En la aldea
09 diciembre 2022

La psicopatía como amenaza contra el equilibrio geopolítico mundial (I Parte)

Pensábamos que figuras como las de Hitler, Stalin o Mao eran cosas del pasado. Pero la gélida actuación de Putin en Ucrania coloca sobre la mesa -de nuevo- el tema de cómo estas mentes siniestras pueden poner en grave peligro a la humanidad, sobre todo ahora, cuando se dispone de un arsenal nuclear jamás visto. Empecemos por los adjetivos: no son locos, son psicópatas. Entonces, ¿qué podemos hacer para cerrarles el paso a estas personalidades que actúan con una ambición desmedida?

Lee y comparte
Gloria M. Bastidas | 07 noviembre 2022

El hecho de que líderes con rasgos psicopáticos se hallen a la cabeza de las grandes potencias se erige en una grave amenaza contra el equilibrio geopolítico mundial. Y contra la propia vida de los habitantes del orbe, que no es cualquier cosa. Hace poco, vimos el caso de Donald Trump, que fue incapaz de aceptar su derrota en las últimas elecciones presidenciales e instigó a sus seguidores a que tomaran salvajemente la sede del Capitolio. Tal arrebato ocurrió en un país del peso de Estados Unidos, que ejerce la primacía global y que, además, se distingue por su talante democrático. ¿Cómo Washington se dejó meter ese contrabando? Es decir, ¿cómo una personalidad como la de Trump logró colarse por las rendijas del statu quo y poner en vilo al establishment norteamericano?, ¿es Trump un loco o sabía lo que estaba haciendo?

La sangre fría con la que actúa Vladímir Putin en Ucrania me ha hecho pensar en el peligro que se cierne sobre el planeta por el ascenso al poder de estas figuras siniestras. Trump no llegó más lejos en su megalomanía porque el sistema en el que hace vida política activó sus defensas para echarlo en virtud de que el arqueo de votos no lo favorecía para continuar en la Casa Blanca. Simplemente, se hizo valer la soberanía popular. Hace poco, la comisión de la Cámara de Representantes que investiga la toma del Capitolio declaró que el equipo de Trump había diseñado de antemano todo un plan para desconocer la victoria de su contrincante, aunque este la obtuviese, como efectivamente ocurrió, en buena lid.

El argumento del fraude era una más de las triquiñuelas de Trump. La diferencia entre ese país que analizó Alexis de Tocqueville en su libro La democracia en América y la Rusia marcada por una profunda tradición autoritaria, descrita en buena medida por Simón Sebag Montefiore en su libro Los Románov, es lo que ha permitido que Trump haya salido de juego pese a sus berrinches y que Putin, en cambio, haya reformado la Constitución para mantenerse en el trono. El ex espía de la KGB gobierna un estado que estuvo regido durante tres siglos por una dinastía. Una dinastía que, tal como observa Sebag Montefiore, produjo dos colosales estadistas, Pedro el Grande y Catalina la Grande, pero que también estuvo impregnada de absolutismo y terror. El historiador británico lo pone en perspectiva:

“Rusia no es un país fácil de gobernar. Veinte monarcas de la dinastía Románov reinaron durante 304 años, desde 1613 hasta el derrocamiento de la monarquía zarista por la revolución de 1917. Los Románov fueron los constructores de imperios que tuvieron el éxito más espectacular desde los tiempos de los mongoles. Se calcula que el imperio ruso fue aumentando 142 kilómetros cuadrados al día, o lo que es lo mismo casi 52.000 kilómetros cuadrados al año, desde que los Románov ascendieron al trono en 1613. A finales del siglo XIX, dominaban una sexta parte de la superficie de la tierra; y seguían expandiéndose”.

El régimen de los zares fue suplantado por uno peor. El rojo fue el reinado del terror. Se suponía que la nueva era que se inauguraba tras la caída de la dinastía de los Románov sería diferente. Pero si antes se había paseado por el trono Iván el Terrible, que mató a su propio hijo, tiempo después surgiría Josef Stalin, a quien se le endosan elevadas cifras de muertes. El número más conservador lo colocó sobre la mesa el historiador ruso Viktor Zemskov. En una entrevista que le hicieron en 2001 para el diario español La Vanguardia, el investigador sostiene que en estricto apego a lo pautado por el artículo 58 del Código Penal, en el que se castigan la actividad contrarrevolucionaria y otros crímenes contra el Estado, entre 1921 y 1953 hubo alrededor de 1.400.000 muertes por represión política: 800.000 por fusilamiento y 600.000 que murieron estando detenidos.

