EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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“La invasión del pueblo del espíritu”, otra novela rara y entrañable de Juan Pablo Villalobos

Una particularidad tiene Juan Pablo Villalobos. Bueno, tiene muchas en realidad, pero una que destaca es que sus novelas parecen una larga broma, una broma que se prolonga a lo largo de páginas por las que desfilan personajes entrañables envueltos en situaciones extravagantes, estrafalarias. Pero son situaciones que resultan creíbles, que se perciben como posibles aunque tengan esos trazos de caricatura porque, como todos sabemos, eso es lo que hace el buen caricaturista: exagerar para reflejar mejor la esencia de lo que quiere mostrar.

Así es, por ejemplo, “No voy a pedirle a nadie que me crea”, esa magnífica y tragicómica novela con la que ganó el Premio Herralde en 2016, cuya lectura genera el flechazo inmediato con el estilo de este escritor mexicano que ha encontrado la fórmula para romper los moldes.

La invasión del pueblo del espíritu (Anagrama, 2020) es también un bicho raro. Villalobos se vale del recurso humorístico para hablar de la xenofobia en Barcelona -ciudad donde vive desde 2003-, configurando un mapa urbano y social reconocible pero sin utilizar las etiquetas de la vida cotidiana.

Así, habla de los problemas de los “aborígenes” con los “lejanorientales” y los “nororientales” que van ocupando espacios en la capital catalana a la que nunca llama por su nombre y que por esos días vive con preocupación el hecho de que “el mejor futbolista de la Tierra” padece una serie interminable de ataques gastrointestinales que minan su rendimiento en el principal equipo de la región.

“El narrador está hablando contigo, te lo recuerda en más de una ocasión, te pide que no busques nada por fuera de este libro donde está el presente de los personajes”

En las primeras líneas el narrador presenta el cuadro general: “Esta es la historia de Gastón y de su mejor amigo, Max; es, además, la historia de Gato, el perro de Gastón, y de Pol, el hijo de Max”. Y hace una precisión: es un narrador que solo puede revelarnos lo que pasa por la cabeza de Gastón y es a él a quien siempre seguiremos en sus idas y venidas por el barrio y en medio de cualquier circunstancia “como si flotáramos detrás de él y pudiéramos acceder a sus sentimientos, a sus sensaciones, al flujo de su pensamiento”.

El narrador está hablando contigo, te lo recuerda en más de una ocasión, te pide que no busques nada por fuera de este libro donde está el presente de los personajes, lo que viene y el pasado que nos ayudará a entender lo que haya que entender. Y te invita a seguir: “Demos la vuelta a la página: el futuro está ahí”.

Max tiene un restaurante en el que desde hace muchos años sirve comida de su tierra natal -en “las antiguas Colonias”- y se toma cerveza mirando el partido del fútbol de la semana. Pero lo acaba de perder: el dueño del local lo vendió sin avisar y ahora se le está venciendo el plazo para entregar el inmueble. Mientras el tiempo pasa, la decisión de Max es mantenerlo cerrado. Solo entran allí su amigo Gastón -un “conosureño”- y Gato, el perro. Gastón quiere ayudarlo, pero Max no se deja ni está interesado en que lo ayuden: Max ni siquiera se baña. Gato está enfermo y Gastón tendrá que tomar una decisión muy pronto.

Pol, el hijo de Max, no está. Es biólogo y se fue a la Tundra a trabajar con un laboratorio que investiga y hace experimentos supersecretos en la capa de hielo. Pero volverá, atormentado por una paranoia que se cruzará con otras del barrio: la de los “aborígenes” peninsulares que se sienten desplazados por los “lejanorientales” y los “nororientales” que se van apoderando del comercio en la zona y la de una cofradía en las sombras que habla de una inminente colonización extraterrestre.

“Nosotros apretamos a los lejanorientales -explica el Tucu-, organizamos la presión vecinal, los acorralamos, les hacemos la vida imposible”. Hay una guerra en puertas, pero Gastón solo piensa en cómo ayudar a Max y en la manera de que Gato termine sus días de la forma más apacible. ¿Todos en el barrio están locos? Un poco, la verdad. No todos, pero sí los suficientes como para que Gastón termine enredado en una situación disparatada pero que también tiene algo de amenazante y que resulta el motor para terminar contándonos una historia donde la amistad entre hombres, hecha de silencios, rudeza y sobreentendidos, es la verdadera protagonista.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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