En la aldea
23 junio 2024

El pequeño gran detalle

El reto de la oposición y su narrativa. La comprensión de lo que de verdad está pasando en el país es tan importante como saberse responsables de sus propios hechos y omisiones. El autor, en una mirada cercana a la diáspora venezolana en Alemania y lo que podría aportar a los dirigentes opositores, porque “los científicos políticos venezolanos, en particular los más jóvenes, tienen muy escasos interlocutores entre sus coetáneos en el liderazgo político opositor”. Y agrega: “Hacen falta más conexiones de neuronas en la corteza que adrenalina en la sangre”.

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Francisco Suniaga | 31 agosto 2022

La estadía en Berlín, bajo la sombra protectora del Instituto Iberoamericano (Ibero-Amerikanisches Institut – IAI) ha sido una gran oportunidad para entrar en contacto con un segmento muy interesante de la diáspora venezolana, los científicos sociales (doctores o tesistas de doctorado) en el campo de las ciencias políticas. Han sido varios los que por aquí han pasado, o simplemente trabajan en universidades e instituciones dedicadas a la investigación en Alemania y otros países europeos. Tienen un rasgo común, son bastante jóvenes. Algunos son académicos-investigadores que han hecho de Venezuela su objeto de trabajo y producen sobre ella mucha información que podría ser de gran utilidad para los actores políticos venezolanos. La pregunta es si efectivamente eso ocurre y si se puede tener idea de su medida.

La brecha entre los productores de conocimiento científico en política y quienes se baten en la arena donde se practica -con cada vez mayor rudeza y menor misericordia- ha existido de siempre en las sociedades democráticas. Quizás ahora, con las democracias occidentales bajo asedio de tendencias autoritarias internas y externas, esa distancia sea mayor. Hay en el presente en todas ellas grupos o sectores que deciden racionalmente, en el sentido político, no solo ignorar sino además denostar el conocimiento científico, el que sea. Suelen ser, al mismo tiempo, los actores menos sujetos a control por los principios y pautas de la conducta democrática que, como es sabido, deben ser voluntarios o autoimpuestos, de lo contrario son ineficaces. Basta ver los casos de Donald Trump o de Marine Le Pen para graficar este aserto.

“Hay una producción de conocimiento científico político venezolano de gran calidad, empírico, pertinente, fundamental incluso, para hurgar en la naturaleza de los problemas que padece el país y facilitar sus soluciones”

En el caso de Venezuela esa brecha ahora es mucho más ancha que en el resto del planeta, y su profundidad es abismal. La razón primera es que la condición del régimen político -una dictadura modelo siglo XIX y XXI al mismo tiempo, lo primero por primitiva y bárbara, y lo segundo, por su alto grado de eficiencia en el control y represión de la sociedad- hace que todo sea mucho más complicado. Sin embargo, en la patria, más allá de esa condición general, hay un factor que incide de manera determinante para que el flujo comunicacional e informativo entre los científicos sociales y actores políticos sea casi inexistente: la distancia entre unos y otros en materia de manejo de información y conocimiento de la política. Por esa razón, los científicos políticos venezolanos, en particular los más jóvenes, tienen muy escasos interlocutores entre sus coetáneos en el liderazgo político opositor, el ámbito del conocimiento compartido, si existe, es muy pequeño.

Para ilustrar con un ejemplo, a finales de julio, en el programa “Kicosis”, un precandidato presidencial joven, que de ordinario deja muy buenas impresiones en la gente, de uno de los partidos más importantes de la oposición venezolana, acudió a una entrevista televisada. Kiko Bautista, el periodista a cargo del programa, le hizo una pregunta relacionada con su posición en el debate sobre la diversidad sexual. El político respondió que en Venezuela no había espacio para la xenofobia. El periodista entendió que había sido un lapsus linguae y llamó su atención, “homofobia”, le apuntó. El precandidato presidencial reconoció su error y dijo, “Ah, sí perdón, homofobia… la xenofobia se refiere a las mujeres”. Un fallo tremendo, lamentable, sobre un tema que no requiere un conocimiento especializado de la política, simple cultura general.

Cual el abate Sieyés, en tiempos de la Revolución Francesa, cualquier actor político venezolano podría afirmar que lo importante es sobrevivir a la “revolución”. El tiempo para formarse vendría después, está claro que no es la prioridad. Se iniciaría así un auténtico círculo perverso, entre saber y sobrevivir. En términos generales, el conocimiento político de las últimas generaciones de dirigentes venezolanos, aun de aquellos egresados universitarios, proviene de la praxis y de una experiencia relativamente corta, aunque nadie duda que haya sido intensa y peligrosa. Y así, con la intuición natural como tal vez único instrumento de navegación, se arrojan al barrizal de la política criolla y tratan de abrirse camino. Lo que ocurre con la intuición -que hay que tenerla, y bien afilada por lo demás- es que se queda corta cuando hacen falta más conexiones de neuronas en la corteza que adrenalina en la sangre. Vale decir, esos momentos históricos cuando se produce el famoso cortocircuito entre cerebro y los testículos identificado por Teodoro Petkoff, hace décadas.