La cautela estadística del investigador causó gran controversia. La maquinaria represora de la URSS es acusada de ir más allá. Mucho más allá. Un estudio que se compendió bajo el nombre de El libro negro del comunismo, elaborado por un grupo de académicos y publicado en 1997, sitúa la cifra de víctimas en 20 millones. Este número no se limita al segmento de carácter penal, sino que lo abarca todo: los genocidios, las hambrunas, las deportaciones y las muertes en los campos de concentración. A decir verdad, en un Estado totalitario todo, o casi todo, encaja en la etiqueta política. Sea como fuere, resulta indudable que la personalidad de Stalin estaba avasallada por una flagrante psicopatía. La cifra de Zemskov no atenúa, en absoluto, el lastre con el que carga el hombre de acero. Los números son una cosa y los adjetivos son otra: sigue siendo genocida.

II

En el discurso secreto que pronunció en ocasión del XX Congreso del Partido Comunista, celebrado en febrero de 1956, Nikita Jrushchov, quien pasó a manejar los hilos del poder tras la muerte de Stalin, se atrevió a ventilar los crímenes cometidos por su predecesor. La intervención de Jrushchov ya insinuaba el comienzo de una era menos cruel. Menos cruel, pero no por ello democrática. El mismo Jrushchov posteriormente fue objeto del típico aislamiento al que este tipo de regímenes condenan a sus líderes cuando ya resultan incómodos. Los verdaderos vientos de cambio los trajo una palabra que todavía resuena: perestroika (reestructuración). El vocablo asomó su nariz en 1987 en un pleno del Comité Central del Partido Comunista.

La perestroika se elevó como una gran esperanza para quienes habían padecido la larga noche comunista. El desmoronamiento de la URSS en 1991 se prestó para diversas conjeturas. O profecías. Hasta se habló del fin de la historia: Francis Fukuyama fue el profeta. Pero lo que comenzó como una gran ilusión se ha desvanecido frente a un Vladímir Putin que poco a poco ha ido mostrando sus garras. ¿Cómo escaló este hombre al poder?, ¿cómo hizo cumbre? Boris Yeltsin lo designó como Primer Ministro interino en agosto de 1999. Fue una jugada sorpresa. Yeltsin lo presentó también como su candidato para sustituirlo en el Kremlin. El mensaje del presidente ruso fue transmitido por todas las televisoras. La explicación que dio entonces la prensa sobre la selección del ex espía de la KGB como relevo de Yeltsin era que Putin garantizaba que ni el jerarca ni su familia serían tocados en un futuro juicio por corrupción.

“La perestroika se elevó como una gran esperanza para quienes habían padecido la larga noche comunista. (…) Pero lo que comenzó como una gran ilusión se ha desvanecido frente a un Vladímir Putin que poco a poco ha ido mostrando sus garras”

Putin extendía un salvoconducto a quien lo había ungido y quien lo había ungido alegaba que él era el hombre ideal para continuar con las reformas económicas que Rusia requería. En marzo del 2000 se celebraron las presidenciales. El delfín ganó la apuesta por el Kremlin. Y se convirtió en tiburón.

Putin se desempeñaba como director del Servicio Federal de Seguridad (SFS) cuando su padrino le levantó la mano. Del mundo del espionaje al mundo de la política, adonde había llegado de la mano de su antiguo profesor en la Universidad de Leningrado (hoy Universidad Estatal de San Petersburgo), Anatoly Sobchak, uno de los arquitectos de la perestroika y corredactor de la Constitución de la Rusia moderna. Putin estudió Derecho. Luego se enroló en la KGB. Estaba destacado en Dresde, Alemania, cuando cayó el Muro de Berlín. Esto supuso una experiencia traumática para él. Se hizo pasar por traductor cuando una turba llegó a la sede de la agencia. Le impactó tremendamente que su superior pidiera ayuda a Moscú y que Moscú no respondiera. Putin, su esposa y sus dos hijas partieron a Rusia en enero de 1990. Llevaban una lavadora como gran presea. Un ícono de modernidad.

