En la aldea
15 junio 2024

Venezuela se está arreglando

El Estado venezolano actual, con sus instituciones depauperadas y su gobierno «socialista», desprecia la verdad y en su lugar fabrica una realidad alterna. De un tiempo a esta parte se escucha un sonsonete: «Venezuela se arregló» o «Venezuela se está arreglando». Detrás de esa especie de eslogan, 71 niños han muerto por disfunción nefrológica desde 2017 hasta el presente, una mortandad que en cualquier otro país con los recursos que ha tenido Venezuela hubiese sido absolutamente minimizada. Nicolás Maduro y su tren ejecutivo son directamente responsables.

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Sebastián de la Nuez | 19 agosto 2022

Las alocuciones del presidente Nicolás Maduro son una cosa, y la tragedia de la población venezolana de a pie, que se renueva y profundiza cada día, otra bien distinta. Es una lástima que la Emergencia Humanitaria Compleja no concite la atención que hace un par de años concitaba a nivel internacional. Hay otras prioridades, por lo visto. Por ejemplo, los medios en España, un país zarandeado entre la pandemia, el desgaste inusitado del gobierno de Pedro Sánchez, la guerra en Ucrania y, últimamente, la evidencia ominosa del cambio climático que ha hecho de este verano algo infernal, no se ocupan de Venezuela como antes. Los noticiarios de TV le han dado la espalda, sus noticias ya son, según parece, un puro ritornello que no mantiene audiencia. El país es mencionado cuando voceros del ultraderechista partido Vox o la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, utilizan la muletilla «gobierno bolivariano» como arma arrojadiza contra los de Unidas Podemos o al referirse al equipo ministerial del PSOE. De ese modo se confirma la banal deriva de la política española: esos voceros que insultan con ligereza ignoran que no hay nada bolivariano en el gobierno venezolano, no al menos en el sentido en que el chavismo originario quiso darle. No. El gobierno de Maduro es el gobierno de Maduro, no es ningún gobierno bolivariano.

El chavismo es chavismo, sin adornos ni camuflajes; pero a estos derechistas españoles les suena más insultante lo de bolivariano.

Según el gobierno chavista de Nicolás Maduro, ahora resulta que Venezuela se arregló. Sin embargo, hay datos fehacientes que hablan de otra cosa; más bien, indican que la Venezuela destruida no se puede remendar con palabras. Esa Venezuela arruinada penetró en los hogares, carcomiéndolos por dentro. Existen cifras plenamente vigentes sobre violencia doméstica, hablan de un crecimiento en los últimos años. La violencia doméstica se ha disparado porque las familias más pobres, que constituyen 93% de los hogares, no tienen qué comer y eso produce arranques de furia y desesperación en el seno de los hogares donde suelen pagar los más débiles, los menores.

“¿Habrá, en todo caso, un discurso que convenza en el exterior, existen las palabras necesarias para describir y comprender qué es lo que ha pasado en Venezuela y porqué es imposible que ahora se haya arreglado, de la noche a la mañana?”

Venezuela no puede ser otra porque quienes la llevaron a la Emergencia Humanitaria Compleja siguen allí, en el poder, y para explicar esto en el exterior hace falta paciencia y discurso estructurado. No es fácil. Lo que le ha sucedido a Venezuela ha sorprendido a todos, empezando por aquellos que se han visto forzados a emigrar. ¿Habrá, en todo caso, un discurso que convenza en el exterior, existen las palabras necesarias para describir y comprender qué es lo que ha pasado en Venezuela y porqué es imposible que ahora se haya arreglado, de la noche a la mañana? Hasta hace unos años era imposible imaginarse que un país con la renta que ha tenido Venezuela, una nación calificada por todos los organismos internacionales como «rica» (entre 2009 y 2014 pudo haber recibido una renta cercana a los 700 mil millones de dólares) llegara a la situación en que se encuentra desde hace unos diez años.

