Uso: coloquial, malsonante.

Aparte del adjetivo “malsonante”, tan injusto como relativo, nótese que el mojonero miente por costumbre, no por necesidad ni por sacar provecho, sino por el puro placer de hacerlo, lo que lo coloca en el podio de los fabuladores. “Embustero”, según Corominas, proviene de un francés arcaico, empousteur, y todo escritor es en esencia un impostor. Así llegamos a la esencia del mojonero auténtico: ser escritor sin que nadie advierta que está escribiendo.

Curiosamente, en mi familia el primo más mojonero es el hijo mayor de mi tío Luis Pietri. Luis Gerónimo ha sido fundamental en mi desarrollo como escritor. Sin saberlo, sin proponérselo, ha sido mi profesor vitalicio sobre el maravilloso arte de fabular. Él me ha enseñado, con generosos y abundantes ejemplos, dos claves fundamentales para capturar a la audiencia: abundancia de detalles y una emoción genuina.

Cuando Luis Gerónimo empieza a adentrarse en una de sus fantasías, sus ojos adquieren un brillo estimulante y se le aceleran las pulsaciones. No va directo al grano, pues el grano no existe; lo relevante es hacer posible lo imposible, real lo irreal, verdadero lo que quizás habría podido ser. Y siempre termino enganchado, recordando y rumiando por años sus insólitas historias.

El ejemplo más evidente es uno de los cuentos que más he disfrutado escribiendo. Se titula “Mercurio” y trata sobre la visita de Freddie Mercury a Caracas. Luis Gerónimo fue su guardaespaldas, junto a un Disip, durante una noche completa a través de areperas, bares en Catia, bailes y un aria cantada en la calle desierta de un fantástico amanecer caraqueño.

La primera vez que publiqué ese cuento le di a Luis Gerónimo su merecido rol de protagonista. Al leerlo se enojó mucho porque lo había puesto a hacer un rol de celestino. Hice una segunda versión en la que yo aparecía como el guía de Mercury. Mi primo volvió a quejarse, esta vez por haberle robado su papel de testigo principal.

Es ahora, mientras escribo este ensayo, cuando caigo en cuenta de que la versión romana de Hermes es Mercurio, y celebro la suerte que tuve al usar su nombre como título para el cuento. Tanto Hermes como Mercurio son nuestros guías, los dioses de las fronteras, de los perímetros, de las conexiones y mensajes, de los viajeros que transitan por los caminos, incluyendo las almas que van al inframundo. Mi primo Luis Gerónimo, en su historia real o inventada, fue el Mercurio de Mercury durante una noche en Caracas.

Termino recordando un cuento sobre un campesino español que rezaba en voz tan alta que el cura del pueblo alcanzó a escuchar su oración:

San José, San José, mándame un camión lleno de mierda.

Alarmado, el cura le reclamó:

-¿Hijo mío, que pretendes hacer con semejante milagro?

Padre, boto la mierda y me quedo con el camión.

Digamos que en esta jornada hemos botado el camión y nos hemos quedado con la mierda, la cual es también un regalo de los dioses.

Lecturas recomendadas:

Ya hemos citado en el ensayo varias lecturas. Incluyo el fragmento que más me impresionó.

Sin novedad en el frente, Erich Maria Remarque.

Para el soldado, su estómago y su digestión son un campo mucho más familiar que para cualquier otro hombre. Las tres cuartas partes de su léxico provienen de aquí, y la expresión de su alegría, al igual que la de su más colérica indignación, encuentran en estas palabras su fuerza descriptiva. Es imposible, de otra forma, expresarse más clara y rotundamente.

Nuestras familias y nuestros profesores se escandalizarán cuando volvamos, pero aquí es el idioma universal.

El templo de estos procesos son las letrinas. En las barracas alemanas han construido un edificio sólido y bien cubierto donde se sientan los soldados en líneas de a veinte, hombro contra hombro en sesiones colectivas.

Pero esto lo dejamos a los pichones, quienes todavía no han aprendido a gozar de las cosas. Nosotros conocemos algo mejor. Hay unas cajas individuales que sirven para el mismo propósito, cuadradas, limpias, hechas de madera bien acabadas, con un asiento cómodo e irreprochable. De los lados penden unas asas que nos permiten transportarlas. Ponemos tres de ellas en círculo y tomamos asiento confortablemente. La cosa resulta una verdadera delicia. No me explico por qué antes cerrábamos tímidamente los ojos frente a este asunto, tan natural como comer o beber, que ahora juegan en nuestras vidas un papel esencial. Son nuestros rincones preferidos para charlar, los sustitutos de las tertulias del café. Nos sentimos mejor aquí que en cualquier «water-closet» de lujo con baldosas blancas. Aquello tan sólo será más higiénico. Aquí se está magníficamente. Son horas de una maravillosa inconsciencia. Sobre nuestras cabezas el cielo azul. A nuestro alrededor el prado florido. Los tiernos tallos de la hierba ondean levemente. Algunas mariposas vienen hacia nosotros con su vuelo vacilante y planean con sus alas blancas en el aire, suave y tibio, del verano agonizante. Leemos cartas y periódicos. Fumamos. Nos sacamos los cascos y los dejamos en el suelo cerca de nosotros. La brisa juega con nuestros cabellos, con nuestras palabras y pensamientos.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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