En la aldea
09 diciembre 2022

Carlos Blanco, escritor, articulista, profesor, y autor de la novela “Gran marcha hacia el abismo”.

Carlos Blanco: “El presidente es un prisionero del mito que lo rodea”

Para el exministro, analista político y actual investigador en Boston University, la tragedia venezolana es que el presidente puede hacer nombramientos o administrar un pequeño tajo presupuestario “pero todo lo demás lo hace una inmensa máquina de decisiones contradictorias donde el presidente es un árbitro, a veces, y la mayor parte del tiempo un observador impotente del juego del poder del cual él es un actor más”. En su novela “Gran marcha hacia el abismo”, Blanco utiliza la ficción para desnudar la tragedia “de una revolución que desarrolló su más íntima vocación: el crimen”.

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Elizabeth Fuentes | 14 septiembre 2022

Carlos Blanco ha creado un nuevo género literario, “la populesca”, como define el escritor Juan Claudio Lechín a la novela Gran marcha hacia el abismo donde el populismo del siglo XXI finalmente ha sido ficcionado desnudando toda su tragedia y con sus más pintorescos personajes en los roles protagónicos: desde el asaltante de bancos devenido en ministro hasta el periodista que extorsiona e intercambia información por dinero contante y sonante. No queda títere con cabeza en la novela, esa nueva forma que ha encontrado Carlos Blanco (analista político por años, exministro en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, experto en manejo de riesgos, etc., etc.), para amplificar su eterna defensa de la democracia armado esta vez con una historia de ficción cargada de excesivas verdades.

-¿Con la ficción puede decir más que con sus artículos, ponencias o seminarios políticos?

-Se ha hecho un tópico hablar de la potencia de la ficción, de tal manera que el tema no es nuevo. Lo que he experimentado, después de muchas décadas en el oficio de escribir para diarios y revistas dentro de Venezuela y algunas veces fuera, es que no es posible atrapar toda la realidad con la mirada del analista; en el fondo la realidad es inabarcable e inalcanzable, siempre cambia en nanosegundos aunque sea imperceptible en las dimensiones de la especie humana. La ilusión del pensamiento racional y científico es eso, una ilusión. Siempre hay otras formas de experimentar y conocer el mundo, siendo tal vez las más sublimes la poesía y la música. La cuestión se agrava en los tiempos que corren en el último medio siglo y, sobre todo, en lo que va de este, porque el tejido constitutivo de las naciones en la posguerra se ha disuelto para dar lugar a sociedades fractales, que se disuelven en unidades cada vez menores, similares y en conflicto entre sí. Esa fragmentación vuelve aún más inasible eso que llamamos la realidad y es allí donde creo que la ficción hace el trabajo imposible que es el de llenar los vacíos. Mi libro “Gran marcha hacia el abismo” es la imagen de una revolución que desarrolló su más íntima vocación: el crimen. Allí se habla de las bisagras del poder, de las sombras que pasan delante de los personajes en la escena, de sus miedos. Esa novela pretende llenar los hiatos de la realidad revolucionaria y posiblemente aspira a comunicarle sentido a su sinsentido radical.

“El dinero al comienzo lo viven como una necesidad para preservarse de los enemigos y prepararse para la contraofensiva; luego es un hábito para mantener una manera de vivir que les impida el regreso a sus barrios y estrecheces del origen”

Carlos Blanco

-¿Se va a dedicar más a escribir entonces? Habrá un segundo libro, debido al éxito de este…

-El oficio al que con más constancia me he dedicado en mi vida -ya larga- es el de la escritura. He escrito en la prensa desde muy joven, creo que desde mis 17 años. Durante décadas he sido articulista semanal de diarios venezolanos; a veces escribía tres o cuatro artículos a la semana y hoy me preguntó cómo y me digo: ¡qué audacia! He firmado con mi nombre y con otros prestados desde la imaginación. Ahora, en una etapa que podríamos llamar la pos madurez (¿hasta cuándo se puede madurar?), he realizado algo que me entusiasmó desde siempre, escribir una novela. Ahora trabajo en otra y tengo un par más en alguna zona del cerebro que afana en otro plano y por su cuenta. Por ahora he suspendido mis artículos semanales porque quiero repensar la política -que es mi tema- desde diferentes ángulos.

-En el libro no se salva nadie… retrata a personajes de un gobierno carcomido por la corrupción, la ignorancia o el oportunismo.

-No me erijo en juez sino que describo la lógica interna de los personajes que asumen la revolución como un proyecto y un destino. La revolución se hace en nombre de un bien que portan los iluminados, los jefes, los Chávez de este mundo. Ellos asumen el saber de cómo se redimen a los pobres y qué es lo que en el fondo estos necesitan aunque no lo sepan. En nombre de ese objetivo, lleno de ornamentos sobre “el hombre nuevo y la felicidad de los pueblos”, se han cometido crímenes incontables. Durante mucho tiempo se creyó -yo también- que las revoluciones se habían desviado de sus verdaderos propósitos y por eso habían cometido las fechorías conocidas; sin embargo, lo que se puede constatar es que no hay tal desviación; el salvacionismo revolucionario es criminal en su propia naturaleza y sacrifica todo principio a su victoria. Necesita vencer a costa de los seres humanos a los que dice querer redimir.

-Uno de los personajes centrales parece una copia de José Vicente Rangel… usted lo conoció muy bien, apoyó su candidatura presidencial años atrás… ¿Cuánta ficción le agregó?

