EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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¿Se puede cohabitar con quienes no se lo plantean?

Me dispongo escribir mi artículo quincenal para La Gran Aldea, y al momento de hacerlo, me sorprende una noticia de última hora: los narcosobrinos Flores son liberados a cambio de siete presos políticos norteamericano, entre los cuales, tenemos 5 ejecutivos de la filial petrolera estatal venezolana en Estados Unidos, Citgo. El canje que se produce es de culpables por inocentes, de criminales por profesionales del petróleo. Sorprende el indulto, nos interpela a pensar en las consecuencias y las estrategias de las que se vale un sistema que se sostiene en el crimen y por el crimen. Nos interesa destacar, cómo es esta otra estrategia, en el tablero de la dominación, que sostiene al régimen.

Cuántos fueron los negociadores que contrató el régimen para lograr quebrar la voluntad del coloso del norte, cambiar sujetos criminales condenados, por otros secuestrados. Me detengo en un segmento del hilo en Twitter del abogado y defensor de derechos humanos Alfredo Romero: “… Lo más grave es que el mensaje queda claro: el gobierno de Venezuela no tiene incentivo alguno para hacer cesar su estrategia represiva. El efecto de esta medida es directo y claro: tener presos políticos sí le funciona al poder en Venezuela. El ciclo se mantiene”.

La estrategia represiva es exitosa en la medida que está anclada en una lógica de dominación mayor que se alimenta de la ausencia de límites; como en el caso del delincuente, no hay límites, no hay una razón para no hacer lo que se hace, o lo que se hace tiene una retribución o satisfacción mayor que su costo.

No habrá cese de la represión mientras no haya límites que restablezca el orden de lo justo y se separe de lo injusto. El sistema vive de lo anárquico, de lo anómalo, de modo que tiene que producirlo y favorecerlo, vivir el mal, la mentira, hacerlo proyecto para mantenerse dominando. Ha llegado el momento en el que la forma corresponde al fondo, el mal se vive y se muestra desde su naturaleza sin ocultar apariencia, ni historia.

“Nuestras comunidades están solas, huérfanas de liderazgo, diciendo todos los días de modo claro y constante: no queremos dádivas, luchamos por tener la opción de trabajar dignamente en un país en el que se destruyó toda posibilidad productiva”

En nuestro estudio del delincuente venezolano de origen popular, publicado bajo el título: “Y salimos a matar gente”, Alejandro Moreno interpreta esta ausencia de límites y el goce orgiástico del poder de la siguiente manera, el criminal “enfatiza la orgía como el goce del momento hasta el agotamiento. Y sin ningún límite de ningún tipo: ni límites morales, ni afectivos, ni relacionales, ni racionales, ni de previsión, ni de resistencia”. El mal es la orientación, no es un accidente, es la vida, y cuando ésta se maneja desde el poder se hace sin límites morales. El dominio se autonomiza y se expande en su naturaleza.

Los regímenes totalitarios se sostienen en la medida que desarman al otro, le dejan sin asidero, confundidos, en la nada absoluta, de manera que acuden al auxilio de quien le ha destruido y lo piensan como sujeto capaz de reaccionar bajo la noción del bien y la justicia. Hablo de las élites económicas, sociales o políticas, piensan que la cohabitación es una opción de bajo costo, olvidan juicios tan universales como los de Núremberg: “… todas las declaraciones en el tribunal de Núremberg insistían en una de las características mayores del crimen contra la Humanidad: el hecho de que el poder del Estado fuera puesto al servicio de una política y de unas prácticas criminales”, Stéphane Courtois.

Esta última afirmación la he venido sosteniendo a lo largo de los últimos artículos, la fusión entre el partido y el Estado es uno de los eslabones esenciales de los regímenes totalitarios. No es accidental, es proyecto. Es inadmisible leer en un comunicado de un partido demócrata la siguiente afirmación contenida en el punto 5: “Denunciamos la falta de compromiso de Nicolás Maduro por la negociación real, que prioriza sus intereses personales y familiares sobre los del país, y apostamos a que se reinicie cuanto antes el proceso de México…”.

¿Puede pedírsele compromiso a un “jefe de gobierno” que antepone el crimen al bien común? No solo antepone a la familia y los intereses personales, el hecho del indulto pone en escena una estructura mayor, ¿quién negoció la salida o canje de estos señores ya condenados por narcotráfico? El lenguaje pusilánime del comunicado del partido no ayuda a la caracterización del sistema, esconde su esencia, no se trata de “falta de compromiso”, sino que el compromiso es con otros sujetos, se está comprometido con la revolución y el crimen se cruza en esa frontera.

Los invito a tener presente la base en la que se afirma este sistema. No son gobierno, no gestionan bienestar, son revolucionarios y usan la fuerza para imponerse, en el Plan de la Patria (ley constitucional) 2019-2025, lo dicen claramente: “No somos el ejercicio de una gestión de gobierno. Somos un proceso revolucionario. En ello la transformación del Estado… no es simplemente un problema de “gestión”. Es la reconfiguración popular del Estado, haciendo del gobierno de calle, en sus distintas escalas sistémicas, un proceso constituyente para edificar el nuevo Estado popular, comunal, soberano”.

Para el sistema es claro que la cohabitación debilita la revolución, no puede haber convivencia, de este modo lo dice Maduro en las “conclusiones de la Plenaria Nacional Extraordinaria del PSUV: “… no es tiempo de cohabitación ni de convivencia con la burguesía y contra la revolución…”.

Los sistemas totalitarios están claros: no pueden coexistir, cohabitar, convivir con otro distinto a él. Si se está en el poder y mandan, someten. “No es tiempo de cohabitación…” es una afirmación temeraria, pone en escena la eliminación del otro. Si no puedo convivir contigo, si te rechazo en la convivencia, ¿qué hago?, ¿te elimino? Si el que domina no solo no cree en la cohabitación, sino que la sabotea, ¿cómo es posible, tan solo pensarla del lado de los que están fuera del grupo que manda?, ¿es posible pensar que puede haber una economía de progreso y garantía con un sistema que busca eliminar al contrario?

Tres temas urgentes se nos vienen encima: ¿Se puede cohabitar con quienes no se lo plantean?, ¿se puede pedir compromiso con la democracia a un sistema que debe jugar fuera de ella para permanecer en el poder?, ¿puede haber libertad económica en un régimen que niega la propiedad privada?

El artículo 57 de la Ley de Ciudades Comunales resume, en pocas palabras, cuanto he dicho: “El ejecutivo nacional deberá reglamentar y generar, con la participación de los consejos presidenciales del poder popular, un marco normativo y plan de transferencia de formas de propiedad y gestión, así como el plan estratégico para su implementación y corresponsabilidad, en el espíritu comunal y no de propiedad privada”. Están radicalizando el sistema para que no queden opciones, la cohabitación se la plantea a un segmento de la sociedad, pero los que mandan no están dispuestos a ceder ni un centímetro de su poder.

Mientras tanto, en el medio de las dos estructuras: élite y poder establecido, están las comunidades luchando contra un sistema que se les impone, y no encuentran en los grupos de oposición un poder que los contenga. Nuestras comunidades están solas, huérfanas de liderazgo, diciendo todos los días de modo claro y constante: no queremos dádivas, luchamos por tener la opción de trabajar dignamente en un país en el que se destruyó toda posibilidad productiva.

Necesaria la creatividad y el restablecimiento de liderazgos que puedan interpretar a fondo lo que está ocurriendo en este país. Nos vemos en quince días…

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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