En la aldea
21 mayo 2024

¿Deben las protestas sociales ser más políticas?

Partiendo de que cualquier protesta que exija respeto a los derechos ciudadanos tiene un carácter político per se porque está exigiendo a las autoridades, las que manejan los recursos del Estado, y por ende de todos los ciudadanos, que cumplan con la ley. Como dice el autor, es una “verdad inobjetable”. Entonces, ¿por qué las exigencias ciudadanas no trascienden la frontera de la reivindicación laboral para protestar por la carencia de democracia y de Estado de Derecho?, ¿los bajos salarios y el incumplimiento de los acuerdos laborales es acaso un problema nuevo? El punto de inflexión debe estar en el mañana, no solo en el hoy.

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Alejandro Armas | 05 septiembre 2022

Palabras más, palabras menos, se ha vuelto un lugar común decir que en Venezuela la “nada” es cotidiana, como en el título de la novela de Zoé Valdés (quien no en balde escribió pensando en la Cuba castrista, inspiración para el chavismo). Así se alude al hecho de que la sociedad se resignó a vivir bajo un statu quo arbitrario y opresor. Esa es solo una verdad a medias. Porque si bien la protesta política se ha vuelto una rareza, el reclamo por razones socioeconómicas es casi diario. Las manifestaciones por apagones, falta de agua, falta de gas, etc. nunca desaparecieron. Tampoco las que demandan sueldos dignos. Pero acaso ni una en años recientes ha cautivado tanto la atención nacional como las del gremio docente, por el pago de un bono vacacional, entre otros derechos incumplidos.

Mucho se ha comentado al respecto, casi siempre en respaldo a los manifestantes, vistos como evidencia de que la sociedad no ha claudicado. ¿Qué pueden hacer para aumentar la probabilidad de que su reclamo sea atendido a plenitud?, ¿deberían trascender la frontera de la reivindicación laboral para protestar por la carencia de democracia y de Estado de Derecho?, ¿deberían los dirigentes de la oposición venezolana involucrarse? Esas son algunas de las cuestiones más discutidas. Varias de ellas pudieran sintetizarse en otra gran pregunta: ¿Deben unas protestas esencialmente sociales articularse con la política disidente del régimen?

He visto varias objeciones a tal posibilidad, casi todas por parte de la corriente en la opinión pública despreciativa o hasta hostil al liderazgo opositor coaligado en la Plataforma Unitaria, por considerarlo muy “radical” (aunque también, en curiosa coincidencia, hay posturas similares por parte de quienes tildan a ese liderazgo de muy moderado, al punto de que su resultante impotencia sería una mancha para la protesta de los docentes). Disiento de esas objeciones. A continuación las enumeraré, explicando por qué a mi juicio están erradas.

“La creencia de que manifestaciones de ese tipo representan el ‘futuro político’ de Venezuela no tiene asidero, a menos que el futuro que se tiene en mente sea uno de más abusos”

La primera de ellas sostiene que se desdibujaría el sentido de la protesta y reduciría así su efectividad al aumentar el número de exigencias. Sin duda, cabe esperar que si las manifestaciones pidieran cambios más estructurales, la resistencia de la elite chavista aumentará, pues esta no querrá hacer concesiones que afecten significativamente su hegemonía y privilegios asociados. Pero también es un hecho que sin cambios más sistemáticos, las victorias coyunturales, como el pago del bono vacacional que los profesores exigían, estarán en entredicho permanente. Y así, por ejemplo, se les hizo el pago pero los vicios perdurables del tipo de economía que el chavismo favorece redujeron su valor rápidamente, con la devaluación del bolívar por el aumento del gasto público. Y más allá de eso, si los educadores tuvieron que tomar las calles por un atropello presupuestario de esa gravedad, es precisamente por la falta de Estado de Derecho, cuyas consecuencias debilitantes se extienden a todos los demás derechos laborales.

Además, si las protestas adquirieran un elemento político, eso no tiene por qué implicar que estén en el foco. El mensaje puede ser un recordatorio de lo descrito en el párrafo anterior, sin convertirse en un llamado a “sacar a Maduro” de inmediato. Y una vez que se logren los objetivos laborales puntuales, el recordatorio acaso sea motivación para otras movilizaciones.

La segunda objeción dicta que ampliar las exigencias conllevará la represión de las protestas y la persecución de los participantes. Pero resulta que las manifestaciones ocurren en un contexto en el que ya hay represión y persecución, y no precisamente de miembros de los grandes partidos opositores. En meses recientes, varios activistas sindicales fueron arrestados por los organismos de “seguridad” del Estado, presentados en tribunales adictos a la elite gobernante, procesados de manera característicamente opaca y puestos tras las rejas. Los riesgos están ahí, sin que se les busque. No hay protesta segura bajo un gobierno no democrático ni republicano.

En tercer lugar, tenemos el argumento de que naturalmente la articulación con la política tendría que involucrar a los dirigentes de los partidos políticos, hoy desprestigiados y afectados por una crisis de representatividad. Se piensa además que los políticos, con su sed de atención, les quitarán el protagonismo a los manifestantes de la sociedad civil. Pero precisamente porque su imagen está tan golpeada, puede que su capacidad para robar cámara no sea como se teme. Acompañar no es lo mismo que suplantar. En cuanto al posible rechazo que pudieran encontrarse al tratar de aproximarse a las protestas, pues si no intentan al menos revertir el desdén, peor para ellos. Y para lograr tal cosa hay que establecer vínculos comunicacionales. Bastante se les ha criticado a los políticos opositores no estar conectados con las carencias de la gente. ¿Tiene sentido entonces que cuando la gente exprese sus necesidades, esos mismos políticos brillen por su ausencia?

Por último, una objeción conceptual: “Sin ir más allá, las protestas ya son políticas, porque el reclamo de sueldos dignos cuestiona el reparto de recursos públicos”. Esta es una verdad inobjetable. Pero entonces cabe preguntarse si es el tipo de política que el país necesita. Porque, aunque sea política, una protesta que se limite a exigir los elementos necesarios para una calidad de vida material decente deja por fuera varias de las mayores urgencias de Venezuela. Asuntos como los Derechos Humanos, así como derechos civiles y políticos. Claro, no es que los docentes, ni ningún otro gremio, tengan el deber exclusivo de hacer exigencias de esa índole. Eso más bien le corresponde a la sociedad civil en su totalidad, que debería decir “presente” en una manifestación con tales características.

Recapitulando, los educadores tienen un mérito inmenso por salir a la calle a reclamar sus derechos. Pero lo que han logrado hasta ahora no representa una concesión que le quite el sueño a la elite gobernante. Ergo, la creencia de que manifestaciones de ese tipo representan el “futuro político” de Venezuela no tiene asidero, a menos que el futuro que se tiene en mente sea uno de más abusos. Para que las protestas sean un verdadero punto de inflexión, tendrían que ampliar sus objetivos, y tener una participación ciudadana igualmente mucho más amplia y, sí, contar con la presencia de algún liderazgo político, sea el que ya existe o uno alternativo. De lo contrario, solo figurarán en la bibliografía más especializada sobre historia nacional, y no en los textos de educación básica que recogen los momentos más trascendentales.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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