-Sí, fui amigo de José Vicente. Después fue otro. Conversé muchas veces con amigos comunes, como Luis Miquilena, para detectar si José Vicente había sido así siempre, un cínico del mando, o se había vuelto así con el poder. La incógnita persiste. En mi novela inicialmente tomé como inspiración de un personaje -José Virgilio Pérez-Torreja- a varios de los periodistas de los noventa, especialistas en la denuncia a trancas y barrancas, de hechos delictivos ciertos e inciertos, fundados en pruebas o en chismes, igual daba. Sin embargo, ese personaje lo pensé como uno secundario pero, en el curso de la redacción, fue adquiriendo fuerza y vida propia. No es la descripción de José Vicente sino de un cuerpo que toma pedazos de varios otros cuerpos para convertirse en el personaje exitoso y abyecto que llega a ser en mi novela. Fue un personaje que se desarrolló por sus propios medios y fuerza en el proceso de escribir una cierta historia. Se parece a varios, aunque no es ninguno en particular.

“Robar no es robar sino acrecentar caudales para el proyecto; en su nombre el robo se ha multiplicado a niveles fabulosos sobre la base de un silogismo: la revolución necesita que sus propietarios estén bien y mientras mejor están, la revolución avanza”

Carlos Blanco

-¿Qué tanto daño le hace a un ser humano conseguir el poder y por qué luego se aferra a él asesinando o reprimiendo… ¿No le basta con hacerse millonario de golpe?

-El problema no es el poder, aunque siempre es peligroso, sino la ausencia de límites. La sociedades han inventado a lo largo de los siglos un sistema de reglas, normas, leyes y constituciones para limitar el poder; en las democracias funcionales el balance o equilibrio entre las ramas del poder público es esencial. El autoritarismo busca desmontar esos límites y así lo han hecho las dictaduras tradicionales en las cuales la fuerza militar destruye el equilibrio y se impone sobre las instituciones, aunque no siempre las destruya. En el caso de Venezuela -como en otros- el objetivo de la revolución lleva en sí mismo su noción del poder absoluto: todo lo que sirva para imponerla está moralmente justificado; todo lo que la impida, incluidas las instituciones no sometidas o las leyes organizadoras de la sociedad, deben ser demolidas. El poder (en realidad la mandarria) se explaya como tsunami, sin límites, salvo su propia conveniencia hasta su agotamiento. El poder también se agota de tanto reventar cabezas y de su propia ilusión. Uno de los componentes esenciales de esa ausencia de confines y del objetivo supremo revolucionario es que todos los recursos deben ser puestos a su servicio. Robar no es robar sino acrecentar caudales para el proyecto; en su nombre el robo se ha multiplicado a niveles fabulosos sobre la base de un silogismo: la revolución necesita que sus propietarios estén bien y mientras mejor están, la revolución avanza. En la etapa prerrevolucionaria con trajes de faena se asaltan bancos en acciones de comando; en la etapa revolucionaria se asalta el tesoro público desde el Estado, con trajes de marca y corbatas finas. El dinero al comienzo lo viven como una necesidad para preservarse de los enemigos y prepararse para la contraofensiva; luego es un hábito para mantener una manera de vivir que les impida el regreso a sus barrios y estrecheces del origen.

“La revolución se hace en nombre de un bien que portan los iluminados, los jefes, los Chávez de este mundo. Ellos asumen el saber de cómo se redimen a los pobres y qué es lo que en el fondo estos necesitan aunque no lo sepan”

Carlos Blanco

-Usted ha estado en funciones de poder. ¿Qué tanto le sirvió para escribir sobre sus entretelones?

-Mucho. Siempre recuerdo algo que le leí a Jean Baudrillard quien afirmaba que el secreto de los políticos es “saber que el poder no existe”. Es un inmenso simulacro de los que copan la escena; no tiene sustancia sino ritos; no se tiene sino que se ejerce por la persuasión o a martillo limpio. Entendí en esas funciones “de poder” que renunciar a los efectos especiales por obtener resultados macroeconómicos o conquistas institucionales es perder su sentido. Allí se disuelve. Eso lo viví y es una enseñanza que conservaré por los siglos de los siglos, es decir, por pocos años más.

-También ha dicho que la soledad del poder es absoluta… ¿Eso se aplica aún hoy en día?

-Miraflores de noche da miedo. El presidente solitario adentro; suele estar en su oficina en la revisión de papeles o en comunicación telefónica con algunos de sus colaboradores, con soldados soñolientos en las puertas del Palacio, ausentes de la importancia del personaje al que resguardan. Más aún, el presidente es un prisionero del mito que lo rodea, según el cual tiene la potestad de resolver cualquier asunto. ¡Falso! El presidente puede hacer nombramientos de unas 200 personas; puede administrar por su voluntad un pequeño tajo presupuestario; todo lo demás lo hace una inmensa máquina de decisiones contradictorias donde el presidente es un árbitro, a veces, y la mayor parte del tiempo un observador impotente del juego del poder del cual él es un actor más. Cuando hay algo sobre lo que efectivamente debe decidir lo tiene que hacer en solitario porque no es un decisor en estado puro sino un árbitro de opiniones e intereses encontrados. Cuando el gobernante comparte su competencia para decidir en el mínimo espacio que le queda, está perdido. El mejor momento de los gobernantes es cuando ganan las elecciones hasta que toman posesión del cargo, de allí en adelante, cuesta abajo en la rodada…

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