En la aldea
09 diciembre 2022

MONOPOLY

“Los personajes del tablero son los mismos de siempre. Rara vez se turnan. (…) Apenas si en el panorama quedan los figurines de los extras necesarios: brujos, clérigos y hasta muertos resucitados para la ocasión de batirse y destronar al heredero. Y es que cuando se trata de ganar un feudo o un tesoro, todo vale. Hablo de las fichas, claro”.

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Sonia Chocrón | 10 noviembre 2022

Ahora cambiamos de juego. Sé bien que ya he escrito sobre dos reyes y dos laberintos inspirada, con todo respeto, en el breve relato del gran Jorge Luis Borges. Lo sé, sí: Hablar de reyes es repetido, anacrónico, pero no nos aburrimos. En todo caso, hoy voy a cruzar el puente con la mera imaginación para hojear un cuento que se me antoja llamar “Trust” porque así se llaman las asociaciones de empresas que, dentro de un mismo gremio, establecen acuerdos de propiedad, fijación de precios y no competencia entre sí mismos. El objetivo, en realidad, es formar un monopolio de mercado. Como el juego de monopolio le es tan cercano a todo mundo, el Trust me pareció ajustado como título y su resultado viene siendo el mismo.

Es cierto: Monopolio era el título de esta quinta pata pero me dio por cambiarlo a Trust por no dañar los tiernos recuerdos que le debemos todos a ese juego “Monopoly”, y para evitarme el malestar de escuchar en mi cabeza una voz del más allá que ante tanta propiedad valiosa, tanto edificio, tanto banco y trata prosperidad urbana, gritara “Exprópiese”, “Exprópiese”, Exprópiese”.

En realidad mucho me parece que el juego “Trust” es el que jugamos desde hace más de dos décadas sin darnos cuenta. Los personajes del tablero son los mismos de siempre. Rara vez se turnan. Algunos son hombres maduros, otros más o menos jóvenes, también se puede contabilizar alguna que otra fémina. Hay mujeres que viajan en lancha cual heroína de largas crines que emerge de las aguas sosteniendo las riendas de una vetusta chalana, y están también los más jóvenes aspirantes nescientes, que sin llegar a tocar jamás un libro, son designados como los ungidos para salvar al feudo (nuestro mundo); los hay repetidos, sobre todo porque aún no llega la hora del súper, súper Señor feudal de los superpoderes. Apenas si en el panorama quedan los figurines de los extras necesarios: brujos, clérigos y hasta muertos resucitados para la ocasión de batirse y destronar al heredero. Y es que cuando se trata de ganar un feudo o un tesoro, todo vale. Hablo de las fichas, claro.

“Habría que asegurar tener nobles testigos en todas las mesas electorales del reino (no como hasta ahora que solo hemos estado ‘blindados’ frente a la verdad)”

Unas están hechas de goma y se doblan con facilidad pero no se parten, otras son de plástico a secas, y de madera hueca otro tanto, y así van las fichas diferenciándose entre sí de acuerdo al material y el color.

Todas tienen un lema que repiten, los mismos. No han actualizado casi el juego excepto en el refranero popular. Desde hace al menos 20 años que los vasallos juegan al Trust en vivo y hasta se dividen en bandos: ¡si todos votamos ganamos!, ¡estamos blindados!, ¡venimos a luchar de frente!, ¡el pueblo unido jamás será vencido!, ‘el tiempo de Dios es perfecto’, ‘Patria, socialismo o muerte’, ‘freiremos cabezas en aceite hirviendo’, ‘cachorros del imperio enemigo’, y muchos más que es de lo poco que se han ido agregando al manual inicial de instrucciones y slogans.

Tanto siervos, campesinos, artesanos y vasallos en general se divierten con las chanzas de lado y lado, y así va pasando la vida, que casi nunca es juego y se vence, aunque nunca puedan en realidad usar unos dados sin amañar.

Pero insistimos en darle una nueva oportunidad al trustpolio, porque somos buenos, devotos, confiados y porque en el fondo, somos las fichas llanas, llenas de esperanza y vacía de preguntas, de dudas, de oportunidad, de observación y pensamiento libres. Pero si se pudieran cambiar algunas condiciones del juego, tal vez alguien que no pertenezca a ningún taifa, o algunos que quisieran un cambio más que el canje o el trueque, podríamos sustituir al rey heredero por un caballero de fiar.

