En la aldea
09 diciembre 2022

Del muñeco sembrado al muñeco inflado

Una visión en primera persona sobre lo que ha significado el uso de símbolos en los tiempos de revolución. El manejo de la imagen, desde un cargo público, que busca anclarse de muchas maneas en el imaginario colectivo para trascender como referente atemporal de una realidad que ha ido ocupando todos los espacios de la vida nacional, para recordarle a los venezolanos que llevan muchos años en el poder.

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Sonia Chocrón | 21 julio 2022

Lo último fue el muñeco gemelo de Hugo. Como en las películas en las que el actor principal tiene su doble para las escenas difíciles. Por supuesto me refiero al muñeco sembrado en el Cuartel de la Montaña en aquellas horas inciertas luego del anuncio de la muerte del presidente Chávez. Esa réplica que ahora sabemos que enterraron en marzo del año 2013 y que era una figura de tamaño real que ocupaba el lugar del verdadero cadáver del presidente que para entonces, según se ha sabido después, ya tenía tres meses de muerto. Ya era polvo cósmico. Ese fue el último Hugo. El sembrado.

Pero hubo otros antes. Al muñeco del Cuartel de la Montaña le antecedieron otros que en vida fueron la deificación del comandante -como las figuritas de los santos, los ángeles, la virgen- o como los muy pìtiyankis héroes de los comics creados sobre todo por los norteamericanos. No era nuestro primer muñeco a imagen y semejanza de un presidente de la república venezolana: También en el pasado fueron inmortalizados en muñecos la ex Miss Universo y excandidata presidencial Irene Sáez y el ex presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Podría decirse, que entre Irene y CAP, contradictoriamente, se resumía todo lo que Hugo satanizó para llegar a Miraflores.

A principios de la primera década del siglo, más concretamente en el año 2005, apareció el Chavecito, el primer émulo de Hugo. Su primera efigie sagrada. El “Chavecito” medía algo como 50 centímetros de altura y venía en dos presentaciones: con el traje de campaña militar y la emblemática boina roja; y con la chaqueta del mismo color que solía vestir usualmente el mandatario en mítines o en su programa radiotelevisado “Aló, presidente”. Con una sonrisa que recordaba vagamente al Ken, -el eterno galán de la muñeca Barbie-, el “Chavecito” tenía algunos de los rasgos más característicos del presidente: piel morena, cabellera negra, nariz aguileña y la sempiterna verruga en su frente (una vez un vendedor de juguetería me contó que todos quienes buscaban al muñeco, volaban a corroborar que sí tuviera la verruga). Tenía, sin embargo, un cuerpo atlético que no se compadecía con la realidad del hombre común, y mucho menos después con el Chávez de los últimos días.

Además, tenía también un pequeño botón en la espalda, -y en eso le aventajaba al legendario G.I. Joe-, que, al presionarlo, se escuchaba una frase en la que Chávez prometía cumplirle las esperanzas de los venezolanos: “Yo llegué aquí para hacer todo lo humanamente posible para ser útil al pueblo venezolano en su sueño, en su esperanza y en su empeño de ser libres e iguales”, decía de viva voz el mensaje del juguete. Por supuesto, el “Chavecito” hablaba porque estaba operado por baterías que por razones obvias no fueron de aquellas que “duran y duran y duran”. Venía en una caja de cartón con los colores de la bandera venezolana y con dibujos de monedas, en cuya cara aparecía la efigie del líder de la “revolución bolivariana”.

El «Chavecito» era, en suma, una mezcla de superhéroe con G.I. Joe (soldado anónimo norteamericano fabricado por Hasbro; primer «soldado movible» con 21 puntos de articulación, inspirado en los soldados de la Segunda Guerra Mundial. La línea estaba dedicada a un personaje llamado G.I. Joe, héroe de la gran conflagración contra la Alemania nazi, representando al soldado de infantería, el infante de marina (marine), al marinero, y al piloto de la fuerza aérea), dice Wikipedia. El muñeco “Chavecito” incluso llegó a ser noticia resaltada hasta en la BBC.

