En la aldea
18 mayo 2024

El sabotaje interno al llamado a votar

“El malestar social y la urgencia de cambio político no resuenan entre una dirigencia opositora que fijó, al parecer irrevocablemente, la elección presidencial de 2024 como próxima oportunidad para la conquista del poder. Pero si siguen las peleas, será peor. Un pésimo punto de partida en la durísima contienda para desafiar al chavismo”.

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Alejandro Armas | 06 febrero 2023

El sistema económico chavista reformado, con apertura limitada de la economía, sufre las consecuencias de sus propios problemas de diseño, al menos en términos de control de la inflación. Se me viene a la cabeza eso que decía Karl Marx (pensador nada popular hoy en Venezuela, lo sé; pero igual me tomo la licencia de invocarlo), partiendo de la dialéctica hegeliana, sobre cada orden económico portando las semillas de su propia destrucción. Al menos en el contexto venezolano actual, puede haber algo de verdad en eso. Con el aumento desbocado de los precios, aquellos ciudadanos que tuvieron un poco de alivio en sus finanzas de los últimos años temen volver a caer en la pobreza. Al reafirmarse la inviabilidad de una recuperación económica inclusiva bajo el chavismo, se siente de nuevo la urgencia de cambios políticos. Pero esa urgencia va acompañada entre las masas, no por la manifestación, sino por la resignación. Las protestas de docentes y otros empleados públicos son la excepción a esa regla, y su éxito no es nada seguro, por las razones expuestas en la última emisión de esta columna.

Pero el malestar social y la urgencia de cambio político no resuenan entre una dirigencia opositora que fijó, al parecer irrevocablemente, la elección presidencial de 2024 como  próxima oportunidad para la conquista del poder que pudiera mejorar las cosas. Obviando un milagro económico, quién sabe cuánto avanzará el deterioro de la sociedad en el año y unos cuantos meses que median entre el presente y esos comicios. Entonces, lo mínimo que uno puede esperar del liderazgo es que se prepare lo mejor posible para no desaprovechar la oportunidad. Que desde temprano prepare una estrategia acorde a la falta de democracia y Estado de Derecho que marcará esas elecciones. Que los aspirantes a la candidatura unitaria se midan en Primarias y que, por lo tanto, cada uno se identifique como la mejor alternativa, pero entendiendo que esa competencia no puede degenerar en una guerra de egos y mezquindades caracterizada por ataques virulentos entre los contendientes.

Ay, qué lástima. No vemos nada de eso. Ninguno de los precandidatos está brindando un plan exhaustivo para lidiar con los vicios de los procesos comiciales controlados por la elite chavista. Ni hablar de qué hacer en caso de desconocimiento, por el poder, de un resultado que le sea adverso.

“Al reafirmarse la inviabilidad de una recuperación económica inclusiva bajo el chavismo, se siente de nuevo la urgencia de cambios políticos”

En cuanto al mínimo de armonía deseable entre los precandidatos, pues aunque la campaña por las Primarias no ha empezado, hay poca razón para el optimismo. Los partidos que van a participar siguen inmersos en las secuelas de la disputa que, a finales de 2022 y principios de 2023, mantuvieron por el futuro del interinato que encabezó Juan Guaidó. La resolución jurídica de esta ridícula pendencia no puso fin a los resquemores. Tampoco el reparto de funciones en las entidades que reemplazan al interinato en materia de control de activos de la República en el extranjero, que a mi juicio fue la verdadera motivación de la querella.

Sigue el intercambio de dardos con más ponzoña que el curare extraído de la piel de ranas amazónicas de piel tóxica. Las acusaciones de traición y corrupción. Sobre todo entre Primero Justicia y Voluntad Popular, dos partidos que alguna vez fueron prometedores por no tener responsabilidad en la debacle del puntofijismo que nos trajo el chavismo. Por haber atraído a jóvenes que crecieron viendo el desmontaje de la democracia venezolana, protagonizaron algunas de las protestas opositoras más notables de las últimas décadas (con logros como el engavetamiento de una ley que hubiera profundizado el control gubernamental de las universidades) y que, uno pudiera esperar, tendrían mayor comprensión de lo que hace falta para enfrentar un fenómeno político como el que impera en Venezuela. En vez de esas lecciones de una juventud políticamente agitada, lo que hay es puerilidad contraproducente (que, para ser justos, no se da solo entre los cuadros juveniles de los partidos y más bien se hace sentir sobre todo en la dirigencia de los 45 años de edad para arriba).

La sustitución del interinato por la Asamblea Nacional electa en 2015 no habrá tenido ningún efecto en términos de la falta de estrategia opositora. Pero el pleito en torno a ella sí que redundó, para mal, en la percepción que el público tiene del liderazgo disidente. Quedó expuesto como enfocado en cuestiones que tienen poco que ver con las aspiraciones de cambio político y económico entre los ciudadanos.

Ya el daño está hecho. Pero si siguen las peleas, será peor. Si así van a ser las Primarias, solo los pocos seguidores de cada contendiente o partido mostrarán interés. En cambio, es casi seguro que el grueso de la población, desencantado con toda la clase política, reaccionará con indiferencia y desdén. El ganador será como Pirro luego de “derrotar” a los romanos en Ásculo. Solo contará con el apoyo seguro del puñado de fans. Un pésimo punto de partida en la durísima contienda para desafiar al chavismo.

Si, por el contrario, las Primarias se dan en un ambiente de concordia generalizada, y si el pleno de los participantes converge en una estrategia que tome en cuenta nuestro contexto político, pues tal vez quienquiera que emerja sí tendrá apoyo masivo. Digo “tal vez” porque eso requerirá que los ciudadanos resten importancia a los hechos de las últimas semanas (o de los últimos años), y den un nuevo voto de confianza. Veremos si los partidos se dan cuenta.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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