«Venezuela se arregló» pero ahí va su migración en busca de la sobrevivencia, ahí están el infierno de la selva del Darién, el cruce del río Grande, la gente cruzando a pie las fronteras cargando con el familiar enfermo porque en el país no se consigue su tratamiento o no es accesible. Al principio migraron personas que, de alguna manera, planificaron su salida; luego estalló una ola que ni planificó ni miró atrás. Una ola o más bien un tsunami que migraba desesperadamente por hambre, por desesperanza y por miedo. Como dice Gloria Perdomo -doctora en Ciencias Sociales y docente- al explicar la diáspora en una conferencia en Madrid, «el éxodo venezolano tiene que ver con el hambre; no inseguridad alimentaria ni ningún tecnicismo: hambre pura y dura. Hambre de todos los días unida al empobrecimiento y a la imposibilidad de vivir con un salario».

Otro elemento ha sido el colapso de los servicios públicos: al zuliano, por ejemplo, el gobierno chavista de Nicolás Maduro le ha hecho la vida prácticamente intolerable. Hay poblaciones del país que más nunca volvieron a tener gas doméstico; sitios donde no hay agua y tampoco cloacas; las fallas de la electricidad en todo el territorio (aunque menos en Caracas) forman parte igualmente de la Venezuela que se ha arreglado.

Por otra parte, la violencia callejera. Ha sido y es un país tomado por las bandas delictivas organizadas, que de manera sorprendente tienen la capacidad de expandirse por todo el territorio y, al desarrollar su modelo de expansión, han democratizado la extorsión, el robo y el crimen. Sin embargo, al constituirse como autoridad en densas poblaciones del país, la mortalidad por homicidios amainó a pesar de la ausencia de un Estado que pudiera controlar ese flagelo. ¿Por qué? Por lo visto, al ejercer el control absoluto sobre la gente y sus bienes, no necesitaban recurrir al asesinato o al menos no como hasta entonces lo habían necesitado. Pero esto también coincidió con las OLP, esos operativos derivados de la consideración de la delincuencia como un asunto militar. El gobierno de la Venezuela que se ha arreglado instauró, así, una modalidad: enfrentar el crimen con más crimen. La represión letal para combatir un problema social, la delincuencia se consideró un asunto que merecía una respuesta bélica: o sea, se instauró una política explícita de ejecución extrajudicial.

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La Venezuela que se arregló o que está en vías de arreglarse, siempre según el diseño propagandístico, es generosa al desplegar su abanico de opciones para morirse antes de tiempo. La especialidad de la casa puede que apunte, dolorosamente, al target infantil. La precariedad de los servicios asistenciales, el abandono de la infraestructura, el cierre de áreas vitales o su deterioro hasta extremos inverosímiles y la cancelación o renuncia a convenios internacionales: todo ello teje el abanico de opciones. Los niños son acogidos (si este puede ser el término apropiado) en hospitales donde no hay recursos ni agua ni medicamentos ni enfermeras. Llega un niño enfermo y le pueden decir al padre o a la madre o al representante «traiga el suero, si no, no lo podemos atender». Existe de facto una privatización de los hospitales públicos, de modo que la criatura que sobrevive es aquella que tiene al papá o a la mamá que se mueve y logra conseguir el suero o el antibiótico. Hay menores que mueren porque sencillamente requieren una bombona de oxígeno y no la hay. Ocurren muertes relacionadas con el deterioro de la calidad de vida: por ejemplo, han fallecido niños porque explotan las bombonas de gas que surten a su hogar, algo que puede ocurrir en cualquier parte pues a fin de cuentas se trata de un accidente, ¿no? Pues no, no en las magnitudes en que se han producido en Venezuela estas explosiones después de que el Estado renunció a suministrar e instalar las bombonas de gas y dejó la tarea en manos de grupos comunitarios para que lo hicieran a su buen saber y entender, sin información técnica ni control de calidad.

Otra manera de morir durante la infancia en Venezuela es ser parte de una familia en cuyo seno el problema del hambre sea tan acucioso que genere estallidos internos. Son casos -muchos y documentados- de menores que fallecen por tratos crueles a manos de sus mayores, cuando estos explotan anímicamente debido a la situación padecida… en la Venezuela que se arregló. Hubo un episodio de violencia extrema con una niña que encontró un pedazo de queso en la nevera de su casa y se lo comió. En 2020 murieron siete niños o adolescentes por la acción violenta de un padrastro; cuatro por la acción de una madre; tres por la acción de un padre y dos casos por la acción violenta de otro familiar.

