En la aldea
09 diciembre 2022

Rómulo Gallegos (1884-1969), “la vivienda de Gallegos en Madrid era el verdadero consulado venezolano (…) por donde pasaban las más variadas gentes marcadas por el exilio y las prisiones”.

Cuando Gallegos fue “Don Rómbalo”

Hace 74 años fue derrocado el gobierno que presidió Rómulo Gallegos, la primera y efímera experiencia democrática del siglo XX venezolano. Una década y media antes, durante su exilio en tiempos gomecistas, el autor de “Doña Bárbara” vivió en España y pasó los veranos de 1934 y 1935 en el pequeño pueblo marinero de Bueu. Buscaba el origen galaico de sus apellidos Gallegos Freire y un lugar apacible para entregarse a su pasión literaria. Y halló también un grupo literario, artístico y político preocupado igual de la suerte de la joven República española y del destino, que parecía inamovible, de Venezuela.

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Javier Conde | 24 noviembre 2022

“Si nos preguntamos sobre las razones que hacen coincidir a un grupo tan especial, creativo y talentoso en Bueu en ese momento histórico, habría que manejar ciertas dosis de casualidad y mesturarlas con el determinismo de una certeza: podía suceder y sucedió en Bueu”, me dice, mientras se recupera de una intervención quirúrgica, Xaime Toxo, presidente del Ateneo de Pontevedra, psicólogo, profesor y escritor, nacido en Bueu, donde forma parte del grupo de trabajo O mar por diante(El mar por delante).

El mismo mar de olas plateadas que Rómulo Gallegos atisbaba desde una casa que daba al arenal de la playa de Beluso mientras tecleaba y remataba Pobre Negro en aquel año de 1935, y estiraba las noches en conversas con un grupo de personajes -de la literatura y el arte, el periodismo y la política- insólito para aquel paraje aislado de los centros de poder, la cultura y el pensamiento.

Bueu está ubicado a una veintena de kilómetros de Pontevedra, en la península del Morrazo, llena de valles, montes y ensenadas que dividen las rías de Vigo y de Pontevedra. Era en aquel entonces, sigue Toxo, un pequeñísimo núcleo marinero que habitaban también campesinos afanados en pequeñas fincas, una modesta clase media de administrativos y mercantil y una burguesía conservera de origen catalán e italiano.

“En 1947, Rómulo Gallegos será electo por los votos como Presidente de la República. El 24 de noviembre del año siguiente sería derrocado, tras nueve meses de ejercicio del poder”

“Os venezolanos” (los venezolanos), como se les conoció, dejaron su huella entre aquellas gentes humildes, trabajadoras del mar y la tierra con quienes se topaban y compartían en sus paseos entre la playa de Beluso, que apenas disponía de un atraque para las rudimentarias embarcaciones, y el pueblo de Bueu a un kilómetro de distancia. Una hilera de viviendas une hoy ambas puntas -“solo queda una decena de casas de las de antes”, precisa Toxo- y Beluso está convertido en un atractivo balneario de veraneo integrado a un puerto deportivo.

A Don Rómulo y su esposa Teotiste Arocha, Doña Teo, los acompañaron Gonzalo Barrios, Nelson Himiob, Raúl García Arocha, Juan Oropesa, Ramón Irazábal y Enrique García Maldonado -aunque no todos juntos en aquel par de veranos, ni revueltos- como documenta el ensayista mexicano Andrés Iduarte en el breve volumen Con Rómulo Gallegos, publicado por Monte Ávila Editores en 1969.

La Casa de las Flores

Iduarte y Gallegos se conocieron a mediados o fines de 1933 en Madrid. El autor mexicano, que ya había vivido en París y al final de esa década se convertiría en profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Columbia, visitó al escritor venezolano en su apartamento de La Casa de las Flores, ícono urbanístico entre las calles de Hilarión Eslava y Gaztambide, con sus arcos elípticos en la parte baja y patios y balcones ajardinados en los que “por todas partes estallaban geranios”, como poetizó otro de sus ilustres moradores: Pablo Neruda, nombrado en 1934 cónsul de Chile en la capital española. 

