En la aldea
09 diciembre 2022

Érase una vez

“En España ‘82 ¡el favorito Brasil fue sorprendido por 3 goles de Paolo Rossi!, ¡la Alemania de Rummenigge eliminó a la Francia de Platini en penaltis luego de empatar 3 a 3! Ah, érase una vez, se jugaba al fútbol”. Para el Mundial de Qatar 2022 “desde el 2010 murieron en las faenas un promedio de 12 obreros por semana. Un total de 6.751 trabajadores inmigrantes fallecieron para que usted «¡Viva el fútbol!»”.

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Sonia Chocrón | 24 noviembre 2022

Han sido, extrañamente, días de remembranzas. De la mía. En mi recuerdo, intacto, está un 29 de julio. Año 1967. Me lo trae a la memoria el más reciente certamen de Miss Venezuela con sus plumas y sus sombras, sus trajes de formol, su afectación inmoderada, drama queens, su chavismo diluido, tacones imposibles y todos los chismes que otrora, décadas atrás, eran apenas comentarios casi propios del patio de recreo de un bachillerato, y que ahora son más como las canciones de la rocola de un lupanar.

Bueno, en mi memoria, decía, estaba aquel concurso de grandes galas que era el Miss Venezuela y que precedía, por supuesto, al más importante de todos los concursos del planeta: la mujer más bella del universo. Aquel 1967 que acudió a mi memoria resultó electa Mariela Pérez Branger, (hasta hace 22 años el Miss Venezuela tuvo su dosis de respingo, de alcurnia), y fue coronada nada más y nada menos que en el Teatro de la Academia Militar de Venezuela (actual Universidad Militar Bolivariana de Venezuela).

Eran los tiempos de comentarios que no pasaban de “eso estaba arreglado”, o “se hizo la cirugía plástica”. Porque nunca tanto como ahora la belleza (y todo en general) está relacionado con malandros, enchufados o funcionarios políticos. Nunca como ahora la rocola del bar. Pero este despropósito de Miss Venezuela 2022 me conduce a un recuerdo imborrable, al menos para mí, porque mi mente salta del Miss Venezuela a su secuela, el Miss Universo.

“Sin este sistema perverso, construir lo que se levantó en Qatar, con temperaturas que varían de 30°C a 50°C a la sombra, hubiera sido imposible”

Julio, 1967, Miss Universo y Caracas son una suma que se reduce a una sola palabra: el terremoto. Mis hermanas mayores y yo, desde la planta alta de la casa veíamos el Miss Universo en el aparato de televisión que estaba en el cuarto de nuestros papás. Yo, con seis, entendía poco de trapos y cánones de belleza, de esta sí o esta no, pero me bastaba con oírlas a ellas, a mis hermanas, para saber que había que fijarse en todo menos en las respuestas. Hasta que repentinamente el televisor, la cama, las lámparas y el suelo mismo comenzaron a agitarse como cuando un pollo quiere romper su cascarón para nacer.

Movernos nos daba terror a pesar de que mi madre nos gritaba al pie de las escaleras que bajáramos. Y es que el temblor se nos hizo tan largo que le dio tiempo a mi madre de subir a la segunda planta, buscarnos y sacarnos de debajo del dintel de la puerta de su habitación, bajar todas las escalinatas y salir a la calle donde ya estaban los vecinos, cada uno con su circunstancia y su drama. Y mi papá que aún no llegaba pero que pudo llamar por teléfono para avisar que venía en camino, sano y salvo, para tranquilidad de mi mamá. En aquellos tiempos ni los terremotos dependían del poder político. Eran cosas de la naturaleza, o de Dios, o del azar. Pero no de un gobierno. Por eso sus consecuencias se llevaron con la solemnidad y la urgencia del caso.

Hoy, ahora que no veo ni me interesa algún concurso de belleza, y a mis hermanas menos, me llega vía redes todo un embrollo del mismo certamen “missvenezolano” por una ganadora que perdió y una perdedora que ganó y en cambio recibió la bendita e inestable corona. Porque -ahora me entero- no sé desde cuándo todos los trabajadores relacionados a la justa también participan de la elección no sé si con voz pero sí con voto, y no solo cuenta el voto del jurado que no es tan jurado vestido de gala y que siempre aparece en cámara en solemne presentación. 