“En términos generales, el conocimiento político de las últimas generaciones de dirigentes venezolanos, aun de aquellos egresados universitarios, proviene de la praxis y de una experiencia relativamente corta, aunque nadie duda que haya sido intensa y peligrosa”

Cierto que una parte del conocimiento científico social puede resultar exótico o exquisito, y para nada funcional en los sabanales áridos y selvas húmedas del trópico. Incluso es válido considerar que algunos debates académicos pueden ser ciertamente irrelevantes para Venezuela. Aquellos argumentos que los propios académicos llaman “hairsplitting” (en los que las premisas que pretenden contraponerse equivalen a cortar un cabello a lo largo) y en la patria los problemas son tan gruesos que no haría falta ese nivel de análisis. Hay que añadir también que algunos científicos sociales abusan de la arrogancia de los sabios. Pero, por encima de esas barreras, también es verdad que hay una producción de conocimiento científico político venezolano de gran calidad, empírico, pertinente, fundamental incluso, para hurgar en la naturaleza de los problemas que padece el país y facilitar sus soluciones. Un político de esta época, en especial el joven, no puede prescindir de ese conocimiento. Sería como un médico que renuncia a un tomógrafo para diagnosticar solo con su ojo clínico y experiencia.

El sistema político de los Estados Unidos es, como casi siempre, una referencia obligada y por demás pedagógica. La Cámara de Representantes del Congreso instalado en 2019, el actual, tiene los siguientes niveles de educación: 94% son egresados universitarios, y 72% son postgraduados en instituciones de primera línea. Vale decir, cuando se sientan con sus contrapartes universitarias y académicas generadores de conocimiento científico, comparten con ellos una enorme cantidad de información, sin desdeñar el hecho de que muchos han sido interlocutores desde las aulas. Ese conocimiento compartido no solo evita ineficiencias en un nivel de toma de decisiones crucial en el sistema político, sino que además permite una construcción de políticas más sólidas y mejor concebidas.

Esto podría parecer una nimiedad en Venezuela, pero no lo es, de hecho, ya pagamos por ello un alto precio. Cuando Carlos Andrés Pérez presentó su programa económico al Congreso de la República en 1989, y, más importante, a las asambleas de Acción Democrática (AD), Miguel Rodríguez, Moisés Naím, Eglée Blanco, Ricardo Hausmann, Pedro Rosas, Gerber Torres y otros, no encontraban interlocutores. No tenían con quienes argumentar desde el campo de las ciencias porque la mayoría de los dirigentes adecos, incluyendo a algunos prominentes perecistas, no entendía el programa. No es de extrañar entonces que haya sido la propia AD, con Luis Alfaro Ucero a la cabeza y sus criterios populistas y demagógicos como guía práctica, quienes primero cayeron a peñonazos y reclamos populeros a las políticas de su propio partido. Esa victoria de la ignorancia sobre el conocimiento científico de la economía política nacional e internacional es el pequeño gran detalle por considerar entre las causas de esta tragedia que ahora vivimos.

Es fundamental fortalecer y aumentar el volumen del circuito entre investigadores publicistas y actores políticos (el clásico emisor-mensaje-receptor-retroalimentación), para mejorar la calidad de las decisiones políticas en Venezuela. ¿Cómo? Leyéndolos, en internet, reuniéndose, haciendo jornadas de discusión, invitándolos a sus congresos y a las reuniones de sus direcciones políticas y de cualquier otra manera de acceder al conocimiento, hasta los audiolibros sirven.

Les doy un dato: Recientemente, cuatro científicos sociales: Maryhen Jiménez, Stefanía Vitale, Juan Manuel Trak y Guillermo Tell Aveledo (tres de Venezuela), produjeron un enjundioso trabajo, “La oscilante (in)capacidad de la oposición venezolana en la disputa por el poder subnacional (2008-2022)”, publicado en la revista de ONPE, Perú, y su hipótesis es:

La evidencia empírica sugiere que no es la participación o abstención la que impacta en la (in)capacidad de la oposición venezolana, sino la descoordinación estratégica. La falta de coordinación, como demostraremos, ha sido un factor que ha incidido negativamente en la maximización de su potencial y, por lo tanto, ha impuesto un alto costo que se ha traducido en un pobre desempeño electoral a nivel subnacional”.

Eso lo sabemos todos intuitivamente, pero nada supera a las demostraciones empíricas de la ciencia. Por eso sería bueno que en el seno de las organizaciones de oposición lo leyeran, discutieran y tomaran en cuenta los hallazgos. Que entendieran que hay que aplicar el conocimiento científico y cambiar algunas conductas para tener un desempeño exitoso como nuevas generaciones políticas.

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