En la aldea
18 mayo 2024

“Sabemos que pronto habrá vuelos directos de Caracas a Bogotá. Muchos comprensiblemente desean que vuelvan también los vuelos a Miami”.

Tenemos que hablar de nuestro aislamiento

“Este aislamiento, cuya concreción más notable es la ausencia de servicios consulares, es uno de los aspectos más costosos, y por ende más impopulares, de la presión internacional sobre el chavismo. ¿Cuán dispuesta está la gente a soportar las dificultades del aislamiento a cambio de mantener la presión?”.

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Alejandro Armas | 29 septiembre 2022

Venezuela no es una sociedad polarizada, por más que haya gente empeñada en decir lo contrario para responsabilizar igualmente al chavismo y a la oposición por la debacle nacional. No hay figuras políticas que polaricen a las masas… Excepto quizá por una que ni siquiera es venezolana. Me refiero al nuevo embajador de Colombia en Caracas, Armando Benedetti. Vaya que ha dado de qué hablar ese caballero, y vaya que desata pasiones. Para algunos, Benedetti representa un paso importantísimo en una impostergable reconexión de Venezuela con el resto de Occidente. Para otros, es la encarnación de un abordaje extranjero amoral de la crisis venezolana, que pretende desentenderse de los horrores políticos que sufren los venezolanos con tal de obtener beneficios económicos.

La realidad compleja y, si se quiere, dialéctica es que Benedetti es ambas cosas a la vez. Su designación desde Bogotá, luego de más de tres años de relaciones diplomáticas rotas, acentuó una discusión sobre el aislamiento internacional en el cual cayó Venezuela. Por desgracia, en vez de ser un debate desapasionado, más bien se ha manifestado como un intercambio de ofensas, reproches y recriminaciones entre dos sectores de la opinión pública interesados en estos menesteres. Lo cual es una pena,  porque ambos tienen algo de razón, por lo que no debería ser tan fácil desechar todo lo que el interlocutor diga y tildarlo de inepto o sabandija. Uno de esos sectores es el que insiste en el diálogo con Miraflores para solucionar los grandes problemas del país y se opone a la presión internacional sobre el Gobierno, por considerarla ineficaz y lesiva para ciudadanos inocentes. El otro más bien sostiene que es necesario seguir presionando al chavismo por todas las vías posibles hasta que acepte cuanto menos negociar en serio, y que los efectos colaterales de las sanciones son un mal necesario mientras tanto.

A continuación haré un intento por balancear las dos posturas. Obviemos el elemento de la huida masiva de líneas aéreas por deudas del Estado venezolano. Es harina de otro costal. Enfoquémonos en la pérdida de conexión internacional por problemas diplomáticos, que es aquello en lo que la política tiene mayor incidencia.

“¿Es posible mantener la presión y al mismo tiempo buscar alivio al daño colateral que afecta a ciudadanos inocentes?”

Lo primero que hay que decir es que este aislamiento, cuya concreción más notable es la ausencia de servicios consulares, es uno de los aspectos más costosos, y por ende más impopulares, de la presión internacional sobre el chavismo. Supone sacrificios inmensos y genera inquietudes perfectamente legítimas. Nadie quiere verse encerrado en un país tan asolado como Venezuela. Millones quieren viajar para solucionar problemas personales que acá no pueden. O para visitar a un ser querido que es parte de la gigantesca diáspora venezolana. O para integrarse a dicha diáspora. O simplemente para relajarse con los placeres del turismo.

La elite gobernante, que de tonta no tiene nada, lo entiende muy bien. De ahí que profundice el aislamiento como respuesta a la presión internacional, con miras a que el agotamiento de los ciudadanos comunes funja de contrapeso que ayude a eliminar tal presión. Es por eso que, apenas Estados Unidos y Colombia reconocieron a Juan Guaidó como “Presidente [encargado]” y se desató la mayor oleada de sanciones, Maduro ordenó romper relaciones con esos dos países. Adiós a las solicitudes de visas en Colinas de Valle Arriba y a los trámites consulares en Chacaíto. En un principio, la sociedad desestimó esas pérdidas, por la expectativa de que la oposición y sus aliados internacionales desplazarían rápidamente a Maduro y todo volvería a la normalidad. No ocurrió, pasaron los años y la gente se hartó de esperar.

