En la aldea
21 mayo 2024

El péndulo sobre la garganta de Elides Rojas

El régimen de Nicolás Maduro, por las últimas informaciones acerca de represalias sobre trabajadores del diario El Nacional, está dispuesto a avanzar en el camino del control, a como dé lugar, de los medios informativos. El caso de Elides Rojas, reseñado aquí, con una trayectoria amplia y exitosa en medios impresos como Economía Hoy y El Universal, puede ser paradigma de una manera de actuar del régimen ante quienes considera sus enemigos. Ojalá este y otros trabajos similares sirvan para documentar las denuncias que a nivel internacional se están haciendo sobre violaciones a los Derechos Humanos por parte del gobierno venezolano.

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Sebastián de la Nuez | 27 enero 2023

Aquí, el protagonista no escuchará las voces de los inquisidores sumergidas en un solo rumor vago, ni asistirá al espectáculo de los jueces vestidos de negro, adelgazados hasta lo grotesco por su terrible expresión de firmeza. No, ni siquiera habrá padecimiento en las ergástulas de la DGCIM -Dirección General de Contrainteligencia Militar- de Boleíta sino, todo lo más, una celda ventilada en planta baja donde permanecerá durante 72 horas, sin paliza ni nada. O tal vez escuche solamente, durante ese periodo, una admonición de uno que no es juez pero igual lo sentencia de antemano diciéndole «coño, tú si eres pendejo, crees que vas a tumbar el Gobierno escribiendo pendejadas».

A Elides Rojas, egresado dos veces de la Universidad Católica Andrés Bello, una como periodista y otra como abogado, once años de experiencia en El Nacional, ex director de Economía Hoy y El Universal, Premio Nacional de Periodismo 2005 (plena era chavista) en la mención Opinión, condecorado con varias órdenes, fanático de los Cardenales de Lara, casado y padre de dos hijas, postgrado en Producción de Medios, estimado por mucha gente dentro y fuera del gremio periodístico, lo fue a buscar una mañana temprano a su casa de Montalbán 1 una comisión policial: tres camionetas y al menos catorce efectivos policiales armados con fusiles. Lo sacaron de su casa esposado. Tal despliegue para llevarse a Elides Rojas por culpa de su columna, gracias a la cual, por cierto, fue premiado en 2005. La razón no era una nota aparecida en la página web de El Universal, escrita por un novato un tanto afiebrado, sobre una avioneta que se acababa de estrellar en el Aeropuerto Caracas. El novato conectaba el accidente con una serie de tergiversaciones o inferencias sobre Nicolás Maduro y figuras del régimen, sobre todo el empresario Raúl Gorrín Belisario. El chico no firmó la nota. Y esa nota mediocre que no vio el director del diario sino cuando ya fue demasiado tarde, sería apenas la excusa. A Elides Rojas el poder iba a cobrarle sus verdaderas notas, las que tenía durante casi 21 años publicando en El Universal en papel.

Fusiles, guardias armados y tres camionetas más los ganchos humillantes para llevárselo. Todavía hoy en día le preguntan los vecinos «oye, cómo va eso» y él se ve en la necesidad de contestarles «no, eso está listo». Rojas es el primero en tener plena conciencia de que eso no está listo en absoluto, que nunca lo estará. El modelo cubano no prescribe. No habrá sobreseimiento sino archivo. Y el archivo siempre se podrá reabrir. La hoja pendular estará ahí, guindando sobre la garganta de Elides Rojas.

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Desde diciembre de 2019 hasta el primero de septiembre de 2022, la libertad del periodista Elides Rojas pendía de un hilo. Dos años y ocho meses. Fue el primero de septiembre pasado cuando salió el oficio de la Fiscalía mandando a archivar el expediente. Primero, tenía que presentarse en tribunales y después, más o menos al año, debía de ir a Fiscalía a firmar el libro de las presentaciones. Todo ello por causa de la nota del accidente de la avioneta. Aprovechaba cada ocasión y entregaba un escrito pidiendo o bien sobreseimiento, por falta de movilidad por la parte acusadora, o bien que se archivara el expediente (un artículo del Código Penal ampara esta posibilidad, siempre y cuando no haya movilidad; es decir, que no se presenten más pruebas o no haya ninguna manifestación de la parte acusadora de seguir actuando). Al mismo escrito le cambiaba dos o tres cosas y lo volvía a introducir quince días más tarde. Nunca hubo respuesta. A él le correspondía la fiscalía octava con competencia nacional.