“Es parte de la lucha cultural contra esos superhéroes yanquis que nos metieron hasta los huesos”, dijo Chávez en su momento. Nada tenía de novedosa la fascinación: todos los niños han jugado alguna vez con la violencia de soldados, de armas, ametralladoras, rifles plásticos o imaginarios, espadas de guerreros, floretes del futuro, luminosos y letales, y pare usted de contar. Así que “Chavecito” era también otra reverencia al militar, a la violencia y a sus muertos. 

Luego, y ya en las postrimerías del presidente, vimos en la pantalla de VTV a otro muñeco de Chávez, uno del 2011, de escala mayor a la humana -Hugo oversized– y hecho de goma espuma o fieltro, que en nada se parecía al militar de la única batalla, ni al figurín del “Chavecito” con uniforme de camuflaje, ni al soldado arrojado del ‘por ahora’. Aquel tenía más bien el estilo de los personajes de dibujos animados que pasean por los parques de Disney para que los niños se echen fotos: era un gigantón blando, mimoso y tierno.

Apareció en un programa de noticias/entrevistas de la televisión oficial, VTV. Eran los años de su enfermedad. Y recuerdo que al facsímil del Canal Ocho se le cayeron en cámara los pantalones mientras Hugo Rafael, en directo vía telefónica, con la chispa de la que era capaz (sí que lo era), se mofó en vivo de ese doble suyo que perdía las calzas, “A Chávez no se le pueden caer los pantalones” (SIC) y rápidamente, en el estudio de cartón piedra de Venezolana de Televisión, los anclas se apresuraron a remendar el percance y que no se le vieran las canillitas peludas y los calzones rojos al hombre que llevaba el disfraz del tierno Hugo.

De aquellos muñecos para santificar, endiosar, agrandar, mitificar, popularizar, incluso para mimar, aterrizamos en otra realidad más desoladora. Y topamos -de entre todos los muñecos posibles: el muñeco de torta, el de madera, del peluche, el de piñata- con el más liviano de todos, el inflable. El muñeco inflable.

Saltamos de la deificación de un “mito” hecho polichinela, con su “Patria o muerte, venceremos” y nos aventamos de bruces a un 5 de julio con un muñeco enorme inflable, es decir, un muñeco relleno de aire, gigante como un mamotreto, cateto como la torpeza misma, caricaturesco como un pasquín, con sus iniciales como un golpe por el pecho: S.B. Un gigante de hule, un globo, un tobogán de piñata.

No. S.B. no son las iniciales de Simón Bolívar. Ese delirio ya es parte del pasado de 23 años de sorna. Este es el Súperbigote, el presidente de la República Bolivariana. El heredero de Hugo. ¿A quién se le ocurrió la idea?, ¿cuánto le pagaron al genio de la propaganda? Que el superhéroe que ahora nos define lleve las iniciales de Súperbigote, resaltando apenas un conuco de pelos y no algún talento, alguna habilidad como todo superhéroe que se precie, es de una vacuidad que apuñala; (hablo de los superhéroes instantáneos, solitarios, esos que ya existen a través de su atributo previo. Ni siquiera me refiero al superhéroe que se hace héroe a punta de vencer aventuras, como El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld).

Transitamos a duras penas desde el muñeco sembrado al muñeco inflado. Vamos en caída libre hasta en la Autopista más emblemática de la capital: del Cacique histórico al bodrio de los resortes. ¿Cuánta burla somos capaces de llevar al lomo?, ¿cuánto es suficiente?, ¿dónde duele tanto mal gusto? Tanta épica, tanta revolución, tanta epopeya, Hugo Rafael. Tanta grandilocuencia. Tanto himno. Tanto balcón del pueblo. Vítores.

Y mira tú: te estorbaban los Batman, los Spider-Man, los Superman, y ahora tenemos al Súperbigote. (Pero, ¿acaso hay hoy otro representante que pudiéramos tener en el Olimpo venezolano de las grandes hazañas?). ¿Quién queda?, ¿qué queda?

Todo es de hule y aire.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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