Con el tablero desplegado se lanzan los dados sucesivamente. Cada aspirante con su ficha de color. Rojo, azul, amarillo, etc. Así van avanzando y retrocediendo sin moverse del mismo punto (esa es una singularidad que tiene este juego, entre tantas otras). Y así pasan años de lidia para llegar al trono. Mientas tanto el heredero se apertrecha de tratos, tretas, triquiñuelas, tropelías, trucos (Tra-tre-tri-tro-tru) para evitar ceder el puesto que por mandato del dios difunto y sembrado está destinado a ocupar.

Hubo un tiempo no lejano y emocionante, aunque objetivamente resultara confuso para los siervos, para los campesinos, la clerecía, para la alta y baja nobleza, porque a pesar de ser un solo reino, de pronto surgió un segundo auto reyezuelo desde una autopista, como por generación espontánea, como un acto de magia. Y hubo entonces partidarios -pocos- del rey heredado, y otros partidarios del rey que nunca reinó. Pero una cosa es cierta: no hay quien no sepa la parte del cuento que más ilusión le hizo a los súbditos: que el rey mozuelo, el cazón que alguna vez se aventó al mar para mostrar su arrojo (con bañador tipo bermuda) podía ser por fin el súper general que diera al traste con el usurpador que desde hacía tantos años había suplantado y acaparado todos los haberes, poderes y riquezas del Estado.

Pero en aquel momento, los pobladores no llegaban a imaginar el desconcierto que significarían más adelante todas las imposibilidades del reyezuelo, mucho menos el extravío de las arcas públicas de las que logró hacerse, la turbieza propia y la de sus caballeros, la inutilidad de sus ejércitos, sus estrategias, sus discursos, y la soledad de las hazañas que no ocurrieron jamás.

Nada nuevo, si a ver vamos, basta con recordar cuántas veces el pueblo llano ha transitado por esa esperanza inconclusa.

El caso es, como comentaba al principio, que el juego es repetido. Pero los vasallos lo siguen jugando a instancias de los demás aspirantes a poseer el feudo algún día, cuando otros destronen al rey heredero. Yo, que he vivido fascinada por las historias del Medioevo y sus intrigas (Ya no, ahora me las tomo como un cuento más), sugeriría modernizar el tablero y agregarle unos pocos actantes y oficios más para completar el juego.

Agregaría una santa oficina del censo donde poder hacer una depuración real al Registro Electoral, que sabemos tiene electores fantasmas que son apenas un número de cédula sin domicilio ni huella digital; habría que cambiar por ejemplo a los propios personajes del ente rector de las elecciones -que parecen más provenientes del juego de las sillas musicales que de cualquier otro juego, pues se sientan más que menos los mismos incluyendo hasta un opositor que ha sido garante de antiguos e infames fraudes.

Habría que procurar también una veeduría ajena que no fuera arte ni parte ni estuviera a la espera de unos dineros de pepiones o directamente presta a recibir golosas cuentas de maravedíes cristianos o maravedíes árabes. Habría que asegurar tener nobles testigos en todas las mesas electorales del reino (no como hasta ahora que solo hemos estado “blindados” frente a la verdad). Y, eso sin duda, pondría a un número de feudatarios incorruptibles a rastrear todos los socios del Trust que, camuflados, se las apañan para no hacerse sombra entre ellos mismos a la hora de arreglar sus fechorías.

Y, sobre todo, se tendría que cambiar el sistema misterioso de votación del que juran salen los votos tal cual los vasallos los han designado, porque es una herejía confiar ciegamente en lo que no ven tus ojos que para eso solo la fe en Dios. Y pensándolo bien, si fuera posible crear un juego de mesa con todas estas nuevas e imprescindibles variables, a lo mejor se desecharían por fin las reminiscencias del monopolio y el trustolio para trocarlas directamente por un juego que no fuera ni monopolio, ni sillas musicales, ni Trust, ni naipes, ni juego de damas, ni el juego del seco (el ajedrez), y de paso sin estas fichas de dudosa verdad.

Un juego legal. Cien por ciento legal. Y transparente. ¿Será posible?

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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