Había pretendido manejar las cosas desde el bajo perfil aunque al principio, claro, hubo una alharaca. El día 19/12/2019 había aparecido la nota -solo en la web-, el 20 era denunciado y el 21 quedaba detenido. El 23 va a tribunales. Una vez libre, queda sujeto a juicio. Buscó el contacto personal con el dueño de Globovisión, que era su denunciante: Raúl Gorrín Belisario. Presumiendo que, como director y dueño de varios medios de comunicación, podría estar dispuesto a la conciliación. Además, anteriormente habían tenido algún encuentro social, además de haber asistido al programa del Ciudadano cuando aún el Ciudadano y Gorrín Belisario no habían entrado en conflicto. Seguramente lo escucharía.

De hecho, lo escuchó. «Entré en contacto con él varias veces; y lo que salió de allí fue pura promesa, no te preocupes y tal…». También habló varias veces con Gustavo Perdomo, abogado de Gorrín Belisario y segundo en la línea de dirección de Globovisión. «Pronto vamos a arreglar eso», le decía uno y otro.

“En Venezuela han cerrado unas 300 emisoras de radio, y la única razón para cerrarlas es que se les ha acabado la concesión. De 190 periódicos que había, quedan once: ninguno de ellos de carácter nacional”

Hasta que se dio cuenta de que la solución no estaba en manos de ellos. Alguien, otro abogado vinculado a la Fiscalía (su experiencia como abogado le dejó a Rojas varios contactos), le hizo ver que eso que él estaba solicitando a Gorrín Belisario ya no dependía de él. Ellos, Gorrín Belisario y su abogado, simplemente habían acatado una orden de un funcionario mayor, «que probablemente esté en los alrededores de Miraflores. Para parar la querella, necesitan contar con la orden de esa misma gente».

Al fin percibía Elides Rojas la trastienda: eran 21 años escribiendo una columna semanal donde cuestionaba sin ambages al Gobierno, más lo que escribía en Twitter, más sus intervenciones en programas de radio y televisión a los que, a menudo, era invitado. Eso era lo que estaba detrás. Gorrín Belisario era un testaferro también en esto. Otro peón. El intermediario para darle una lección al de la columna. Como le dijo el carcelero de la DGCIM, «¿crees que hablando pendejadas vas a tumbar al Gobierno?».

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El periódico El Universal había sido vendido a un grupo en 2014, encabezado por el banquero Gustavo Gómez López, antiguamente ligado al Banco Latino, «más adecos que otra cosa», según la sentencia del propio Rojas. Ellos compraron a Andrés Mata, el heredero que tiraba la toalla y se iba del país con viento fresco. Los nuevos dueños pidieron a los jefes de la Redacción que «le bajaran dos» al enfrentamiento con el Gobierno pues estaban buscando el centro: ese era el ideal, un periódico con prestigio ubicado al centro. Que no fuera un instrumento de propaganda gubernamental ni tampoco una trinchera antigobierno como venía siendo. Dice Rojas:

-Lo hicimos durante los primeros meses, nos generó muchos problemas con los periodistas y articulistas de opinión, acostumbrados a una línea fuerte contra el Gobierno. Pero el grupo accionario no era chavista, y eso a mí me bastaba para seguir adelante.

Resulta que ese grupo tirará la toalla, a su vez, en 2020 y venderán el periódico, o lo que iba quedando del periódico puesto que la crisis avanzaba y el país entero estaba muy afectado. Rojas recuerda especialmente cómo las colas para apartar espacio en los clasificados, que era una señal de lo bien que le iba en ventas al periódico, habían desaparecido casi por completo. Para ilustrar la deriva del medio: habían sido mil 500 trabajadores en la época de Mata; luego, quedarán unos 450 empleados y, actualmente, apenas noventa y todos arrejuntados, incluyendo Redacción y administración y todo lo demás, en la mezzanina. El grupo de los adecos le pasa el testigo nada menos que a Gorrín Belisario por 7 millones de dólares, según rumores. Una ganga. El comprador es el hombre que lleva al menos seis meses denunciando a Elides Rojas.

