En la aldea
27 mayo 2024

Wilson Center recuerda las lecciones aprendidas del Gobierno interino

El analista Michael Mckinley subraya que el desafío de la oposición venezolana hoy es que “el régimen venezolano no tiene incentivos reales para abrir espacios democráticos, mucho menos cuando su principal piedra en el zapato (las sanciones), están siendo cada día más suavizadas sin necesidad de la propia oposición, ni de México, ni de ningún otro método de negociación”.

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Walter Molina Galdi | 31 enero 2023

El Wilson Center, prestigioso instituto con sede en Washington, publicó un trabajo firmado por el analista Michael Mckinley, donde se examinan los desaciertos o episodios críticos que llevaron al debilitamiento de la opción del gobierno interino que dirigió Juan Guaidó desde el año 2019 hasta diciembre del 2022 cuando la mayoría parlamentaria -o lo que quedaba de ella- abortó la idea de una prolongación del mandato del líder político y de esa estructura en general.

Lo interesante del análisis formulado por Mckinley es que toma en cuenta no solo las variables internas que influyeron en el resquebrajamiento del liderazgo del gobierno interino, sino también en las externas. Como una de las lecciones claras diagnosticadas están la operación de entrada de la Ayuda Humanitaria (lo que probablemente se podría considerar como el primer “autogol” del interinato) y el proceso del 30 de Abril, los cuales estaban antecedidos por un gran momento de ebullición nacional e internacional con masivas movilizaciones, unidad total de las fuerzas democráticas en torno a la figura de Juan Guaidó y, lo más importante, el reconocimiento de 60 democracias del mundo al gobierno interino y la Asamblea Nacional electa en 2015. Pero luego vinieron las escenas en la frontera y en las inmediaciones de La Carlota, y lo demás es historia conocida. “En abril de 2019, las negociaciones secretas para atraer el apoyo de las fuerzas armadas del país y del jefe de la corte suprema para un gobierno de transición colapsaron el 30 de abril cuando no se materializó un levantamiento esperado, lo que debilitó esperanzas de deserciones del régimen de alto nivel”, dice el analista del Wilson Center.

“En su reflexión, Mckinley señala que la resiliencia de los regímenes autocráticos ha sido subestimada a lo largo de la post Guerra Fría. Desde la era de Saddam Hussein, pasando por los casos de Robert Mugabe en Zimbabue y Bashar al-Ássad en Siria, hasta el mismo régimen cubano”  

Reza el escrito que, luego del fiasco del 30 de Abril, se debatió en la Casa Blanca la posibilidad de replantear la política hacia Venezuela. Precisamente sobre lo sucedido ese día. Recientemente, el director para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Mauricio Claver-Carone, en una entrevista responsabilizó a Leopoldo López del fracaso del plan para desalojar a Maduro del poder el 30 de Abril. En su relato de los hechos sostiene que la liberación del líder de Voluntad Popular provocó el descalabro de lo que a su juicio era un intento de transformación institucional y democrática. Seguramente mucho de eso hay, aunque también hay que evaluar si los personajes con los que estaban coordinando esas acciones realmente pensaron en algún momento voltearse al régimen de Nicolás Maduro. ¿Hay algún Frederik de Klerk dentro del chavismo?

Ahora bien. Volviendo a las lecciones de Mckinley, se identifica la subestimación del adversario como un factor determinante en el fallido intento de deponer al régimen. La política de máxima presión contra el gobierno de Maduro no generó los resultados esperados, y Maduro activó todas las palancas a disposición con un solo propósito: permanecer en el poder. En su reflexión, Mckinley señala que la resiliencia de los regímenes autocráticos ha sido subestimada a lo largo de la post Guerra Fría. Desde la era de Saddam Hussein, pasando por los casos de Robert Mugabe en Zimbabue y Bashar al-Ássad en Siria, hasta el mismo régimen cubano.

