En la aldea
21 mayo 2024

La comprensión y sus desafíos al pensar a Venezuela (I Parte)

“En los sistemas opresivos el dolor es un arma para controlar a quien lo padece y, al mismo tiempo, coaccionar a quienes lo ven. El que infringe dolor, quien diseña y ejecuta el castigo, produce escalofrío, sufrimiento, rabia, rebeldía, ¿cuál de estos sentimientos o actitudes se imponen para marcar las acciones futuras?”.

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Mirla Pérez | 02 febrero 2023

Entrado enero, pasado enero, me queda la sensación de haber vivido un largo mes. Vivencias van y vienen, nos hacemos a diario en medio de un país lleno de incertidumbre. Es agotador. Lo que nos pasa como personas, familia, sociedad, va dejando huellas y nos arranca a la fuerza una primera conclusión: esto hay que comprenderlo.

Digo comprender y no solo entender, porque estamos comprometidos en lo esencialmente humano. Estamos heridos como comunidad, ni agonizantes ni muertos, estamos en el punto en el que nos reconocemos en nuestras luchas y nuestras capacidades, nuestras potencias, pero, también, nuestras debilidades.

La herida es siempre el resultado de la fuerza que un cuerpo extraño y externo ejerce sobre nosotros. ¿Qué implican estas heridas?, ¿de qué están hechas?, ¿hacia dónde nos conducen?, ¿qué objeto la produce? El herido y el hiriente, el dolor y quien lo infringe, el poder arbitrario y el antipoder. Estas relaciones más que binarias son vitales, en los sistemas opresivos el dolor es un arma para controlar a quien lo padece y, al mismo tiempo, coaccionar a quienes lo ven.

“¿Qué puntos tiene que rozar el mal para producir respuestas radicales de indignación en una determinada cultura?”

Este es el cuerpo ejemplar del castigo, del dolor, en Vigilar y Castigar, Michel Foucault (2003) nos ofrece el poder del suplicio, condenados a él, nos arrastra a una de las experiencias humanas que contiene una enorme capacidad de coacción de sí mismo y del otro, por el hecho de ser un acto público. “El cuerpo de los condenados” inicia de la siguiente manera: “Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París, (adonde debía ser) llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano…”. Sigue el relato descarnado, doloroso, recuerdo que cuando lo leí por primera vez, en el marco de mi tesis de licenciatura, me hizo llorar, sentí miedo, imaginar el dolor que él podía sentir, era, en cierto sentido, vivirlo yo con la misma intensidad. Sabernos parte de un sistema, sentir que estamos en su devenir, nos lleva a transcender nuestra particularidad, nuestra soledad o nuestra experiencia vivida como única. Nos incorpora al mundo, a la vida entre los otros, al convivir unas prácticas opresoras o liberadoras, no hay manera de hacerlo en soledad porque somos parte de un mundo. De eso se trata. La clave de la comprensión parece estar ahí: vivir en plena conciencia mediado por la empatía y por el vivir con… Desde la hermenéutica de Hans-Georg Gadamer (1977), en “Verdad y Método”, tendremos un acceso, desde el arte y la vida:

“En cuanto que en el mundo nos encontramos con la obra de arte y en cada obra de arte nos encontramos con un mundo, este no es un universo extraño al que nos hubiera proyectado momentáneamente un encantamiento. Por el contrario, en él aprendemos a conocernos a nosotros mismos, y esto quiere decir que superamos en la continuidad de nuestro estar ahí la discontinuidad y el puntualismo de la vivencia. Por eso es importante ganar frente a lo bello y frente al arte un punto de vista que no pretenda la inmediatez, sino que responda a la realidad histórica del hombre.

Tengamos en cuenta los énfasis colocados en el texto (subrayados míos), nos ayudan a pensar más allá de la inmediatez, de lo individual, del suplicio como la experiencia de dolor de cada cuerpo y nos ubica en la vivencia compartida del encuentro en el mundo. Gadamer desde el arte, Foucault desde el poder y el castigo, nosotros desde el sometimiento y eliminación en el aquí y el ahora. Un mundo que hacemos nosotros, pero también es producto de los otros, la diferencia que pensamos es la del opresor, la realidad que genera el poder que se sabe único, que quiere ser único, que se impone por la fuerza, es limitante, coercitivo.

No solo el bien hace el mundo, también el mal, la comprensión pasa por saber que están ahí, en tensión, bajo la lógica de la dominación. Estamos implicados en la inmediatez, en la vida-cultura, pero también en el encuentro de una experiencia más general como la liberación: “la realidad histórica del hombre”. Esta afirmación me lleva a una pregunta inevitable: ¿De qué hombre y de qué circunstancias se trata?

“El mal es abrumador, quienes optan por él se centran en la eliminación de la paz, la justicia, la verdad”

Un primer acercamiento es que la empatía se produce con el que sufre, el que padece los efectos del sistema cuya existencia depende de la eliminación. Bajo el sistema están las personas, unas sometidas, creyendo y viviendo en la mentira, en el mal ordinario, común, banal; y otras viviendo en la verdad, sobreponiéndose al mal, con la actitud permanente de gritar: el rey está desnudo contra toda convencionalidad que lo declara vestido. Caracterizar la inmediatez y trascenderla, es el camino que me propongo hacer en los siguientes artículos. El mal es abrumador, quienes optan por él se centran en la eliminación de la paz, la justicia, la verdad. Pretende despojar a la persona de aquello que la hace humana, libre, distinta, ética. Convertirla en el “hombre nuevo”, máquinas reproductoras de las condiciones de dominación.

Aunque el proyecto es de naturaleza hegemónica, no logra someter a la sociedad, ante esto la pregunta obligada: ¿Quién es el venezolano?, ¿de qué sociedad se trata?, ¿tendríamos que hablar desde lo comunitario más allá de las convenciones legales de la sociedad? La experiencia de Damiens produce empatía, dolor compartido; pero el que infringe dolor, quien diseña y ejecuta el castigo, produce escalofrío, sufrimiento, rabia, rebeldía, ¿cuál de estos sentimientos o actitudes se imponen para marcar las acciones futuras? La respuesta a estas preguntas depende mucho de la comprensión de las condiciones culturales que preexisten a la dominación.

Hoy vivimos como signos inequívocos de sometimiento, la eliminación de la comunidad que ha sido sustituida por la comuna, constructo socialista, territorial, basado en la obediencia, ¿cómo superarlo?

Comprender es llegar en nuestro humano acontecer al punto en el que la vida piensa y el pensamiento vive, fusión del horizonte vital que nos permite encontrar la raíz del sentido tanto de la vida como de la lucha. Este es un encuentro histórico, no hay nada de universal en los modos culturales, antropológicos, de responder a la eliminación. ¿Qué puntos tiene que rozar el mal para producir respuestas radicales de indignación en una determinada cultura?

La tensión entre el poder y el antipoder nos permitirá abordar complejamente cada pregunta aquí enunciada. Este camino comprensivo lo iremos delineando en las próximas entregas: persona, vida, cultura, contexto y política nos acompañarán.


*Profesora Titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora del Centro de Investigaciones Populares.
@mirlamargarita

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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