Así que Rojas se va. No podía quedarse en el periódico cuyo dueño lo está denunciando. Le avisan en abril de 2020 que viene la venta y en agosto se concreta la entrada del empresario de La Vitalicia (que no se sabe, en realidad, si ha vendido seguros alguna vez). Rojas se presenta ante Gustavo Perdomo, quien asume la presidencia del periódico. Se irá, y se irá en santa paz. «Además, hasta ese momento, el periódico pagaba un abogado para mi defensa, me parecía absurdo que ellos me pidieran que me quedara para además seguir pagándome un abogado contra ellos mismos», recuerda Rojas. Perdomo le dijo que entendía perfectamente la situación y le propuso que le presentara una propuesta de arreglo económico, o sea, una propuesta de liquidación. La presentó y se aceptó; todo en buenos términos. Incluso le mantuvieron el seguro colectivo un año más. Los nuevos capitostes del medio prometieron, una vez más, que resolverían el problema pendiente. Pero eso nunca ocurrió, tal como Rojas se temía.

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¿Cómo se resuelve el problema?

Desde el principio estuvo claro que no había forma de probar la supuesta flagrancia que indicaba la denuncia o libelo: no existían pruebas de que él escribiera la nota que causó el problema. Ni testigos ni papeles ni vídeos ni nada. Él negó que hubiese escrito eso pero asumió la responsabilidad como director. Otro abogado le aconsejó: o te diriges directamente a las instancias superiores a las que no tienes acceso, o te vas a organizaciones internacionales. Tienes buenos vínculos con ONG de periodistas que no han manejado este caso porque tú no lo has pedido.

De modo que habló con los líderes del IPYS -Instituto Prensa y Sociedad- y Espacio Público, también con el Colegio Nacional de Periodistas y con dirigentes del sindicato respectivo. Se hizo una campaña pública y, lo más importante, escribieron documentos a la OEA, a la ONU y al fiscal general Tarek William Saab. Fue finalmente la oficina que dejó en Venezuela la Alta Comisionada de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, la que obtuvo un compromiso del fiscal de solucionar el problema. Y así ocurrió. Para el cierre del juicio, es el fiscal que le tocaba a Rojas quien lleva el proceso, pero con toda seguridad habría recibido orden de su jefe, el fiscal general, en ese sentido. Este, a su vez, habría recibido orden de otro: ¿aquel cercano a Miraflores del que le hablaron una vez a Rojas? En un régimen como el madurista, aconsejado por los cubanos, las pistas suelen oscurecerse a partir de cierto punto.

Rojas había mantenido desde hacía años una buena relación con Tarek William Saab, el fiscal poeta (¿será poeta de verdad?). Esa relación, bastante antigua, de los tiempos en que Saab militaba por los Derechos Humanos en algún grupúsculo de izquierdas, de algún modo se mantuvo. Nació porque Saab se pasaba a menudo por la Redacción en donde trabajaba Rojas, todavía en un cargo sin mucha importancia, los fines de semana; era Rojas quien se encargaba de las notas que llevaba el activista. Solidario, las tramitaba y procuraba publicárselas. De allí esa vieja simpatía mutua. Una simpatía que, por lo visto, en esta ocasión no hubiese servido para nada si no es por la intervención de un organismo internacional con el peso de Naciones Unidas.

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En Venezuela han cerrado unas 300 emisoras de radio, y la única razón para cerrarlas es que se les ha acabado la concesión. De 190 periódicos que había, quedan once: ninguno de ellos de carácter nacional. El Universal es un panfleto de 24 páginas que sale los viernes y circula solo en Caracas; se imprime en La Voz de Guarenas, que sí sigue saliendo. Meridiano y Líder, periódicos deportivos, siguen saliendo. Si Rojas va como invitado a algún programa de radio, que de vez en cuando va, quien esté a cargo en la emisora le pide que por favor omita la palabra «narcogobierno». Tampoco puede pronunciar la palabra «usurpador». Ni se puede hablar de Juan Guaidó. Así funcionan las cosas, con autocensura. Rojas dice:

-Durante los tres días que estuve preso no me tocaron. Hay gente que le han dado tortura física, humillante y sicológica. «Sabemos donde estudian tus hijos», le han dicho a alguno. A mí no me pasó nada de eso. Lo más que llegaron a decirme fue aquello de «coño, tú si eres pendejo…». Hasta un examen médico me hicieron.