Dentro de las aproximaciones sobre Venezuela que generaban los centros de poder, se subestimaron las alianzas dictatoriales de Maduro con Cuba, Irán, China y Rusia, las cuales fueron vitales para la supervivencia del régimen, ayudando a la evasión de las sanciones de Occidente y permitiendo que una economía empobrecida por años de corrupción y mal manejo, diera señales de vida. Por supuesto, esta ecuación sería incompleta si no se nombra la anuencia de Maduro con el crimen organizado. Mckinley afirma que el narcotráfico se convirtió en parte del régimen y fue una fuente recurrente de recursos para aceitar la maquinaria de represión.

Sobre el punto de la “máxima presión”, habría que preguntarse si esta realmente ocurrió. Está claro que la idea durante los últimos años fue esa, pero, para hablar propiamente de una máxima presión, tanto la interna como la externa tendrían que haber sido simultáneas, bien trabajadas por la oposición, y no fue así. Las enormes y potentes protestas ocurrieron en 2017 y el fuerte cerco internacional en 2019, ¿qué habría pasado si ambos hechos hubiesen sucedido al unísono?

En cuanto a los errores propiamente dichos de la oposición, el autor destaca la división de la Alternativa Democrática ante la frustración de no haberse producido el cambio político. Guaidó perdió su capacidad de unir a las fuerzas opositoras y Maduro se aprovechó para diseñar una oposición a su medida. Asimismo, la falta de transparencia y las denuncias de corrupción contra el gobierno interino en cuanto al manejo de activos en el exterior le abrieron un boquete a la credibilidad del liderazgo opositor.

Los cambios en la esfera global también jugaron a favor de Maduro. La COVID-19 obligó a todos los países a ocuparse de sus propios asuntos; la invasión de Rusia a Ucrania, que provocó una nueva realidad energética; y la nueva ola de proyectos de izquierda en la región abrió al régimen un espacio para reinsertarse dentro de la comunidad internacional. Lo pudimos ver recientemente con la Cumbre de la CELAC en Argentina donde, aunque Maduro no pudo asistir gracias a la presión allí ejercida, sí hubo un avance por parte de sus aliados en el lavado de imagen de su régimen. Obviamente, la incapacidad de reinvención del gobierno interino contribuyó con la consolidación de dicho proceso.

Sobre lo que viene, el representante del Wilson Center subraya que el desafío de Venezuela pasa por convencer al régimen de una negociación seria que ofrezca garantías democráticas para una elección libre. Sin embargo, el autor reconoce que es un camino lleno de tropelías y que el escenario más probable es que Maduro siga el ejemplo de otros autócratas y se niegue a hacer concesiones. Ahora mismo el régimen venezolano no tiene incentivos reales para abrir espacios democráticos, mucho menos cuando su principal piedra en el zapato (las sanciones), están siendo cada día más suavizadas sin necesidad de la propia oposición, ni de México, ni de ningún otro método de negociación.

La oposición por su parte deberá superar el desencuentro generado tras la finalización del gobierno interino. Esto implica sepultar la guerra de culpas, apalancarse en su mejor activo que es el apoyo internacional, reunificar la unidad para las Primarias y construir un plan que reanime a los venezolanos y la comunidad internacional.

Nada de lo anterior, desde luego, se logrará mientras gran parte de los venezolanos sientan una orfandad política en medio de la peor crisis de la historia republicana del país. No se trata de unificar a un grupo de personas que hoy se abracen y mañana se insulten a tal punto de olvidar que en frente tienen a un régimen investigado por crímenes de lesa humanidad, se trata de crear planes en común para democratizar al país y con ello poner fin a la Emergencia Humanitaria Compleja, porque si de algo hay que estar seguros es que, mientras quienes tienen ya 24 años en el poder sigan allí, la pobreza, la desigualdad y la falta de libertad seguirá siendo la misma. Ese es el reto que tiene la oposición, sea quien sea que la encabece.


*Politólogo de la Universidad Central de Venezuela.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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