“Venezuela no puede ser otra porque quienes la llevaron a la Emergencia Humanitaria Compleja siguen allí, en el poder, y para explicar esto en el exterior hace falta paciencia y discurso estructurado. No es fácil”

En 2021 este tipo de casos lo continuó registrando la Redhnna, la red local de voluntarios y profesionales que se ocupa de los Derechos Humanos en niños y adolescentes: de enero a junio, según la última estadística recabada, murieron por violencia doméstica 33 niños o adolescentes. ¿Ya Venezuela se había arreglado en 2021? Si no, ya debía de haberse empezado a arreglar.

Del lado oficial no ha habido respuesta ante esos casos. Tampoco estadísticas. Ni declaraciones ni monsergas ni golpes en el pecho; solo silencio y omisión.

Se acaba de morir una niña en el Servicio de Nefrología, la número 71 que muere a la espera de un trasplante renal en el periodo que va desde 2017 hasta junio de 2022. Setenta y un almas inocentes que hubiesen podido prolongar sus vidas si hubiesen nacido en un país cuyo Estado mantiene los servicios médicos fundamentales para proteger a la población más vulnerable. El Estado madurista no es de esos.

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En los centros de acogida o atención, los que llevan las organizaciones que están amenazadas por una ley que quiere imitar a Nicaragua, los voluntarios y los que trabajan en derechos humanos asisten al deterioro de la mujer embarazada y en la que da lactancia materna. «La vulnerabilidad de la población que nosotros atendemos no tiene parangón», me dice Katherine Martínez, directora de Prepara Familia. «La Emergencia Humanitaria Compleja sigue porque el sistema de protección establecido en la Lopna no funciona, los niños y niñas acuden a los sitios de atención pero no hallan respuesta. Las madres suelen acostar a los niños muy tarde para que se levanten a las doce o algo así, para que no haya que darles desayuno, eliminando así una comida».

La mayor parte de las madres venezolanas en la Venezuela que se arregló no puede proporcionar a sus hijos las tres comidas fundamentales al día. Las jóvenes embarazadas no cuentan con ningún tipo de apoyo. La embarazada no puede dejar de trabajar. Los hogares de cuidado diario prácticamente no existen ni hay un sistema de apoyo a la familia. La emigración ha afectado el entorno familiar. En Prepara Familia reciben niños con riesgo de desnutrición o desnutrición crónica: gente de los Valles del Tuy, de Guarenas-Guatire, pero también de los barrios de Caracas, de cualquier zona. Muchas abuelas se han quedado cuidando a sus nietos porque los padres de esos niños se han marchado a otros países para tratar de establecerse primero, antes de mandarlos a buscar. Esas abuelas, esos niños, quedan completamente a la intemperie; las abuelas o abuelos no necesariamente tienen fuerzas para cuidar de ellos. Reciben, en el mejor de los casos, cuando se suman los bonos que da el Gobierno -que no es el caso común, además-, unos 8 dólares.

“Al principio migraron personas que, de alguna manera, planificaron su salida; luego estalló una ola que ni planificó ni miró atrás. Una ola o más bien un tsunami que migraba desesperadamente por hambre, por desesperanza y por miedo”

Los niños que llegan a los hospitales por enfermedad crónica (síndrome nefrótico, cáncer, enfermedad neurológica, etc.) lo tienen peor porque en el hospital público al que asistan no habrá equipo de imagenología ni laboratorio ni suministro de agua con regularidad. Esto último es especialmente grave: muchos hospitales en Venezuela no tienen planta eléctrica propia ni tanques suficientes como para garantizar el suministro de agua constante. Eso es dramático en un país donde hay continuas fallas de electricidad.

Adicionalmente, en los últimos dos años se ha desplazado la atención al Covid y se han dejado a un lado las patologías crónicas. En el J.M. de los Ríos, el principal hospital infantil de Caracas (en la zona de San Bernardino), la buena noticia es que hay dos plantas eléctricas, al menos, para el área de triaje y emergencia; pero cuando se va la luz, la parte de hospitalización queda a oscuras. Lo de las plantas para emergencia se vino a resolver en 2019, antes no había garantía de que los equipos que deben permanecer conectados -pues de ellos depende la vida de un niño enfermo- podían funcionar constantemente. Unicef, entre otras organizaciones internacionales, se ha ocupado de llevar plantas a los hospitales del país y también tanques de agua. Desde mediados de 2019 se instaló la llamada «arquitectura humanitaria» por parte de estos organismos internacionales. Sin eso, no habría hoy grupos de profesionales que dan apoyo humanitario a través de algún socio o aliado local, como es el caso de Prepara Familia.