Pero, ¿cómo me voy a sorprender, me digo a mí misma, de que ahora todos votan en mi país, si hasta en nuestras elecciones de más envergadura también todos votan, con huella digital o sin ella, con domicilio conocido o sin él, y hasta los muertos tienen chance?, ¿cómo entregarme al asombro si hemos tenido por años a alguno que otro presidente que no hemos elegido?, ¿cómo pensar absurdamente que un jurado existe para elegir? Un jurado, en la Venezuela de estas dos décadas, existe para dar una idea, un aroma, una apariencia formal de elección democrática. Y los chismes son los mismos: a esta la financia Pepin, a aquel le paga el régimen, a esta chica porque es la amante del ministro. O el tío es compadre de…

Un segundo evento de esta misma semana de “no sé por qué recuerdo ahora” me rebota a otro tiempo, al también “érase una vez”, pero menos antiguo que el Terremoto y el Miss Universo; el Mundial de Fútbol de Qatar me deja como si viajara en un DeLorean imaginario en el campeonato mundial de fútbol celebrado en España 1982, en el que Italia se proclamaría campeón del mundo por tercera vez en su historia. (La Nazionale vencería 3 a 1 a Alemania en una final que se disputó en el Estadio Santiago Bernabéu).

El Mundial que se celebra en Qatar me recuerda, amorosamente, a todos los mundiales de fútbol que pasaban por la tele cada cuatro años y que pude ver con mi padre, porque era nuestra costumbre. Hasta España ‘82, antes de irse de este mundo. ¡Cómo olvidar el partidazo Brasil – Italia!, ¡el favorito Brasil fue sorprendido por 3 goles de Paolo Rossi! O en las semifinales, el Alemania – Francia, el primer partido que yo había visto con papá que se decidía por penaltis. ¡La Alemania de Rummenigge eliminó a la Francia de Platini en penaltis luego de empatar 3 a 3!

Yo brincaba y gritaba, pero mi papá jamás: su emoción le ocurría adentro, hacia adentro, al lugar de sus pasiones, que no estaban en la garganta como las mías en mis 20. Ah, érase una vezSe jugaba al fútbol. Pero no había que ir a avalar con el silencio a un país anfitrión indolente. Según leo, así lo anunciaba Joseph Blatter, presidente de la FIFA, un día de diciembre de 2010, que el Mundial de 2022 se iba a jugar en Qatar. (Que lo había comprado Qatar a buen precio y que las comisiones para los negociadores no les hicieron mella a los millonarios qataríes).

“La realeza catarí se puso manos a la obra. Tenían que construir estadios de fútbol, en un «país» donde nadie jugaba al fútbol. El proyecto original era de 12 estadios. Quedaron en 8 uno de ellos desmontable, que van a «donar» a algún país donde sí se juegue al fútbol. El asunto fue que para construir los 8 estadios, hoteles, aeropuerto, autopista, centros comerciales, necesitaron mano de obra barata, muy barata… y eso que están podridos en dólares. Y llevaron trabajadores inmigrantes al por mayor. En un sistema de esclavitud llamado «Kafala» y que consiste en darle todo el poder a un administrador (negrero) para que contrate inmigrantes, los explote reteniéndoles los pasaportes. Haciéndolos vivir hacinados y con horarios de trabajo de hasta 18 horas por día. Sin derecho al pataleo, y mucho menos a cambiar de empleo.Sin este sistema perverso, construir lo que se levantó en Qatar, con temperaturas que varían de 30°C a 50°C a la sombra, hubiera sido imposible.

Desde el 2010 murieron en las faenas un promedio de 12 obreros por semana.Un total de 6.751 trabajadores inmigrantes fallecieron para que usted «¡Viva el fútbol!».

Cito textual a YoKokura y agrego: Vamos, un lugar en el que la palabra piedad no existe.

Y no menciono los velos bien puestos para las mujeres porque por hoy no quiero ahondar más en el pozo. Prefiero quedarme en érase una vez. Y se lo cuento a mi hija para que sepa también cómo era. Cómo éraseuna vez en otra vida.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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