La vivienda de Gallegos en Madrid era el verdadero consulado venezolano. El consulado “rebelde” por donde pasaban las más variadas gentes marcadas por el exilio y las prisiones. “Pocos países, dice Iduarte, han tenido, merced al despotismo de don Juan Vicente Gómez (el lector puede poner aquí el nombre que le apetezca, añado), un muestrario tan vasto como el que de esta manera ofrecía Venezuela en todas las ciudades de América y Europa”. 

Pero fue en las estancias de Bueu donde Gallegos e Iduarte estrecharon su amistad, que se prolongó hasta el final de los días del escritor venezolano en Caracas en 1969 y que incluyó un banquete homenaje en México en ocasión del 70 aniversario de Gallegos en el que este recordó que “nos acercamos la mutua intimidad, atormentada y adolorida, en la dulce Galicia pescadora y labradora de ría serena y frutosa huerta”.

En Bueu compartieron en los veranos del ‘34 y el ‘35 -este extendido hasta fines de año-una vida de “encanto rústico”, de baños en la playa, en los que Barrios y García Arocha destacaban en exhibiciones de natación; hacían expediciones a pie y paseos en barca de remos. Y finalizaban las jornadas con “una buena conversación nocturna con los pescadores y entre nosotros”. Entre los pescadores, Iduarte refiere el singular recuerdo de Jesús Regueira, un viejo lobo de mar que había visitado grandes puertos en Irlanda, Inglaterra, Noruega y Estados Unidos, cuyos nombres se le atropellaban en la lengua, padre de una familia numerosa y necesitada y quien llamó siempre a Gallegos como “Don Rómbalo”, sin ninguna clase de enmienda, como asienta Iduarte.

El Grupo de Bueu

Y en el “entre nosotros” de las conversas nocturnas, con el rumor cercano del oleaje, destacaba la presencia de Alberto Fernández Mezquita-el segundo apelativo derivado del nombre del pueblo ourensano donde nació. Dirigente sindical y periodista, Fernández Mezquita mantuvo una muy cercana amistad con Gallegos a partir de un encuentro casual en alguna de las muy concurridas tertulias madrileñas de los años ‘30 en el Ateneo capitalino o de la Granja El Henar, a las que el escritor venezolano asistía en contadas ocasiones, dado su carácter discreto, alejado de la figuración y el elogio que ya su obra merecía desde la publicación de Doña Bárbara en 1929.

Fernández Mezquita era un joven militante comunista del Partido de Unificación Obrera Marxista (POUM), de tendencia troskista, que tras el alzamiento militar del año 1936 en España que puso fin a la experiencia republicana y condujo a la guerra civil intentó huir por Portugal. Fue detenido y entregado a las autoridades franquistas. Gestiones diplomáticas de un cónsul uruguayo le salvaron la vida. La amistad con Gallegos y Barrios lo llevaron a Venezuela. Volvería al exilio en el golpe de 1948, del que ahora se cumplen 74 años, y con la democracia regresaría a Caracas, donde falleció en 1968, un año antes que Gallegos.

Hombre con carácter de líder, Fernández Mezquita habría sido quien arrastró a Gallegos hasta el arenal de Beluso en busca de sus raíces y para huir del bullicio madrileño, según el sindicalista e historiador vigués Lois Pérez Leira asentado en Buenos Aires. Aunque Toxo discrepa y apunta una casualidad más: que Gallegos se hubiera tropezado en esas  tertulias a las que poco frecuentaba con Federico Ribas Montenegro, uno de los ilustradores publicitarios y humorista gráfico más importantes de la época, de origen catalán aunque nacido en Vigo. Y quien conocía Bueu porque tenía casa en la aldea marinera. Alegre y galante, amigo de bailes y faladoiros (conversatoriosFederico Ribas ha vivido en París y Buenos Aires, tiene una compañera francesa, Georgina, que necesita recuperar su débil salud en la placidez de Bueu.