III

Después de haber vivido una infancia marcada por la pobreza, la estadía en Alemania Oriental podía tomarse como un lujo. En Leningrado, sus padres apenas tuvieron acceso a un apartamento comunal que quedaba en el quinto piso de un edificio que carecía de ascensor y donde las ratas pasaron a ser uno de los juguetes del niño Vladímir. Él mismo cuenta en el libro de entrevista First person, publicado en el año 2000, cómo acorraló en una oportunidad a uno de esos animalillos. La vivienda debían compartirla con dos familias más. La habitación de los Putin medía 20 metros cuadrados. No había agua caliente. La cocina estaba ubicada en un largo pasillo oscuro. Su padre estuvo en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre pasó hambre. Sus dos hermanos mayores murieron. Uno a los meses de nacido. Y el otro de difteria al producirse el asedio a Leningrado. Una de sus maestras de primaria cuenta que en su casa no había besos.

En First person, Putin hace un comentario interesante sobre el oficio de su abuelo paterno, quien, según asegura él, llegó a estar muy cerca del poder, aunque desempeñando funciones de distinta índole a la suya: “Sé más de la familia de mi padre que de la de mi madre. El padre de mi padre nació en San Petersburgo y trabajaba como cocinero. Eran una familia muy corriente. Un cocinero, después de todo, es un cocinero. Pero aparentemente mi abuelo cocinaba bastante bien, porque después de la Primera Guerra Mundial le ofrecieron un trabajo en las afueras de Moscú, donde vivían Lenin y toda la familia Ulyanov. Cuando murió Lenin, mi abuelo fue trasladado a una de las dachas de Stalin. Trabajó allí mucho tiempo”.

Nada amedrentó a este aspirante a protagonista de novela de intriga. De la KGB recaló nuevamente en la Universidad de Leningrado con la idea de hacer su tesis doctoral. Allí surge la carta que sellará su destino: Anatoli Sobchak, que había sido designado en un cargo equivalente al de alcalde de Leningrado, necesitaba un ayudante. Putin se fue a trabajar con él en el ayuntamiento. En junio de 1991, Sobchak es electo por votación popular. En julio de ese año se produce el intento de golpe de Estado aupado por la vieja guardia comunista. Sobchak se opone a la conjura. Llama a sus seguidores a rechazar el manotazo. Putin se suma a su mentor.

“En un Estado totalitario todo, o casi todo, encaja en la etiqueta política”

En septiembre de 1991, Leningrado recupera su antiguo y sonoro nombre: San Petersburgo, como conocemos a la ciudad por vía de las obras de Mijaíl Dostoievski. Lo otro es parte de la cursilería comunista. Del enfermizo culto a la personalidad.

Superada esa injusticia semántica, y habiendo concluido su primer período en el ayuntamiento, Sobchak se vuelve a medir en las urnas en 1996. Pierde. Su reputación andaba por los suelos. Lo tachan de corrupto. Se habla de manejos oscuros en las finanzas bajo su administración. Le abren un juicio. Sobchak se escapa a París en un avión. Putin lo habría ayudado a huir. En julio de 1999 regresa a Rusia. Para entonces su pupilo Putin ya estaba al mando del Servicio Federal de Seguridad. Sobchak lo respalda para las elecciones previstas para marzo del 2000. En febrero de ese año muere de un infarto en Kaliningrado, adonde había viajado por encargo de Putin. ¿Infarto?

Un sabueso ruso, el abogado y periodista Arkady Vaksberg, trajo a colación un móvil compatible con la larga tradición del despotismo ruso: envenenamiento. La esposa del exalcalde, Lyudmila Narusova, por su parte, mandó a hacer una autopsia paralela cuyos resultados todavía no se han divulgado. Vaksberg hablaba con frecuencia con Sobchak cuando este estuvo exiliado en París. Tomaban café. Iban juntos a actividades culturales. Se visitaban. Vaksberg aseguraba que no veía ningún signo de enfermedad cardíaca en él y precisó que no se encontró rastro en los hospitales de París que diera cuenta de que había sido admitido ni operado en alguno de ellos. Según Vaksberg, avezado en la ciencia forense, el veneno que liquidó a Sobchak habría emanado cuando este -ávido lector- encendió la lámpara de noche. Putin, que destaca por su frialdad, lloró en las exequias de Sobchak.

¿Qué interés tendría en sacarlo del camino, si acaso tuvo alguno? Los detalles en la próxima entrega. Y también: ¿En qué nos basamos para afirmar que Putin sintoniza con el perfil de un psicópata?

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Contexto