-¿Cómo te afecto todo esto, en lo personal?

-Me afectó en lo profesional, me afectó como ciudadano y me afectó en lo familiar.

Lo llamaron de El Nacional casi de inmediato, para que se fuera a trabajar allá. Pero no aceptó. No podía, sabiendo la línea dura que desarrollaba ese diario. Iba a exponer su cabeza. He allí la afectación profesional, por ejemplo. Le dio miedo. Terminó trabajando con una empresa de Nueva York con la que todavía está: hace análisis y envía informaciones. Pero es en Nueva York. Por otro lado, ni la cédula podía sacar porque todo se lo bloquearon en el Saime. «Quedas de verdad como un ciudadano de segunda. No puedes salir al exterior. Hasta los directores de mi nuevo trabajo me invitaron y no pude ir, les tuve que explicar mi situación», dice. Lo otro es el impacto familiar. Dice que este asunto provocó a todo tu entorno: «Una cosa es que el Gobierno te amenace por algo y otra que te vengan a buscar con tres camionetas y catorce militares armados de fusiles y te saquen esposado de tu casa».

No ha podido ver a sus dos hijas, quienes viven en Europa, desde hace tres años. Ahora es cuando podrá. Sobre el episodio propiamente dicho, que se le haya escapado, como director del medio, una nota en la que un joven redactor -un tanto afiebrado- mezcla cosas encontradas al voleo en internet y lanza acusaciones bastante fuera de control sobre cabezas poderosas del gobierno venezolano y Gorrín Belisario, es algo que le puede pasar a cualquiera. Sobre todo si nos ponemos en el contexto de un medio que ha entrado en barrena, con escasas  alcabalas que eviten este tipo de cosas, que por lo demás no es raro. Le hubiese pasado a cualquiera. Cuando Rojas llegó al otro día y revisó la web con calma, es entonces cuando ve la nota. El sentido común le indicó de inmediato que debía cortarse por la mitad, porque a partir de un intertítulo el muchacho se desfogaba… Eso, por una parte. Pero la web puede atajarse y enmendar una ligereza de ese tamaño. Por la otra parte, el Gran Hermano. Alguien vigila todo el tiempo. En un régimen como el chavista, o madurista, alguien siempre vigila, a toda hora. Pasó el dato, husmeó la oportunidad.

-Elides, ahora que ha pasado todo, ¿te sientes vulnerable hoy en día en Venezuela?

-Sí, porque una de las lecciones de esto, igual con otros colegas que les ha ocurrido algo semejante, es que basta una llamada telefónica de alguien para que vuelvas a pasar por algo así o peor. Mal que bien, el Gobierno ha creado toda una estructura de carácter jurídico y policial para ejecutar ese tipo de cosas. Lo otro, la amenaza, también existe pero tampoco es que tenga tanta fuerza: la llamadera por teléfono, los insultos en las redes. Eso está ahí pero no tiene tanta fuerza.

-¿Te irías de Venezuela?

-No, por ahora no. Mis dos hijas están recién casadas, yo tendría que rehacerme, no podría irme de refugiado, no quiero. Aquí tenemos todo pagado.

-¿Qué lección te dejó esto?

-Más prudencia, más cuidado, porque realmente estás indefenso. El derecho administrativo es la posibilidad que tienes de defenderte frente al Estado. Bueno, eso acá no existe. Y si vamos al ámbito policial, peor todavía.

El mecanismo es muy sencillo y se puede retratar metafóricamente como una cuchilla que se balancea, de un lado a otro, sobre la garganta de la eventual víctima. Que un grupo de opositores señalados sufra de ese síndrome, que podríamos llamar del Pozo y el Péndulo, puede servir de advertencia para todo un gremio o, mejor, para todo un país. Por eso es conveniente -conveniente para el ejercicio del poder supremo, claro- el que algunos de ese grupo de pronto suden y teman que lo peor aún puede estar por venir. Que de vez en cuando levanten la mirada temblando, como poseídos de un ataque monomaniaco.


@sdelanuez
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