“Es él quien lleva a los sudamericanos allí” y también a Fernández Mezquita, insiste Toxo, que ha publicado sus pesquisas del rastro lejano de los venezolanos y sus amigos mexicanos y gallegos en las páginas de Os galos (Los gallos), una revista de la asociación de Amigos de las Embarcaciones Tradicionales Os Galos, que surgió en Bueu a principios de este siglo, dedicada a la difusión de la cultura marítima y fluvial.

Toxo y sus amigos de El mar por delante ubican a Gallegos en lo que denominan el Grupo de Bueu, en el que figura Ribas, el profesor y escritor Gonzalo Torrente Ballester, quien llega a Bueu desde su Ferrol natal con 20 años, porque su padre ha sido destinado allí como ayudante de marina; el periodista, poeta y político José Gómez de la Cueva, más conocido por su seudónimo de Johan Carballeira, y quien será acalde de Bueu en 1936 tras el triunfo electoral del Frente Popular; y el fotógrafo José Suárez, que anda moviéndose por el Morrazo en busca de locaciones para un documental sobre la vida y trabajo del mar y elegirá Bueu como punto central del proyecto.

Torrente Ballester, que obtendría en su dilatada vida literaria el Premio Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ambientó su trilogía Los gozos y las sombras, publicada a lo largo de la mitad del siglo pasado, en Pueblanueva del Conde en los años previos a la Guerra Civil, una imaginaria aldea de la costa gallega a la que regresa su protagonista, Carlos Deza, tras hacer el mismo recorrido que el autor había hecho dos décadas atrás para llegar a Bueu. Son los tiempos de la Segunda República española y proliferan las vanguardias artísticas, literarias y políticas y en ese recodo geográfico que es Bueu coincidieron estos hombres de varios mundos, que se trataron entre ellos o supieron de sus quehaceres y compartieron el anhelo común de la libertad y la democracia

El estallido de la guerra civil en el julio del ‘36 marcaría la vida de aquellos hombres: Fernández Mezquita pasó varios años en la cárcel antes de exiliarse en Venezuela; Ribas Montenegro se escondió por un tiempo y luego pudo salir hacia Montevideo y de ahí volver a Argentina; Carballeira permaneció en Bueu confiado en que los sublevados serían derrotados pero fue detenido en septiembre de ese año, juzgado y condenado a muerte. Tras pasar varios meses en la cárcel de la Isla de San Simón, en la ría de Vigo, fue fusilado en la mañana del 17 de abril de 1937.

Aunque seducidos por el paisaje de las rías gallegas y la dulzura de sus gentes, como relata Iduarte, los Gallegos, Don Rómulo y Doña Teo, dejaron Bueu a fines de diciembre de 1935. Andrés Iduarte había partido en septiembre y antes incluso de la mayoría de los integrantes del grupo de venezolanos. “Lo vi, recuerda el escritor mexicano, en uno de sus períodos de más concentración, embebido en su labor, a veces encantado, silencioso y mohíno cuando tenía que modificar sus planes”. 

Es imprecisa la fecha en que Gallegos se enteró de la muerte del dictador Gómez, si fue durante sus últimos días en Galicia o a principios de enero cuando ya estaba de regreso en Madrid. Lo cierto es que pronto entró en contacto con el gobierno de Eleazar López Contreras y apuró su vuelta a Venezuela. En febrero le dan despedida en el Hogar Americano de Madrid, y tras ir a Barcelona y volver a la capital española parte desde Santander hacia La Guaira.

En poco más de una década, en 1947, Rómulo Gallegos será electo por los votos como Presidente de la República. El 24 de noviembre del año siguiente sería derrocado, tras nueve meses de ejercicio del poder.

@jconde64

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