Pero incluso eso, ahora, está amenazado por lo que se traen entre manos en la Asamblea chavista.

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En los hospitales, sean de niños o de adultos, durante las noches no suelen haber enfermeras porque escasean y no hay quien haga el turno nocturno; el salario no les da para vivir y se han ido desplazando hacia otros oficios. Ahora cuidan abuelitos o venden tortas. Pero en los últimos tiempos, en la Venezuela que se arregló, están mejor que antes: hubo un incremento de su salario en el mes de marzo que las puso a ganar nada menos que entre 15 y 20 dólares mensuales. De modo que una enfermera en el J.M. de los Ríos gana eso, y con los bonos que le regala generosamente el Gobierno puede llegar a 25 o 30 dólares.

Los médicos ya es otra cosa. Ganan más. Andan sobre los 40, incluso pueden montarse en 50 o 60 dólares mensuales, dependiendo de los años de servicio, de sus maestrías o posgrados: más o menos por ese orden.

Los niños del servicio de hematología esperan por un trasplante de médula ósea. Hasta diciembre del año pasado se llevaba una cuenta de 35 niños fallecidos, desde 2019 hasta diciembre de 2021. Niños que se hubieran podido salvar de habérseles practicado el trasplante. Tampoco en este caso el gobierno madurista ha dicho esta boca es mía, sino que más bien parece ocupado e indignado con un avión varado en Buenos Aires y que, al parecer, estaba dedicado al transporte de armas. Esa sí es una preocupación.

En la actualidad hay 25 niños en aquel servicio, a la espera de un trasplante. No se pueden hacer en el país; había un convenio entre PDVSA y hospitales italianos, pero la deuda gubernamental con esos entes italianos sobrepasa los doce millones de euros y al parecer el convenio se detuvo.

En la Urbanización El Paraíso se ha abierto una unidad de trasplante de riñón, se ha realizado algún que otro trasplante de vivo a vivo; pero eso es todo, tal vez apenas fue algo como para publicitar en televisión o darle mayor consistencia a la Venezuela que se arregló, pero lo cierto es que los niños en Nefrología siguen a la espera, y mientras esperan, mueren. Las unidades de diálisis en todo el país se han cerrado o funcionan a medias. Esas unidades necesitan agua para hacer su trabajo. A eso se añade la carencia de insumos, la disminución del personal. No hay, por ejemplo, suficientes hemoterapistas. Todos los niños en el servicio de transfusiones sufren de hepatitis C porque no existe en Venezuela el reactivo para evitar esa contaminación.

Quienes trabajan al amparo de alguna organización internacional han visto, al correr del tiempo, cómo los niños se deterioran inexorablemente esperando por una oportunidad que el gobierno venezolano no les da porque es ajeno a la crisis sanitaria; o, si es consciente de ella, le da igual.

El gobierno venezolano actual, el que cacarea lo de la Venezuela arreglada, no sabe quién es Niurka Camacho y, aunque lo sepa, será indiferente a su dramática belleza y a su temple de venezolana gloriosa a quien el destino le negó el país que se merecía. El gobierno venezolano no sabrá calibrarla pero algún día habrá un pequeño monolito en algún jardín dedicado a Niurka Camacho.

No hay boletines epidemiológicos en Venezuela. Las últimas cifras oficiales datan de 2015. Para el gobierno de Nicolás Maduro los términos «mortalidad infantil» y/o «mortalidad materna» están proscritos.

Todo esto hay que denunciarlo. Todo esto hay que darlo a conocer en Europa y en otras partes del mundo: vocearlo, mostrarlo, repetirlo hasta la saciedad. ¿Hay alguna política de comunicaciones por parte de las oposiciones en este sentido o están dedicadas, antes bien, a caerse a dentelladas? Hay que asistir a congresos, universidades e instituciones políticas para explicar todo con documentos y cifras y testimonios. El mundo debería estar tan atento a esta situación descrita aquí como lo está acerca de la guerra en Ucrania o ante el cambio climático. No hay ninguna Venezuela que se haya arreglado. Hay un Estado criminal que se perpetúa.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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