Surge entonces un dilema. El cambio político es harto improbable sin presión internacional (aunque ella sola no baste). Pero cabe esperar que el chavismo solo facilite el fin de ese aislamiento a cambio del retiro de la presión. Para muestra el caso colombiano reciente. Las relaciones regulares se reanudaron tan pronto como Gustavo Petro sucedió a Iván Duque en la Casa de Nariño y la política colombiana hacia Venezuela pasó del respaldo firme a la “máxima presión” sobre el chavismo, a entenderse con él sin intervenir de ninguna manera en lo que ocurra dentro de nuestra nación.

Por lo tanto, el verdadero análisis que, insisto, se debería hacer desapasionadamente, es uno de costos y beneficios que aborde el dilema. ¿Cuán dispuesta está la gente a soportar las dificultades del aislamiento a cambio de mantener la presión?, ¿hasta qué punto vale la pena? Estas son preguntas para las que no hay respuestas fáciles, pero que igual se debe plantear.

También la búsqueda de alternativas salomónicas. ¿Es posible mantener la presión y al mismo tiempo buscar alivio al daño colateral que afecta a ciudadanos inocentes? Quizá. La experiencia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en años recientes puede brindar ejemplos. Se restableció cierta conectividad viajera, reabrieron las respectivas embajadas… Y al mismo tiempo siguieron las sanciones (el “bloqueo”). Seguramente un compromiso similar en Venezuela molestará tanto a la disidencia más intransigente como a la más genuflexa. Pero así es la política. Creo que la mayoría lo preferiría a la situación actual.

Por último, hay un factor que no he visto a nadie teniendo en cuenta en esta discusión. Parte del aislamiento se debe a la asociación del Estado venezolano con entes internacionales que las democracias del mundo consideran, digámoslo así, muy problemáticos. Recordemos nada más el caso del avión de Conviasa varado en Buenos Aires por petición de Washington, que lo asocia con una organización del gobierno iraní a la que tilda de terrorista. Este sí que es un problema gordo, porque es un entierro en el que los ciudadanos comunes no tenemos vela. A menos, claro, que nos esforcemos porque la élite gobernante cambie considerablemente, incluyendo aquel punto.

Los venezolanos que se identifican como opositores pero no desafían de ninguna manera real al Gobierno y son críticos acérrimos de la presión internacional deberían entender que vivir bajo un Estado paria suele conllevar la imposibilidad de viajar con las mismas facilidades que los ciudadanos de otros Estados. Es decir, nadie puede pretender que, mientras se haga poco o nada dentro de Venezuela para lograr un cambio político, Washington deponga todas sus inquietudes de seguridad para que los venezolanos puedan ir de compras en Lincoln Road y la Quinta Avenida sin escalas en Santo Domingo o Panamá. Lo digo como alguien que vive en Caracas y también está fastidiado de las dificultades para viajar al extranjero.

No me entusiasma para nada el gobierno de Petro en Colombia, pero si algo positivo le veo es que haya impulsado el debate sobre el aislamiento de Venezuela. Ya sabemos que pronto habrá vuelos directos de Caracas a Bogotá. Muchos comprensiblemente desean que vuelvan también los vuelos a Miami y la embajada norteamericana (es hora de aceptar que viajar a Estados Unidos es algo que a la mayoría de los venezolanos atrae y de superar las recriminaciones arielistas de “pitiyanquismo” que arrastramos desde Mario Briceño-Iragorry). Para que eso ocurra, tendría que haber un cambio en la aproximación de Washington a Venezuela. A su vez, para que tal cambio ocurra, tendría que haber deliberaciones a su favor en las riberas del Potomac.

Y por último, esas deliberaciones se verían facilitadas si hay un consenso entre venezolanos sobre cómo proceder. De ahí la urgencia de la presente discusión que, repito, me alegra que se esté dando, pero no de la manera ideal. Este artículo es un humilde intento por llevarlo por la dirección que creo correcta.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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